‘Revolutionary Girl Utena’: 18 años del ‘anime’ que trajo el Apocalipsis

¿Neon Genesis Evangelion? ¡Eso es para principiantes! Que sepamos, sólo existe un anime que reúna feminismo, simbolismo, lesbianismo, esgrima, rock progresivo, comedia de instituto y chicas que se convierten en coches. Utena, la heroína creada por Kunihiko Ikuhara cumple 18 años esta Nochebuena. Y, en fecha tan simbólica, ÁLVARO ARBONÉS y YAGO GARCÍA no podían privarse de rendirle un homenaje.

La noche de hoy, 24 de diciembre, centenares de millones de cristianos en todo el mundo celebrarán el nacimiento de su Salvador. Y, al mismo tiempo, otra secta bastante más minoritaria (pero mucho más devota en su conjunto: el fandom es lo que tiene) celebrará la mayoría de edad de su Salvadora. Siendo la salvadora de marras una adolescente con el pelo rosa, un uniforme escolar bastante sui generis, mucha mano para manejar un sable de esgrima y, sobre todo, la cabeza llena de una entrañable empanada mental que la empuja a ser una heroína a toda costa. Bueno, no: un héroe. Concretamente, un príncipe. ¿Les han dejado hechos un lío estas palabras? Pues prepárense, porque es sólo el principio. Baste decir, por ahora, que el último capítulo de Revolutionary Girl Utena se emitió en Japón tal día como hoy, hace 18 años. Y, aunque ustedes tengan sus dudas, podemos decir que es un momento digno de conmemoración.

Si bien el mundo del anime tiene infinitas variedades, y se presta a otras tantas filias y fobias, uno de sus escasos dogmas reza así: «Sean cuales sean tu edad o tu género, si te gusta “Revolutionary Girl Utena”, te gustará muchísimo, hasta el punto de la obsesión». Lanzada efímeramente en español con el título de El anillo mágico, esta serie reúne en sus 39 episodios un magnetismo inapelable, seguramente fundado en la cantidad de elementos que supo condensar y, en algunos casos, a los que supo anticiparse.

¿Se han fijado en ese feminismo pop que (con mayor o menor acierto) llena hoy en día los productos para nerds? Pues en Utena lo encontrarán a paletadas, aliñado con aspectos ciertamente discutibles, pero que también pueden inducir a la reflexión y el debate. ¿Les gustan las escenas de acción, aliñadas a ser posible con rock estruendoso? No podían haber caído en un lugar mejor, si bien es probable que se lleven alguna sorpresa que otra. ¿Y las historias de instituto, con sus romances desaforados y su comedia de vergüenza ajena? También tenemos de eso, descuiden. Pero basta de cháchara, y empecemos a darles razones para hacer matrícula en el Instituto Ohtori. Cuando su cordura comience a flaquear, tal vez nos lo agradezcan…

La chica que quería ser príncipe

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¿Qué es Revolutionary Girl Utena? Pues, simplificando, digamos que es un anime dirigido por Kunihiko Ikuhara. Y, ¿quién es Kunihiko Ikuhara? Pues empecemos diciendo que es el mejor amigo de Hideaki Anno, la mente enferma que concibió Neon Genesis Evangelion. Es más: aunque no haya padecido nunca (que sepamos) un cuadro de depresión clínica —como sí sufrió su amigo durante el parto de Shinji Ikari, los EVA, NERV y el Adán que los trajo a todos—, este señor nacido en 1964 y apodado «Ikuni» por sus fans está todavía más loco que aquél. Uno no se gana el apodo de «el David Lynch japonés» por cualquier cosa.

Antes de pergeñar Utena, este director y guionista fue uno de los responsables tanto de La aldea del arce como de Sailor Moon, serie esta última cuyos destinos rigió entre la segunda y la cuarta temporada, y que abandonó bastante harto de la productora Toei. Antes de dicha deserción, Ikuhara tuvo tiempo de impregnar las aventuras de Usagi Tsukino y el resto de sailor senshi con un tono considerablemente más oscuro de lo esperable en un producto «infantil» y un uso perverso de símbolos y metáforas. Y también de esas heroínas, tan impetuosas como atormentadas, que son una de sus marcas de fábrica.

