‘Pose’: la serie que da voz (al fin) al colectivo trans de los noventa

Pose es la producción de Ryan Murphy (creador de Glee y American Horror Story, entre otras) que desde 2018 quiere dar voz a las personas trans de la década de los años noventa. Analizamos la serie hasta la fecha, aprovechando el final de la segunda temporada de este producto audiovisual tan cautivador como necesario.

Este artículo contiene SPOILERS

Pose está ambientada en la Nueva York de finales de los ochenta y los noventa, donde la cultura ballroom hacía furor gracias a la popularización del vogue, un baile basado en el rítmico movimiento del cuerpo a la vez que se posaba. La serie tuvo un gran éxito el año pasado con el estreno de la primera temporada y Ryan Murphy no ha dejado pasar la oportunidad de ofrecer un producto audiovisual no solo rico en escenarios, música y personajes sino también en temática.

Blanca (interpretada por una genial Mj Rodriguez) funciona de “madre” de una de las casas más famosas del Nueva York de la época. Decide abandonar a su antigua madre, la majestuosa Elektra, para fundar una casa por su propia cuenta y así permitir que nuevas personas (y desquitados de la propia Elektra) puedan encontrar el refugio necesario para seguir participando en los “ballrooms” o desfiles donde competirán, entre casas, por alcanzar los multitudinarios premios. 

El personaje del MC, Pray Tell, (en este caso interpretado por Billy Porter) gana confianza en la segunda temporada al darle un mayor espacio al personaje. Con él descubriremos qué hay más allá de lo que se esconde tras los micrófonos y la crítica de los ballrooms. Hay un hombre que sufre por su enfermedad, por la duda entre si tomar o no el único medicamento existente contra el VIH. En mi opinión, aunque el espacio que toma es excesivo en comparación con su aportación en la primera temporada, permite una mayor profundidad para un personaje que, a veces, se excedía en su caricatura, pero no nos permitía ver mucho más. 

Las diversas casas ofrecen, además, un modelo familiar nunca visto en las series de televisión. Una líder que funciona como madre (Candy, Elektra o Blanca para sus diversas casas: la casa Ferocidad, Wintour y Evangelista, respectivamente) que nos permite ahondar en cómo las diversas almas que se congregan en cada una de las habitaciones de los apartamentos de Nueva York funcionan como una familia (real) que permite a sus diversos miembros expresarse tanto en el baile como en la vida. 

Es sorprendente cómo de fácil se estructuran estos modelos familiares y lo bien que se concuerdan entre ellos para llegar a conseguir sus objetivos. Cada una de las casas, a pesar de su competencia, también se ayudan entre ellas: cuando Elektra no puede pagar el alquiler, es Blanca (su antigua hija) quien la recoge en su casa y cuando Elektra necesita ayuda, acude también a ella para que pueda socorrerla. Es un intercambio de pareceres que puede resultar sorprendente si nos atenemos a las feroces críticas que se depositan una contra la otra cuando están en el escenario de los ballrooms, pero que desaparecen una vez que los focos se apagan y continúa la vida. 

La muerte de Candy y el VIH en los noventa

Hay un hecho que marca, indudablemente, la segunda temporada: la muerte de Candy. El desprecio que muchos hombres heterosexuales sentían por sus encuentros sexuales con las trans provocaba muchos asesinatos (lo que no se ha detenido, por desgracia, a día de hoy). Candy representa en la serie una llamada a la reflexión de cómo de inseguras estaban estas mujeres en la época que no solo eran rechazadas por sus citas sino por sus familias. 

En el funeral de este personaje hay una gran y sobresaliente oportunidad para conectar con cada uno de los personajes de la serie. E incluso con los padres de la fallecida, que no la conocían desde que se marchó de casa. Estas partes emocionan porque contienen el núcleo del gran problema: el aislamiento familiar de las trans por parte de sus familiares. Es un conflicto del que Pose habla sin tapujos. 

