Sexo, electroshocks y canibalismo: un repaso a las memorias del punk

¿Puede ser una mentira válida? La historiografía moderna, que construye siempre el testimonio a través de textos contrapuestos, no se ha enfrentado todavía a la mayor mentira del siglo XX: el movimiento punk. De Johnny Rotten a Alaska, pasando por los Ramones, todo el mundo tiene anécdotas inventadas, historias macabras y boutades sin fin para disfrute de todos. A decir verdad, la realidad sería demasiado aburrida, ¿no es así?

Malcom McLaren, manager de los Sex Pistols, declaró que una de las lecciones fundamentales que le dio su abuela siendo pequeño era cómo mentir. Este comentario que parece baladí, no lo es si se tiene en cuenta cómo fue su gestión de los Sex Pistols, según cuentan los libros de memorias de John Lydon / Johnny Rotten. Pero quizá es que gran parte del espíritu del movimiento punk, tan difícil de definir, fue la construcción de mentiras, una tras otra, de la escena emergente. Matt Diehl, periodista de Rolling Stone, definió bien el movimiento al llamarlo “paradoja”. Algo, afirma, “simple de realizar, difícil de describir. Aunque todo el mundo lo intenta”. Entre esos “intentos” están las decenas de libros de memorias donde se cuentan anécdotas “desquiciadas” que pretenden escandalizar al lector.

Los principales creadores de esta moda de los libros de memorias sobre este Punk son Legs McNeill y Gillian McCain con su fundamental Por favor, mátame (1996). McNeill resume este libro en la siguiente declaración: “Cuando las estrellas de rock intentan escribir su propia biografía…los que se acuerdan de las grandes anécdotas y tienen grandes historias que contar son las personas que estaban a su alrededor: fotógrafos, camareras, ayudantes, técnicos. Estas personas son las que observan, las que no están pendientes de sí mismos si no del espectáculo”.

La disparidad de testimonios del propio libro no da muchas veces una aproximación a la verdad, y las historias se retroalimentan unas a otras en una espiral por decir la anécdota más excesiva. Muchas de estas, además, se suelen oponer entre sí: Bob Gruen explica en el libro que vio al bajista Richard Hell con una camiseta que tenía una diana dibujada y las palabras “Por favor, mátame” en ella. En el siguiente testimonio, Hell, que fuera parte del grupo Television y The Voidoids, dice que “nunca se la puso”. ¿A quién creer?

David Johansen y Richard Hell.

David Johansen y Richard Hell.

El viejo dilema de las historias orales, que trata el historiador de la memoria Alessandro Portelli en la tradición de los obreros italianos, vuelve otra vez a salir a flote. Si Portelli nunca llegó a saber realmente cómo mataron al líder sindicalista Luiggi Trastulli en Historia y memoria: la muerte de Luigi Trastulli (en Historia y Fuente Oral, 1989), es muy difícil dilucidar la verdad de esos testimonios del punk. Pero quizá, como afirma el propio Portelli: “El distanciamiento entre el hecho (acontecimiento) y la memoria no se puede atribuir al deterioro del recuerdo, al tiempo transcurrido, ni quizás a la edad avanzada de algunos de los narradores. Sí puede decirse que nos encontramos delante de productos generados por el funcionamiento activo de la memoria colectiva”.

Este funcionamiento activo de la mentira construye la gran mentira del Rock and Roll, como el propio McLaren tituló a la película póstuma de los Sex Pistols. Dice Alejo Alberdi, ex miembro de Derribos Arias, que el punk británico “fuera de los libros, y como sabrá cualquiera que haya visto The Great Rock & Roll Swindle (1980), partió de un montaje, pero, a diferencia de otros, generó mucha y muy buena música”. Julián Hernández, de Siniestro Total, cree asimismo que “este tipo de libros –orales y corales- siempre corren el riesgo de que la memoria de los interpelados falle de alguna manera. Es como Rashômon: cada uno vio la misma jugada de manera distinta”.

Electroshock y pus

El punk, como ruptura de los tabúes hippies de los años setenta, se pergeña en estas anécdotas, reales o no, impactantes para el lector medio. Por favor, mátame empieza fuerte con la descripción de Lou Reed sobre los electroshocks de su adolescencia, con los cuales sus padres querían “curar sus tendencias homosexuales”: “Te ponían una cosa en la boca para que no tragaras la lengua y luego electrodos en la cabeza”. Esta elección sexual era, según cuenta Reed en la trabajada biografía de Victor Bockris Las Transformaciones (1997), “una de las maneras que tenían los jóvenes para rebelarse contra sus padres”.

