Por qué los Oscar ya no son necesarios

Estamos en 2016, y la idea de unos premios sobrepublicitados que ayuden a impulsar carreras y promocionar películas da más pereza que nunca (salvo si tu nombre es Leonardo DiCaprio). Aquí exponemos nuestra opinión.

La verdad sea dicha, no estuvo demasiado mal. Lo de las girl scouts tuvo delito, y en general todo fue como de costumbre (es decir, una espera interminable hasta el final de la noche y las categorías ‘mayores’), pero, en general, la gala de los Oscar 2016 resultó un tormento menos intenso que en años anteriores. Una pena que Chris Rock quemara casi todos los cartuchos del evento en un discurso inicial que valió su peso en oro, y que nos recordó por qué este señor vale tanto. «Señor presidente, ¿ve usted a todos esos actores, productores y directores? ¡No contratan negros!», soltó el comediante al escenificar una conversación imaginaria con Barack Obama. «¡Y son los blancos más guays de la Tierra! ¡Son de izquierdas!». Ese momento en el cual Rock dio en la diana, y los sketches paródicos sobre el Mes de la Historia Afroamericana (impagable esa Angela Bassett haciéndonos dudar sobre si Jack Black Will Smith son la misma persona) fueron lo más sabroso de una noche en la cual la Cuestión Racial fue el gran tema de fondo.

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Claro que, si nos ponemos a rascar polémicas, esta edición de los Premios de la Academia habría dado para mucho más: la victoria de Alicia Vikander y la nominación a Eddie Redmayne por La chica danesa, sin ir más lejos, hubieran dado para sacar la Cuestión Transgénero (y también la manera en la cual ese filme normativiza una relación que, en la vida real, fue muy queer y muy poco apta para el Hollywood más manido). El ninguneo a Los odiosos ocho (con la salvedad de la estatuilla para el maestro Ennio Morricone) podría hacernos pensar en cómo y por qué la institución le cogió ojeriza a Quentin Tarantino. Y, finalmente, la tan ansiada victoria de Leonardo DiCaprio por El renacido (película que, todo sea dicho, aquí nos pareció un pestiño como un oso pardo de grande) resulta un buen acicate para meditar sobre esos premios que se dan porque ‘hay que darlos’. Y si su destinatario se ha sometido a un tour de force masoquista durante el rodaje, mejor que mejor.

Pero, sobre todo, los Oscar 2016 nos hacen pensar sobre si los Oscar tienen sentido a estas alturas. Y la respuesta, al menos por nuestra parte, es negativa. ¿Por qué soltamos, ahora y de golpe, tamaña barbaridad? No, no es porque Charlize Theron no estuviese nominada, ni tampoco porque George Miller no ganase Mejor Director por Mad Max: Furia en la carretera. Es, sobre todo, porque no le vemos el interés a un evento pensado para que la industria del cine de EE UU se celebre a sí misma, dándose palmaditas en la espalda y permitiéndose un poco de autocrítica cachonda en los discursos de los presentadores. Un poquito sólo, que más escuece.

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Hagamos historia: en 1927, cuando la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas (¡uf!) se constituye, su intención no es precisamente recompensar excelencia creativa. El propósito de la institución, concebida por un señor tan turbio como Louis B. Mayer, era básicamente ofrecer a los magnates de los estudios un corrillo donde resolver su competencia empresarial sin acudir al arbitraje público, y donde resolver (o más bien sofocar) disputas laborales sin que los sindicatos entrasen en el juego. Para saber esto, conviene señalar, no hay que remitirse a Hollywood Babilonia ni a ningún otro compendio de viboreos: basta con visitar la página correspondiente de la Wikipedia. La cuestión de las estatuillas, por otra parte, obedecía tanto a la necesidad de que la Academia justificara su existencia como a la de ofrecerle a la industria un barniz ‘respetable’. Hace 89 años, eso de que el cine era una labor artística no estaba tan consensuado como ahora, y una entrega de trofeos (celebrada, por entonces, en petit comitée) resultaba una declaración de cara al público: «¡Ey, mirad, nuestras vidas no consisten sólo en montar fiestas en nuestras mansiones de Beverly Hills! ¡También nos damos premios, y todo!».

