‘Saga’: el cómic que nos trajo la reformulación definitiva del space opera

El prolongado descanso que marca la mitad exacta de Saga, la longeva y premiada obra de Brian K. Vaughan y Fiona Staples acaba de llegar a España. Aprovechamos el momento para analizar algunas de las claves de la popular serie de Image, sin duda uno de los cómics estadounidenses más premiados del panorama actual durante los últimos años.

La figura de Brian K. Vaughan es, de por sí, la de uno de los guionistas de cómic más reconocidos dentro de la industria estadounidense. Tras un breve pero fructífero paso de rigor por las cabeceras superheroicas más importantes de Marvel y DC –dentro de la cual hay que destacar especialmente la creación en 2003 de Runaways, que dio lugar a su vez a la serie homónima exclusiva para Hulu, que ya tiene anunciada su tercera temporada-, Vaughan comienza a encontrarse cada vez más cómodo dentro de sellos editoriales de corte mucho más independiente, como son el caso de la recientemente fallecida Vértigo y de Wildstorm, ambas pertenecientes por entonces ya a DC. Será precisamente para Vértigo donde creará su primera gran serie propia, Y: El último hombre. Publicada originalmente entre 2002 y 2008, nos cuenta las aventuras del joven Yorick Brown, aparentemente el único superviviente de una extraña plaga que ha acabado con todos los seres con cromosoma Y dentro de nuestro planeta. La capacidad de haber envejecido bien o la falta de ella de esta historia será sin duda puesta a prueba en breve, ya que se está realizando una adaptación a serie de televisión que será estrenada en 2020 en FX.

Pero volvamos al pasado. Por aquel entonces, Vaughan también tuvo a bien crear para el mismo sello editorial Ex machina, la historia de cómo Mitchell Hundred –el único superhéroe conocido en el universo, también llamado la Gran Máquina– consigue ser el presidente de los Estados Unidos gracias a una población que ha entrado en auténtico pánico tras los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001. Para cerrar esta primera etapa de creaciones independientes bajo el sello Vértigo, Los leones de Bagdad es una novela gráfica que, en 2006, narra una ficción basada en la historia real de una manada de cuatro leones que escaparon del zoológico de Bagdad aprovechando los brutales bombardeos y la invasión a la ciudad que había tenido lugar en nuestro mundo tres años antes. 

Como vemos, la creación en apenas cuatro años contados de Runaways, Y: El último hombre, Ex machina y Los leones de Bagdad ya podía ser más que suficiente para que Vaughan llegase a convertirse en uno de los grandes iconos del medio –y además le habían llevado a conseguir un buen puñado de premios Eisner y otro nada desdeñable de premios Harvey-. Si a eso le sumamos su participación en el equipo de guion entre la tercera y quinta temporada de una de las series más importantes de la pasada década, Perdidos (2004-2010), y su posición vital en el desarrollo, guion y producción de la primera temporada de La cúpula (2013-2015), pareciera que Vaughan realmente había tocado ya el techo de su carrera creativa. Y entonces llegó Saga. Y aunque Vaughan no dejará de crear después de ella con maravillosos resultados –y la recientemente finalizada Paper girls, también para Image, es una excelente muestra de ello-, su vida quedará anclada para siempre a Saga

Entra Fiona Staples: forma y color en la space opera definitiva

Alana y Marko se enfrentarán al universo entero si hace falta con tal de salvar la vida de Hazel, su hija recién nacida y símbolo de la posible alianza entre facciones de una guerra interminable.

Fiona Staples era ya una reconocida artista gráfica del cómic que había sido galardonada especialmente en su labor de portadista y que estaba escalando cada vez más y más en la industria durante los últimos años. Aunque no había conseguido todavía del todo un título que le llevase a la fama internacional, el potencial ya estaba allí, esperando para su gran momento. Destacando siempre por un dibujo casi exclusivamente digital, su particular estilo se va formando poco a poco en los años previos a la creación de Saga. Cuando coincide con Vaughan, quizás en el momento perfecto, resulta evidente que deben trabajar juntos cuanto antes mejor.

