Ralph Bakshi vs Peter Jackson: épica y estética en las adaptaciones al cine de ‘El Señor de los Anillos’

Aprovechamos el cuarenta aniversario de la versión de El señor de los anillos (1978) de Ralph Bakshi, y su reestreno en algunas salas españolas, para recordar esta extraña adaptación del clásico de J.R.R. Tolkien, y compararla con la trilogía de Peter Jackson rodada en el siglo XXI.

Mucho antes de que el realizador neozelandés Peter Jackson y su equipo acometieran la monumental tarea de adaptar El señor de los anillos en tres larguísimos films, ya hubo otro valiente -o inconsciente- que intentó la hazaña. Se trata de Ralph Bakshi (1939), un director especializado en cine y televisión de animación, que firmó una versión del clásico de la fantasía de J.R.R. Tolkien en 1978. Fue una película atípica en su planteamiento técnico, como veremos, irregular y, lamentablemente, incompleta, pues, mientras que Jackson pudo finalizar su proyecto -y solazarse después en una megalómana adaptación de El hobbit en otros tres largometrajes-, Bakshi no obtuvo el beneplácito de su productora para realizar una segunda parte que finalizara la historia, de modo que lo único que pudo hacer fue una sola película que llegaba, aproximadamente, hasta los hechos narrados en el primer libro de los dos que componen Las dos torres. Han pasado cuarenta años desde el estreno de aquella película que, con el tiempo, se ha convertido en un film de culto, y más de dieciséis desde la aparición de la primera entrega de la trilogía de Jackson, que se considera, por el contrario, uno de los máximos representantes del cine mainstream del presente siglo. Así que parece un buen momento para analizar ambas creaciones y comparar sus logros.




No se trata de decidir cuál de las dos es mejor, claro. Para empezar, porque son productos muy diferentes, con objetivos muy alejados entre sí. Tampoco vamos a juzgarlas en función de su fidelidad a la esencia de los libros, porque en esta casa no somos nada defensores de estas cosas, y porque ya hay muchos fans de la saga que se han rasgado las vestiduras por los cambios que las adaptaciones han realizado en su objeto de culto. Resulta obvio que siempre hay que hacer modificaciones en una adaptación, pero esto es especialmente cierto en el caso de El señor de los anillos, por su propia estructura. A partir de Las dos torres, las tramas de la historia se presentan de un modo no lineal: en el libro tercero de este volumen se narran las andanzas de Aragorn, Gimli, Legolas y compañía, mientras que el cuarto vuelve al punto en el que los caminos de la compañía se separan para seguir la trayectoria de Frodo y Sam hacia Mordor. Se trata de una estructura inconcebible en el contexto del ritmo cinematográfico de una superproducción de Hollywood como la de Jackson, pero también lo fue para Bakshi.

Una obra tan prolija y extensa como la de Tolkien precisa de pulido, reescritura y eliminación de tramas, personajes y escenas: es inevitable. Lo que resulta interesante es comprobar que ambas adaptaciones tomaran decisiones similares: por ejemplo, resumir el viaje de los cuatro hobbits a Bree, eliminando en el proceso un simbólico y fundamental -desde el punto de vista mítico- episodio: la visita a los túmulos, de los que emergen transformados en héroes, al obtener armas antiguas. También coinciden al purgar a algunos personajes, como Tom Bombadil, Glorfindel y otros que, seamos francos, tampoco es que fueran muy memorables.

No resulta descabellado pensar que las decisiones de la adaptación de 1978 influyeron a Jackson, ya que este ha declarado que la película dirigida por Bakshi fue su primer contacto con la historia. De hecho, su huella es innegable en la manera en la que están estructuradas muchas secuencias de La comunidad del anillo, y, sobre todo, en algunas escenas que prácticamente son un calco: los hobbits escondidos tras un árbol mientras uno de los espectros del anillo único olisquea en su busca, el ataque de los jinetes negros en la posada de El pony pisador, o la muerte de Boromir.