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Libre ya de las cadenas de Toei, Ikuhara formó un estudio indie con el bonito nombre de BePapas, en el que también figuraban la mangaka Chiho Saito y otros dementes, incluyendo algún histórico del underground nipón del que hablaremos más adelante. Su objetivo: pergeñar la historia shojo (para chicas jóvenes) capaz de acabar con todos los animes shojo. El resultado debía suponer a la vez un cuestionamiento radical de los estereotipos del género (y «de género», por añadidura) así como una ventana en la que mostrar recovecos de un mundo interior que se adivina turbulento. A fin de dar rienda suelta al proyecto, BePapas lanzó primero una edición en papel de la historia (por motivos de espacio, no hablaremos de ella, lo sentimos) y, en 1997, presentó en la parrilla del canal TV Tokyo a su criatura. La criatura se llamaba Utena Tenjou, y ya desde el primer episodio podíamos observar por dónde iban a ir sus tiros: una suerte de caballero andante de high school, dispuesto a enfrentarse a los abusones y, sobre todo, a darlo todo por su dama.

¿Por su dama, decimos? Pues sí. A primera vista, porque esto también sería matizable, Utena bebe a chorros de ese género conocido como yuri, y cuyas protagonistas suelen ser chicas locamente enamoradas de otras chicas. En contra de lo que ya estarán pensando, el yuri (palabra que, en idioma nipón, significa «lirio») no está destinado a señores de mediana edad proclives a sudar a mares en cuanto ven una pantorrilla. Sus autoras suelen ser mujeres, y sus destinatarias, por lo general, son chicas jóvenes. Disertar sobre la percepción del hecho LGBT en Japón podría llevarnos un artículo entero, así que nos limitaremos a dar dos datos sobre esto. El primero, que los enamoramientos «inocentes» entre jovencitas son vistos con laxitud en tierras del Sol Naciente, al considerárselos propios de la inmadurez (y garantes, también, de la virginidad femenina).

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El segundo dato, no menos importante, es que, a Ikuhara, las lesbianas le dan morbo. El autor justifica este interés con una explicación un tanto rebuscada, pero verosímil: en el contexto del anime, asegura, uno no puede embarcar a una heroína en una historia de amor hetero sin arriesgarse a que el personaje resulte anulado por ésta. «Al final, todo acaba engullido por la duda de si Fulanita va a liarse con Menganito, o de si van a cortar», afirma. Partiendo de eso, pueden hacerse una idea de por qué Sailor Urano y Sailor Neptuno hacían bueno el principio de «cuanto más prima, más se arrima» en el hipócrita doblaje de Sailor Moon. Y también pueden discutir sobre si la representación del lesbianismo en Utena degrada la sexualidad femenina a mero fetiche, o si resulta válida artísticamente. Ante esto, apuntar otras dos cosas: que la serie tiene muchas, muchísimas fans lesbianas, y que el romance en torno a la cual gira su historia no sólo resulta poco convencional, se lo mire por dónde se lo mire, sino también extremadamente conmovedor. Entre otras cosas, porque es mucho más de lo que parece.

El instituto: infierno y paraíso

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La Academia Ohtori, el pijísimo internado en el que transcurre Utena, es a primera vista un espacio idílico: siempre soleado, con una arquitectura inspirada en los trabajos del escocés Charles Rennie Mackintosh y con un alumnado ideal de la muerte, el centro donde estudia nuestra heroína (y donde ésta vive su historia de amor con Anthy Himemiya) resulta uno de esos «no-lugares» del anime cuya perfección resulta a la vez incitante e inquietante. Una inquietud justificada, claro: tras su fachada de serenidad académica y saludable deportividad, Ohtori no es ni más ni menos que un nido de víboras. Y también es algo mucho peor.

En apariencia, según nos muestran los primeros episodios, el epicentro del Mal en el instituto es su Consejo de Estudiantes. Un tropo extremadamente común en la narrativa japonesa, donde las jerarquías escolares van más allá del escalafón profesor-alumno para extenderse al poder de los sempai sobre sus kohai de cursos inferiores. Dicho consejo, además, está compuesto por miembros que son todo un diccionario de disfunciones: el matón más ligón y su secuaz esconden una brutal codependencia, mientras que esa chica casi perfecta (y capitana, por añadidura, del equipo de esgrima) es una lesbiana a punto de acabar en Narnia, de metida que está en el armario. Incluso el chaval empollón, con su pelito azul y su empeño en no meterse con nadie, lleva a cuestas una pasión incestuosa apenas disimulada. Suponemos que te habrás dado cuenta ya, pero los principales enemigos de Utena están aquí.

