¿Por qué ‘Julieta’ de Almodóvar no está arrasando en taquilla?

Parece ser que el encuentro de la última película de Almodóvar con el público ha resultado en un encontronazo con heridos leves y daños colaterales a tener en cuenta. ¿Qué está pasando con el cine español? ¿Ya no quedan directores infalibles para el público mayoritario? ¿El cine de guionistas, historias y actores está tomando el relevo del cine de grandes autores? Reflexionamos un ratillo sobre el asunto, sin ponernos demasiado espesos, que no es plan ni son horas.

Hace apenas unas semanas se estrenaba a bombo y platillo la nueva película de Almodóvar, nuestro director más internacional, el más querido en teoría tanto por las ancianas entrañables como por los jóvenes modernos. Todo parecía indicar que se trataría de un nuevo éxito para celebrar entre litros de champán y montañas de cocaína de gourmet: una de esas películas “necesarias” que permiten la existencia de esas películas pequeñas todavía más necesarias que, luego, nunca acaban por hacerse porque no hay tiempo suficiente y el dinero se distribuye con el orto.

Julieta no es una película descaradamente comercial, pero tampoco exactamente lo contrario. Pintaba bien, o al menos parecía perfecta para los seguidores del manchego. Resultado: su peor estreno en veinte años. Tan sólo la triste cifra de apenas 600.000 euros –a pesar de sus más optimistas resultados por sala-, una cifra decepcionante para una obra con estas expectativas tan elevadas, pese a haber sido distribuida en menos salas que la anterior película del director, Los amantes pasajeros (2013). Y lo peor de esta coyuntura: no era ni siquiera la primera película española del top 10, superada por Kiki. El amor se hace de Paco León… para mayor humillación, una comedia con un tono muy almodovariano. A día de hoy, otra película española, Toro de Kike Maíllo, también le ha cogido delantera.

Necios e ingenuos aducirán razones como el inveterado prejuicio del espectador medio al cine español y la mala crítica de Boyero, como si la crítica tuviera hoy por hoy algo de influencia en la taquilla y los pocos entendidos no tuvieran ya más que claro que a Boyero rara vez le gusta Almodóvar. Desde CANINO, intricados y obsesivos como somos, vamos a intentar buscar razones más complejas y al mismo tiempo sencillas que expliquen la relativa pero sintomática catástrofe.

1. Vaya por delante que Julieta me gusta, sin llegar a encandilarme. No me parece una película redonda, pero sí una película interesante, punteada de apreciables hallazgos. En ella parece que su director entona un mea culpa por lo bajini por las hostias recibidas por Los amantes pasajeros, regresando a la que parece ser su zona de confort en los últimos años: el melodrama familiar. También es cierto que el público puede que tenga más memoria y sea más rencoroso. Pero, si miramos el lado bueno, Kika (1993) –un título que, para más inri, recuerda con recochineo a Kiki, una de las películas de su director que más palos se llevó en su momento, hoy es saludada como una obra de culto. ¿Pasará lo mismo con Los amantes pasajeros, esa comedia dirigida y planificada como un melodrama que parecía concebida para haber sido hecha hace veinte años pero sin la chispa ni la provocación de entonces? Me temo que no. ¿Y que tiene esto que ver con Julieta? Bastante.

2. El fenómeno Kiki. Cuando fui a ver la película de Paco León, un coro de ancianitas pudientes aplaudían y jaleaban cada uno de los chistes picantes de la película. Disfrutaban de lo lindo con una película que, en teoría, y sólo en teoría, no iba dirigida para ellas. Exactamente lo que habría pasado hace no tantos años con una película de Almodóvar. Paco León ha tomado el relevo: es el personaje esperpéntico y singular que cae simpático a los conservadores y es respetado por los progres. Es Pepi, Luci y Bom (1980) pasado por el filtro del festival de Málaga. Independientemente de que el cine de Almodóvar haya tomado este desvío dramático en los últimos años, tan estimulante en La piel que habito (2011) y tan impostado en Los abrazos rotos (2009), las lenguas viperinas dicen que a día de hoy sería incapaz de hacer una película tan fresca y libre como Kiki. Y posiblemente haya algo de razón en el centro de la boutade. Paco León es el hijo listo que se rebela contra el padre; es como si Félix Sabroso o Alfonso Albacete le dieran lecciones al director de Tacones lejanos (1991) de cómo conectar con el público. Hasta ahora Almodóvar sólo había tenido hijos sumisos y obedientes, incapaces de plantar cara a su mentor. El éxito de León tiene algo de paliza de patio de colegio.