Y es que esta monumental space opera es creación por igual de ambos, ya que guion y dibujo se convierten aquí en uno solo a lo largo de las numerosas páginas de esta épica aventura, hasta el punto en que resulta imposible imaginar uno sin ir en sintonía con el otro. El estilo naturalista y a la vez fantasioso del dibujo encaja a la perfección con la brutalidad y escabrosidad de algunas de las escenas que veremos en la historia, consiguiendo que el resultado en ningún momento peque de exploit. Vaughan también pone de su parte y, conocedor de la importancia del dibujo de Staples para el atractivo total de la serie, es capaz con mucha frecuencia de ceder la relevancia de su texto a lujosas ilustraciones que ocupen una o incluso dos páginas por completo cuando la narración lo pide. En este controlado pulso de artistas, siempre se intenta que gane el lector.

Las dotes como portadista de Fiona Staples serán evidentes en toda la serie, donde la belleza del arte en páginas interiores no hace olvidar del todo el magistral trabajo fuera de ellas.

Saga se presenta en pleno 2013 a la editorial Image como nueva serie de largo recorrido.  Fundada a principios de los noventa en plena burbuja macarra y descreída del género superheroico, la editorial Image se había asentado por aquel entonces ya en su posición –mantenida todavía a día de hoy– de bote salvavidas para autores y sus creaciones propias dentro del marco del cómic estadounidense independiente. Si sumamos esta intención de nuevos e innovadores productos realizados por autores de calidad a las figuras de confianza en este momento de Vaughan y Staples y añadimos un pitch de ventas tan efectista como efectivo -»Star Wars mezclada con Juego de tronos»-, tenemos todos los ingredientes necesarios para la que se iba a convertir en uno de los cómic estadounidenses más influyentes de la década. Y eso que toda esta historia intergaláctica solo va por la mitad de su recorrido planeado.

La familia en Saga y los personajes como clave

No hay durabilidad posible para una serie –en el medio que sea– que no entienda que su mayor valor se encuentra en sus personajes. En el fondo hay un número limitado de historias que podemos contar, y toda la historia de la ficción humana ha acabado dando vueltas sobre los mismos dos o tres temas que realmente nos preocupan, divierten o emocionan. Saga sabe jugar perfectamente sus cartas en ese aspecto, y se preocupa en presentarnos una infinidad de personajes de todos los bandos posibles dentro de esta cruzada contra el amor de Alana y Marko, pretendiendo siempre oscilar entre la fina línea entre no caer en maniqueísmos y a la vez no justificar a las personas que hacen cosas malas solamente porque a ellos también les pasan cosas malas. Así, uno de los mayores logros de la serie se encuentra en el tridimensional personaje de La Voluntad, un mercenario que es uno de los personajes más desdichados de toda la colección sin con ello perder su condición de villano absoluto sin escrúpulos. Pero también lo es Príncipe Robot IV, la clásica figura de enemigo-aliado siempre a un paso de la redención pero a dos de volver a las andadas arrastrado por sus obligaciones dentro de la jerarquía y dentro de su propio rol dentro de su familia.

No hay discusión posible con el diseño de Ghüs, el hombrecillo foca a la derecha de la imagen: quieres un peluche tamaño real de él desde el momento en que supiste que existía.

Hazel es nuestra narradora durante todo el recorrido de la historia. Al menos de momento, su punto de vista respecto a lo sucedido es en realidad el único que parecemos conocer. Así que todo se sitúa a su alrededor, y alrededor de su familia. Frente a esta figura de amenaza constante de La Voluntad y Príncipe Robot IV, un concepto atemporal y alejado de cualquier definición limitadora: el de la familia. La familia formada inicialmente por Alana, Marko y –el fruto de su amor prohibido– Hazel, pero también la familia formada por todos los aliados que encontrarán por el camino en su constante huida hacia delante. La familia real y la figurada, la que pasa por Alana conociendo a sus suegros en el peor momento posible y también la que pasa por aceptar dentro de tu núcleo a aquel que intentó hacerte daño en el pasado.

La familia supone así, junto con la violencia y la propia ficción que nosotros mismos creamos, uno de los tres pilares fundamentales sobre los que podría girar toda la temática de Saga. La familia, en cualquiera de sus acepciones, es lo único que tiene sentido en un mundo en constante guerra. ¿Pero qué es la familia? ¿Hasta qué punto podemos estar justificados por la familia? Alana y Marko dan cada paso en función de ella, pero también lo hacen La Voluntad y Príncipe Robot IV. ¿En qué sentido uno es lícito y el otro no?

SAGA, la monumental space opera de Brian K. Vaughan y Fiona Staples hace un parón al llegar a su tomo 9. Repasamos sus extravagantes hallazgos hasta el momento.

