[Resumen 2016] Lo mejor de 2016: los comics

[Esta semana, resúmenes. Obvio: los resúmenes de 2016. De cara a 2017, toca reflexionar acerca de los mejores (y peores) acontecimientos culturales del año que se va. Aquí los tenemos: libros, películas, canciones, series, videojuegos, comics, fiascos... ¿preparados para una semana de recuerdos? Recordad que nuestros resúmenes anuales son simplemente un pequeño sondeo entre algunos colaboradores de CANINO, no pretenden ser un resumen exhaustivo sino una pequeña orientación acerca de algunos lanzamientos del año]

¡Y más lecturas! Es el turno de los comics: de la inevitable avalancha superheroica a lo experimental, de lo indie cuqui a lo indie áspero, comic-books y novelas gráficas. Tenemos, como no podía ser de otro modo, de todo para todos. Estos son nuestros tebeos favoritos de 2016.

Inyección (Warren Ellis, Declan Shalvey y Jordie Bellaire)

Viñeta de 'Inyección'

Me gusta pensar en Warren Ellis como en una especie de alquimista ocupado en destilar las corrientes telúricas y etéricas de la cultura popular, con las que otros alimentarían farragosas obras de muchos volúmenes, en unas pocas gotas de esencia, suficientes para llenar las páginas de un cómic de grapa. Me gusta Ellis incluso cuando aborda trabajos menores o alimenticios porque siempre se las arregla para dejar un rastro de deslumbrantes miguitas de pan que conduce más allá de sí mismo, aunque esto no viene al caso ahora porque nadie confundiría Inyección con una obra menor. Al contrario, desde que comenzaron a aparecer los primeros números en Estados Unidos, han arreciado los elogios y las comparaciones con la añorada Planetary (1999-2008), lo que viene a querer decir todos se han puesto de acuerdo para considerar este cómic algo así como la Summa Ellisiana.

Aunque la comparación me parece legítima, de hecho, Inyección es algo así como la puesta al día del lema de Planetary (“es un mundo extraño, mantengámoslo así”), prefiero pensar en ella como una Liga de los Caballeros Extraordinarios de nuestro tiempo escrita por un guionista del siglo XXII o XXIII con la perspectiva que le dan ese par de cientos de años para seleccionar un elenco protagonista compuesto por los arquetipos más representativos de la ficción popular de principios del XXI: el psicogeógrafo inglés, la hacker con problemas sociales, el Sherlock Holmes con Asperger galopante…  juntos, bajo el paraguas de la Unidad y en colaboración con el Ministerio del Tiempo y Medidas se enfrentan a… ¿qué? Sería criminal revelar más sobre el argumento de este cómic que hace de la elipsis y la dislocación temporal sus mejores armas para evitar que el lector se duerma en los laureles de la pasividad.

Ellis se hace acompañar aquí por el dibujante Declan Shalvey y la colorista Jordie Bellaire, el mismo equipo creativo que entregó la miniserie Moon Knight, from the Dead (2014) para Marvel, lo que ya debería ser recomendación más que suficiente para los que sepan lo que vale un peine. Félix García

Providence (Alan Moore, Jacen Burrows)

Viñeta de 'Providence'

El filólogo Max Müller, fundador de la mitología comparada, consideraba que la existencia de dioses era una “enfermedad del lenguaje”: términos primitivos que servían para expresar conceptos abstractos acababan siendo personificados e idolatrados como entidades con su propia voluntad. Otra perspectiva, la de William S. Burroughs, es la del lenguaje como virus exógeno que infecta a los homínidos y los convierte en humanos sumisos. La palabra es, como en los antiguos grimorios, la más peligrosa de las armas. Alan Moore se propone en su último trabajo diseñar un mapa de como esta enfermedad, este virus, esta arma se propaga. Desde las fantasiosas mitologías de Lord Dunsany hasta el tecnochamanismo, desde un excéntrico y enfermizo recluso llamado H.P.Lovecraft hasta la cultura popular. El sueño de la irreflexión produce monstruos y la xenofobia, antisemitismo, homofobia e ideas de pureza racial que impregnan estos textos crean un panteón de abominaciones. Moore y su dibujante, Jacen Burrows, diseñan un prisma lleno de afiladas aristas y caras que se reflejan y retuercen unas sobre otras, plegándose incluso sobre la propia obra de Moore, un culpable más en la cadena que propaga el miedo al más desfavorecido. Henrique Lage

Hoy es un buen día para morir (Jesús Colomina ‘Colo’)

Algo hay de contradictorio en que  las obras que más suelan gustarte sean también las que más te ha costado leer. Hoy es un buen día para morir es el cómic que más trabajo me ha costado leer de cabo a rabo este año y, además, su lectura no ha sido precisamente agradable. Colo construye un relato postapocalíptico de un tono tan pesimista y demencial que cuesta conectar con su discurso. Pero con el tiempo, la historia de un virus que mata de depresión a la población de todo el mundo se descubre como la excusa para reflexionar sobre la creatividad y su importancia en lo que nos define evolutivamente.

