Ryan Murphy: queerberalismo ilustrado

Aprovechando el estreno de The Politician, la nueva serie de Ryan Muprhy para Netflix, analizamos la carrera y las motivaciones del rey Midas de las series, uno de los grandes moldeadores de lo queer en la pequeña pantalla estadounidense y, por qué no, occidental.

A mediados de los noventa, entre los ecos de los guitarrazos póstumos de Kurt Cobain y los gritos más apocalípticos imaginando un final de siglo lleno de bits, la neozelandesa Annamarie Jagose publicaba su Teoría Queer. Inspirada por el trabajo de otros, otras y otres antes que ella, como Eve Kosofsky Sedgwick o Teresa de Lauretis, esta doctora en filosofía ponía negro sobre blanco el teorema ya obvio en la calle: tenemos que hablar de todo aquello que no es binario, que no se ciñe a los cánones tradicionales del hombre que ama a una mujer, que diría Michael Bolton.

En 1996, el mismo año en el que Jagose publicaba su tesis explicando que “lo queer representa la reapropiación del significado de una palabra malsonante para reconvertirla en un orgullo”, un chaval católico, gay y calvo de una familia capillita del Medio Este norteamericano, escribía su primer guion serio. Aquel desastre, que se pulió durante dos años, rebotó de oficina de correos en oficina de correos, hasta que en 1999 recibió una suculenta oferta por él. ¿Por qué yo no puedo ser Audrey Hepburn? rezaba la primera página en la Courier canónica cuando un tal Steven Spielberg se lo compró y ató sus derechos de adaptación.

La anécdota, más allá de quedar en un proyecto cinematográfico que verá la luz cuando ambos decidan aburrirse, es el primer fogonazo en el meteórico ascenso de Ryan Murphy (Indianapolis, 1965) como el mejor (o al menos el más reconocido) narrador de lo queer en la pequeña pantalla estadounidense. Igual que John Ford con la crisis de identidad de un país que se disociaba de su propia idiosincrasia y que un Martin Scorsese que hizo pop la hamartia del inmigrante, Murphy ha sabido como nadie reinterpretar las sexualidades marginales y marginadas y dárselas mascaditas y en tupperware a la recalcitrantemente compleja sociedad de la que es hijo. Los personajes del creador de American Horror Story (2009-) o Nip/Tuck (2003-2010) entienden la reinterpretación de la que hablaba Jagose en su libro y van más allá, aceptando los juicios de un país en el que se pueden comprar armas en el mismo sitio en el que se vende papel higiénico.

En Teoría Queer se lee: “normalizar lo queer, a fin de cuentas, es su triste final”. Contradiciendo este precepto y haciendo todo lo posible para que lo queer sea cultura de masas, Ryan Murphy ha conseguido, a través de sus creaciones, normalizar lo “anormal” por capas: ya no se trata de hacer explícito que el gordo de clase tiene sentimientos, como en Popular (1999-2001); ni integrar a un personaje transgénero sin que se esté hablando en todo momento de su género, como en Glee (2008-2015); ahora se trata de conseguir que un hombre fuera de toda normatividad como Billy Porter gane un Emmy por su propio talento innato, como en Pose (2018-). Aunque pueda llevar a un equívoco grandilocuente, Ryan Murphy es el gran modelador de lo que la cultura audiovisual, occidental y pudiente entiende como queer, le pese a quien le pese.

Yo soy yo y mi taquilla del instituto

Después de una sentencia tan meridiana, resulta complicado explicar que el éxito de Murphy, más allá de sus lecturas en clave LGBT+, radica en su capacidad para con la suspensión de la incredulidad. Definido como el estado mental en el que el espectador decide conscientemente zambullirse en la ficción hasta formar parte de ella (para que la catarsis sea definitiva), este fenómeno es propio de escenificaciones tan populares como la lucha libre: los espectadores saben que el resultado del combate está pactado y que los golpes están calculados y medidos por atletas profesionales, pero no por ello dejan de alentar al que apoyan y de abuchear al malo de turno. Y ya que pasamos por aquí, ¿hay algo más homoerótico que la lucha libre?

Conjeturas aparte y a su modo, Murphy siempre ha intentado saltar a la comba con esa incredulidad y hacer que las líneas se vuelvan tan borrosas que ya no importe qué pertenece al lore de la serie y qué es simplemente una gran broma interna. El origen de este mecanismo, que el autor ha llevado hasta el paroxismo en creaciones como Glee, estaba ya en su elemento primigenio: Popular.

