¿Queremos creer? El regreso de ‘Expediente X’ como fracaso generacional

El debut de la nueva miniserie de Expediente X no sólo nos ha dejado fríos: también nos ha dado en los morros con una forma ya caduca de entender la televisión y, ya que estamos, la vida. Opinamos sobre por qué Chris Carter ha patinado al resucitar a Mulder y Scully después de Wikileaks y del 11-S.

A lo largo de todo el año pasado, un gran número de críticos, analistas culturales, periodistas y demás alimañas se ha dedicado a repetir un mantra de poderosa sonoridad: “La pasión por lo ‘retro’ nos está volviendo a todos idiotas”. Si bien certera en muchos aspectos, especialmente los que tocan al cine (no hay más que ver Star Wars: El despertar de la Fuerza para comprobarlo) esa letanía es paradójicamente poco original, y servidor nunca ha comulgado demasiado con ella. Por más que el peso de lo Moderno vuelva perentoria la originalidad, y aunque el empeño de la Industria Cultural por recalentar sus viejos potajes pueda revolvernos la tripa, cabe pensar que los medios audiovisuales todavía son jóvenes, y que, después de todo a Sófocles, Eurípides y compañía no les fue tan mal dándoles vueltas a Edipo, Agamenón y su parentela. Claro que, a veces, la duda asoma, y quien suscribe puede sentir a veces la tentación de renunciar a su relativismo para volverse un apocalíptico con todas las letras. Sin ir más lejos, los dos primeros capítulos de la nueva Expediente X le han provocado justamente eso.

Háganme caso: no se trata sólo de nostalgia. Y eso que Chris Carter, un señor cuyo currículum apenas registra hitos desde el estreno de la serie en 1994, se ha empeñado a fondo para ponerle el lagrimal flojo al espectador madurito. Sin ir más lejos, ¿cómo evitar el escalofrío cuando vemos todas esas viejas fotos de David Duchovny y Gillian Anderson ardiendo en una hoguera? ¿Cómo sobrevivir a la ola de viejunez que nos invade ante los créditos de la primera temporada, con su grano analógico, su musiquilla de Mark Snow y su “La verdad está ahí fuera”? Y, ¿cómo no recordar, si somos españolas o españoles, aquellas noches de Telecinco circa 1995, ansiando encontrarnos con Mulder, Scully, el subdirector Skinner (Mitch Pileggi, también en el reparto de esta continuación) y aquel cabronazo llamado Alex Krycek? Sustraerse a esa parcialidad es posible, pero tiene un precio. Y ese precio se paga en tristeza.

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Sin ir más lejos, el espectador puede recordar que, para el público de menos de 30 años, Duchovny no es Mulder, sino el Hank Moody de Californication (2007-2014), mientras que el rostro de Gillian Anderson no evoca a la escéptica Scully, sino a la psiquiatra de Hannibal (2013-2015). Pero la verdadera perspectiva no viene dada por las carreras (ni por los rostros) de los intérpretes, sino de las malditas cifras. ¿Han visto esos titulares que alaban el buen share de este debut, con sus trece millones y medio de espectadores? Pues esa cantidad equivale, más o menos, a la alcanzada por el cierre de la serie el 19 de mayo de 2002. Un cierre al que los medios apenas prestaron atención en su momento, y al que se llegó a considerar como uno de los finales televisivos menos vistos de la historia. ¿Eran otros tiempos? Pues sí: la fragmentación del público es lo que tiene.

Del fenómeno social al artefacto nostálgico

Aunque estemos en 2016, subestimar los logros de Expediente X es pecar de soberbia: no estamos hablando de la primera serie televisiva que se coronó como un fenómeno social a gran escala, pero sí, por ejemplo, de la primera que supo aprovechar el potencial de internet para reunir a su fandom en foros y webs oficiales. Su empleo del merchandising también resultó crucial, aunque fuese a rebufo del precedente sentado por Twin Peaks (1990-1991). Y en cuanto a la impresión subjetiva que podía provocar cada episodio, basta recordar lo exótico que resultaba ver a Mulder y Scully tirando de teléfono móvil o mandándose mensajes por correo electrónico. Cosas todas ellas que traerán al pairo a una generación entera de nuevos espectadores, y que hoy en día resultan más entrañablemente desfasadas que aquella canción de Catatonia. Por favor, dejen de mirar al techo, porque seguro que ustedes también la cantaron a gritos alguna vez.

Y no sólo la tecnología ha cambiado. No sé ustedes, pero una de las memorias más queridas que este crítico conserva de la Expediente X original era la imagen de los investigadores, linternas en mano, entrando en el sótano o pasadizo de rigor en pos de un enigma, bien fuera éste la clave de una abducción o un híbrido de humano y tenia solitaria. Esa sensación de gozosa intrepidez sirve hoy en día para recordar que el show funcionaba mejor muchas veces cuando recurría a sus “monstruos de la semana” (la expresión es de Chris Carter, no nuestra) que cuando se enredaba en ese gran arco argumental que prometía ser la repanocha y que, a la postre, acabó arrastrándola a la tumba a fuerza de malos guiones, malas películas e ideas de bombero. Pero también, y esto es lo importante, puede servir para localizar el producto en su momento histórico.