Hoy es un buen día para morir narra una historia compleja, de pasajes puramente filosóficos, que se disfraza de ciencia-ficción para jugar con el cliché del apocalipsis inminente en un relato lleno de giros. Su diseño de personajes, su capacidad para el retrato íntimo pero ambiental -ese Madrid destruido es absolutamente hipnótico-, y su paulatino descenso al infierno componen una obra de altura. El mismo Colo decía que “sin creatividad estamos jodidos, y cierto es que su obra resulta ser uno de los mejores estudios sobre la pasión y la necesidad como sociedad de la existencia y defensa de gente creativa que servidor ha tenido a bien leer. Además de que el libro, publicado por Dibbuks, viene con una banda sonora compuesta por el grupo Hielo Rojo, capitaneado por el mismo Colo, y que complementa maravillosamente el material. Una de las propuestas más interesantes del cómic patrio de los últimos tiempos. Francesc Miró

Voces en la oscuridad I y II  (Junji Ito)

Portada de 'Voces en la oscuridad'

Esta recopilación de relatos cortos del rey del manga de terror actual no es de este año. De hecho tiene más de una década. Pero es la primera vez que se puede leer en castellano gracias a Tomodomo Ediciones. Poner este título es poner solo un ejemplo de la operación de asimilación de la obra del autor en nuestro país que ha tenido lugar este año. Una explosión de publicaciones liderada por ECC Ediciones que ha cubierto una buena parte de su obra que aún estaba inédita en nuestro país. En España, en materia de cómic, ha sido el año de Junji Ito.

Convenciendo a mangakas y fans del terror en general, la obra de Ito es necesaria para entender la transformación del género del terror en diferentes plataformas. El japonés es una voz única que entiende el terror de una manera en el que el argumento tradicional se sustituye por lógica de pesadilla e imaginería diseñada para pulsar los botones ocultos de nuestro subconsciente. De todo lo publicado este año, esta compilación de relatos cortos supone una síntesis perfecta de todo lo representativo de su trabajo y coincide con el momento de madurez y excelencia en su trazo. Imprescindible. Jorge Loser

Philémon (Fred)

Viñeta de 'Philémon'

Que el mejor còmic de 2016 sea una serie realizada entre 1965 y 1987 tiene sentido cuando se trata de uno de los grandes tesoros de la historieta, un derroche absoluto de sentido de la maravilla, que hasta hoy permanecía inédito en castellano (salvo un par de episodios aparecidos en Gran Pulgarcito allá por 1968) aunque no en catalán (gracias a la revista Cavall Fort, que lo publicó entero en episodios semanales). Tebeo juvenil en la tradición del viaje a mundos de fantasía que trastocan orden y realidad, en este caso un chaval que frecuenta las letras que en los mapas dan nombre a los mares, y que resultan ser islas reales, consigue el más complejo de los triunfos cuando se juega con lo absurdo: que la imaginación desbordante conviva con la coherencia. Fred, su autor, venía de fundar (junto a Roland Topor, Wolinski, Reiser o Cabu) el demoledor semanario satírico Hara-kiri (modelo de nuestro El Papus), pero su Philémon habitaba Pilote, la revista dirigida por Goscinny, y sus páginas rompían la rutina rectangular de viñetas vecinas como Asterix o Blueberry con splah pages, contornos sinuosos, collages con grabados decimonónicos o haciendo partícipe de la historia a sí mismo. Ni era tradicional ni línea clara, pero sí hija evidente de su tiempo (emparejable a la obra de Heinz Edelmann o Miguel Calatayud) y el sorprendente nexo subterráneo que une a Lewis Carroll, Topor, Terry Gilliam (sus colaboraciones para Pilote tenían guión de Fred) y Shintaro Kago (no solo por jugar con las viñetas y el lenguaje del cómic, sino también por las manos gigantes domesticadas: La formidable invasión mongola se inspira directamente en La isla de los sargentos). Vamos, que esto es una cosa tremenda. Daniel Ausente

Que no, que no me muero (María Hernández Martí y Javi de Castro)

Portada de 'Que no, que no me muero'

