¿Por qué la nueva adaptación de ‘Cementerio de animales’ no convence?

Hace treinta años el drama de Louis Creed y su familia salía de las páginas impresas y llegaba hasta las pantallas en una adaptación de Mary Lambert que no pasó desapercibida. Tres décadas después nos encontramos de regreso a ese cementerio escondido en los bosques del estado natal de Stephen King. ¿Qué nos hemos encontrado? Lo analizamos a continuación (no sin tener que recurrir a varios spoilers).

I don’t want to be buried in a pet cemetery
I don’t want to live my life again
The Ramones

Stephen King puso dos condiciones para vender los derechos de su historia: ser el guionista y que se rodara en Maine, lugar donde se desarrolla la pesadilla del médico. En la nueva adaptación ninguno de los dos factores se cumplen. Es cierto que Canadá puede hacer las veces de Maine, pero se nota que la mano de Stephen King ya no está presente. Como resultado tenemos una historia parecida a la original, pero si cavamos un poco en esa tierra dura, encontraremos algo totalmente diferente en su esencia.




De sobra nos sabemos la teoría: no hay que despertar a los muertos. Sin embargo, la práctica no es tan fácil cuando tienes en tus manos la posibilidad de resucitar a un ser querido. Es toda esta idea la que inunda las páginas de Cementerio de animales (1983), que se mantuvo en la primera adaptación de 1989, complementada por un gran tratamiento de los momentos más terroríficos de la historia, sin optar por el susto fácil. La muerte es el fertilizante de la historia de Stephen King: recordemos que los camiones que pasan continuamente por delante de la casa de los Creed están cargados de eso mismo, de fertilizante. Cada muerte tiene un sentido y unas consecuencias en los conflictos interiores de los personajes. Cambiar quién muere y quién no es un buen recurso para sorprender a aquellos que conocen bien la historia original, pero es un arma de doble filo: analizando las consecuencias de esos cambios nos encontramos con que la historia toma un camino totalmente diferente al original, uno más efectista y menos profundo, plagado de jump scares y falto de ese terror tan sutil y continuo que inunda la adaptación de 1989.

Los encargados de la nueva adaptación han declarado que decidieron que fuese Ellie la atropellada para poder desarrollar mejor el concepto de muerte dentro de la familia de los Creed, y también decidieron realizar este cambio porque no veían mucho material en un zombi de apenas dos o tres años. Con estas afirmaciones entendemos que lo que buscaban era algo diferente a lo que buscó King en su día tanto en el libro como en la película. ¿No estarían buscando una película de zombis más al uso? ¿Es Cementerio de animales realmente eso? ¿De verdad han explotado mejor el concepto de la muerte al cambiar a Gage por Ellie? ¿En serio un niño zombi de dos años no tiene posibilidades?

Ellie y Gage

Tal vez la explicación de los creadores nos pueda convencer de forma superficial, pero con un pequeño análisis de las consecuencias de este cambio nos damos cuenta de que lo que en realidad han conseguido es perder el conflicto de un personaje que en el texto original tiene una fuerza espectacular: Ellie. Han querido hacer a Ellie la protagonista sin tener en cuenta que Ellie ya tenía un tremendo protagonismo en la historia. Para entender las consecuencias de este cambio primero hay que analizar el desarrollo original del personaje.

La mayor de los Creed representa el primer contacto que tienen los niños con la muerte, todo su desarrollo se configura en torno a este aspecto de la existencia. Al visitar por primera vez el cementerio de animales se abre una puerta en su cabeza que da lugar a un sitio plagado de dudas y miedos. La nueva adaptación ha sabido conservar esa conversación importantísima en la que Ellie le pregunta a su padre por qué los animales viven menos que las personas. Es el primer paso de la pequeña en la excursión que tiene como destino final la comprensión de que toda vida tiene un final y de que tras ese final nadie sabe a ciencia cierta lo que hay.

Esta excursión continúa en el libro y en la primera adaptación con Ellie acudiendo al funeral de una persona que conoce. Aquello que solo era miedo porque su gato muriese, eso que era únicamente una idea intangible se convierte en un hecho. Ellie vive la primera muerte de una persona conocida y afronta su pérdida con las herramientas que su padre le ha sabido proporcionar; incluso acude al entierro sin que para ella eso le suponga un trauma; todo lo contrario, es un suceso muy importante en su asimilación de la muerte.

Pero el tercer paso será el más duro de todos, porque es fácil comprender la muerte de una persona mayor a la que conoces poco, pero no de un niño que apenas acaba de empezar a hablar; no lo es para alguien adulto y menos para una niña, con el agravante de que es su propio hermano. Esta muerte sí que le pega de lleno a Ellie como el camión que atropella a su hermano, es aquí cuando comienza a pasar su primer luto y cuando puede comprender mejor que no todas las muertes afectan de la misma forma a una persona.