En su primera gran aventura televisiva, de la mano de la creadora de dramas adolescentes y edulcorados varios Gina Matthews (Leyenda urbana, El sueño de mi vida), Murphy narraba ya desde la silla de productor ejecutivo las historias cruzadas de un instituto bajo el prisma de dos chicas: la rubia popular en la cima de la pirámide (interpretada por Leslie Bibb) y la morena empollona que intentaba sobrevivir (Carly Pope antes de perderse en el mundo de las TV movies).

Recogiendo el cable de la suspensión de la incredulidad, a Murphy le valen los 43 minutos del piloto para empezar a retorcer los arquetipos: la chica popular está llena de inseguridades, pero es consciente de ello y las oculta con malicia, no hay corazón obvio; su contraparte es mucho más empática y se rodea de amistades sinceras, pero no deja de ser repelente y creer que, como cualquier adolescente, está por encima del bien y el mal. Por si los grises no fueran de por sí una declaración de intenciones, el showrunner de Popular nos planta en su primer episodio a un quarterback que quiere cantar, una rana hablando y un delirio en el que todos los estudiantes visten igual y en lugar de hablar, balan.

RYAN MURPHY es el gran creador queer de la televisión actual: ha derribado prejuicios y roto convenciones con series como GLEE, AMERICAN HORROR STORY o POSE. Analizamos su obra y lo que la mueve.

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El espectador, ya en aquel drama tan pueril como maltratado por el extinto WB Channel (lo que ahora sería la teen CW), forma parte del espectáculo y con su mero visionado ya está formando parte de la trama. De esta manera, tan aparentemente rebuscada para una serie que va sobre ser invitado o no a las fiestas, Murphy consigue que sigamos viéndola aunque nos plante la presentación de un personaje rapeando, el interés amoroso de una de las protagonistas sea un profesor con el que se imagina teniendo sexo o que personas de casi 30 años interpreten a niñas de 15 con pompones.

It’s time to fly, and defying gravity”

Si bien Popular se puede considerar un pequeño gran fracaso y el valor crítico se centre en su espléndida primera temporada, el Estados Unidos liberal-demócrata en el que Murphy apenas se atrevía a plantear una madre lesbiana y secundaria no se parecía un ápice al que acabó por explotar durante la presidencia de Barack Obama. Aquel personaje, interpretado a la perfección por Alley Mills, le valió a la serie multitud de premios de asociaciones como GLAAD (Alianza Gay y Lésbica contra la difamación), pero hoy en día nos parecería ridículo honrar a un estereotipo con patas.

Por ello, y para entender el contexto político en el que casi una década después Murphy pudo rehacer su primera serie en la cadena más pestilentemente conservadora del panorama americano, Glee se muestra como la obra más puramente completa y murphyana de cuantas han pasado por las manos del rey Midas del atracón televisivo. Ambientada en un instituto y volviendo a la dinámica coral en la que todo es gris, el arcoiris se vuelve necesario y obligatorio: en el insituto McKinley hay judíos, negros, asiáticos, lartinos, gays, lesbianas, bisexuales, trans, personas con síndrome de Down, con diversidad funcional y algunos hasta con diferentes tipos de problemas, como chicas con desórdenes alimenticios o chicos con tendencias suicidas. Por supuesto, hay una chica blanca, rubia, casta y republicana, pero se queda embarazada en el primer arco de la serie. Adiós anunciantes; hola queridos niños marginados que por fin se podían ver una serie de network sin tener que patearse las calles de Baltimore o tener que ver algo que llevara la palabra SEXO en el título.

¿Hasta qué punto es Glee una serie revolucionaria desde el punto de vista queer? Depende de a quién le preguntemos. Como parecía obvio, el capítulo en el que Unique se entiende a sí misma como persona trans suscitó numerosas quejas a FOX y a los órganos de protección del espectador en Estados Unidos, pero en cambio varias asociaciones como la propia GLAAD vieron en ella una glamourización de un proceso tremendamente complicado y una simplificación de una crisis de identidad que cada año causa centenares de suicidios. ¿Quién tiene razón? Pues también depende de a quién le preguntemos. Según Jason Jacobs, experto en estudios LGBT+ de la Universidad de Duke, Murphy utiliza “estrategias estéticas y discursivas que permiten a los jóvenes homosexuales resistir las demandas asociadas con la aceptación de los padres, o al menos manejar y sobrevivir a sus deficiencias”, en referencia a los personajes de Kurt y Santana.

