“See you, space cowboy” – Cómo ‘Cowboy Bebop’ se convirtió en una serie de culto inmortal

El anuncio hace unas semanas de que Netflix iba a producir una serie live action de Cowboy Bebop volvió loca a la concurrencia. ¿Por qué ha ocurrido eso? Eso te venimos a explicar: por qué Cowboy Bebop, veinte años después de su estreno, sigue siendo uno de los animes más queridos de la historia.

Al pensar en ciencia-ficción a todos se nos viene a la mente el mismo patrón. Historias que se centran en la construcción de mundos singulares, con un gran énfasis en la evocación de sensaciones e ideas ajenas a nuestro conocimiento de lo real, haciendo que sus personajes y sus historias sean secundarios. Pues en la ciencia-ficción, en última instancia, lo más importante es comprender los mecanismos que mueven ese mundo.

Pero eso es lo que pensamos la mayoría. Cuando Shinichiro Watanabe ideó un anime ambientado en el futuro, lo primero en lo que pensó fue en cowboys, noir, jazz y existencialismo. Y de esa peculiar mezcla nacería Cowboy Bebop.




Estrenada en 1997 y producida por Sunrise, un legendario estudio de anime detrás de proyectos de género hoy ya clásicos como Mobile Suit Gundam, Aura Battler Dunbine o Dirty Pair, Cowboy Bebop fue un éxito inesperado. Triunfó en su país natal, pero se convirtió en un auténtico pelotazo en EEUU y toda Europa. Cowboy Bebop fue, junto con Neon Genesis Evangelion y FLCL, la serie culpable de descubrir el anime a toda una generación.

Eso se puede explicar, en primer lugar, por la sencillez de su historia. Siguiendo las andanzas de Spike Spiegel, Jet Black, Faye Valentine, Edward y Ein, un grupo mezcla de cazarrecompensas y buscavidas, el grueso de sus veintiséis capítulos (y una película) son historias autoconclusivas sobre sus andanzas por el espacio, capturando a fugitivos con los cuales ganar el dinero suficiente para mantenerse en marcha, o simplemente enfrentándose contra algún problema derivado de su falta de planificación, sentido común o higiene. Es decir, la serie es la perfecta representación de un piso de estudiantes universitarios, ahora en el espacio. Algo con lo que es difícil no sentirse identificados.

Pero la serie no acaba ahí. No es sólo un viñetado de personajes carismáticos en situaciones bien conocidas por cualquier freelance. Detrás de todo lo demás, también hay una historia.

Spike Spiegel, el protagonista y cowboy titular, es un antiguo miembro de la mafia que, al tener una aventura con la novia de su jefe y mejor amigo, tuvo que hacerse pasar por muerto, escapar del radar de la mafia y convertirse en un cazarrecompensas. Al menos hasta que el pasado le dé alcance. Y hasta que eso ocurra en la recta final, en lo que se centra el grueso de la serie es en construir sus personajes a través de un valor siempre seguro: su estética.

Por estética no queremos decir worldbuilding. Aunque de hecho, lo hay, si bien cargado de ninguna palabrería técnica y sí mucho mezclar lo que en la vida parece que podría marinar junto. Porque, y esta es la pregunta más importante ahora mismo, ¿cuál es la ambientación de Cowboy Bebop? Un futuro cercano donde la conquista del espacio se ha convertido en una versión renovada del lejano oeste.

Watanabe parte de una premisa lógica: si la humanidad se extiende al espacio, serían necesarias unas infraestructuras y unas comunicaciones muy potentes para mantener un control mínimamente estable en el universo. ¿Pero qué ocurriría si los gobiernos no lograran mantener ese control de una forma razonable? Que la sociedad se fragmentaría rápidamente.

De ahí viene el factor western. Tanto de cómo cada planeta es prácticamente una cultura diferente a cómo hay un gran sitio para el descubrimiento de nuevos lugares y formas de hacerse rico o morir en el intento, o cómo existen también instituciones locales (en este caso, planetarias) sobre las cuales los gobiernos globales tienen poco o ningún control.