En lo que también coinciden ambos cineastas es en su interés previo por la obra de Tolkien. Ambos se han declarado admiradores de los libros, aunque llegaron a ellos en épocas diferentes. Ralph Bakshi lo hizo al principio de su carrera, antes del boom que vivió El señor de los anillos al ser descubierto por la generación post mayo del 68 y encabezar un renacimiento de la fantasía y la espada y brujería. Fue entonces cuando, tras varios intentos, el realizador encontró el apoyo del productor Saul Zaentz y la United Artists para llevar a cabo el proyecto. Por entonces, Bakshi era ya un director con cierto prestigio en el incipiente campo de la animación para adultos, al ser el responsable de la adaptación de Fritz the Cat (1972) de Robert Crumb o Wizards (1977).

Por su parte, Peter Jackson descubrió a Tolkien gracias a la película de Bakshi, y leyó los libros en la universidad, dentro de otro contexto muy diferente: el de la cultura nerd. Comenzó a concebir el proyecto de adaptar la obra en imagen real en los años noventa, en un momento en el que, quizás, su popularidad había decrecido, superada por el moderno young adult y obras de fantasía más ligeras. De hecho, fue el éxito de su trilogía lo que insufló nueva vida a Tolkien y lo descubrió para una nueva generación. Para Jackson, dirigir estas películas supuso el sueño húmedo de su corazón de fan.

La importancia del contexto social en una adaptación

Los productos culturales no tienen una única interpretación correcta. Diferentes visiones personales pueden convivir sin entrar en conflicto o excluirse, porque la obra es, en buena medida, aquello que el receptor entiende de la misma. En esa interpretación influye, evidentemente, el contexto sociocultural de la época en la que cada uno vive: en este caso, ambas adaptaciones se plantean desde el respeto y el amor por la obra de Tolkien, pero esta no significa lo mismo ni se lee igual en los años setenta que en los noventa.

Desde finales de los sesenta, El señor de los anillos conectó con el desencanto de los jóvenes universitarios y con la contracultura. Su mensaje ecologista también estaba de plena actualidad, y aquellos que advertían de los peligros de la contaminación y la deshumanización que traería la tecnología, predicando la necesidad de un regreso a la tierra, encontraron una metáfora perfecta de este mensaje en un libro que leyeron como un canto a la vida sencilla y conectada con la naturaleza de hobbits y elfos y una crítica de la sociedad industrial, representada por las oscuras Isengard y Mordor.

La fantasía estaba viviendo una edad dorada, y muchas de las mejores obras de esta época se caracterizan por un tono crepuscular, melancólico y reflexivo. En novelas tan interesantes como Un mago de Terramar (1968) de Ursula K. Leguin o El último unicornio (1968) de Peter S. Beagle -responsable, por cierto, de la versión final del guión de El señor de los anillos de Bakshi- no importaba tanto la épica militar como los viajes iniciáticos de sus personajes. La fantasía era una proyección de conflictos internos y el plano simbólico, Jung mediante, era más importante que la acción y las peleas con bolas de fuego y monstruos chungos.

Esa concepción de la fantasía como una alegoría de conflictos atávicos y búsquedas introspectivas está presente en el trabajo original de Tolkien porque, en realidad, es algo inherente al concepto de mito en el que este se inspiró, pero en la película de Bakshi tuvo un interés central y muy moderno, porque se expresó mediante pura estética. Un ejemplo muy significativo: el enfrentamiento entre Galdalf y Saruman cuando el primero acude en busca de consejo de su superior. Mientras que en La comunidad del anillo ambos se enzarzan literalmente a hostias con sus báculos, convirtiendo el enfrentamiento en una cuestión de fuerza, en la versión de Bakshi se percibe como un duelo de voluntades mucho más abstracto.