Unos enemigos, además, a los que nuestra heroína se enfrentará de formas, digamos, poco convencionales. Porque, si bien el relato no está exento de empujones en los pasillos y otras putadas, ¿dónde se ha visto que los estudiantes malotes se reúnan en una suerte de torre, entonando lemas iniciáticos (en realidad, fragmentos de Demian, la novela de Herman Hesse) y disertando sobre algo que denominan «el poder para revolucionar el mundo». Es más, ¿por qué estos chavales compiten entre sí en feroces duelos de esgrima para disputarse a la «Prometida de la Rosa», una chica que acabará siendo poco menos que la esclava del vencedor? No lo sabemos. Utena no lo sabe. Y, al igual que ella, lo daríamos todo por desvelar el enigma.

Con esta doble dosis de épica surreal, Utena (la serie) subvierte muchos tropos de las historias de instituto, como los eternos combates por la popularidad. Y también vuelve del revés otro de los arquetipos asociados al género: el del adulto enrollado, preferiblemente un profesor. Aquí, dicho adulto es nada menos que el director del instituto, un tipo llamado Akio Ohtori cuyo cuestionable estilismo (en fin, eran los 90, y en Japón además) no oculta su condición de individuo rematadamente siniestro. Aun sin ánimo de caer en spoilers, digamos que la aparición de Akio marca la deriva del show hacia terrenos aún más sombríos y, sí, lynchianos. Conforme este estrato de la historia vaya haciéndose evidente, los pelazos de colores y esos uniformes con entorchados que no se pondría ni Liberace dejarán definitivamente de importante. Estarás demasiado ocupado, u ocupada, aferrando tu batamanta y musitando entre sollozos cosas como «Que no lo haga, por favor, por favor, que no sea verdad…».

La música: Destino absoluto, Apocalipsis

Como ya hemos dicho, las escenas de esgrima son un elemento crucial en Revolutionary Girl Utena. Y el impacto de esas escenas sería mucho mejor si no contasen con el fondo sonoro de J. A. Seazer. Explicar el papel de este sujeto en la cultura underground de Japón resulta bastante complicado: digamos que se trata de un veteranísimo músico, conocido por sus colaboraciones con el muy majara director de cine y teatro Shuji Terayama. Para las creaciones de Terayama, Seazer pergeñó pesadillas sonoras como las contenidas en su álbum Kyokkou Junreika (1973), que le convirtieron en un icono del rock nipón. Y, contando con esos precedentes, saber que iba a componer canciones para Utena debió caer igual que si los Stooges Psychic TV fuesen anunciados como responsables musicales para una serie del Disney Channel.

Exageraciones aparte, la labor de J. A. Seazer en la serie que nos ocupa, resulta parca en andanadas de ruidazo siniestro. Algo poco importante, ya que el resultado es igualmente espectacular: Zentai Unmei Mokushiroku, una pieza emblemática de la serie, resulta un ejemplo de rock progresivo muy pesadote a la par que pegadizo, cuya presencia sirve, además, para poner en evidencia esas escenas «de transformación» tan habituales en el anime de aventuras y cuya misión no es sólo enardecer al público, sino también rellenar metraje. El resto de composiciones, igualmente épicas, pueden causar adicción en el utenófilo, y su contundencia deja claro un concepto importantísimo: nuestra heroína está dispuesta a rescatar a quien sea, y no necesita que la rescate ni Dios. Bueno, Dios menos que nadie. Pero estamos divagando… ¿O no?

