[Resumen 2016] Lo mejor de 2016: las series

[Esta semana tocan resúmenes. Obvio: los resúmenes de 2016. De cara a 2017, toca reflexionar acerca de los mejores (y peores) acontecimientos culturales del año que se va. Aquí los tenemos: libros, películas, canciones, series, videojuegos, comics, fiascos... ¿preparados para una semana de recuerdos? Recordad que nuestros resúmenes anuales son simplemente un pequeño sondeo entre algunos colaboradores de CANINO, no pretenden ser un resumen exhaustivo sino una pequeña orientación acerca de algunos lanzamientos del año]

Ha sido un año pródigo en series de todo tipo. Los HBOistas han tenido su ración de tele seria y densa. Los Netflixeros han vivido una auténtica explosión mediático-nostálgica. El resto de los pequeños, medianos o grandes canales pueden presumir de éxitos momentáneos y de producciones de quizás no tanto calado comercial pero similar impacto en la memoria de los espectadores. Espectadores como nosotros: hemos escogido nuestras series favoritas del año, y os lo traemos en este repaso por unas cuantas horas invertidas en 2016 ante la tele.

American Crime (S02, ABC)

El crimen no es un hecho puntual. El asesinato ni empieza ni termina con un cuchillo cercenando una garganta, al igual que los implicados y las implicaciones van más allá del asesino y el asesinado juntos en la misma habitación. De esto trata American Crime, serie antológica de la ABC que se dedica a diseccionar un crimen analizando las causas, los efectos y la sociedad en la que se produce.

La segunda temporada empieza con un acto que, por desgracia, conocemos demasiado bien: la difusión no autorizada de unas imágenes de carácter sexual protagonizadas por un adolescente en estado de embriaguez. El chico, además, asegura que uno de sus compañeros, estrella del equipo de baloncesto de un elitista colegio privado, ha abusado sexualmente de él.

El privilegio, el machismo de la sociedad (“un hombre no puede violar a otro” dice un personaje en cierto momento), el racismo, el bullying y la violencia se entremezclan capítulo a capítulo mientras el espectador sólo desea pisar el freno y acabar con tanta barbaridad. Pero la ABC no frena sino que lleva esta temporada hasta límites lógicos que ninguno queremos aceptar. Por su crudeza, American Crime es la mejor producción actual. Marta Trivi

Horace & Pete (Webserie)

Con el éxito de Louie y la llegada de un proyecto en común con Pamela Adlon, Better Things, el humorista Louis C.K. no parece dispuesto a aminorar el ritmo ni dejar de probar cosas. Autofinanciada, estrenada sin anuncios previos y a través de pagos en su web, Horace and Pete intenta abandonar la comodidad de la cadena de televisión y jugar con un formato más elástico. Tras ver la obra televisada Abigail’s Party de Mike Leigh, Louis C.K. se sorprendió de las aparentes contradicciones del formato: dos horas de cuatro personajes bebiendo y charlando, rodado en multicámara como tantas sitcoms pero ausente de un público puntuado las reacciones. En colaboración con Annie Baker, dramaturga ganadora del Pulitzer, Louis C.K. toma lo que podría ser la premisa de cualquier comedia para jugar con nosotros, llevándonos del drama desgarrador a la reflexión social, al monólogo stand-up o la confesión. La serie saca lo mejor de un reparto excepcional (Alan Alda, Steve Buscemi, Eddie Falco, Jessica Lange, Laurie Metcalf, Tom Noonan) el tema compuesto e interpretado por Paul Simon y la falta de coerción que permite mostrar sin tapujos lo peor de la vida diaria: el desprecio y la frustración de una clase media en descomposición. Henrique Lage

Vinyl (HBO)

Se cuenta, se dice, que Martin Scorsese hablaba más de la música pop -efervescente en los setenta- que de cine en su primera juventud. Ésta era un método de escape, una autopista hacia al cielo (poniéndonos intensitos à la Lenore), de un chavalín medio enclenque recién salido de Little ItalyUnas cuantas décadas después Scorsese es un autor, ejerce como tal, y se permite no pocos lujos que muchos otros cineastas jamás conseguirán. Esto más que una bendición es una condena, siguiendo el imaginario católico del hombre, ya que la autocomplacencia ha destruido muchas de sus obras en una línea de cocaína sin final.