En la lectura de Jackson, sin embargo, la espiritualidad y el simbolismo parecían en un segundo plano. Y es lógico: el mundo había cambiado. La amenaza atómica se había apaciguado, la ideología neocon y los yuppies eran los amos del cotarro, y lo espiritual parecía haber perdido la batalla contra lo material. Así, el foco se centra en el supuesto mensaje antibelicista de Tolkien, y digo supuesto porque, en realidad, en su obra la guerra puede ser terrible, pero también es un espacio donde alcanzar el honor y la inmortalidad.

Lo llamativo es que esa idea se expresa a través de una estética de la violencia hipertrofiada. La obra de Peter Jackson no puede entenderse sin el cine de serie B y gore que el director absorbió durante su juventud -y que incluso practicó en películas como Braindead (1992), entre otras-, como tampoco puede explicarse sin los juegos de rol y wargames que hicieron furor en los años ochenta. Por supuesto, al rol se puede jugar de muchas maneras, pero el estándar en Dungeons & Dragons y similares es jugar partidas en las que las batallas tiene un lugar central, y, por tanto, hay que matar mucho para subir de nivel… y seguir matando de maneras más efectivas. Estoy simplificando, por supuesto, pero algo de eso hay en muchas de las secuencias de acción de la trilogía de Jackson, flipadas de Legolas incluidas.

Hay una evidente influencia de toda esa fantasía, a veces un tanto banal y badass, que derivan, irónicamente, de la obra original de Tolkien. El Gimli de Jackson, por ejemplo, se parece mucho más a los enanos machacas de Warhammer que al Gimli de Tolkien. La manera en la que se recrea en los combates, con coreografías minuciosas y violencia explícita, es algo muy alejado del tipo de literatura de fantasía a la que pertenece El señor de los anillos, y equivale, más bien, a la obsesiva descripción de cada movimiento de combate que pueda hacer un R. A. Salvatore en obras como El elfo oscuro (1991). Encontramos muy poco de todo esto en las novelas de Tolkien, que rara vez detallaba tanto los combates, y que prefería mantenerse en un nivel de descripción general, incluso en un clímax bélico como la batalla en el Abismo de Helm. En la adaptación de Bakshi hay combates, claro, pero su representación difiere de la trilogía jacksoniana; lejos de elaboradas coreografías, los personajes pelean de una forma tosca y sucia, con golpes simples y sin grandes alardes. Tampoco van especialmente armados, y no parecen llevar armaduras. Boromir, por ejemplo, parece más un vikingo que el sofisticado caballero que encarnó Sean Bean en el siglo XXI.

Esto tiene mucho que ver con la representación de la Tierra Media que adopta cada una de las versiones. La de Bakshi es más original y oscura. Su Tierra Media es un lugar decadente, acosado por el mal, y las localizaciones que usa -¿localizaciones en una película de animación? Pronto llegamos a eso- son lugares desolados y en ruinas. Más allá de la Comarca, no parece haber lugar para la alegría. Ni siquiera Rivendel o Lothlorien, hogares de elfos, resultan demasiado impresionantes o luminosos. Por el contrario, la trilogía de imagen real se basa muy directamente en la obra de dos ilustradores cuyo trabajo es posterior al film de 1978, y que, de hecho, participaron en el arte conceptual de la obra dirigida por Jackson: Alan Lee y John Howe. Aunque el segundo es un poco más oscuro y agresivo que el primero, los dos son bastante clásicos y tienen un estilo naturalista y tardorromántico que desplazó a interpretaciones más tenebrosas -como el conocido y precioso poster de Jimmy Cauty, que transmite más melancolía que épica—, y se ajusta perfectamente a una adaptación en imagen real que busca la verosimilitud y el detallismo ante todo.

Esa estética también encaja bien con el enfoque de blockbuster que tienen unas películas que costaron una barbaridad y tenían que funcionar en taquilla a toda costa: debían ser algo accesible para el gran público, conociera o no las novelas previamente. Desde 1978, además, el cine comercial había cambiado mucho. La poderosa influencia de Star Wars, su particular interpretación del camino del héroe y la evolución de las grandes superproducciones norteamericanas, enfocadas ya a un público masivo de cualquier edad, habían generado un marco del que no se podía escapar. Y en él, los héroes debían ser humanos, y tener debilidades y traumas que superar.