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Cuando hablaba Vaughan de su similitud con el tono de Juego de tronos, no lo decía solamente por la facilidad que tienen casi todos los personajes por prestarse a escenas de sexo bizarras y memorables, sino también por la constante presencia de la muerte en el destino de todos los personajes. De forma similar a como pasaba en las novelas de George R. R. Martin y en la serie de HBO, de poco sirve encariñarse con un personaje en Saga, ya que sus convicciones y devenires le acabarán llevando posiblemente a la inevitable tragedia. La defensa de valores y la lucha por la familia a lo largo de una cruenta guerra se ve de esa manera condicionada por el recurso a la violencia. Saga sabe que tiene que mancharse eventualmente las manos con esa palabra, y lo convierte en una de sus mayores fortalezas.

La violencia en la guerra y en Saga: huir de ella, caer en ella… y follar

En Saga, todos sus personajes están obsesionados con la violencia. Intentando escapar de ella, usándola como único recurso… la violencia forma parte intrínseca de sus vidas.

Marko era un prisionero de guerra, un veterano de guerra originario de la luna Guirnalda y en constante lucha con el planeta Terrada sobre el que orbitan. Marko ha conocido, a lo largo de toda su vida, el lenguaje universal de la violencia como solución de todo. Sin embargo, lo encontramos al principio de nuestra narración en una situación vital muy diferente: agotado por todo lo vivido, convencido de sus nuevos ideales, ha decidido dejar de lado por completo el uso de armas. Reconvertido en pacifista radical, Marko cree que hay otra forma de solucionar sus problemas y de poner fin a la interminable guerra. Evidentemente, todos los problemas y conflictos con los que se va a encontrar en su camino hacia la libertad y la de su familia, van a poner en tela de juicio la viabilidad de su nuevo modo de vida.

Su mujer Alana, originaria del planeta Terrada y responsable de la liberación ilegal de su amado, no encuentra por el contrario el menor problema en usar la violencia constantemente en defensa propia y para sus propios beneficios. Sin haber vivido todo el pasado de violencia y de contacto directo constante con la muerte de Marko, lo cierto es que Alana en absoluto vive alejada de la realidad. Solamente ha encontrado otra manera de enfrentarse a ella. La violencia que une a nuestros dos personajes, la clásica historia del encuentro del amor entre bandos enfrentados durante la guerra, va construyendo así el relato lentamente hacia la gran revelación temática de la que somos testigos en el tercer tomo de la historia: que lo contrario a la guerra es… follar. En un sentido amplio, por supuesto. Tener alguien a quien amar, más bien. Aunque seamos nosotros mismos. Lo contrario a la guerra es, necesariamente, querer vivir un día más.

»Porque lo contrario a la guerra… es follar». Príncipe Robot IV, destacado papanatas, siempre teniendo revelaciones en el peor de los momentos.

Sin embargo, no es de extrañar que Saga se posicione claramente en nuestra necesidad de sentirnos amados y deseados. A lo largo de su crucero de escapada intergaláctico, Alana, Marko y Hazel encuentran todo tipo de seres y criaturas que necesitan el respeto y el amor de los demás. Una galaxia de seres en busca de sexo, de deseo, pero también en busca de amor, de cariño, de aceptación. Llevados hasta la locura por el recuerdo obsesivo del pasado perdido como en el caso de La Voluntad, negándose a tener que justificar a nadie más que a ella misma su lugar en el mundo como Petrichor, o deseoso de encontrar una asidera que le lleve a la redención a través de la esperanza en una nueva vida como es el caso de Príncipe Robot IV. 

Así, volvemos a uno de los conceptos que mencionábamos antes. Saga es un tebeo para adultos, una odisea fantástica claramente heredera de un mundo posterior a Juego de tronos, y por ello debe contar con sus dosis obligatorias de violencia y sexo. Y por supuesto que las tiene. Sin embargo, Brian K. Vaughan y Fiona Staples consiguen construir un discurso de metaficción alrededor de esos dos elementos, enfrentándolos como si fueran dos caras de la misma moneda. Saga es una historia que cree ante todo en el poder de las historias para cambiar el mundo, en el poder de todas las historias vengan de donde vengan y vengan de quien vengan. Precisamente es por ello que sería absurdo pretender que sus autores no fueran conscientes de la importancia que puede tener cada posible lectura sobre los elementos utilizados en su propio cuento. A fin de cuentas, toda esta aventura por el espacio comienza por un ideal revolucionario encontrado en el más inesperado y humilde de los espacios culturales imaginables… una novela rosa.