Precisamente, el primer capítulo de esta mastodóntica Vinyl, producción tan esperada como turbulenta, empezaba con Bobby Cannavale drogándose a tope como Richie Finestra antes de un concierto de los/las New York Dolls. Un remake musical de Uno de los nuestros (1990) pasadísimo, que está en dos o tres ocasiones a punto de perder el norte, como si fuera un producto clásico de Nicolas Cage del año 98.

Lo lamentable es que este piloto, en cierto sentido fallido, dio paso a una serie de capítulos mucho más graves, con una excelente reconstrucción del tiempo, donde la serie ganaba dramatismo e ironía. Veíamos, así, crisis matrimoniales provocadas por ídolos del funk, grupos emergentes más verdes que un plátano del Mercadona y descacharrantes marasmos económicos en una discográfica en los setenta. Todo ello eran tramas muy alejadas del combo de terrorismo, fantasía pajera y folletines de chicas que domina el universo seriéfilo. El público no respondió, prefirió los dragones digitales mal hechos, y HBO cercenó la posibilidad de una segunda temporada.

Quedará, en definitiva, como una ficción notable sobre un Nueva York bastante más interesante que el de Lena Dunham tomando un frapuccino triple para olvidar a su ex. Julio Tovar

Channel Zero – Candle Cove (Syfy)

Las leyendas urbanas del siglo XXI por fin han llegado a la ficción audiovisual con esta serie en forma de antología que, como la más popular e insufrible American Horror Story (2011-), dedica cada temporada a un bloque temático o, como es en este caso, a un creepypasta particularmente popular. Su formato de miniserie (solo seis capítulos) la convierte en una macropelícula larga que como la otra obra maestra del año, Stranger Things, le da un empaque particularmente cinematográfico, funcionando como un todo del que difícilmente es sencillo quitar un solo capítulo. El creepypasta elegido, Candle Cove de Kris Straub, es particularmente creepy: un programa de televisión infantil maldito que provoca extrañas reacciones en los niños que lo ven.

Su creador, Nick Antosca, consigue traspasar el material original a la pantalla con éxito, convirtiéndolo en una mitología propia, con un hedor a misticismo infernal que penetra bajo la piel y se queda cuando acaban los episodios. Un tono negro, seco y sin espacio para el humor que carga la atmósfera hasta hacerla irrespirable. Hacía tiempo que no había un terror tan particularmente oscuro en televisión y sus referentes argumentales y visuales no son los más recurrentes en la ficción de terror: una estructura a lo It (1986) de Stephen King, imaginería de terror que va desde ¿Quién puede matar a un niño? (1976) a Halloween 3: el día de la bruja (1983) con una última parada en Silent Hill (2006) y El Otro (1972) de Robert Mulligan. Lo mejor que le ha pasado al terror en años. Jorge Loser

House of Cards (S04, Netflix)

Desde que David Fincher pusiese las bases rítmicas y estéticas de lo que iba a ser House of Cards, allá por 2013, la serie ha evolucionado para bien. En su primera temporada lo que se vivía con ella era distinto: una secreta fascinación por la réplica mordaz y la exquisita puesta en escena que se entendían a las mil maravillas con un Kevin Spacey excelso. Hoy lo que vemos es otra cosa, casi se diría que otra serie: la ruptura de la cuarta pared es menos habitual que nunca y el personaje protagonista también, en pos de una historia más coral que refleja, analiza y corta con bisturí la política norteamericana menos teatral.

Un proceso evolutivo que ha ido parejo a los aludes políticos de un país que a día de hoy tiene a un personaje como Donald Trump sentado en el despacho oval. Se trata de un entretenimiento delicioso: un pedazo de carne poco hecho que a veces no apetece morder porque sangra. Una realidad paralela que nos cuenta de qué va la que vivimos y cuyas conclusiones no son nada halagüeñas. “We don’t submit to terror… We make the terror”, dice Frank Underwood. Y eso que es presidente de Estados Unidos. Francesc Miró

Sweet/Vicious (MTV)

