‘Sex Education’: mucho más que una lección sobre sexo

Netflix ya ha anunciado que Sex Education (2019) tendrá segunda temporada. Una serie que quiere hablarnos sobre sexo adolescente, pero que es mucho más que eso. Sex Education desentraña en tan solo ocho episodios las relaciones humanas durante la difícil etapa vital que es la adolescencia.

El título de la serie es bastante directo, no nos engaña, y suponemos de forma correcta que, si decidimos darle una oportunidad, vamos a encontrarnos con una serie en la que el sexo es el protagonista. Y eso queda confirmado en la primera escena del primer episodio, que además ya nos explica que las relaciones sexuales que vamos a ver no son satisfactorias, no son las que se nos ha presentado a menudo como situaciones ideales en las que todo funciona como un mecanismo perfectamente diseñado. Nos muestra que el sexo puede ser incómodo, anodino, vergonzoso, doloroso, repulsivo y que solo pensar en él puede hasta causar ataques de pánico.




Pero que el título de la serie no nos engañe no quiere decir que no nos esté distrayendo un poco, porque detrás de la lucha evidente de estos adolescentes por descubrir su sexualidad y disfrutar de ella, encontramos otra lucha: la de ser aceptados y queridos por padres y amigos, dos parcelas cruciales en la vida de un adolescente.

El origen del trauma (Otis)

Imagina que tu madre es sexóloga. Es más, imagina que tu padre también es sexólogo. Imagina que están separados y vives con tu madre, que pasa consulta en casa y que su trabajo es mucho más que un simple medio para ganar dinero, que es su verdadera vocación. Imagina que siempre está en casa, cuando te vas al instituto y cuando regresas, psicoanalizándote las veinticuatro horas. Imagina que toda tu casa está adornada con símbolos fálicos y con vaginas, que los rollos de tu madre confunden tu habitación con el cuarto de baño. ¿Por qué no puedes tener una casa como la de cualquier chico? Ahora imagina que cuando eras tan solo un niño tuviste la mala suerte de presenciar una escena que guardaste en una cajita de tu cerebro con doble cerradura: tu padre haciendo cosas de mayores con una señora que no es tu madre. Vuelve al presente, a tu adolescencia. Hace tiempo que intentas ser como todos los chicos de tu edad, que quieres masturbarte, pero ¡no puedes! Te es imposible porque cada vez que lo intentas te entra un ataque de pánico que te deja paralizado. No es que le tengas un poco de miedo a tu primera vez, como todo el mundo, es que sientes total repulsión hacia el sexo.

Otis y su madre

Otis es el protagonista de Sex Education, y por eso se merece el mayor trauma sexual posible. Desde su infancia se ha visto rodeado por sexo, su madre jamás lo ha convertido en un tema tabú e intuimos que su padre tampoco. De hecho, todos esos adornos sexuales no son más que un recordatorio constante de ese acontecimiento de la infancia que le provocó su trauma principal. Otis ha tenido siempre a su alcance una fuente de información sobre sexo, su madre (incluso su padre), y ciertamente ha aprendido suficientes cosas como para montarse un consultorio de sexología en el instituto, pero cuando se trata de él mismo no hay consejos que valgan, porque él no tiene un simple complejo o desconocimiento sobre algún aspecto del sexo, lo que tiene es un trauma que su madre, sin pretenderlo, se encarga de recordarle a diario.

Al fin y al cabo, por muy adolescente que uno sea, ¿quién quiere ver unos imanes de posturas sexuales en la nevera cada mañana al ir a coger la leche si la que los ha puesto ahí esto tu madre? Para Eric es sexo es igual a sus padres, y todos sabemos que lo que hacen los padres no mola. Por eso tendrá que encontrar las llaves de esa cajita de su mente para abrirla y desechar por fin aquello que le impide disfrutar de su despertar sexual.

¿Comprensión o indiferencia? (Eric y Adam)

Imagínate ser el único hijo de unos padres religiosos que acuden todas las semanas a misa. Imagina que solo tienes hermanas, que eres el responsable de que el apellido de tu familia se prolongue en el tiempo con una familia numerosa como la de tus padres. Ahora imagínate que te gustan los chicos, que te encanta vestirte con colores llamativos, pintarte las uñas, hacerte la raya del ojo y por tu cumpleaños ir a ver Hedwig and the Angry Ich disfrazado de su protagonista. Este es el conflicto al que tiene que enfrentarse Eric, uno de los personajes más complejos de la serie.