Las décadas (casi un siglo, ya) han pasado. Y, durante ese tiempo, los Oscar nos han proporcionado momentos gloriosos: el favorito de quien esto escribe es su edición de 1942, cuando unos tales Orson Welles (por Ciudadano Kane), John Ford (¡Qué verde era mi valle!), Howard Hawks (El sargento York), Mitchell Leisen (Si no amaneciera) John Huston (jovencito él, con su debut El halcón maltés recién salido del taller de montaje) colocaron sus filmes en la lista de nominados a Mejor Película. Pero, fetichismos aparte, también han dado mucho tedio… y también un montón de filmes perecederos, testimoniales o sencillamente mediocres que se han hecho con sus categorías mayores. Excusamos citar ejemplos concretos porque esto corre a cuenta del gusto particular, pero… ¿recuerdan lo de Shakespeare In Love (1998)? ¿Y lo de Crash (2004)?  

Pero vamos al lío: a explicar por qué a estas alturas, y tras todo lo que hemos citado, los Oscar nos parecen una reliquia. Para empezar, señalemos que unos premios como estos tienen, por naturaleza, un carácter prescriptivo. Es decir, que el criterio de sus jurados ayuda a seleccionar las ‘mejores’ películas entre toda la producción cinematográfica del año. Ahora, pensemos en esto: durante sus últimas ediciones (o, si nos ponemos crueles, desde los ochenta en adelante) los ‘hombrecitos’ de la Academia han descollado más por lo que omiten que por lo que escogen. Es decir, que las omisiones en sus listas de nominados han llamado más la atención que los filmes presentes en ellas. Algo más patente que nunca en la época actual, cuando las opiniones y las valoraciones cruzan internet a la velocidad del rayo.

El hecho de que 12 años de esclavitud Birdman ganasen Mejor Película no resulta inesperado, ni puede orientar especialmente al público: se trata de filmes que obedecen a aquello que, con los años, se ha venido a llamar ‘películas oscarizables’, bien por una factura técnica notable, dentro de un orden, por apelar a temas ‘de interés humano’ o por ambas cosas. El hecho de que Drive, Reservoir Dogs Cantando bajo la lluvia (por citar casos escogidos al azar) llegasen a las galas correspondientes, bien huérfanas de candidaturas, bien relegadas a unas pocas nominaciones ‘menores’, habla muchísimo acerca de los criterios de la Academia. Criterios cada vez más caducos, y que no hacen sino reflejar el estado de un Hollywood preso cada vez más de un alarmante adocenamiento. Sobre esto se ha escrito mucho, achacando el estado de las cosas a la media de edad de los académicos o a su origen étnico y social. Pero también podría hablarse sobre uno de los principales factores que contribuyen a que una cinta se lleve o no un Oscar: los millones invertidos en su campaña promocional, y la habilidad de dicha campaña para meterse a los miembros de la institución en el bote.

Tras todo esto, ¿qué nos queda? Pues aquello por lo cual las galas se ganan titulares al día siguiente, victorias aparte: sus presentadores y los números con los que se amenizan las entre cuatro horas (¡cuatro!) y tres horas y media que suelen durar. Algo muy necesario, si nos preguntan: puestos a pasarse casi 240 minutos viendo las entregas de Mejor Montaje de Sonido, Mejor Cortometraje Documental y demás, qué menos que deleitarse con un par de buenos números de varietés. Pero en esto, como en lo demás, nos quedamos fríos: la única ceremonia reciente que servidor recuerda con cariño (y mira que ha hecho memoria) es la de 2009, con aquel Hugh Jackman dándolo todo. Por lo demás, cabe decir que las últimas ediciones han sido tan sosas que ni Neil Patrick Harris ni Ellen DeGeneres han sido capaces de darles vidilla. Y eso es decir muchísimo.

Así las cosas, ¿puede uno sorprenderse cuando se dice que los Oscar ya no interesan al público joven? ¿Puede sacudirse el gesto desencajado cuando recuerda el papelón de James Franco Anne Hathaway como presentadores en 2011? Y, en suma, ¿puede sorprenderse si, recordando la gala de ayer, acaba concluyendo que ésta fue un sopor y un pestiño? A estas alturas, en 2016, los Oscar ya no son fiables ni como baremos de la calidad hollywoodiense, ni como entretenimiento televisivo. Puede que el futuro de los Premios de la Academia resida en una reinvención, pero eso está por verse. Nosotros, de momento, lo resumimos todo en una frase: los Oscar ya no hacen falta.

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