La importancia de encontrar un aliado en la ficción

En Saga, la más épica de las batallas da comienzo por la esperanza recibida del más insospechado de los lugares: la lectura de una novela erótica escrita por un tal D. Oswald Heist.

Cuando da comienzo la odisea de Marko y Alana, lo hace por la certeza de ambos de haber encontrado un lema revolucionario por el que merece sin duda la pena luchar. Ese lema revolucionario se encuentra en una novela rosa, un relato erótico que ambos leyeron mientras Marko era prisionero de Alana, poco después de conocerse y enamorarse sin remedio. Su primer objetivo es encontrar a su enigmático autor, Oswald Heist, aquel que vive alejado de toda fama y prácticamente de todo contacto humano. Convencidos de haber encontrado en ese texto la clave subversiva definitiva, pondrán literalmente sus vidas en peligro por esta novelilla barata, por literatura de segunda para mentes débiles.

Como lectores, nos encontramos condicionados en todo momento por la narración desde el futuro de Hazel. Ella nos anuncia antes de tiempo cosas que van a pasar, o nos advierte de no sentirnos demasiado cómodos en momentos de serena alegría o demasiado tristes en oscuras situaciones que no parecen tener remedio inmediato. Brian K. Vaughan usa a Hazel para crear una narradora, una creadora de ficción –que además usa la caligrafía del puño y letra de Fiona Staples– que consiga emocionarnos a través de un medio tan sencillo como es el del cómic, el del puro tebeo. A lo largo de las numerosas páginas de la colección, un pensamiento se repite entre todos sus personajes: en el que no hay nada más importante que una historia, que un relato, que una ficción. No hay nada, por otra parte, menos inofensivo. Es lo que nos define, lo que nos forma, lo que nos hace identificables.

Todos los personajes luchan de alguna forma por la posibilidad de ser capaces de reescribir su propia historia. La antigua niña esclava Sophie encontrará la suya junto a la Gata de la Verdad.

 Volviendo de nuevo a una relación temática quizás inesperada con Juego de tronos –la especialmente mostrada en aquel discurso de Tyrion Lannister en el último episodio de la última temporada, el que selló para siempre el destino de Bran Stark-, Saga se posiciona claramente haciendo que nuestros personajes luchen, amen, crean, tengan esperanza, maten, mueran… solo potenciados por la necesidad de una buena historia. Una que dé sentido a sus vidas y a la de los seres que quieren. La que sea.

Hazel es nuestro punto de vista como lectores y, como tal, nuestro asidero por la lucha. La de Saga es, ante todo, la lucha por las historias que merecen ser contadas. Es una historia sobre el deseo de venganza y sobre el fantasma de la violencia pasada, pero también es una historia sobre la redención y el encuentro del amor en todas sus vertientes. Y a la vez es algo mucho más complejo que eso. Sin pecar nunca de desesperanzadores, Vaughan y Staples encuentran el equilibrio perfecto para que ésta sea una muestra más de ese tipo de historias de luchas sin final que no tienen fáciles soluciones, pero también ese tipo de historias de ficción que necesitamos escuchar una y otra vez para encontrar nuestra posición en la realidad.

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En un mundo en el que se odia la supuesta politización de la ficción, en la que se potencia aquello de »no le des más importancia, la ficción es ficción»… Vaughan y Staples afirman que toda ficción es política. Toda ficción nace de un lugar, de un contexto, de la intención de contar algo, y que por ello puede transmitir algo diferente a muchas personas. Una ficción –cualquier ficción- es algo mucho más complejo que un entretenimiento. Una ficción puede cambiar el mundo. O puede ser exactamente eso, un entretenimiento, y no más. Pero incluso el entretenimiento siempre nos acabará definiendo. Acabará definiendo nuestras vidas y cómo luchamos por ella.

Pero sobre todo… Saga es la lucha por una vida, por la vida de Hazel. Puede que al principio sea por el ideal que representa, pero en el fondo no es por nada más profundo que una simple vida. Ya se nos cuenta al final del primer número, con la voz en off de Hazel que resuena desde el futuro: »Me llamo Hazel. Empecé siendo una idea, pero acabé siendo algo más. No mucho más, la verdad. No es que de mayor sea una heroína de guerra ni una especie de salvadora importantísima… pero, gracias a ellos dos, al menos he podido llegar a mayor. No todo el mundo lo consigue».

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