También se habla sin cortapisas de cómo el VIH mataba sin ningún tipo de control a millares de personas. Blanca y Pray Tell, en el primer episodio de esta segunda temporada, deciden acudir a un cementerio donde incluso se enterraban en cajas a aquellos hombres y mujeres que ni siquiera eran reconocidos por sus familias. Una escena muy chocante pero necesaria para descubrir el gran mal que supuso el SIDA en la época. Aquí ya estamos en 1991, pero aún no se había descubierto la salida para poder luchar contra la enfermedad. Solo había un remedio y ese era el AZT: el medicamento que Judy (la doctora de la serie) recomienda a Blanca. Aunque Pray Tell tiene una reacción mucho más fuerte (y en Pose no se habla de si, finalmente, debe finalizar el tratamiento con él), Blanca sí consigue mejorar algo su enfermedad. 

No obstante, el capítulo final nos muestra a una Blanca que se está consumiendo hasta el punto de tener que viajar en silla de ruedas al último “ballroom” emitido por la serie. Un desfile donde se nombraba quién sería la “Madre del año” y que contiene una de las escenas más emotivas de la serie, ya que, al son del himno americano, Blanca sale de su silla de ruedas para entonar un playback que simboliza la superación de la enfermedad, incluso con sus secuelas. Es el “vive, lúcete, posa” que se nombra, como lema, cada vez que comienza un episodio de la serie y al que la audiencia se acoge como si de un mantra se tratase. 

Porque la serie va de superación, de conseguir objetivos y retos. De ir contra los prejuicios establecidos, de luchar por los derechos de los colectivos y de conseguir los sueños que nos propongamos. El ballroom no es sino una metáfora de la competición brutal que todas estas personas trans sufren en su día a día: una lucha contra las familias, contra las condiciones laborales, contra la sociedad, y todo aquello que impida realizar una vida diaria. Aquí las críticas por un vestido, por un gesto o un baile no son sino más refuerzos para contraatacar más fuerte que la anterior vez: Pray Tell se “pasa” en muchas ocasiones de duro, pero también recompensa cuando se gana, incluso aunque él no tenga muchas simpatías hacia el participante. 

De hecho, la segunda temporada da mucho más juego al behind the scenes de cada uno de estos ballrooms, de cómo ni siquiera las simpatías del Consejo pueden garantizar un premio. Aquí lo que decide es el talento, la supervivencia, la adaptación. Cada uno de los trajes están hechos a mano por sus participantes: claro que hay veces que uno se pregunta de dónde se sacan algunos de los modelos más extravagantes, pero estos vestidos no serían posibles sin la creatividad e imaginación de cada persona que desfila. Cada participante imprime su propia personalidad en los pasos que ejecuta sobre la pasarela y eso aumenta la autoestima de todos aquellos, que una vez que salen por la puerta del ballroom deben afrontar la vida real. 

Los niños crecen

Angel y la trama con el personaje que interpreta Evan Peters (uno de los carismáticos muchachos de American Horror Story) se diluye para dar paso a una narrativa mucho más coherente con el personaje. Empieza a desfilar en el mundo de la moda, uno que también se negaba a incluir modelos trans. Por otro lado, Damon, un chico gay que empieza a brillar en la escuela de baile clásico de Nueva York, pasa a ser profesor particular de mujeres mayores que quieren continuar con la moda que impuso el Vogue de Madonna y que respondía al vogue que se veía en los ballrooms de la época. La serie también permite observar cómo, una vez pasada la moda, solo este tipo de baile era practicado por los miembros que forman el conjunto de estos desfiles y cómo Damon, de cara a una tercera temporada, tendrá que continuar luchando por hacerse hueco dentro de la escena del baile. 

La serie, en conclusión, aporta muchas miradas y perspectivas a una época no tan visibilizada en este contexto. Conocíamos gran parte de estas fechas gracias a las diversas series, documentales y películas que se enfocan o fueron grabadas en los noventa. No obstante, ninguna se había caracterizado por dar voz al movimiento trans de la época. Y Pose lo hace muy bien. Vive, lúcete, posa. Eso es lo verdaderamente importante.

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