Estamos ante un raro caso. Un cómic humorístico y experimental sobre un tema que tradicionalmente sería serio. Uno contado de manera no lineal, no como una obra sino como un conjunto de escenas, viñetas sobre distintos temas que permiten ofrecer toda una visión que se va completando hasta mostrarnos diferentes procesos y posibilidades, a ratos historias sobre la enfermedad en sí -un cáncer de mama-, otros sobre la vida de la protagonista y cómo se ha visto afectada, en ocasiones historias que podrían haberle sucedido incluso en cualquier otro contexto pero que tuvieron que pasarle aquí. Y junto con la capacidad para expresar estos breves momentos con esa mezcla de puñetazo y carcajada, asumiéndolo pero sin resignarse, que ofrece la autora del texto está el igualmente magnífico acompañamiento gráfico del autor del dibujo, que se permite probar diferentes maneras de contar la historia, jugar con la paleta de colores, crear narrativas distintas en sus páginas, jugar con la organización y lectura de las viñetas y, en resumen, mantener un estilo propio y reconocible que por un lado se corresponda con la historia dura y divertida que está contando y por el otro trate de sacar todo el jugo visual posible a sus recursos como autor. Quizá alguno crea que el carácter humorístico y episódico del cómic lo convierte en una obra menor, pero no podrá equivocarse más. Que la aparente sencillez con la que logra brillar no os engañe: es en todos los aspectos uno de los cómics más interesantes del año. Jónatan Sark

Leñadoras (Noelle Stevenson, Grace Ellis, Shannon Watters y Brooke B. Allen)

Portada de 'Leñadoras'

Me ha costado bastante escoger un cómic este año, me he dedicado a leer cómics de mujeres, escritos y dibujados por ellas y, sinceramente, me he encontrado una buena ristra de maravillas. Mi elección ha tirado finalmente por aquel que me provoca más afinidades: este Leñadoras ideado por Noelle Stevenson, Grace Ellis y Shannon Watters y dibujado por Brooke B. Allen es un epítome de lo que supone para mí la unión de dibujo, temáticas y estilo en un cómic. La premisa parte de pensar en cinco amigas que pasan un verano en un campamento y los descubrimientos que allí realizarán; hay una historia de fondo que utiliza elementos de género relacionados con el terror, la fantasía y la novela de detectives. Cada número de este primer arco argumental va contribuyendo a la historia final configurando un reloj perfectamente sincronizado que, además, tiene un dibujo estupendo y se aprovecha vilmente (gracias sean dadas) de la diversidad de sus protagonistas, ofreciendo, en conclusión, una historia que se salta lo normativo y no para de ofrecer sorpresas al lector. Lo peor de todo es que se pase tan rápidamente, aunque siempre quedará la relectura. Mariano Hortal

DC: Renacimiento (Geoff Johns, Phil Jimenez, Ethan Van Sciver, Ivan Reis, Gary Frank)

Viñeta de 'Renacimiento'

Seamos sinceros: DC tenía que hacer algo. Su universo, tanto en los cómics como en el cine, corría el riesgo de llenarse de mierda, probando que cuando ésta te llega al cuello, siempre puedes empezar a tragar. Así que DC, de mano de Geoff Johns, decidió dar un volantazo a los estragos de años y años de continuidad fracturada y seriedad impostada, aceptando su verdadera naturaleza y su legado.

En un ejercicio de autoanálisis, quizá injusto pero sí necesario, se determina que la culpa es de Watchmen. Que sí, que lo que construyas en base a una deconstrucción tan insidiosa sólo puede estar corrupto, pero en último término son los autores los que tienen responsabilidad sobre su obra. Así que Renacimiento tiene una doble función: hacer que el universo DC vea la luz y guiar a los autores a una nueva continuidad, más optimista (¿cómo permitimos que Superman dejara de representar la esperanza?), con un ojo en un pasado glorioso y otro en un futuro… renacido. Adrián Álvarez

La Visión. Visiones del futuro (Tom King y Gabriel Hernández Walta)

Portada de 'La Visión. Visiones del futuro'

La cercanía de La Singularidad (ese momento en el que la inteligencia artificial tomará conciencia de sí misma), además de nuestra propia crisis de especie, está teniendo sus evidente efectos sobre la cultura popular. Los cómics, ni siquiera los de superhéroes, permanecen ajenos a ello. El elenco Marvel contaba ya con un ser artificial preocupado por su humanidad o su falta de ella. A menudo trágica, en ocasiones un poco plasta, La Visión es un androide sintético de increíbles poderes que llegaba a amar y emparejarse con una humana, La Bruja Escarlata. Todo eso es ya parte del pasado, porque en el cómic guionizado por Tom King y dibujado por Hernández Walta, se hace borrón y cuenta nueva y lo que antes era pathos y gravedad algo impostada y superficial se convierte en una muy interesante indagación sobre lo que nos hace humanos y sobre la parte de nuestra humanidad que nos hace robots: La Visión ha creado su propia familia y ha decidido encontrar solaz y consuelo en ella, instalándose en un suburbio que parece sacado de Mujeres desesperadas (2004-12). La comparación no es trivial porque los problemas comienzan a amontonarse cuando la Sra Visión se ve metida en un lío muy propio de aquella serie. Mientras, sus hijos pugnan por ser aceptados entre sus nuevos compañeros de Instituto y el Sr Visión salva el mundo por trigésimo octava vez. Es verdad que el cómic registra un par de lugares comunes y que su escenario suburbial puede no parecer estimulante para el fandom de superhéroes, pero Visiones del futuro es muy entretenido, además de una precisa demostración de que el amor y el aburrimiento son los pilares de la condición humana. Incluso cuando eres sintético. Santi Pagés