Cuando su padre irrumpe por sorpresa en su cuarto y lo pilla disfrazado de chica, automáticamente pensamos que le va a reprender de forma severa, pero simplemente le dice que debe madurar, buscarse un trabajo y asumir responsabilidades. Vemos una actitud menos dura de la que cabría esperar en un padre de familia posiblemente chapado a la antigua; esa reacción nos anuncia de forma sutil cómo va a ser el desarrollo de la relación entre Eric y su padre en cuanto a su orientación sexual y al estilo de vida que anhela llevar.

Eric y su padre

El siguiente paso de esta relación lo presenciamos cuando el padre de Eric lo pilla saliendo de su casa el día de su cumpleaños disfrazado de la protagonista de Hedwig and the Angry Ich. Su padre le reprocha la vestimenta y le dice que no puede salir así a la calle, pero no porque le parezca mal que se vista de mujer, sino porque, como él mismo dice, no es seguro. Eric se alegra al ver que la preocupación de su padre no tiene que ver con sus gustos personales, sino con su seguridad. Ese mismo día, cuando Eric vuelve a casa destrozado por la paliza de unos homófobos, su padre le dice algo que Eric se tomará al pie de la letra: si quiere vivir así, tendrá que hacerse más fuerte.

Las palabras de un padre siempre son importantes, y Eric no quiere decepcionar al suyo. Tiene miedo al exterior, tiene miedo a ir solo por la calle y que le peguen una paliza por su forma de vestir, pero sobre todo tiene miedo de que su padre lo rechace por ser quien es, por eso decide ser el chico que su padre parece desear. Coge todo el color que hay en su vida y lo oculta, elige tonos oscuros porque así es como se siente. Ya no es el Eric alegre, dinámico y despreocupado; se ve forzado a cambiar, a comportarse de forma más heterosexual, y no dudará en usar la violencia si eso significa ser un hombre más fuerte. Podría haber seguido por este camino de no encontrarse en el momento adecuado con un ejemplo de la persona que quiere ser en el futuro: un hombre que se viste como quiere, que lleva pendientes, que se maquilla sin complejos y que usa un pintauñas de color satinado. Reafirma entonces su personalidad, vuelve a saber qué hombre quiere ser. Y no solo eso, le da a su padre una lección de valor que él acepta orgulloso y le agradece con un abrazo.

Adam y su padre

Ahora imagínate que tu padre jamás te ha regalado la más mínima muestra de afecto, de confianza, de apoyo. E imagina que presencias cómo un padre abraza a su hijo orgulloso de quien es. Lo más natural del mundo sería que sintieses envidia. ¿Quién no quiere una relación así con su padre? Adam, a pesar de su imagen superficial, no es distinto a cualquier otro adolescente. Su padre, que es el director del instituto al que asiste, no tiene ningún tacto para tratar con él, y es lógico pensar que su mal comportamiento derive en parte de la falta de sensibilidad de su padre, problema al que la madre hace la vista gorda. El padre de Adam es una figura autoritaria tanto en su casa como en el instituto, un lugar donde un adolescente se libera durante unas horas de sus padres y se reúne con las únicas personas con las que le apetece estar: sus amigos.

Pero Adam no tiene ningún espacio seguro, a lo cual responde con total desinterés por sus estudios y convirtiéndose en el malote del curso. Su padre, que solo conoce una forma de actuar, le amenaza con enviarlo a una academia militar porque en su pequeña mente cuadriculada esa es la única respuesta a los problemas de su hijo, que en ningún momento quiere admitir como suyos. Decide desentenderse de él y ponerle en manos de unos desconocidos que seguramente lo tratarán con dureza. Pero Adam, a pesar de no querer ir a ese lugar por nada del mundo, es incapaz de cambiar, seguramente porque no le han enseñado cómo; porque lo que él está esperando es un poco de comprensión, ese abrazo de su padre que seguramente tenga más poder que una escuela militar.

¿Ausencia o presencia? (Maeve y Jackson)

Maeve y Jackson

Imagina que eres una chica de dieciséis años que vive sola en un camping de caravanas porque tu madre es drogadicta, de tu padre no sabéis nada y tu hermano mayor hace un tiempo que desapareció sin dar ninguna explicación. Imagina que el chico más popular del instituto, la estrella deportista, se fija en ti. ¿Por qué un chico que lo tiene todo podría sentirse atraído por una chica que no tiene nada? Esto es lo que Maeve se plantea durante toda su (no) relación con Jackson y que tan solo llega a comprender parcialmente cuando va a cenar con las madres de Jackson.