¿Qué pasa entonces si la que muere es la propia Ellie, como sucede en la nueva versión? Pues que esta excursión en la que se embarca se termina nada más empezar porque se cambia el punto de vista. En la obra original se habla de cómo (no) afrontar la muerte de los seres queridos, empezando por las mascotas, no de cómo afrontar nuestra propia muerte. Tenemos a Jud, que debe hacerlo con la muerte de Norma -su mujer- y a Rachel, que no supo hacerlo con su hermana Zelda, la cual asegura que lo que teme no es su propia muerte, sino la de las personas a las que quiere. ¿Qué nos queda entonces del texto original? Trazos superficiales, porque Gage, al ser tan pequeño, no es consciente de la muerte de su hermana, no lo vemos con una foto de su hermana mayor las veinticuatro horas del día como sí hace Ellie.

Lo que nos queda es una niña zombi que habla demasiado y que no llega a transmitir el miedo que debería, porque pierde toda su garra a costa de resultar más atractiva de forma superficial. El Gage de la primera adaptación es perfecto, no hace falta que haga reflexiones ni que diga más cosas que las cuatro palabras que conoce; es precisamente eso lo que lo hace tan terrorífico. Matando a Ellie han matado también toda la relevancia que tiene Gage en la historia a un nivel más profundo y menos efectista. La primera adaptación supo conservar a dos personajes absolutamente relevantes en la historia, cada uno jugaba su papel. Ellie como representación de la comprensión de la muerte y Gage como elemento aterrador. Con esta nueva adaptación nos hemos quedado sin uno, sin Gage, que pasa a ser un personaje muy de relleno que tan solo sirve para sorprendernos cuando vemos que no es él quien muere y para avisar a Rachel de que Louis está en peligro. Los cuatro miembros de la familia nos aportaban algo importante a nuestra experiencia como lectores o espectadores y ahora nos hemos quedado con tres.

Louis y Church

Hay otro cambio en el guion muy importante que tal vez se vea ensombrecido por el anterior, que es el más impactante. Hablamos del momento en el que a Church, el gato, lo atropella un camión. En la novela, al igual que en la primera película, este suceso tan importante ocurre mientras Louis se encuentra solo en casa porque sus hijos y Rachel están en casa de sus suegros, con los que no se lleva bien. Esas páginas y esos minutos en los que Louis debe enfrentarse a lo que será un drama para su hija no tienen el mismo efecto si está acompañado por su familia, si le cuenta el problema a su mujer para pedirle consejo y compartir un poco la carga de darle una mala noticia a su hija. La soledad en la que se encuentra durante esa semana de vacaciones es una de las partes que más terror e inquietud nos trasmite, una de las que más fácilmente se nos queda guardada en el recuerdo. Es imposible olvidar ese momento en el que Louis vuelve a casa tras enterrar a Church en el cementerio micmac para encontrarse en una casa vacía, sin otro cómplice que su vecino, que es muy vago en las respuestas que le da a sus preguntas sobre lo que acaban de hacer.

Situando a toda la familia en el momento en que Church regresa de la muerte y haciendo también partícipe a Rachel se pierde introspección, miedo y misterio. Cuando Church resucita, Jud deja muy claro a Louis que ese gato ya no es de su hija, sino suyo. El libro juega muy bien con esta nueva relación que antes no existía. Les deja a ellos dos solos en el mismo espacio durante un tiempo determinado en el que el médico analiza al animal y va comprendiendo sus nuevos patrones de comportamiento; se podría decir que se va acostumbrando a él y preparándose para el momento en el que Ellie se encuentre con el que ya no es su gato y descubra que huele fatal y que no se comporta de la misma forma que antes de marcharse.

Con este cambio de tiempos, en la nueva película nos han arrebatado uno de los mejores momentos de la historia. Sí, este Church zombi es una versión 2.0, pero su regreso a la casa es mucho menos inquietante que el original. No hay periodo de transición para amo y mascota. Además, al obviar el momento en que deciden castrar al gato, cuando caza a un pájaro no resulta tan chocante como si se tratara de un gato que al estar esterilizado deja de lado su parte más salvaje. Son detalles que pueden parecer insignificantes, pero que si no se toman en cuenta restan mucho a la función de la historia.