En esa especie de cine de autoyuda, encaja perfectamente la visión de Aragorn de Jackson, por ejemplo. Es necesario también apelar a las emociones, por medio de elementos dramáticos constantemente subrayados: una de las cosas más exasperantes de la trilogía es la constante sucesión de primeros planos de rostros compungidos a cámara lenta, lágrimas rodando por mejillas y personajes agonizando con coros de fondo, hasta rozar -o pasándose tres pueblos- la pornografía emocional. A esta misma necesidad responde el énfasis en las tramas amorosas, especialmente en lo que respecta a la historia de Arwen y Aragorn, apenas tratada en la obra de Tolkien. Y el humor, claro, inexistente -más allá de algún juego de palabras, humor de filólogos- en la obra original, pero recurrente en las películas de Jackson, como si a éste y al resto de guionistas les preocupara el tono excesivamente sobrio y grandilocuente y buscaran rebajarlo con gags más o menos afortunados… hasta el punto de convertir a Pippin, Merry, Gimli y hasta Gollum en alivios cómicos que, muchas veces, resultan irritantes.

Por el contrario, Bakshi no buscaba representar personajes “humanos”, falibles y vulnerables, sino que, más bien, pone el foco en la dimensión arquetípica de las creaciones de Tolkien. Su película no busca dotarlas de complejidad ni de matices, sino ceñirse a los grandes conceptos: una lucha entre el bien y el mal expresada de manera absoluta. Tampoco hay sitio para el humor ni el amor, ni para los interminables diálogos explicativos que lastran, a menudo, las adaptaciones de Jackson. Lejos de eso, prefiere los textos escuetos y deja que la acción hable por sí misma. En 1978, además, no solo no supuso un problema el escaso papel que las mujeres jugaban en las novelas de Tolkien, sino que no se tuvo reparos en reducirlo incluso más en pro de la síntesis que necesitaba el proyecto: Arwen se esfuma, Eowyn queda reducida a una frase, y tan solo Galadriel parece pintar algo. Con mayor o menor acierto, Peter Jackson fue consciente de que aquel era un tema espinoso e hizo verdaderos esfuerzos por dotar de más peso en las tramas a estas figuras.

Aunque, revisada hoy, la trilogía de Jackson tiene no pocos problemas, el trabajo de localización y diseño de vestuario, edificios y criaturas es soberbio, para qué negarlo. El impacto de la primera hora de metraje de La comunidad del anillo y su exacta representación de la Comarca y Bolsón Cerrado perdura aún. Pero, quizás por eso, al fan de estas películas le cuesta tanto entrar en la estética más parca y simbólica del film de Bakshi.

Un despliegue técnica inusual en el cine de animación

Pero más allá de esa idea, resulta evidente que la peculiar y única estética de El señor de los anillos de 1978 se debe a las técnicas empleadas en su realización. Bakshi, junto con su equipo de animadores, empleó la rotoscopia para dar vida a su adaptación. Se trata de una técnica con la que ya se había familiarizado en alguna secuencia de Wizards, y que, de hecho, se venía utilizando en la animación occidental desde Blancanieves y los siete enanitos (1937). Consiste, a grandes rasgos, en rodar las secuencias con personas reales, de forma que después la película definitiva se pinta sobre dicha imagen real. En El señor de los anillos , Bakshi emplea este método como dibujo “completo”, aplicado a las figuras, que se superponen a los fondos pintados, pero también otra manera más sencilla y rápida de rotoscopiar la película, consistente en aplicar colores básicos sobre las figuras de manera directa. En este breve making of se explica muy bien la técnica. En él, además, se pueden ver algunas curiosas fotografías de los extras caracterizados, previo paso por la rotoscopia.