3. Julieta es una película difícil, que puede ser juzgada fácilmente como sosa por un espectador vago y compleciente. Una película en la que todo lo importante pasa fuera de campo (el cabreo de la niña, sin ir más lejos, para algunos inexplicable, para otros, como yo, simplemente misterioso y elusivo) y en la que los estallidos de pasión de la historia resultan contados y a veces, rechinan que es un gusto. El pasaje del tren es fantástico pero demasiado corto, y la serie de confesiones de su tercio final (especialmente la del hospital, y con esto no revelo nada importante para quien no haya visto todavía la película) recuerdan demasiado a las de Los abrazos rotos. La sesión de dèjá-vu a veces es irritante, pese a los logros y los golpes del genio de la parte central de la película. La sensación final deriva de lo satisfactorio a lo frustrante pero no promueve precisamente al entusiasmo.

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4. El desequilibrio entre humor y drama. Julieta es fundamentalmente una película dramática, pero como en todo melodrama, y más aún como en toda película de Almodóvar, la comedia funciona como una especie de lenitivo contra la dureza de las avatares de sus personajes. Si hay una película de la filmografía de Almodóvar a la que recuerda Julieta es a La flor de mi secreto (1995). Aquel tampoco era un melodrama redondo, pero el contrapunto de costumbrismo cómico del personaje de Chus Lampreave funcionaba como un reloj recién comprado. En Julieta las réplicas de la estupenda Rossy de Palma no son suficientes para atenuar la tensión dramática –o en los peores casos, el tedio- y Pilar Castro está desaprovechada.

5. El propio Almodóvar es cada vez un personaje más antipático. En la rueda de prensa de La mala educación (2004) el manchego acusó al PP de haber intentado dar un golpe de Estado, y pese al escándalo, todo fueron risas y vítores entre sus acólitos. Julieta, en cambio, ha estado marcada por su aparición en los temibles papeles de Panamá. Esto no debería tener nada que ver, porque el cine y la política son cosas diferentes, o puede que todo, que todo sea política y la política sea cine y el cine, a su vez, política, pero, evidentemente, la noticia no ha ayudado a generar simpatías de cara a su puesta de largo. También recientemente, en una entrevista, Almodóvar se quejaba de que un director del talento de Carlos Vermut no pudiera vivir del cine y tuviera que alojarse en casa de sus padres. Una actitud un tanto cínica y condescendiente viniendo de alguien que goza de una situación económica envidiable y cuenta con una de las productoras más importantes del país. Un tiro por la culata, vete a saber si bienintencionado. Daba a entender que él y Vermut jugaban en ligas distintas; la taquilla le ha demostrado de que el público, con cada película, es quien tiene la última palabra y es igual de contundente para los recién llegados que para los veteranos mundialmente reconocidos.

6. Las actrices. No creo que Julieta tenga problemas serios de casting, pero me da la impresión de que el regreso de Emma Suárez al cine de altos vuelos no se ha promocionado lo suficiente. Su papel tampoco está a la altura de sus sobresalientes cualidades como actriz. Adriana Ugarte, pese al reciente –y para mí, inesperado- éxito de Palmeras en la nieve (2015) sigue demasiado asociada al medio televisivo y no acaba de caer del todo simpática al público. Y en este caso los personajes masculinos, más que complementos, son marionetas.

7. Julieta no es una película rotunda, aunque a ratos parezca pretenderlo. Almodóvar, de cuando en cuando, es capaz de conseguir películas aparentemente redondas con una extraña capacidad de conectar con su público. Hay dos casos recientes muy claros: Volver (2006) y Todo sobre mi madre (1999). Julieta, un tanto ostentosamente, no se ve a sí misma como película menor pero deja la sensación inequívoca de obra de transición. Se cree, además, más inteligente que su público. Busca más la exhibición dentro de la modestia que la complicidad.

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8. La propia imprevisibilidad del cine español dentro de los tiempos de crisis y fuera de ella. Nadie sabe nada. Ni siquiera yo. Qué sabe nadie. Tampoco me atrevería a decir que la recepción de Julieta haya sido injusta –ni todo lo contrario-, pero lo que está claro es que es poco alentadora para su autor. No le vamos a dar la razón a Boyero, pero sí al cine como medio imprevisible, caprichoso y tan cruel como el más vil y atormentado personaje del director manchego.

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