El renacimiento de ‘El rey león’: un riesgo calculado al borde del desastre

Con el remake de El Rey León, Disney se enfrenta a su reto más complejo: ¿logrará un nuevo éxito a altura del original sin estropear una de sus películas más aclamadas? Entre el escepticismo y la expectativa, el teaser trailer abre la vieja discusión sobre la necesidad de revisar éxitos de argumento y crítica que quizás no necesitan una segunda mirada.

Cuando Ready Player One de Steven Spielberg se estrenó, hubo un largo e incómodo debate sobre el hecho de utilizar la cultura pop de los años ochenta y noventa para solventar cualquier falla argumental o de contexto. La película, basada en la novela homónima de Ernest Cline, parecía más una revisión de todo tipo de referencias del cine, música y videojuegos, que un argumento sólido. Entre las críticas que recibió lo que se llamó con exagerada pomposidad “El Santo Grial de la cultura pop”, la más frecuente fue la de hacer uso del recurso de la nostalgia como una superficie reflectante que hiciera imposible al espectador dejar de mirar el producto, a pesar de su calidad. Después de todo, buena parte de la trama es un viaje melancólico hacia una década entrañable, pero, además, una forma de analizar el contexto histórico y cotidiano como un acento de valor que enriquecía cualquier arco argumental.




Para bien o para mal, Ready Player One no hacía más que extender la fórmula del éxito televisivo Stranger Things, que tuvo su versión terrorífica en la adaptación para la pantalla grande de la célebre It de Stephen King, que imitó el aire nostálgico de la serie y lo utilizó para apuntalar la noción de inocencia juvenil del argumento. Entre estos planteamientos acerca de la nostalgia, quedó demostrado que idealizar el pasado era una forma estructural de construir una nueva forma de asumir los símbolos pop. Y también por supuesto, de sacar provecho de ellos.

Luego del estreno del primer teaser tráiler del remake de The Lion King (2019) dirigido por Jon Favreau, la gran mayoría de los comentarios insistieron en la absoluta semejanza entre el clásico original y su versión supuestamente live action (a pesar que tiene más de animación que otra cosa). Cientos de usuarios de las redes sociales se dieron a la tarea de comparar fotograma a fotograma el tráiler y la primera  - e icónica  - escena de la película de 1994, hasta demostrar que mucho más que un remake o incluso reboot, se trata de una copia exacta que sorprende por su parecido. No obstante, la inmediata pregunta que buena parte de los fanáticos se hicieron en voz alta fue obvia: ¿es necesario una nueva versión de la película que no aporta ni modifica nada del original?

Imitar sin comentar

No se trata de un dilema reciente: durante el último lustro, Disney ha descubierto que la reinvención de sus clásicos más conocidos era una manera idónea de vender a las nuevas audiencias sus productos más exitosos, un truco de estrategia y producción que hasta ahora ha resultado exitoso en lo económico, pero desigual en calidad. De la cuidada y nostálgica animación 2D con la que creció buena parte de la audiencia adulta de la casa productora, las historias en live action intentan conservar el tono y, sobre todo, ese carácter inconfundible de la factoría Disney, pero sin lograrlo siempre.

En Maléfica (2014) el director Robert Stromberg transformó a la arquetípica villana en una criatura sufriente en busca de redención, que decepcionó a buena parte de la audiencia y desconcertó a otros tantos por su subtexto feminista y reivindicativo. Con Cenicienta (2015), Kenneth Branagh tuvo la oportunidad de recrear el clásico con un toque emotivo que la convirtió en un inmediato éxito de taquilla, aunque la mayoría de la crítica comenzó a preguntarse si realmente era necesario recrear historias sin añadir nada más que la novedad de los personajes en carne y hueso. Pero para Disney, la puerta hacía un tipo de éxito taquillero facilón estaba abierta: Con El libro de la selva (2016) de Jon Favreau la colección de clásicos se amplió y tomó un nuevo sentido: la productora se atrevió a tocar una de sus historias más entrañables y lo hizo con todo el riesgo que conlleva la mirada atenta de una base fanática hipercrítica. Pero el resultado fue una película de aventuras conmovedora y fresca que cautivó a la audiencia más incrédula.

Lo demás fue inevitable: La Bella y la Bestia (2017) de Bill Condon se convirtió en un éxito de taquilla por derecho propio, a pesar de que se la acusó de ser una mera imitación de la original y de copiar las escenas más famosas de la película animada sin el mismo brillo y elegancia. Aun así, la fantasía encarnada por Emma Watson y Dan Stevens sedujo al público y reformuló el sentido del remake para Disney, que entonces dio su paso más arriesgado hasta la fecha: con Aladdin, Dumbo y The Little Mermaid en producción, la siguiente película escogida para engrosar la lista de live action fue el The Lion King, quizás la película animada más aclamada de la factoría Disney y símbolo de su renacimiento luego de años de tibios éxitos de taquilla y considerables problemas de producción.