En realidad, la BSO de Revolutionary Girl Utena no cobija sólo riffs demoledores y corales que invocan a los Primigenios. Es más: esta serie seguramente no sería lo mismo de no contar con un tema principal tan almibarado y, a la vez, formidable como Rinbu Revolution,tremendo caramelito j-pop interpretado por Masami Okui que puede dar lugar a karaokes frente al espejo en cuanto uno se distraiga un poco. El resto de la ambientación musical, firmada por un casi debutante Shinkichi Mitsumune (Rozen Maiden)resulta muy funcional, a la par que entrañable en su moñez, destacando como favorita del fandom una viñeta pianística titulada Sunlit Garden. En resumen: si son de los que exigen buena música además de un buen guion, esta serie les dejará a gustísimo.

La película: Rizando el rizo

A poco que estén un poco puestos en las cosas del anime, seguro que conocen la fama que arrastra The End of Evangelion  (1997). Hablamos de esa película en la que Hideaki Anno, harto de que los fans le echasen en cara el críptico final de su serie, decidió coger el engendro biomecánico gigante por los cuernos, ofreciendo una conclusión alternativa todavía más desquiciada y más abierta a interpretaciones, a la par que sangrienta y lóbrega, que aquella que pudo verse en TV. Donde otros hubieran cortado la discusión espetando “«e me había acabado el presupuesto y el Alprazolam me tenía pajarito, ¿qué os esperábais que hiciera?», Anno replicó propinándole un inmenso corte de mangas a los fans de su obra. Un corte de mangas que, comparado con Adolescence of Utena (Ikuhara, 2002) resulta casi tan inofensivo como Ocho apellidos vascos. O catalanes, da igual.

¿Rebosa la versión de Utena en pantalla grande con sangre y fluídos a raudales? Seguro que no. ¿Resultan sus metáforas más desesperadas y siniestras que las de la serie original? Más bien lo contrario: los aspectos positivos y esperanzadores de la historia se ven incrementados. Y, aun así, prevenimos a los lectores que esperen a verse la serie antes de probar con el largometraje. Seguro que nos lo agradecerán, pero, por si acaso, explicamos a continuación nuestros motivos.

La cuestión es que Adolescence of Utena es, como tantos filmes basados en animes de éxito, un producto para fans: la historia original, además de verse alterada sustancialmente, queda tan resumida en su hora y media escasa de metraje que hace falta conocerla de antemano para captar todos sus giros de guion, todas sus implicaciones. Además, la naturaleza referencial y simbolista de la historia llega aquí a un paroxismo capaz de marear incluso al fan más encallecido. No basta sólo con que la sexualidad de la heroína se vuelva aún más queer e inclasificable, ni con que el entorno aparezca aún más extraño, más dispuesto a alienar al espectador. Se trata de que, además, hay una secuencia en la que la protagonista se convierten en un coche. Y se queda tan ancha.

En realidad, la película aparece menos como un producto comercial o un cambio de formato que como una carta de amor de Ikuhara a sus personajes, casi una década después de haberlos dado a luz. Y, como ocurre a veces con las cartas de amor, resulta embarullada, difícil de seguir y llena de guiños que sólo entienden el remitente y el destinatario. Aun así, resulta tan delicada como emocionante. Incluso es posible, fíjense, que despierte en algunos espectadores el deseo de ser Utena. Y no necesariamente por los muslos de metro y medio, las tetas y el pelo rosa: en esta muchacha aparentemente tan fallida, tan ingenua y tan dispuesta a convertirse en carne de cañón se reúnen virtudes como la devoción, el valor físico y el deseo de servir a la persona amada, librándola de sus tormentos aunque eso suponga hacerlos propios, y sufrirlos. Un parangón de méritos que no son a priori ni masculinos ni femeninos, sino sencillamente humanos. Nosotros tomamos su revolución.

La narrativa: Todo tiene su razón de ser

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Aunque hayamos destacado que en su película el barullo que se forma puede resultar difícil de desentrañar incluso para adeptos al universo Ikuhara, eso no significa que no haya en juego reglas inviolables. Más al contrario, siempre existe, al menos, un objetivo claro en mente: mostrar la emancipación de sus personajes, su intento de alcanzar una mayoría de edad no necesariamente física —o lo que es lo mismo, kantiana: convertirse en personas que pueden solucionar sus propios problemas, que no necesitan de otros, sean príncipes o princesas, sabiendo hacer uso de su libertad— en la cual puedan convertirse en seres humanos autónomos. Ese es el núcleo duro de Utena, lo que es constitutivo de sí misma desde que decide que quiere ser un príncipe. De ahí que tanto la película como la serie como cualquiera de las numerosas adaptaciones que ha tenido, que van desde musicales hasta novelas pasando por mangas o CD-dramas, siempre nos queda un último resquicio, un último asidero, en el cual poder sostenernos ocurra lo que ocurra: estamos ante un relato sobre la dependencia y la manipulación, pero también sobre cómo conseguir romper con ello. Algo lógico si pensamos en las dinámicas tóxicas que implican los cuentos clásicos en los que se inspira.

