Punk USA 94: la última gran explosión del ruido

Es difícil encontrar otra generación musical que levantase tantas esperanzas como la del punk rock de mediados de los noventa para luego soterrarlas casi de forma inmediata. A camino entre la nostalgia de una época y la vergüenza mayoritaria de su evolución, diseccionamos aquellos discos motivo de frenesí adolescente y qué ha sido de los grupos estandarte que amparaban Epitaph o Fat Wreck Chords. Han pasado 23 años desde 1994, el momentum de aquel supuesto grito de rabia, más que suficiente para poder apreciar sus luces y sombras.

En la iconografía del punk hay una fecha que no se discute como vórtice: 1977. Cierto que los Ramones tocaban en 1974 o Death, hoy descubiertos para el casi gran público, en 1971. Pero cuando el rock de los setenta se agotaba como una música hiperproducida en estudio que luego salía a girar en rutilantes conciertos cargados de escenografía y los relatos divergían sobre cuál sería la influencia seminal de lo que estuvo por venir, lo que “estuvo por venir” sí se cuadró certero en el llamado punk 77. A la sazón año de grupos norteamericanos como Misfits, The Avengers o The Germs que concatenaron lo que Sex Pistols, The Clash, The Dammed, The Flower of Romance o Buzzcoks agitaban en Inglaterra. Mención honorífica local para La Banda Trapera del Río en 1976, berrido del Llobregat rescatado para su reciente cuarenta aniversario.




El símbolo de los dos sietes ha quedado ahí, insoslayable a los vaivenes de su generación. Sin embargo, pocos recuerdan -y hasta es difícil encontrar referencias literales del término- que en la adolescencia de muchos de nosotros se acuñó el punk 94 para esa supuesta segunda época dorada que tuvo como epítome doce meses atiborrados de discos en los que la chavalada depositó su fe.

Hago una digresión personal que seguro es ilustrativa: en 1994 yo tenía doce años, y paseaba con mis pantalones por las rodillas y mi pendiente en el cartílago de la oreja entre discos de Nirvana o Stone Temple Pilots -suena fácil, incluso cuando has tenido que luchar contra una herencia familiar atroz de vinilos de Mecano-. Con aprobación presupuestaria materna y un billete rojo compré Smash de The Offspring porque había visto su vídeo Self Steem en algún lado -¿40 Principales?, ¿es posible?-. Tras escucharlo en comuna, esa misma tarde otro de los nuestros hurtó Punk in drublic de NOFX y Let´s go de Rancid por la simple razón de que estaban apilados en el mismo género. A los pocos días nos dimos cuenta de que la tienda ya no dejaba el cd en la cajita con el Unknown Road (este de 1993) de Pennywise que apoquinamos para hacer las habituales copias a quinientas pesetas, fotocopiando y recortando la portada.

NOFX

Aquella música era más fácil que el grunge, más rápida y más gamberra; por señalar algunos de los cuantos mases. La batería taladraba quintas básicas y palm mutes melódicos y las voces hablaban de lo que después pensaríamos que era un derecho natural a perpetuidad: peleas, drogas, tu skate, algo de amor juvenil o el odio al supuesto sistema. Solo había que ajustar un poco la estética que también divergía del punk clásico. Por el año 1995 nos decoloramos el pelo y atravesamos el cuerpo con piercings como los propios grupos, y después lo estropeamos tatuando algún tribal. Así estábamos furiosamente regocijados con lo que creíamos que iba a durar siempre, quimera que seguro nos igualaba con muchas de aquellas bandas. Nuestra explosión hormonal coincidió con la explosión de una generación musical, aunque fuese a diez mil kilómetros de distancia. Y eso es prodigioso cuando siempre llegas tarde a cada uno de los movimientos que aspiran a ser contraculturales.

Podemos centrar la catarsis de 1994 en seis discos: Smash de The Offspring, Let´s go de Rancid, Dookie de Green Day, Punk in drublic de Nofx, Stranger than fiction de Bad Religion, y Unkown road de Pennywise. Aunque este último saliera en 1993 y su continuación sustancialmente mejor, About time, en 1995, sería ridículo obviar a Pennywise como uno de los máximos exponentes del nuevo punk.

Smash, The Offspring

En su primer gran éxito, Dexter Holland y su, con perspectiva, decadente banda grabaron doce temas más la habitual intro en lo que, si se escucha desde aquel tiempo pasado, fue un trabajo superlativo. Sobraban coros y faltaba contundencia instrumental, pero su música se ubicó con puntería entre lo accesible y lo desolador. Tras el paso atrás de Ixnay on the hombre (1997) se confirmaron como casi un one hit wonder al llegar Americana (1998), desolador en el sentido global de la palabra. Y ojalá su hubieran quedado ahí. Estropearon su legado hasta el paroxismo tanto dentro como fuera de los escenarios y de los estudios. Mensajes de apoyo para Bush Jr. mediante que, tras las críticas, calificaron de “broma malinterpretada“. Hay una multitud que reniega del Smash por la hecatombe posterior y supongo que no se lo podemos reprochar. Yo no, es un trallazo de disco.