Estrenada cuatro años después de la caída del Muro de Berlín (y de la Primera Guerra del Golfo), y a pocos meses vista de la llegada de Bill Clinton a la Casa Blanca, Expediente X sacaba partido del fenómeno OVNI y de la pasión por lo paranormal: dos fenómenos producto de aquella Guerra Fría que, en teoría, acababa de estirar la pata. Y en los cuales, al menos desde nuestro punto de vista, se hibridaban tanto el miedo a lo desconocido como una peculiar ansia de expansión hacia nuevos horizontes. Que los alienígenas quieran señorearse de nuestro planeta y que el mundo rebose con aberraciones biológicas es una putada, pero también implica que nuestra especie no está sola en el Universo y que los confines de la ciencia son más amplios de lo que la doctrina oficial nos dice. Pensemos que un personaje de H. P. Lovecraft jamás habría tenido en su oficina un póster como ese que adornaba el despacho de Mulder, y en el que se leían las palabras “Quiero creer”. Palabras que, saliendo mucho por la tangente, podemos interpretar como una rebelión instintiva contra las fronteras de ese “fin de la historia” al cual, por aquel entonces, algunos magnates y mandatarios se preciaban de haber llegado.

Contando con esto, ¿qué podemos sentir cuando, en el piloto, vemos a Fox Mulder rompiendo ese mismo póster de una patada? Pues no sólo morriña o congoja: esa imagen (muy intencionada por lo demás, no se crean que hemos picado) tiene todo el peso de un fracaso generacional. Y, créannos quienes nos lean sin saber de qué va esto, ese fracaso puede pesar como una losa de plomo. O como la puerta del silo 1013, ya que estamos.

La verdad está ahí dentro, nosotros estamos fuera

Viendo cómo Duchovny pateaba su viejo cartel, servidor se puso de los nervios. Y eso que tenía otras razones, más fundadas, para emprenderla a gritos contra la pantalla. La primera, y una de las más importantes, es que el primer capítulo de la nueva Expediente X está francamente mal hecho. ¿De verdad hacía falta que Mulder pronunciara en alto el eslogan de la serie? Más bien no. ¿Necesitábamos tener a la pobre Scully entrando a quirófano una vez tras otra para recordarnos que la investigadora ha vuelto a practicar la medicina? Tampoco.

Como tampoco hacía falta que la pareja se apoyase un periodista (Joel McHale) facha y tronado, a medias Losantos y a medias Íker Jiménez, o que los retortijones argumentales del episodio se empeñaran en hablarnos de algo Muy Grande, Muy Feo y Muy Enrevesado que acecha en el futuro. Sobre todo cuando el ultramontano locutor recita una lista de calamidades que, sí, son argumentos empleados a menudo por la ultraderecha yanqui… pero que, como las peores mentiras, contienen grandes dosis de verdad. La creciente militarización de la policía estadounidense, por citar un ejemplo, es un problema auténtico: al asesinato de Samir Rice o a la preocupación por la brutalidad de los equipos SWAT nos remitimos.

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El segundo capítulo, con sus quinceañeros mutantes (y con unos flashbacks muy sensibleros, también) recupera en parte el gusto por la investigación. Pero, pese a ello, el argumentario de Chris Carter a la hora de resucitar a sus personajes está bastante claro: en comparación con las lacras del siglo XXI, aquellos aliens del Abismo contra los que Mulder y Scully luchaban hace dos décadas se han quedado en poca cosa. La reacción de los ex agentes ante ese estado de cosas puede verse en los capítulos emitidos hasta la fecha y tampoco es que rebose interés, spoilers aparte. La reacción de la serie, en cuanto constructo de ficción, parece encastillarse en esa oscuridad, so pretexto de ofrecer algo más ‘serio’  que el entrañable pulp de sus orígenes, y renuncia por el camino a una de sus mayores virtudes: el humor.

¿Humor, decimos? Pues sí. Porque, como recordarán algunos espectadores en edad fósil, uno podía encariñarse con Expediente X tanto por la fricción jocosa entre sus héroes como por lo alegremente disparatado de muchos de sus misterios. Una historia de aventuras funciona rara vez si no se permite reírse de sí misma, aunque sea entre dientes, y la serie de la que hablamos era tanto un artefacto de aventura como de terror. Sin one liners y sin muestras de ternura (no de romance, que eso fue un pinchar la rueda), la dinámica entre Mulder y Scully se queda en un diálogo cansino entre la fe y la razón. Y, sin propensión al exceso o a la locura, una trama conspiranoica siempre acaba volviéndose gris, cual sermón en la capilla de un colegio concertado. ¿Hemos dicho ya que la insufrible JFK: Caso abierto (1991) de Oliver Stone es producto de la misma época que vio nacer a este show? Por si acaso, lo dejamos caer…

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Para justificar su retorno después del 11-S y de Wikileaks, Expediente X debería haber ido más allá de las referencias facilonas a Edward Snowden. Debería haberse permitido jugar con sus premisas, abriéndose a aquellos misterios (exultantes o terroríficos) que el siglo XXI pudiera proporcionarle. Por el contrario, el progreso tecnológico apenas le sirve para que los protagonistas empuñen smartphones, y para que Scully lance una de las pocas pullas que dan en el clavo cuando menciona a Google. Por lo demás, esa extraña esperanza que traslucía a veces en sus años de gloria se ha desvanecido, y en las nuevas imágenes sólo trasluce la peor clase de vejez: la de aquel que, disponiendo del conocimiento, no sabe o no puede actuar. ¿Está esto en sintonía con la mentalidad de aquellos que crecimos viendo a Mulder y Scully? Uno quiere creer que no, pero sospecha que así es. Y, ante esto, sólo puede confiar en la capacidad de los jóvenes (esos que verán esta historia como una reliquia) para inventar sus propias formas de quitarse nuestra bazofia de encima. Nosotros, por lo que se ve, quisimos creer… y no lo conseguimos.

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