Yendo más allá, podríamos decir que ese es el tema principal subyacente al anime de los 90’s. La búsqueda de la emancipación, la adolescencia como la época en donde nos enfrentamos con la tensión de la despreocupación infantil y la responsabilidad adulta, con el shock que ello conlleva, es algo que hemos visto infinidad de veces en series de culto. Series de culto como Neon Genesis Evangelion, RahXephon o FLCL que, de hecho, comparten guionista con Utena, el insigne Yōji Enokido. Siendo parte constitutiva de la serie en la misma medida que Ikuhara o Seazer, sus guiones son auténticas piezas de orfebrería en que cada capítulo es un engranaje perfecto en el cual todos los demás acabarán cayendo en algún momento. Incluso aquellos que parecen muuuy insustanciales. Algo lógico si pensamos en la obsesión por el detalle que demuestran todas las series que ha guionizado, independientemente de quien fuera su director.

Si ademamos sumamos que Enokido es experto en destrozar las expectativas del espectador, con especial predicamento en el caso del papel de un par de príncipes o del consejo de la rosa negra, el resultado es el que todos hemos experimentado viendo las series o películas que ha escrito: un feliz desconcierto. Además, ningún buen artista se olvida de sus obsesiones. De ahí que se nos antoje estupendo que trate de forma obsesiva con la adolescencia, la libertad y el amor como sus temas principales, especialmente si después su último guión para cine, la fabulosa Redline, se puede interpretar como una reinterpretación del tramo final de Adolescence of Utena.

El simbolismo: Una rosa no es una rosa

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Cuando hablamos de autoría siempre nos referimos hacia ciertas obsesiones definitorias, cierta forma de hacer las cosas que resulta característica en un autor determinado. Y entendiéndolo de esa forma, resulta innegable que los rasgos autorales de Ikuhara están tan marcados que se podría reconocer cualquiera de sus animes sin necesidad de terminar de ver ni un sólo capítulo. Hemos hablado de su interés por el lesbianismo, un poco más delante lo haremos sobre su obsesión por las mascotas o la psicología junguiana, pero incluso así, todavía nos quedaría el elemento más distintivo de su estilo: su uso del simbolismo.

Debemos partir del hecho de que Ikuhara jamás hace obras naturalistas. Es físicamente incapaz de hacerlo. No es ya que desde Sailor Moon todas sus obras tengan un claro componente apocalíptico o transformaciones à la magical girls, es que todos los acontecimientos ocurren siempre entre diferentes capas simbólicas, donde las cosas no siempre significan exactamente lo que parecen. Aquí, para más inri, literalmente. En su obra siempre existen cosas que parecen ser literales, pero que acaban por ser sólo metáforas (el apocalipsis, el príncipe), del mismo modo que existen cosas que parecen ser metáforas, pero que son estrictamente literales (el castillo en el cielo). Si bien eso lo enfatizaría todavía más en sus obras posteriores, donde intentar dilucidar qué es símbólico o qué es real es completamente inútil hasta acabar la serie, o en ocasiones también al acabar, en Utena acaba rigiendo siempre un principio esencial: todo es metafórico hasta que se demuestre lo contrario. Incluso los viajes en coche.