Esa es la razón por la que los protagonistas son cazarrecompensas. Es el único modo de mantenerlos siempre en el espacio, vagabundeando sin huir de una amenaza concreta, ganándose la vida haciendo lo que no pueden ni quieren hacer las instituciones: crear una fuerza armada espacial capaz de coordinar a los diferentes planetas en contra de los bandidos. Es decir, Cowboy Bebop es un western en la medida en que los tripulantes de la Bebop se comportan como el pistolero que llega a un pueblo, acaba con sus problemas, cobra la recompensa y se marcha, en busca del siguiente lugar acabar con los problemas, cobrar la recompensa y seguir huyendo de su pasado.

Porque eso es lo único que une a los personajes protagonistas. Todos están huyendo de un pasado oscuro que vamos descubriendo a lo largo de la serie. Ese huir de su pasado en un contexto de mafia, casinos, buscavidas y abandono parental, en el que no ahondaremos más por evitar los spoilers, es algo que hereda del otro gran género del cual bebe la serie: el noir.

Siempre que trata de sus personajes principales, el tono con el que describe todo cuanto ocurre, Cowboy Bebop remite al cine negro. La historia principal es una lucha de mafiosos, Spike huye de su pasado criminal, la estética que llevan todos nos remite automáticamente a los años veinte y todas las referencias a la ciencia-ficción son retro. Casi como si vivieran en un futuro donde las naves espaciales ya eran viejas, aparatosas y ridículamente desfasadas en el momento del estreno de la serie.

De ahí también la oscuridad de la serie. Que sea tan existencialista y deprimente. Porque ese es el tono del noir. No hay nada que hacer, no cabe esperanza, sólo podemos esperar a vivir un día más. Y si bien Cowboy Bebop, no es Chinatown, siempre se encarga de recordarnos que aquí no hay finales felices: sólo un día más en el que verán amanecer. Debido a eso, es lógico que la elección para su banda sonora sea un género tan poco frecuente en el audiovisual como es el jazz.

Yoko Kanno compuso junto con su banda, los Seatbelts, una música de fusión sin complejos y que, en principio, no tenía nada que ver con el espacio. Pero situándose en algún lugar entre el jazz de los cincuenta y los sesenta, saltando sin problemas entre cool jazz, hard bop y no pocos elementos free jazz, el grueso de la banda sonora suena añejo, suena jazz, pero en realidad es una combinación de elementos que incluyen rasgos de ópera, rock y pop y que difícilmente pueden englobarse en un género concreto. Exactamente igual que ocurre con la propia Cowboy Bebop.

Algo a lo que contribuyó el ánimo no siempre cooperativo de Kanno, quien a veces creaba canciones que no le habían pedido porque creía que iban con el tono de la serie. De ese modo, se generó una dinámica de reflujo entre Kanno y Watanabe, donde uno creaba imágenes a las cuales la otra le ponía música tanto como una creaba música a la cual el otro le ponía imágenes.

A fin de cuentas, esa es la esencia de Cowboy Bebop. La mezcla, el saltarse convenciones, el no circunscribirse a un único modo de hacer las cosas, por más que se considere el modo lógico.

De ahí que no se pueda denominar al trabajo de Watanabe como ciencia ficción. Lo que él hizo con Cowboy Bebop es su propio género. Algo que no se había visto nunca antes, pero que nos era familiar a todos. Y por eso fue revolucionario: era nuevo, pero también conocido.

Y Cowboy Bebop siempre fue otra cosa. Una serie existencialista, triste, donde la trama principal se diluye en pequeñas subtramas, el desarrollo de la personalidad de cada personaje y las relaciones que se van construyendo entre ellos. Por eso sigue siendo actual. Por eso será inmortalNo habla sobre otros planetas, naves espaciales y usando palabrería que nadie entiende, sino de algo mucho más sencillo y cercano: cómo todos hemos de aprender a lidiar con nuestro pasado y enmendar nuestros errores, incluso cuando eso no servirá para devolvernos todo aquello que perdimos.

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