Con El rey león original, Disney no sólo renació, sino que encontró un éxito rutilante que convirtió a la película en un éxito extraordinario. Desde su impecable guion hasta la galardonada banda sonora (con las canciones de Elton John y Tim Rice haciendo llorar a las audiencias), The Lion King es el activo más poderoso de un catálogo que durante más de cincuenta años había vivido de rememorar un pasado glorioso. De manera que la decisión de Disney de reinventar la historia gracias al CGI y llevarla a nuevas audiencias lleva aparejado un considerable riesgo, además de la inevitable pregunta: ¿es necesario?

La pregunta resulta incómoda, a la vista del brillante teaser tráiler que ya bate récords de visionados en Youtube. La historia parece ser la misma y la animación digital brinda una inusitada vida a los personajes amados por el público. ¿Pero es suficiente? ¿Puede el solo hecho de ser una maravilla técnica llevar la narración a los niveles de elegancia de la película animada y celebrar el elemento conmovedor que la convirtió en un clásico para todas las edades? Ya resulta complicado que una película cuyo mayor valor es la impecable belleza de la batería de efectos especiales que lleva aparejada pueda igualar y sostener la profunda mirada sobre la redención y el poder de los vínculos emocionales del material original.

Pero más allá de eso, se trata de una película impecable en todos los aspectos que es difícil de mejorar, sólo por la actualización técnica. ¿Será capaz Jon Favreau de emocionar a la audiencia hasta las lágrimas? No se trata sólo de recrear las escenas originales  - traumáticas, emocionantes y extraordinarias -  en un contexto por completo nuevo, sino además la enorme carga emotiva que las canciones y la atmósfera brindaron a la original. Rehacer la película implica desmenuzar su esencia en elementos constitutivos que puedan ser imitados y a la vez, dotados de una personalidad propia. No es suficiente con calcar escena por escena  - como parece ser la intención de Favreau-,  sino encontrar un sentido nuevo que justifique y sustente el riesgo de reimaginar una historia que, de origen, tenía todo para ser perfecta. A diferencia de El libro de la selva  -con menos canciones yunas cuantas inconsistencias en la acción-, El rey león es la cumbre de un estilo de contar historias que sigue vigente.

The Lion King no fue un éxito casual: los directores Rob Minkoff y Roger Allers hicieron una versión libre de Hamlet y convirtieron el drama shakesperiano en una disertación elocuente sobre la vida, la muerte, el renacimiento y la fuerza de voluntad. Todo aderezado con el clásico humor inocente de Disney y su magnífico repertorio de canciones. Pero no había nada inocente en el guión de Chris Sanders, Linda Woolverton, Irene Mecchi, Jonathan Roberts y Joe Ranft. Mufasa (en la voz de James Earl Jones) encarnó el poder y la fuerza con una pureza estremecedora, que hizo de su muerte quizás uno de los momentos más poderosos del cine y que aún es recordado por buena parte de la generación que le lloró en las salas de cine. ¿Podrá Favreau reinventar la crudísima belleza de la muerte de Mufasa sólo por el hecho de disponer de una tecnología más avanzada o recursos muchos más llamativos de lo que podía disponer Disney veinte años atrás? ¿Podrá llevar a la audiencia al clímax de asombro y emoción que despertó el enfrentamiento entre Scar (Jeremy Irons) y el joven Simba (Matthew Broderick) mediante el uso de algún giro inesperado de guion que rompa la impecable belleza del original? No se trata sólo de una noción sobre mantener intacto un ícono de la cultura pop: la idea de transformar El rey león en un alegato de vida y poder para los nuevos públicos provoca dudas y desconfianza.

Además, en esta ocasión, el trabajo de Favreau se presenta mucho más cuesta arriba de lo que fue en El libro de la selva. En El rey león también hay animales, pero en esta ocasión se trata de una lucha de poder con tintes operísticos que el director deberá manejar con destreza para evitar que pierda su poder de evocación y se convierta en un alegato político. ¿Caerá en la simpleza de equiparar la acción de El rey león con el clima político de EEUU? Se trata de un riesgo que coloca el discurso entero de la película en medio de un debate sobre la necesidad de adaptar historias sólidas de origen para sostenerse ante nuevas preguntas y prerrogativas. De la misma manera que el baile Central de La Bella y la Bestia perdió brillo y elocuencia por la decisión de la actriz de Emma Watson de usar un vestido simple en lugar de uno mucho más elaborado en favor de cierta idea sobre la libertad de su personaje, Favreau puede caer en la tentación de equiparar la tensión y la atmósfera enrarecida que plantea en cierto punto El rey león por algo mucho más cercano al punto de vista actual sobre las relaciones de poder. ¿Qué podría agregar al clásico una renovación del discurso semejante? Las posibles respuestas provocan inquietud.

Mientras tanto, la imagen del recién nacido Simba, convertido en un cachorro adorable y tierno sigue cautivando al público, que espera con impaciencia el estreno de la película el año que viene. Pero permanece la cuestión sobre la necesidad de reinventar  - corregir -  una historia que tenía un peso y belleza específicos. ¿Podrá The Lion King conservar su profundo sentido de la alegoría y el renacer de la voluntad en medio de un espectáculo destinado a deslumbrar? Es la gran pregunta que aún carece de respuesta.

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