En un año con tantas series nuevas que funcionan a múltiples niveles esta no iba a ser una excepción. Puede que haya prejuicios hacia el canal pero lo cierto es que nos habla y contrapone muchas cosas, desde el apoyo de la amistad femenina frente a la competitividad apoyada entre ellas a historias en segundo plano sobre raza o sobre los medios de comunicación. Pero sobre todo es una historia sobre la violencia. No una historia con violencia, no, sino sobre ella. El punto de partida es la violencia sexual ejercida contra las mujeres, el punto central es la violencia al vengarla, y su desarrollo tiene que ver con las consecuencias de ambas violencias. Porque en un panorama televisivo tan acostumbrado a que la violencia sea uno más de los ingredientes de sus obras de ficción, especialmente cuando hablamos de series de acción, aquí nos encontramos con que no se pueden dejar de lado, no se puede relegar como parte de esa ficción que permite el vigilantismo superheroico.

Sí, aquí también hay bellas tollinas, pero ese no es el punto principal. Porque una pelea bien coreografiada que termina con que le “has fallado a la ciudad” permite un distanciamiento que la de “no vuelvas a acercarte a ella” no deja. Los planes supermaléficos y la violencia organizada puede parecernos más o menos lejana, la violencia -especialmente la de tipo sexual- que sufren las mujeres no solo pilla muy de cerca como producto de la sociedad que es, también parece algo sobre lo que es difícil mostrarse con ligereza. Pero, claro, es que aquí no se toma con ligereza. Se nos muestra el trauma, se nos muestra cómo después de ese trauma muchas veces los mismos mecanismos de la sociedad que deberían ejercer la justicia -los organismos de seguridad, la estructura de reglas gubernamentales y legislativas encarnada aquí por esa Universidad- se lavan las manos.

Pero en lugar de crear un vigilantismo cercano al de El justiciero de la ciudad (1974) en el que un tipo en una posición envidiable decide pasar a matar gente, aquí tenemos simplemente un intento de restitución. Uno que, incluso sin tener intenciones homicidas, llevará aparejadas sus mismas dudas sobre el uso de la violencia y sobre la indefensión. Es difícil saber cómo seguirá la historia para las protagonistas, para todos esos secundarios que han presentado en unos solos capítulos, para ese entorno que parece heredero del Neptune de Veronica Mars (2004-2007), pero está claro que algo remueve. Al fin y al cabo esto cae más cerca. Imaginad que Buffy hubiera combatido en vez de vampiros a violadores. Eso es lo que cambia la historia y por eso no puedo dejar de recomendaros que le deis un tiento a Sweet/Vicious. Jónatan Sark 

Stranger Things (Netflix)

La nostalgia siempre es material altamente inflamable, pero si ésta proviene de los años ochenta se convierte directamente en una plaga bíblica. En esta década más bien yerma creativamente se fraguó un gigantesco ataque comercial a jóvenes de todo el mundo por medio de películas infantilizadas que eran puro merchandising, caballos de Troya envueltos en celuloide brillante, independientemente de su calidad fílmica, un ataque que extiende sus tentáculos hasta nuestros días. En el saco nostálgico cabe todo: desde productos de valor indiscutible –E.T. El Extraterrestre (1980) Regreso al Futuro (1985)– hasta operaciones crematísticas que se movían entre lo infame –La historia interminable (1984)– y la nada más absoluta –Willow (1988)-. Pero ese magma nostálgico iguala todo en el recuerdo y sirve de base para la arcadia personal de toda una generación que no ha sabido crecer. De ahí que cada vez que alguien tiene la osadía de revisitar cualquiera de las “maravillas” que uno contempló a los ocho años mientras merendaba un bocadillo de Nocilla, se enciendan las antorchas tuiteras y se hable de infancias violadas -la definición más lamentable salida de estos años de lodo y granos-.