Louis y Rachel

El tercer cambio importante en la historia es quién entierra el cadáver de Rachel para que resucite. La nueva Ellie, en un afán de hacer que todos los miembros de su familia estén en sus mismas condiciones y la puedan entender, es la que lleva su cuerpo hasta el cementerio para que resucite. Aquí Louis no tiene nada que ver, por lo que podemos pensar que tal vez no habría ido tan lejos, que al ver el resultado de resucitar a su hija fuese consciente de que lo correcto es dejar a los muertos en paz, pero nunca lo sabremos. Stephen King creó a un personaje que a pesar de ver las horribles consecuencias de resucitar a su hijo decide hacer lo mismo con su mujer, que ha muerto por su culpa. Debería haber aprendido que la muerte de su mujer es consecuencia de su incapacidad para aceptar la muerte de su hijo. En cambio, no piensa en el otro miembro de la familia que queda vivo: su hija. La pérdida de su mujer lo ciega y vuelve a caer en la misma trampa, la de ese cementerio que te llama a gritos una vez que lo has pisado.

Esta recaída del protagonista se esfuma en la nueva adaptación cuando Ellie toma el control de la situación. Ya no presenciamos su caída sin retorno a los infiernos. También desaparece la idea de darle prioridad a los muertos antes que a los vivos; ya no vemos cómo Ellie queda desterrada a un segundo plano totalmente sola porque su padre, un adulto que anteriormente le ha explicado qué es la muerte, es incapaz de aceptar dicha realidad. Esta es la paradoja que encontramos en Louis y sin la cual la novela se convierte en algo totalmente diferente.

Rachel y Zelda

Rachel tiene su propio trauma con la muerte: su hermana Zelda. Tanto en la versión de 1989 como en la de 2019 aparece esta subtrama porque es importante para comprender el terror que le tiene Zelda a la muerte de sus seres queridos y porque la experiencia que vivió siendo una niña resulta de las partes más aterradoras de toda la historia, que bien aprovechada puede ser realmente terrorífica en pantalla.

En las dos adaptaciones han optado por enfoques diferentes. En la primera película se plasmó de forma más fiel la muerte de Zelda, algo que no tiene por qué ser necesariamente bueno. Acompañamos a la pequeña Rachel hasta la habitación de su hermana mientras le lleva la bandeja de la comida. Presenciamos junto a ella su muerte por asfixia haciendo lo mismo que Rachel, simplemente observar. La caracterización y la actuación del actor Andrew Hubatsek es tan soberbia que experimentamos uno de los momentos más terroríficos de toda la película. Y esta inyección de terror se consigue sin necesidad de sustos fáciles, es algo más sutil pero más profundo. Tal vez no saltes del asiento, pero aún es posible sentir un escalofrío al recordar el momento en que entramos en el dormitorio de Zelda.

La nueva Zelda no se nos queda grabada automáticamente por mucho que quieran hacernos gritar con la escena del montaplatos. Es posible que nos asustemos al verla caer, pero se nos conduce de forma demasiado directa y forzada hasta esa emoción, y eso solo puede resultar en una impacto momentáneo, si es que llega, que desaparece igual de rápido que aparece. Además, no se nos da la oportunidad de entrar en el territorio que Zelda tanto temía de pequeña, ese mundo de Oz el ggande y teggible, la habitación de su hermana. El problema no es que hayan cambiado la forma en que muere Zelda, sino que esa nueva forma no hace que el espectador acceda de una forma tan profunda al universo de terror de Rachel. Todo toma distancia. Rachel le deja el plato de comida en el montaplatos y se nos niega la capacidad de empatizar a un nivel superior con aquella pequeña que vivía aterrorizada cada vez que debía acudir a la habitación de su hermana.

Todos estos cambios hacen en su conjunto que la historia se aleje excesiva e innecesariamente de la obra original, y como resultado se ha conseguido una película de zombis que devoran casi cualquier posible profundidad, partiendo de un texto con mucho trasfondo potenciado por la presencia de zombis. King nos transmite perfectamente la dificultad de dejar marchar a un ser querido, pero esta segunda adaptación se queda a medio camino y toma el desvío equivocado.

Como bien dice Jud Crandall, “A veces es mejor seguir muerto“. Alguien ha querido resucitar esta obra maestra y lo que nos hemos encontrado ha sido una historia que a primera vista parece la misma, que en cierto momento nos ha sorprendido, pero tras analizarla un poco nos damos cuenta de que ya no es igual. Esto no significa que no se pueda sacar nada bueno de ella, sin duda alguna ha servido para revivir la primera adaptación y para redescubrir (o descubrir) una de las novelas más redondas de Stephen King. Así que, después de todo, no está de más dar las gracias por la decisión de devolverla a la vida treinta años después.

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