Let´s go, Rancid


El Let´s go de Rancid sí que parecía punk 77 para un neófito. La portada roja con el puño rompiendo no sabíamos muy bien qué y las crestas en la contra emparedaban veintitrés cortes de idéntica fórmula alternando las tres buenas voces que tiene el grupo. Todos los temas notables, ninguno sobresaliente. El siguiente And out come the wolves (1995) los confirmaría como la frontera de muchos y, según prometió Joe Strummer, como los nuevos Clash. Palabras mayores. Si te gustaba Rancid, no te gustaban la mayoría de temas de Lagwagon, No use for a name, Millencolin o Blink 182. Incluso su público, más allá del adoctrinamiento de los grandes festivales, se nutría de elementos muy diferentes. A día de hoy han dado una cal y otra de arena con Honor is all we know (2014) y el menos afortunado Troublemaker (2017). Además, en sus trayectorias individuales Tim Armstrong dejó un disco en cierto modo pionero con Transplants (2002) y la ristra de vocalistas que allí se metieron, Matt Freeman otro decente con Devil´s Brigade (2010) y Lars Frederiksen al menos dos pasables con los Bastards (2000-2005). Eso por simplificar la retahíla de proyectos en solitario de los chicos de la bahía de San Francisco, que son muchos. Demasiados.

Unknown Road, Pennywise

Pennywise y su Unknown Road tenían el sonido más potente de esta terna. Y curiosamente solo con una guitarra, la de Fletcher. About time apuntó lo mismo, pero con la voz de Jim en 2.0, y el Full Circle (1997) tras el suicidio de su bajista les regaló un aura de grupo realmente punk hasta después del Straight Ahead (2000). También el himno del género, Bro hymn. Porque al final estos, como The Offspring, Lagwagon, No use for a Name y tantos más, eran chicos de suburbia. Una amiga falaz en su traducción que refiere los barrios residenciales de clase media estadounidense y no al “suburbio” que aquí entendemos. No obstante, entre sus letras colmadas de presunta gnosis sobre el ellos/nosotros, revoluciones flamígeras, desarraigo y violencia, fueron salvándose de la segregación que estaba por venir, que no del desinterés de los que los etiquetaron igual que otro grupo de punk pop del sello referencia Epitaph.

Dookie, Green Day


Green Day es un caso similar al de The Offspring. Sin embargo, no tan predecible. La formación en tridente le daba un sonido más añejo y menos registros en el melódico Dookie, que aguantaron bastante tiempo por mucha acústica que aporreasen a partir del Warning (2000). Durante años también mantuvo una relativa coherencia en su papel, sublimada por Billie Joe loqueando en el caos de Woodstock 1994, y aquí no es que hablemos precisamente de hijos de suburbia. Claro que, entrometido oxímoron, sacaron un tema que se llamó Jesus of Suburbia en el ocaso de su dignidad. De hecho, Green Day es una herida sin cicatrizar. Así como The Offspring son un atajo de parias señalados, ellos todavía aparecen en una entrega de premios de la MTV como emos a los cuarenta y tantos.

Stranger than fiction, Bad Religion


La primera convulsión, anuncio de todas las siguientes, llegó al punk en estos meses dorados cuando Bad Religion publicó con una multinacional Stranger than fiction. Su anterior Recipe for hate (1993) los mantenía como una de las indiscutibles referencias del género melódico y fueron muchos los que desearon que se cayeran de su atril de profetas. Además, Brett Guerwitz (¿el único punk verdadero del grupo?) se había convertido en un demente al que la droga le pasaba una factura más larga cada día. Kilométrica. De ahí salió Infected y otros cuantos temas que no pudieron certificar la defunción de la banda que, al contrario, mostró buen nivel con la major Atlantic Records en The Grey Race (1996) y No Substance (1998) hasta estrellarse en el maldito año 2000 con The New America. A partir de ahí luces y sombras en la vuelta a Epitaph con unos trabajos irregulares y que, desde luego, hace años que no tienen un buen directo. ¿Viejos o veteranos? El punk no debería entender de lo segundo.