En la otra esquina están los planteamientos, más recientes, de Megan M. Wood y Michaela Meyer en la revista científica Sexuality & Culture, para quienes la serie de Murphy “falla” en tres niveles a la hora de representar lo queer: “Primero, asocia erróneamente identificarse con Glee como una práctica de género. En segundo lugar, provoca que el fandom de Glee se alinee con una afinidad por el teatro musical, un gusto tradicionalmente considerado como un espejo para la cultura gay. Finalmente, y aunque los espectadores reconozcan el contenido narrativo como puramente queer, este no resulta en una aceptación más amplia de las identidades no heterosexuales, porque los espectadores normalizan sus propias identidades (reales, directas) en relación con las identidades (falsas, extrañas) que se muestran en la serie”. Palabras para oídos inquietos.

Sea como sea, aunque el cartón se vaya destapando, nuestro querido joven del midwest ya es casi un cuarentón revolucionando la televisión con sus críos cantores (él también lo fue en su momento) y los números de Nip/Tuck (su primera serie con dimensión mundial) siguen en buena forma. Eso sí, el mundo le sigue sabiendo a poco. En la década que va desde la creación de Popular hasta el estreno de Glee, Murphy escribe guiones como un maníaco y llega a ver estrenada su muy olvidable Recortes de mi vida (2006), en la que vuelve a mezclar la ficción con lo que parece que es ficción de manera bastante absurda. No será hasta la tercera temporada de Glee, la única en la que ningún personaje hace cosas ridículas sin ridícula justificación, cuando se erija como el titán de lo catódico y, con sus audiencias millonarias, pueda sentarse como ejecutivo y vender The New Normal (2012-2013): el argumento, en forma de serie cancelada, que sustenta la tesis de Murphy como el masticador del conservadurismo, el aparato digestivo de lo queer en la historia reciente de Estados Unidos y la persona capaz de cambiar el estándar de lo marginal para ponerle un código de barras y prepararlo para su venta.

El sonido que hace la rama del guindo

La premisa de The New Normal, su gran fracaso, es también la del mundo en el que Murphy cree que debe situarse lo queer: una pareja de gays ricos alquila el vientre de una mujer con la que vivirán divertidas aventuras. Por supuesto, la situación de la mujer es desesperada: se acaba de mudar después de dejar su trabajo como camarera y, además, ya tiene una hija a la que alimentar. Esta descripción, que si bien deja fuera muchos aspectos cruciales de la trama no es más que el resumen telegráfico de una idea aberrante, significa el propio fin de la Historia queer para un Ryan Murphy desbocado, que firma estereotipos de lo mamarracho en una American Horror Story cuesta abajo y sin frenos y que tiene más proyectos en sus manos que ideas buenas en su cabeza. ¡Ah! Por supuesto, también escribió el guion de Come, reza, ama (2010), por si le faltaban tachones.

Desde su torre de marfil, el dinero seguía llegando y el esperpento, más que un mecanismo de catarsis, se había convertido en la marca de la casa. Tanto es así que su última serie borracho de éxito, Scream Queens (2015-2016), se vuelve extremadamente disfrutable de nuevo, pero por las razones equivocadas: no nos reíamos con ella, nos reíamos de ella. Así las cosas, era cuestión de tiempo que se partiera la rama del guindo. Los proyectos cada vez se cancelaban más rápido y se restringían a un solo tipo de demográfico, el de adolescentes que toleran y respetan a sus congéneres LGBT+, pero sin conseguir convencer a los que ese mundo les parece lejano y a los que pertenecen a él de manera directa y no se conforman con ser utilizados en pos de una diversidad que no va a ningún sitio y que les sigue asociando a mundos (la moda, los cotilleos, el teatro musical) de los que llevan intentando separarse idiosincráticamente décadas.

