Retórica, periodismo y poder en el affaire Iglesias-Carvajal

Pablo Iglesias ha sido acusado por la prensa nacional de atentar contra la libertad de expresión. Pero, ¿qué hay de verdad en esta acusación? Eso es lo que intentamos dilucidar después de ver el vídeo donde se reproducen la totalidad de las circunstancias que condujeron hacia ese desencuentro con la prensa.

Es necesario conocer la manera apropiada de tratar cada ámbito específico de la vida en sociedad. No somos la misma persona en privado o en público, como no lo somos tampoco con nuestros amigos, nuestra familia o gente ajena a nuestro círculo habitual de amistades; esto, aunque pueda antojarse una muestra de cinismo insoportable, es una necesidad básica para la vida en sociedad. No somos seres únicos, especiales, viviendo en una burbuja aislada del resto del mundo, sino que somos parte de una sociedad donde nuestros roles cambian según la situación en la que nos encontremos. De ahí la necesidad de saber adecuarse a la situación: quien no lo hace no está yendo contra otras personas, sino contra la sociedad en conjunto.

Pongámonos en situación. Ayer Pablo Iglesias, en la presentación del libro En defensa del populismo de Carlos Fernández Liria, tuvo a bien comentar la relación de los medios con Podemos, lo cual acabó personalizando en la figura del periodista de El Mundo Álvaro Carvajal, acusándolo de escribir noticias que no tienen por qué ser verdad para congraciarse con sus jefes. Pongamos el foco sobre esta idea. Aunque se ha interpretado en todo momento como un ataque personal, circunscribiéndolo al ad hominem en el cual son expertos los políticos de nuestro país, en verdad, aunque pueda resultar contraintuitivo, no es un ataque hacia Carvajal. Es un ataque hacia sus jefes. Y para entender eso es importante ampliar el foco, entender las frases en sus contexto y, especialmente, escuchar sin prejuicios lo que dicen. Y para ello, intentaremos ceñirnos a frases literales que lo demuestren.

Cuando Iglesias habla de Carvajal lo hace, como explicaría después de que le recriminaran su actitud, utilizándolo como ejemplo, no como hombre de paja. En sus propias palabras, «en un contexto académico cualquiera puede ser usado como objeto de ejemplo«. ¿Ejemplo de qué? De los intereses creados de los medios de comunicación. Carvajal es, en el peor de los casos, una sinécdoque: él es un ejemplo, pero no la totalidad, de la corrupción imperante en la prensa española; en el mejor de los casos, más próximo a las palabras de Iglesias, de cómo funcionan las relaciones laborales en el capitalismo tardío. El periodista, Carvajal, puede tener cierto deseo de cumplir su obligación con el resto de la sociedad —que, en tanto periodista, es mantenernos informados—, pero sufre presiones desde la cúpula para informar de un modo sesgado, que favorezca los intereses de algunos en particular. Y si bien la objetividad es imposible, en el periodismo o en cualquier otro aspecto de la vida, es denunciable cuando el periodismo se vende a sí mismo como el cuarto poder, la última linea de defensa del pueblo.

No es casual la elección del término. Cuarto poder fue un concepto creado por el filósofo Edmund Burke quien, en los albores de la modernidad, supo ver la influencia brutal que tendrían los medios de comunicación en la sociedad: si entre los tres poderes se dirime la estabilidad social, el cuarto poder ejercería tanto como voz del pueblo como profilaxis de los posibles desmanes de los otros poderes. Salvo que eso no ha ocurrido. Y no ha ocurrido porque, como diría Michel Foucault, «el poder produce a través de sí una transformación técnica de los individuos (…), el poder produce lo real«. O lo que es lo mismo, el periodismo moldea nuestras opiniones a través de su poder de actuación, en ningún caso representa nuestras opiniones.

Edmund Burke, creador del concepto "Cuarto poder"

Edmund Burke, creador del concepto «Cuarto poder»

Para los descreídos, hagamos un ejercicio de abstracción. Si toda la prensa nacional coloca en portada que Pablo Iglesias ha atacado de forma brutal a un periodista de El Mundo, siendo especialmente sangrante al tratarse de un político que aspira a la presidencia del gobierno, ¿qué imagen nos da sobre Iglesias ese titular? El de alguien desalmado, poco interesado en la libertad de opinión y que, además, carece de cualquier sentido de la responsabilidad social. Si además se nos resaltan sus malos modos, entonces podemos acusarlo también de ser incívico. Incluso si no es cierto. Si vemos su discurso completo, como ya hemos dicho, podemos pensar que su intervención pudo ser desafortunada —algo discutible dado el contexto, un acto académico, donde se espera un tono sutilmente más elevado que el estilo directo propio del periodismo—, pero en ningún caso ofensiva: el Pablo Iglesias prepotente y desquiciado, al menos en esta ocasión, ha sido construido en las redacción de los periódicos, no en una tribuna pública.

Nos quedan dos posibles interpretaciones para lo ocurrido: o bien la capacidad de comprensión de los periodistas de nuestro país es francamente limitada o bien incluso los periodistas se informan sólo a través del periodismo. Porque la otra posible interpretación, la que dio Iglesias incluso antes de que ocurriera, es que, repitiendo otra vez las palabras de Foucault, «el poder produce a través de sí una transformación técnica de los individuos (…), el poder produce lo real«. Iglesias dijo, para la mayoría de personas, lo que la prensa dice que dijo. Sin paliativos. Sin medias tintas. Si la prensa dice que Iglesias atacó la libertad de expresión , muchas personas lo creerán. Incluso si es mentira.

periodicospochos

Todos estamos atravesados por relaciones de poder. Incluido el propio Carvajal. Resulta evidente que un redactor no tiene la culpa de la linea editorial que sigue su periódico, de los intereses creados por el director o el dueño de la cabecera, pues es víctima de las relaciones de poder en las que está circunscrito, pero no deja de ser un colaborador necesario. Ejemplo de la banalidad del mal, haciendo uso del concepto de Hannah Arendt: Carvajal o cualquier otro periodista podrá defenderse aduciendo que les ordenaban hacer ese tratamiento de cualquier noticia sobre Podemos, lo cual sería cierto, pero ninguna orden justifica un acto carente de ética. Y mentir, para un periodista, es el peor acto posible.

Eso intentaba explicar Iglesias con un tono didáctico, propio de una clase universitaria, con tan mala fortuna de hacerlo en público. O tal vez no tan mala. A fin de cuentas, el auténtico aprendizaje se da con el ejemplo, ¿y qué mejor ejemplo que convertir su explicación en un caso práctico de lo que él mismo estaba explicando?

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