Punk in drublic, NOFX


NOFX tienen una carrera singularmente extraña. El primer disco que escuchamos el día de autos antes referido, Punk in drublic, ya era más plano que los anteriores que todavía no habíamos escuchado. No tengo reparos en admitir que, tras gastar S&M Airlines (1989), Ribbed (1991) y White trash, two heebs and a vean (1992), fue mi grupo preferido en la adolescencia. Cuando ya habían dejado un álbum con título de despedida, So long and thanks for all the shoes (1997), y esto del punk 94 comenzó a declinar de forma muy seria, sacaron precisamente The decline en el 2000. Ese único corte de dieciocho minutos sería tan bueno hoy de lápida como era entonces. Pero… siguieron, y lo que les sobrevino fue un trabajo decoroso, War of errorism (2003), con el creciente dolor de unos señores demacrados comportándose como adolescentes, ya ni siquiera rabiosos, y sacando música de un ímpetu febril. Es decir, automatizada y en serie. Representan el sempiterno problema de no saber retirarse a tiempo. Su drama es que quizá los Stones queden mejor de cadáveres en un escenario que cualquier grupo punk, y nada más que punk, intentando botar con la guitarra a los cincuenta.

Más allá de la producción estadounidense que acapara estos seis discos, en el intervalo acotado entre 1994 y 2000 nadie puede olvidar a los grupos suecos y al mítico sello Burning Heart. Millencolin, No Fun At All, Adhesive, Hellacopters o The Hives comenzaron con ideas y sonidos parecidos para también acabar en los finales más dispares. The Hives sobrevivió como grupo encarado al mainstream bailón, Hellacopters es rock respetado para los eones, Adhesive se esfumó y No Fun At All rompieron en su apogeo y ahora se dedica a girar sus clásicos y algún tema nuevo con la misma fórmula que funcionaba hace dos décadas. En cambio, Millencolin representa la enésima caída en desgracia.

Las preguntas ya son obligadas: ¿entonces no había nada detrás de la música supuestamente radical a la que entregamos nuestra loca adolescencia? ¿Fue todo un momentum sin verdadero poso ideológico y estético? Solo me atrevo a dar una respuesta tácita. Casi todos estos grupos evolucionaron a un sonido y una lírica melindrosa y a donde se incorporaron nombres infames como Sum 41, Simple Plan… o ¿Avril Lavigne? para regocijo del NU Metal que les ganó los minutos en la MTV, en los buenos tiempos motivo de mofa. Se fueron por el sumidero No Use For A Name, Misconduct, Tilt y tantos otros. La excepción al repudio general, digna de estudio sociológico, fueron Descendents/All. Sublimación del punk ñoño del high school que, tal vez por pioneros y por ese gigantesco batería, se respeta aun hoy. Cuando estrenamos mayoría de edad comprobamos lo mismo de su público, que en gran medida capituló por aborrecimiento y la falta sobrevenida de sensación de pertenencia.

No quedaba nada de lo que nos habían prometido: el punk 94 estuvo en las antípodas de la actitud del punk 77. Y eso lo convirtió en algo anecdótico respecto a su hipotético hermano mayor. Es que tal vez no sean ni familia.

A partir del 2000 los devotos coherentes del punk se fueron al hardcore para mantener una esencia sectaria fuera de circuitos comerciales, salvando trabajos esporádicos de Rancid, SNFU, Snuff o Good Riddance, que en Ballads from the revolution (1998) sonaron como la mezcla perfecta de los dos estilos. Al final todo estaba grabado desde los ochenta y Sick of it all, semideidad de la época, ya aparecía en los recopilatorios del Punk-O-Rama. ¿Boston o Nueva York? Hasta podías coger algo de California. Slapshot, Crown of thornz, Madball, Agnostic Front, Bad Brains, Gang green, Cro-Mags, Gorilla Biscuits, Black Flag, Minor Threat, Youth of Today… los sonidos ásperos que tu oído quinceañero no procesaba susurraron otras supuestas verdades más primordiales a partir del nuevo milenio. Una música a la que solo se puede llegar por evolución. Pero aquí sí habíamos llegado deliberadamente tarde, casi unos veinte años.

No hay atisbo de que vayamos a tener una tercera réplica del punk al nivel de aquellos movimientos telúricos y la evolución del género se encomienda a recopilar vinilos y sides B con el nuevo Diógenes de la nostalgia.

¿Dónde está hoy la supuesta música radical a la que entregamos nuestros sueños de adolescencia? Ahora sí respondo de forma explícita: muerta. En el mejor de los casos.

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Un comentario

  1. lookout dice:

    “mostró buen nivel con la major Atlantic Records en The Grey Race (1996) y No Substance (1998) hasta estrellarse en el maldito año 2000 con The New America. A partir de ahí luces y sombras en la vuelta a Epitaph con unos trabajos irregulares y que, desde luego, hace años que no tienen un buen directo. ”

    The GRAY race ya de por si es un disco flojo pero decente, pero es que No substance es infumable, casi me gusta más The New America…y después decir que la vuelta a epitaph ha sido con trabajos irregulares cuando cualquiera de los discos que han sacado después de Atlantic les da mil vueltas a estos tres…es de tralla. El disco más flojo puede ser The Dissent of Man, pero el resto ?? y que no tienen buen directo??? en fin…

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