Chiisakobee (Minetarô Mochizuki)

Portada de 'Chiisakobee'

Un hombre se va de casa y, a la vuelta, descubre que sus padres han muerto en un terrible incendio que ha tirado abajo el barrio donde se ha criado. A partir de ahí, tendrá que lidiar no sólo con su pérdida, sino también con la reconstrucción del negocio familiar, una empresa de carpintería, y la reconstrucción del barrio, que es el mismo y otro distinto. Todo ello mientras intenta descubrir quién es y quién desea llegar a ser después de haberse ido de casa buscando ese algo que de sentido a su vida.

Chiisakobee es un manga que transcurre entre los tiempos muertos. En los planos detalles de sus personajes. En un protagonista oculto siempre por una enorme barba y unas gafas de sol que se quita muy rara vez. Porque esto es costumbrista. Pero no costumbrista al estilo cineasta indie que no ha entendido nada de Ozu, si es que lo ha visto aparte de citarlo, sino costumbrista al estilo japonés: un conflicto soterrado entre la tradición y la modernidad, entre el individuo y la masa. En otras palabras, la demostración empírica de cómo sólo en el entendimiento entre la obligación y el deseo es posible vivir en armonía con la sociedad. Y por extensión, también con uno mismo.Álvaro Arbonés

Dios ha muerto (Irkus (M) Zeberio)

Viñeta de 'Dios ha muerto'

Así habló Zaratustra es uno de los libros más influyentes (y malinterpretados) del pensamiento occidental. Acercarse a la obra de Nietzsche desde el cómic habría supuesto, hace algunas décadas, un ejercicio de didactismo, quizá acomplejado ante el tamaño de la obra original. Pero Irkus (M) Zeberio no busca simplificar el libro original, ni lo está adaptando en un sentido estricto; lo que busca en Dios ha muerto es tomar algunos pasajes de la obra nietzschiana y hacer, básicamente, lo que le da gana con ellos. Por eso es una obra profundamente personal, un despliegue gráfico sin límites, en el que, sin palabras, Zeberio recurre a todos sus recursos para fraguar un libro alucinante, que toma de la obra original su potencial simbólico, y sus imágenes de rotunda poesía, porque el dibujante conecta con el filólogo decimonónico a un nivel primario, visceral, que se plasma en una imaginería silenciosa y tan poderosa como la del prusiano.

Zeberio, que es uno de los dibujantes españoles de vanguardia más activos, realiza aquí su obra más larga y ambiciosa hasta la fecha: un cómic que prescinde de todas las normas del dibujo académico y ejerce el hechizo propio de los artefactos desconocidos e imprevisibles. Gerardo Vilches

Todos los hijos de puta del mundo (Alberto González Vázquez)

Viñeta de 'Todos los hijos de puta del mundo'

A estas alturas, la discusión acerca de si Alberto González Vázquez sabe o no sabe dibujar es absolutamente estéril: no solo sabe (quizás no en el sentido clásico de agarrar una plumilla y enfrentarse al papel en blanco, pero a quién le importan esos límites: a los académicos y a los críticos, a gente que definitivamente no sabe-mos- dibujar), sino que sabe muy bien. Cada una de sus viñetas, teniendo en cuenta que calca imágenes reales, implica una serie de decisiones de montaje y sobre todo de aislamiento de elementos accesorios, más la planificación que necesita el ritmo de la página, le convierten en un artista total. Con herrmientas no tradicionales, está claro, pero es que no habría que tener dudas cuando su sentido del humor, su concepción de la punch-line y los ritmos, su demoledora amargura satírica y su posicionamiento francotirador enlazan su obra con la mejor tradición del humorismo gráfico español. Alberto González Vázquez no solo es un autor de indiscutible calidad, y bien que lo demuestra con su álbum recopilatorio Todos los hijos de puta del mundo: es un puñetero clásico. John Tones

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