Todos los productos retro que abrevan en la interminable década de los ochenta se asemejan en que los homenajes son más o menos velados y rinden pleitesía desde la ironía amable y el guiño cómplice. Stranger Things, en cambio, en una operación de honestidad, traslada al primer plano el juego con la memoria. La serie es una túrmix furiosa de referencias, una opción válida como cualquier otra, y el resultado final es un gozoso no man’s land hecho de nuestros recuerdos ficcionales, un Frankenstein de múltiples universos fusionados en uno cuyo dios sería Stephen King. Lo importante aquí no es el reconocimiento de las influencias, copias o plagios -un juego entretenido pero que se agota muy rápido-, sino que el producto resultante es divertido, dinámico y cálido como una tarde de manta y chimenea en invierno. Y además sale Winona Ryder demenciada, apuntándose a la fiesta. Y unos chavales protagonistas que no dan ganas de llamar a Herodes. Y un monstruo más majo que las pesetas. Y juegos de rol. ¿Pero qué más quieren, oigan? Javier Trigales

Orphan Black (S04, BBC America)

Los primeros cuatro minutos de la cuarta temporada que adelantamos en Canino ya auguraban grandes expectativas para esta temporada de Orphan Black, y estas perspectivas se han visto confirmadas; a propósito de la tercera temporada ya discutimos sobre la forma en que se aprovechaba la ciencia-ficción para reflejarnos de manera privilegiada los temas que definen nuestra realidad presente y esta cuarta ha vuelto a redundar en cuestiones relativas a la performatividad de género pero sin olvidar que, al mismo tiempo, tiene que resultar interesante. Nuevamente hemos tenido sorpresas a cascoporro, acción desenfrenada, humor negro y una Tatiana Maslany que ha vuelto a demostrar sus habilidades sobrehumanas como actriz para interpretar a todos los clones dándoles personalidades, vidas propias y radicalmente diferentes entre sí: su trabajo es fascinante y ha tenido merecido reconocimiento recibiendo (¡por fin!) el Emmy a la mejor actriz dramática. Todavía nos queda la última temporada que se lanzará en 2017, última oportunidad para disfrutar de nuestra queridas hermanas en todo su esplendor. Mariano Hortal

Shōwa Genroku Rakugo Shinjū

En narrativa los tiempos lo son todo. Adelantar o retrasar demasiado un giro o un punch puede hacerse venir abajo una estructura perfectamente medida. Por eso es difícil contar buenas historias. Por eso es tan sorprendente Shōwa Genroku Rakugo Shinjū: en sus trece episodios no hay ni un sólo gesto fuera del segundo exacto en el que debería entrar.

Pero no se acaban ahí las sorpresas. Su exquisita animación, su sutil banda sonora a base de jazz y su espectacular planificación visual hacen que incluso los momentos más inanes sean apasionantes y trascendentales. Algo necesario en una serie cuyo tema principal es el rakugo, un tipo de teatro japonés en el que una persona, sentada en el suelo y sin moverse del sitio, narra de principio a fin una historia. Porque, lejos de estar ante una serie lenta o aburrida, estamos ante un trepidante ejercicio de estilo donde todas las piezas van encajando lentamente en una historia llena de claroscuros, malentendidos y una brutal tragedia que tiñe de sangre el pasado de todos los implicados.

Shōwa Genroku Rakugo Shinjū es lo que ocurre cuando, con trece episodios por delante, se elige utilizar todos los medios del cine para contar una historia. Cuando, en vez de acelerar las cosas y confiar en el cliffhanger, se confía en la ejecución perfecta y el saber jugar con los tiempos. Porque Shōwa Genroku Rakugo Shinjū no sólo trata de maestros de la narrativa: también es un ejemplo de maestría narrativa. Álvaro Arbonés

Westworld (HBO)