Por suerte, el golpe se sintió fuerte y el bueno de Don Ryan decidió partirse en dos. Sí, tal y como se lee. A través de una cuidada imagen estética que le permite esconder su vida privada hasta extremos casi impensables, Murphy vuelve a lanzar su marca personal en dos vertientes: la del mamarrachismo que no olvidará de dónde viene y la del showrunner maravilla que no tiene miedo de tocar las fibras más escabrosas de la memoria americana. Gracias a este último ámbito se lanza a producir las dos series que le devolverán al Olimpo y que le volverán a llenar de oro las vitrinas: American Crime Story (2016-), cuya segunda temporada gira en torno a un asesinato entre hombres homosexuales y, sobre todo, Pose (un cuento épico sobre la cultura drag en el Nueva York de los ochenta).

Otra vez, el creador sitúa su relato en un mundo intrínsecamente relacionado con lo queer, pero ahora lo hace desde la sensibilidad y, esto es nuevo, el respeto por lo que le es ajeno. Después de una decena de proyectos relacionados con la sociedad LGBT+, Pose significa la primera serie de Murphy que puede considerarse cultura queer y, además, con un prisma privilegiado que no cae en los vicios antiguos de la simplificación o el humor desubicado.

Todos los buenos se murieron”, se oye en uno de los primeros capítulos de Pose. Esta inyección de realidad, en la que el VIH y otras enfermedades de transmisión sexual se entienden, ahora sí, como asuntos serios que se hacen graves en una sociedad que margina a los individuos no-heterosexuales, no-blancos y no-ricos, hace de la serie una obra maestra de la televisión de nuestra era. “¿Dónde están las mujeres negras y los hombres marrones?”, se pregunta otro personaje. Aquí están. Y aquí está Murphy para pasar de edulcorantes y mojarse, de una vez por todas, digiriendo una época dolorosa que, sin duda, encaja con su fin moral absoluto: acabar con lo queer a través de la exposición de lo queer. Sobre si su teoría tiene sentido o es simplemente una idea tardo-capitalista de aceptación por experiencia, solo el tiempo tiene la respuesta.

The Politician: una nueva esperanza

Hijo de la cultura popular de su tiempo, Ryan Murphy tituló el piloto de Popular con un inteligente La amenaza fantasma. Con el ánimo de reinventarse por enésima vez y aprovechando el guiño, este mes Netflix estrena The Politician (2019-). En su última serie, acompañado de nuevo por sus inseparables Brad Falchuk e Ian Brennan (Pose, American Horror Story), Murphy explora el ansia de poder de un joven bisexual, guapo y pudiente de California. Con un reparto que encabeza el siempre brillante Ben Platt (Dando la nota), junto a valores seguros como Gwyneth Paltrow y Jessica Lange, The Politician quiere ser un híbrido entre El Ala Oeste y Queer As Folk, algo así como una House Of Cards que no se toma en serio a sí misma.

En el lado queer del cuadrilátero, lo que nos ha traído hasta aquí, el creador que nos ocupa aprende de todos sus errores del pasado: claro que The Politician puede ser calificada como una mamarrachada de las que han dado renombre a su autor, pero el grado de implicación con el que está escrita nos habla de un desarrollo mucho más cuidado en el que incluso se permite el lujo de autoparodiarse. ¿Por qué si no una candidata a representante estudiantil enferma de cáncer es la respuesta a la candidatura rival y su mujer afroamericana no binaria en materia de género? Murphy ha entendido el proceso de asimilación de la sociedad progre que le alaba, pero, por fin, tras casi tres décadas creando mundos, entiende que así el cambio es nulo y que la única respuesta pasa por hacer pedagogía en aquellos que hasta ahora hacían oídos sordos.

La nueva serie del ganador de seis Emmys es la materialización de una evolución cognitiva continua, en la que Murphy ha ido acabando con lo queer solo para dar más protagonismo a lo queer. ¿Es esto suficiente? No. ¿Arregla con la representación de sus personajes un mundo en el que apenas estamos dando pasos de bebé en esta materia? Ni por asomo. ¿Comprar el queerberalismo ilustrado de Murphy te hace menos consciente de esta problemática? Rotundamente no.

Los elementos que dan forma a The Politician, a la sazón: un Netflix montado en el dólar, un Murphy consciente de su poder como moldeador de la cultura hegemónica y unos Estados Unidos en los que la política no es que beba de la representación, sino que es representación toda en sí, nos devuelven un espejo crudo y difícil de mirar. La representación de Murphy quizás no sea la mejor y quizás dentro de una década, Dios quiera, la evaluemos con condescencia, pero hasta entonces: Ryan Murphy ha muerto, ¡larga vida a Ryan Murphy!

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