Ahora imagina que eres un chico presionado por una de sus madres para ser el mejor nadador del instituto. Imagina que tienes que madrugar todos los días para ir a entrenar, que ni siquiera los fines de semana son sinónimo de descanso, que ni en tu fiesta de fin de curso puedes llegar tarde a casa porque al día siguiente tienes que entrenar como cualquier otro día. Ahora imagina a una chica independiente, que hace lo que quiere cuando quiere, que no tiene a una figura paterna ni materna encima constantemente robándole cada momento de su adolescencia. ¿Por qué no iba a gustarte esa chica? Esto es lo que Jackson ve en Maeve, cuya visión solo cambia parcialmente cuando visita la caravana donde vive.

Dos adolescentes, que bien podrían proceder de diferentes planetas, se encuentran e intercambian experiencias para darse cuenta de que no solo ellos sufren, de que es necesario conocer la historia del otro al completo para darse cuenta de que la superficie es mucho más brillante y llamativa que el interior, que se va oscureciendo conforme más se ahonda en él. A los dos les gustaría intercambiarse el lugar, a Maeve para tener a alguien que se preocupe por ella tanto como para estar día y noche encima, y a Jackson para liberarse de esa presión que siente por tener que ser siempre el mejor, para vivir solo, sin normas ni restricciones que le impidan hacer lo que verdaderamente quiere. Pero cuando ambos comparten estos deseos se dan cuenta, gracias al otro, de que no es lo mismo que una madre se preocupe por ti a que sienta la necesidad de realizarse a través de ti, y de que no es lo mismo tener un espacio personal y cierta libertad para desarrollarte como persona a que no te quede otra que apañártelas tú sola porque tus padres te han abandonado. Lo que los dos están buscando es un término medio, y gracias a la visión del otro consiguen darse cuenta de ello y reconciliarse un poco con su situación.

¿Tan difícil es ser mejores amigos? (Otis y Eric)

Imagina que eres un adolescente que tiene un mejor amigo. ¿Qué lo diferencia de otros amigos? Está claro, es al único al que le puedes contar que en tus 16 años de vida jamás te has masturbado porque tu propio pene te da repelús, que lo intentas, pero te es imposible. Le puedes contar que la chica que te gusta no te hace ni caso y que has ayudado sin querer a que se lie con el chico popular del instituto. Si tienes un mejor amigo le puedes pedir que te acompañe disfrazado de chica a ver Hedwig and the Angry Ich, y puedes enfadarte con él y retirarle la palabra porque te ha dejado plantado y te han pegado una paliza porque no estabas ahí para ayudarte.

Otis y Eric

En los noventa apareció el término bromance para referirse a una amistad entre dos hombres más allá del típico colegueo. Hubo que crear un término específico para definir una simple amistad verdadera comparable a la de dos chicas. ¿Por qué? Porque las amistades entre hombres estaban bañadas de un halo de heterosexualidad que impedía excederse en acercamientos físicos y sincerarse demasiado con el otro. Por no hablar de romper a llorar en el hombro de un amigo, ¡hasta ahí podíamos llegar! Nada de abrazos, para eso ya están unas buenas palmadas en la espalda, pero bien sonoras, que se note la fuerza física.

Es aquí donde Sex Education pone otras cartas sobre la mesa. No, no son cartas que no hayamos visto nunca, no es totalmente innovadora, pero tampoco se puede decir que veamos todos los días amistades como la de Otis y Eric. Porque la amistad principal de la serie es la de dos chicos, presenciamos sus buenos momentos, su pelea y su reconciliación, algo que estamos acostumbrados a ver entre chicas, pero que es más difícil encontrar entre personajes masculinos. Esta amistad es una subtrama importantísima que nos hace echar la vista atrás y buscar relaciones así en otras series para darnos cuenta de que hay menos de las que debería, de que un chico debería poder bailar con su mejor amigo en el baile de fin de curso sin que nadie se sorprenda.

La primera temporada de Sex Education toma otro camino dentro del género adolescente. No es un camino totalmente desconocido para los espectadores, pero sí que está mucho menos transitado que otros que tienen el pavimento casi destrozado por completo. Puede ser que sigamos viendo señales que pertenecen a esos caminos más comunes, pero también encontramos otras prácticamente nuevas, al menos dentro de las series mainstream. Sex Education se preocupa por mostrarnos que el sexo no es como se nos ha querido mostrar en pantalla durante tantos años. Nos muestra que un entorno familiar adecuado es muy importante para poder desarrollar empatía hacia los demás y para convertirnos en personas con autoestima, y con estas dos herramientas formar una sociedad mucho mejor. Aun con sus defectos y clichés, Sex Education es una serie que no sobra, todo lo contrario. Veremos si en los ocho episodios que conformarán la segunda temporada se atreven a adentrarse por otro camino aún más oculto, ese que está lleno de raíces que llevan ahí cientos de años y que son tan difíciles de sortear.

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