¿Por qué falla la película ‘María, reina de Escocia’ de Josie Rourke como retrato histórico? 

El cine con acento histórico siempre ha debido enfrentarse a la decisión de ser verosímil a la vez que un éxito comercial. La reciente película María, reina de Escocia, que se estrena en España esta semana, de la directora Josie Rourke, atraviesa terreno incómodo al intentar complacer ideas progresistas y también jugar con la realidad histórica.

María, reina de Escocia plantea de nuevo la espinosa disyuntiva entre llevar a la pantalla de cine una historia creíble y de interés para la audiencia y ser fiel a la realidad histórica. Con su opulenta puesta en escena y un guion plagado de todo tipo imprecisiones, la película de Josie Rourke tiene dificultades para mantenerse fiel a la realidad, a pesar de su evidente intención de hacerlo. Rourke es incapaz de conjugar los datos históricos concretos de la trama dentro de un empaque atractivo, por lo que se toma la libertad de crear un discurso progresista complaciente y efímero. El resultado es un film irregular, con un argumento discutible y muy lejos de la realidad de los personajes que desea plasmar. 




No es la primera ocasión en que un director se enfrenta a un problema semejante. El argumento de Ana de los mil días (1969) de Charles Jarrott  —una versión libre de la historia de amor, dolor y muerte entre Anna Bolena y Enrique VIII— tuvo que lidiar con los inevitables estereotipos sobre ambos personajes, pero sobretodo, el contexto que la rodeaba en la época de su estreno. Hagamos un poco de historia: en 1969, la discusión de los derechos de la mujer y la libertad individual se encontraban en pleno apogeo, por lo que Jarrott tuvo que plantearse cómo analizar la controvertida figura de Anna Bolena. Hasta entonces, la segunda esposa de Enrique VIII había sido considerada una figura escandalosa, por completo opuesta a la imagen severa y ascética de Catalina de Aragón, primera esposa del Rey, abandonada —y despojada de todos sus privilegios— debido a la fulminante pasión real por la jovencísima Ana. Para Jarrott, el reto consistió en crear un concepto creíble acerca de la pasión y el desenfreno, sin que la culpa recayera sobre Ana y a la vez, sin traicionar la verosimilitud histórica de la película.

El resultado fue una originalisima combinación entre una película histórica al uso y algo mucho más memorable. Como ejemplo, esa asombrosa escena en que Enrique VIII (interpretado Richard Burton), se enamora casi de inmediato de Ana (Geneviève Bujold) después de verla bailando en la corte. Con toda la autoridad del Reino a sus espaldas, Enrique acude a Thomas Bolena (padre de la doncella) y le exige que le entregue “a su hija, para complacencia del lecho de la Corte”. A partir de entonces, la película muestra el renacer de los Bolena de mano de Ana, convertida en una fulgurante estrella de la Corte. Una y otra vez, el director logra eludir los engañosos espacios de la recreación histórica informal hasta lograr una película de un enorme contenido sustancial y un mensaje político concreto. Ana no es la víctima pero tampoco la mujer fácil que dibuja la historia. Trágica y poderosa, la figura histórica parece encontrar un lugar ideal para elaborar una percepción completamente nueva de la historia.

Otro acierto en la concepción de lo histórico como una forma de espectáculo fue la película Elizabeth (1998) de Shekhar Kapur, una combinación entre un thriller político de alta factura, un drama con motor histórico conmovedor, pero también un retrato más o menos fidedigno de Isabel I de Inglaterra. Para la ocasión, el director resumió la figura de la reina en varios puntos esenciales, pero además, enlazó los detalles históricos con una acertada versión ficcional sobre los detalles desconocidos de su vida. La película de Kapur resume la noción de lo que pudo haber pasado y lo hace con sutileza y elegancia. Elizabeth, encarnada por la debutante Cate Blanchett, no sólo es poderosa sino también creíble. Y eso a pesar de la gran cantidad de problemas de fondo y forma del guion, en especial los muy criticados anacronismos que se llegaron a señalar con insistencia despiadada. Enfundada en espléndidos trajes plagados de errores históricos —como el uso de telas, colores y joyas— y en medio de escenarios rutilantes, la Elizabeth de Kapur se enfrentó con el reto de hacer creíble una producción solo parcialmente verídica. Y lo logró gracias a su sabia combinación de buena dirección y sensibilidad del argumento hacia su personaje. 

A algo de esa herencia pesada e incómoda sobre el realismo histórico en contraposición con el peso de una narración sólida se enfrenta María, reina de Escocia. Como las películas mencionadas y otras tantas, el film de Rourke debe enfrentarse a la difícil dicotomía entre la realidad histórica, el contexto de sus personajes, pero también la elaborada visión de la directora sobre la figura femenina. El argumento lidia con la percepción del trono como centro estratégico de poder y además, con reflexión sobre el papel de la mujer en mundo de hombres. Pero María, reina de Escocia es ante todo una película histórica. Por lo tanto, debe realizar la hazaña de meditar de manera convincente sobre el enfrentamiento entre María Estuardo (Saoirse Ronan) e Isabel I (Margot Robbie). Primas lejanas pero enemigas por las corrientes de la historia, ambos personajes sostendrán una batalla ideológica y política en la que Isabel parece tener todas las de perder, en contraposición con la católica María, que sostiene a la Inglaterra que se resistió a los manejos extravagantes del recién fallecido Enrique VIII.

La trama de María, reina de Escocia tiene evidentes y notorios problemas de realidad histórica, pero apuesta por sus personajes para sostener la concepción del mundo como ambas Reinas lo comprenden. Situadas a extremos opuestos del poder, tanto María como Isabel deberán luchar por el control de un país dividido. Pero mientras Kapur convirtió a Isabel en una hábil estratega que creció con rapidez, Rourke trata de resultar complaciente con la visión del papel femenino actual —la película está plagada de leves insinuaciones sobre el poder de la mujer pero, sobre todo, la necesidad de su reconocimiento— pero existe una evidente torpeza en la forma que tiene la directora de ejecutar la idea. Para bien o para mal María, reina de Escocia es una película del siglo XXI que analiza ideas modernas bajo el cariz de personajes históricos reconocibles. No es algo que no se haya hecho antes, pero el error de Rourke consiste en construir todo el entramado de su argumento sobre esa necesidad de complacer las nuevas sensibilidades alrededor de un drama histórico muy específico.

Para comenzar, la película tiene un elenco multi étnico desconcertante si se analizan las corrientes sociales de la vida cortesana del siglo XVI. Desde personajes asiáticos hasta afrodescendientes, los palacios de ambas Reinas están llenos de una multitud de personajes inexplicables que restan verosimilitud al argumento. ¿Inevitable? Sin duda. ¿Necesario? Probablemente no. Mucho peor aún, la directora está mucho más interesada en convertir a María Estuardo en una figura progresista y pacificadora, que en retratar al personaje real. Lo mismo ocurre con Isabel, mostrada por Rourke como una mujer dura y bidimensional, a pesar de los intentos de Margot Robbie por dotarla de profundidad. 

María, reina de Escocia no las tiene todas consigo al elegir entre complacer a un planteamiento progresista sobre la historia y exhibir connotaciones más moderna sobre el poder encarnado en el rostro de una mujer. Una percepción dual y débil que termina convirtiendo la película en una serie de lugares comunes en medio de un deslumbrante escenario. Quizás la combinación más lamentable para una historia de semejante poder para cautivar.

¿Te ha gustado este artículo? Puedes colaborar con Canino en nuestro Patreon. Ayúdanos a seguir creciendo.

Publicidad