Eso no significa que para disfrutar la serie haga falta conocer su simbolismo, pero ayuda para adelantarse al propio guión. Existe en determinado momento de la serie un triángulo amoroso que se puede seguir más que por las conversaciones por las personas que aparecen en escena sentadas y hacia dónde observa cada una de ellas, del mismo modo que podemos adelantar que una de ellas es lesbiana por la homofonía de su nombre con la palabra yuri. Si en una obra de Ikuhara alguien se llama Yuri, es lesbiana. Del mismo modo, a veces el simbolismo se nutre de referencias externas a la propia obra. Sin contar todas las referencias hacia Milton, Ciceron, Shakespeare, Hesse o Manet, habría que añadir la importancia que tiene en Utena la obra de Riyoko Ikeda en general y de La rosa de Versailles en particular. Tanto en el retrato de las tensiones sociopolíticas de un sistema de clases sólo en apariencia anacrónico como en colocar todo el peso de la narrativa en diferentes romances para hacer entrar con facilidad un subtexto tan rico y complejo en matices y símbolos como el que hasta aquí sólo hemos dejado caer para que cada cual lo explore por sí mismo hasta donde pueda o quiera.

¿Existe vida después de Utena?

Hasta aquí podemos hablar de la serie sin entrar en disertaciones que podrían llevarnos mucho más espacio del que tenemos disponible, ahondar mucho más profundo en temas complejos de los cuales nos conformamos con hacer una presentación. Pero eso no significa que todo empiece o acabe con Utena. Todos los involucrados han estado involucrados en otras obras de éxito, con carreras fructíferas que merecían por sí mismas artículos completos, pero si existe alguien cuyo nombre esté asociado de forma íntima con la serie ese es el de su creador, Kunihiko Ikuhara. Y si bien ya hemos hablado bastante de él, nos parece importante dar cuatro pinceladas al respecto de sus posteriores trabajos, en especial de aquellos aspectos que arrojan luz sobre la propia existencia de Utena. Pasando por alto sus trabajos fuera del anime, nos centraremos en sus dos series posteriores: Mawari Penguindrum y Yurikuma Arashi.

Entender Mawari Penguindrum pasa por entender un concepto básico: todo es una metáfora junguiana al mismo tiempo que una metáfora del ataque de gas sarín en el metro de Tokio. Aderezado con pingüinos. Resaltar la existencia de pingüinos, uno por protagonista, no es caprichoso desde el mismo en que cada uno de ellos es un reflejo de la persona, o máscara —en términos junguianos, aquella parte de nosotros mismos que mostramos en público—, de cada uno de los personajes: Pingüino 1 es un playboy violento, Pingüino 2 es un glotón descerebrado y Pingüino 3 es una perfecta ama de casa. Y en ellos se da el juego simbólico. En la mayor parte de las ocasiones, cada conversación que tienen entre sí los personajes viene acompañada de acciones de los pingüinos, lo cual imprime ritmo, pero a su vez sirve para escenificar lo que está ocurriendo sin que lo verbalicen explicitamente. Algo que ya hacía en Utena, de forma menos marcada, especialmente en su tramo final en cierta obra de teatro o de forma constante durante toda la serie en forma de pequeños entremeses.

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El caso de Yurikuma Arashi es todavía más complejo. Siendo la serie donde Ikuhara ha subido el volumen al 12, porque el 11 ya se le quedaba corto, podríamos decir que es la actualización extrema de todos los elementos que ya podíamos encontrar en Utena. Hay lesbianismo, princesas, amores trágicos, relaciones tóxicas e institutos de ensueño. Pero todo se siente diferente. Todos sus nexos de unión son referencias tenues, poco explícitas, pero que están allí en prácticamente cada detalle, como un espíritu común que las atraviesa, pero sin que realmente haya paralelismos explícitos que pudieran justificar que son obras hermanas. Que lo son. Ahí radica el interés que pueda tener situarlas en paralelo, porque nos demuestra hasta que punto Ikuhara imprime su propia personalidad en cada una de sus obras, haciendo que existan ciertos flujos compartidos, pero sin ser exactamente la misma obra.

Llegados hasta este punto, es imposible decir nada más de Utena sin dedicarle otras tantas palabras como las escritas hasta el momento. Y para eso ya habrá otras ocasiones en el futuro. De momento celebremos la mayoría de edad de Utena: hoy hace dieciocho años que se emancipó del mundo a través de su propios actos, sacrificándose por otra persona no porque necesitara ser rescatada, porque fuera su obligación como príncipe, sino porque ella quería hacerlo. Porque, como diría el propio Ikuhara, «todas las interpretaciones son verdad».

 

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