Glacial, cerebral, aburrida. Intrincada, hermética, superficial. No se puede negar que la creación de Lisa Joy y el hermanissimo Jonathan Nolan admite todos estos calificativos. Y es que la primera temporada se ha revelado como un objeto mucho más complejo que el original setentero de Michael Crichton, un artefacto que permite, y al mismo tiempo deflecta, múltiples interpretaciones. La presencia de JJ Abrams ha ayudado también a que muchos vieran en Westworld una nueva Perdidos (2004-10), una nueva acumulación de misterios abocada a la decepción final. Pero la relativa transparencia de sus giros argumentales (no simultaneidad de las tramas, personajes humanos que resultan no serlo) demuestra que el propósito de la serie no es la decodificación de misterios sino la exploración. Primero, de en qué consiste ser humano, una pregunta a la que Westworld ofrece una respuesta sombría, basada tanto en la oscuridad que como especie albergamos en nuestras entrañas (“los humanos construimos Westworld cuando se nos acabaron las especies  que dominar,” llega a decir el personaje de Anthony Hopkins), como por nuestra manifiesta inferioridad frente a los seres posbiológicos (serán ellos los que con sus cuerpos resistentes y sus infinitas vidas conquisten el cosmos, no nosotros). Segundo, Westworld es una investigación sobre la conciencia ahora que estamos a las puertas de La Singularidad. Cierto es que en Blade Runner (1981) o en Ghost in the shell (1995) ya encontramos a androides preguntándose quiénes son. Pero Westworld nos ofrece una respuesta nueva, basada en la teoría de la mente bicameral de Julian Jaynes, una teoría que según Richard Dawkinso es una estupidez completa o es la obra de un genio.” La ficción se lo puede permitir porque en realidad los científicos aún no tienen ni pajolera idea de lo que es la conciencia ni sobre cómo surgió (por cierto, la New York Review of Books ha comenzado una interesante serie de artículos al respecto). En último término, Westworld explora también el poder de la memoria y de la narrativa para dirigir nuestras vidas, para definirnos, y por supuesto también es un comentario metatextual sobre el mismo medio televisivo, sus guionistas demiurgos y los personajes que se rebelan contra sus creadores. Santi Pagés

Preacher (AMC)

Era difícil, imposible, aproximarse siquiera al universo que Garth Ennis y Steve Dillon imaginaron entre 1995 y 2000. Más difícil aún se antojaba poner carne y hueso (y maquillaje) en según qué personajes de la saga. Y lo han hecho.

Entre el popurrí desesperado (aunque en realidad sea todo lo contrario) y el frenesí a fuego lento, Sam Catlin, Evan Goldberg y Seth Rogen han conseguido un éxito alineando todos los submundos en una única dirección, la del cliffhanger elegante con el fan en el punto de mira. Puede que la situación geográfica y los personajes que ya se han dejado ver resulten atropellados para quien ha leído el cómic docenas de veces, pero el acierto de casting es total, el pulso es el adecuado, el origen está ahí y de cara a la segunda temporada prometen un pifostio de mil pares de narices. Pero ojo, que esto es la tele del siglo XXI y a lo mejor lo que nos espera son diez episodios con la infancia de nuestro cura favorito. Ay, señor, señor. Kiko Vega

Supergirl (CBS, The CW)

Entender por qué Supergirl es la serie del año es tan sencillo como otear los primeros episodios de la segunda temporada (la primera arrancó a finales de 2015 en CBS y la segunda ha empezado en octubre de 2016 ya en The CW, con el resto de los héroes DC Arrow, The Flash y compañía): con un arrojo asombroso y que ya lo querría para sí Netflix a la hora de tratar a sus héroes Marvel (aunque en su descargo hay que decir que lo que se juega Netflix es mucho más… y por eso los resultados son infinitamente más conservadores), The CW muestra a Superman nada más arrancar la segunda temporada, un personaje que había permanecido como discreta figura referencial en la primera. The CW trata al Hombre de Acero, un personaje complicadísimo de interpretar correctamente, con una honestidad pasmosa, y clava su esencia con unas pocas pinceladas, diálogos brillantes, buenas interpretaciones y cero preocupaciones por el qué dirán.

Pues en Supergirl así todo: feminismo digerible para todos los públicos, personajes variados e integradores y sobre todo, aventura superheroica de primer orden, igualando y a menudo superando a la joya de la corona de The CW, The Flash, también extraordinaria pero que ya exhibe ocasionales muestras de agotamiento. Mientras, Supergirl permanece fresca y desarmantemente luminosa: Melissa Benoist es uno de los descubrimientos televisivos del año, la serie adapta los tebeos con gusto y sin compromisos y en términos generales, resume muy bien qué es lo que adoramos de los buenos comics clásicos de género. Es decir, fantasías de poder adolescente sin necesidad de lados oscuros que lo posmodernicen todo. Son muy de agradecer la multiplicidad de subtextos de las series de Netflix, no les quito mérito, pero los superhéroes, los superhéroes de verdad, están en The CW. John Tones

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