Sabemos que el segundo método fue una solución de emergencia para cumplir los plazos de producción de un proyecto al que el generoso presupuesto se le estaba quedando corto, y también que el propio Bakshi se ha arrepentido de su abuso, pero, también sabemos que de las limitaciones y los accidentes es en donde, muchas veces, aparece el oro. Y este me parece un caso claro de feliz hallazgo casual: conscientemente o no, Bakshi consigue crear una estética oscura y psicodélica, de interesantes connotaciones. La superposición entre los dos usos de la rotoscopia genera un contraste muy radical, que choca a quien está acostumbrado a estéticas romas y amables, pero cuyo potencial no puede ignorarse. Si resulta rara y experimental una película como esta es, en gran medida, porque se ha impuesto un realismo fotográfico en la fantasía que excluye cualquier tipo de elemento extradiegético o énfasis visual poco convencional.

Sin embargo, en este caso, el uso de técnicas de animación permite arriesgar y mezclar todo tipo de recursos. La cinta arranca con un teatro de sombras proyectadas tras un lienzo rojo, que narra la caída de Isildur y el origen del anillo único, y a partir de ahí nunca deja de asumir riesgos. No siempre sale bien parada: por supuesto que hay momentos en los que se nota demasiado que el uso de la rotoscopia “superficial” no responde a criterios artísticos, sino a pura y simple falta de recursos. El código no siempre es del todo coherente. Pero, en los mejores momentos, el contraste entre ambas técnicas genera una disonancia maravillosa: como si dos planos diferentes de existencia entraran en colisión. Es ese mismo contraste el que convierte a orcos y espectros del anillo en criaturas de pesadilla hiperreal, monstruos amorfos, pero de movimientos totalmente humanos, salidos de lo más oscuro de nuestro subconsciente, que se enfrentan a héroes no del todo reales, pero, al menos, con rasgos identificables. Esos choques entre los aterradores seres, manchas negras con ojos rojos, y los personajes más elaborados, suelen ir acompañados de otros efectos: fondos abstractos, relámpagos, luces caleidoscópicas, brumas…

Así, la Tierra Media concebida por Bakshi se convierte en un mundo extraño, donde el cielo puede ser rojo o negro, pero nunca azul: un espacio claustrofóbico y siniestro, más simbólico que físico, que nos inquieta. Incluso cuando vemos escenas de batalla muy toscamente realizadas, o los personajes principales cambian de una rotoscopia a otra en medio de la misma secuencia, como si hubiera un fallo en la realidad o se estuvieran superponiendo dos dimensiones diferentes, siempre hay algo flotando en la atmósfera de la película que la hace única y perturbadora. Es una obra que no intenta ser perfecta ni definitiva, y que prefiere, en cambio, desafiar nuestro gusto y provocar al espectador.

Ante eso, sinceramente, poco importa que la trama sea atropellada, o que la necesidad de concentrar demasiada información no siempre se salde de un modo comprensible, o que determinadas acciones no queden del todo explicadas. Eso solo puede importarle a quien, al ver la película teniendo en su cabeza la trilogía de Jackson como adaptación canónica, espere algo en la misma línea. En ese sentido, desde luego, la película de Bakshi fue un fracaso. Pero un fracaso del que surgió una maravilla lisérgica, extravagante y de una fuerza simbólica abrumadora.

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Un comentario

  1. Fran dice:

    También fue mi primer contacto con Tolkien y sólo puedo decir que me encanta, tanto la estética y ambientación como el tratamiento de personajes y la temática, como bien dices, es un estado mental.
    Tampoco hay que desmerecer la de Jackson, que tiene muchos logros cinematográficos, aunque si es verdad que a veces llega a la pornografía emocional y de efectos especiales, sobre todo el Retorno del Rey.
    Por cierto, se hizo una continuación de la versión animada, con una animación mucho más tosca y convencional, una estética más común, pero que sigue teniendo un algo especial:

    https://youtu.be/hYOnwkf3r70

    Saludos.

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