La infancia del Sex Pistol Johnny Rotten tiene recuerdos que rozan el gore al narrar la cotidianidad de la interrupción del embarazo en su hogar: “Mi madre sufrió numerosos abortos naturales. Supongo que mis padres le daban como conejos. Cada año tenía un aborto. Yo suspiraba y decía: «Oh, no, voy a tener que sacar el cubo para recoger la sangre otra vez”. Una imagen muy gráfica, que parece casi sacada del sketch sobre los nacimientos en la Inglaterra católica de los Monty Python en su película El Sentido de la Vida (1983).

El sexo se describe, también, de manera honesta. Es célebre el retrato de Jim Carroll, poeta y músico neoyorkino, de cómo Dee Dee Ramone –bajista de Ramones– se ganaba la vida de chapero en la calle 53. Tenía el mismo aspecto, recuerda, que en la portada del primer disco de los Ramones: con la chaqueta de cuero negra y ese pelo lacio largo, entre hippie y obrero de la construcción venido del este. El periodista musical Danny Fields quita hierro al tema recordando en la biografía de los Ramones de Dick Porter (2004) cómo esas chapas no eran “a jornada completa”. Otra historia conocida es cómo a Johnny Rotten le hizo sexo oral un travesti, el cual finalizó con la expresión satisfecha “al final, no estás tan podrido”. Esto llevó a que Rotten le orinara en la boca. Recoge esta anécdota Noel E. Monk en 12 Days on the Road (2000), que recibió el apoyo del propio Rotten en su publicación.

Las convenciones sexuales en la banda punk angelina Germs, según Kim Fowley (promotor musical), eran de este modo: “¿Me puedo tirar a tu perro? ¿Has acabado de vomitar ya? ¿te puedo follar”. Pero el propio Fowler no deja de citar que detrás de esa “gran decadencia y desenfreno, con todo eso de follar y chupar, y la heroína y los perros follando, había algo entre el vómito, la sangre y el pus vaginal, algo entre las jeringas hipodérmicas y el sebo. Era probablemente poesía”.

Poesía para el punk era también la violencia como fin, en el sentido que lo teorizaba Georges Sorel como acto total. Todos estos libros están llenos de peleas, reyertas, golpes fuertes y sangre en las paredes. Por Favor, Mátame cuenta la paliza que le da un fornido camionero a Iggy Pop, gran proto punk, en la que la sangre le sale disparada del cuerpo. Las peleas de los Ramones, por motivos nimios como “tirar lejía encima de la ropa”, llenan sus biografías.

El icono del movimiento Sid Vicious, según cuenta la Pretender Chrissie Hynde, llegaba a pasear con una cadena con pinchos, intentando herir a todos los que se aproximaban a él en los conciertos de los Sex Pistols. Como se afirma en Tenemos la bomba de neutrones: la historia nunca contada de la escena Punk de Los Ángeles (2010): “simplemente creíamos en la violencia del punk contra todo el mundo”. Esta glorificación de la violencia llega a tales extremos que el guitarrista Black Randy declaró su “gran admiración” por Idi Amin como héroe: bebía sangre y comía las entrañas de sus enemigos, según recuerda el músico Hal Negro. Pero, ¿y la música?

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Cartel de Black Randy, personaje señero del punk angelino.

Música para sordos

La honestidad absoluta de Johnny Rotten en sus primeras memorias, Prohibido Perros, Irlandeses y Negros (2015), domina los capítulos sobre los primeros discos de Sex Pistols: “No sé de música”. Ahí llena todo lo que quiere decir de ello, lo cual realmente deja tanto al guitarrista Steve Jones como a su “odiado” bajista “moñas” Glen Matlock en muy mal lugarÉl llegaba con las letras, la ira y su visión del mundo como inmenso teatro para la provocación. Sin darse cuenta, da la razón a su enemigo -Malcom McLaren- . ya que cumplía perfectamente la divisa del manager para los Pistols “sed infantiles, irresponsables, irrespetuosos. Sed todo lo que la sociedad odia”. Matlock rememora en la biografía de Fred Vermorel (2006) cómo el grupo estaba controlado por McLaren, para el cual llevaba trabajando desde los 16 años. Consideró a su sustituto Sid Vicious “solo una cara” y este le respondió con una réplica perfecta: “hemos cambiado mucho como grupo: somos más guapos ahora”.

Un tipo guapo, el joven Morissey de The Smiths, llegó a escribir el 24 de julio de 1976 a Melody Maker afirmando que los Ramones “no tienen absolutamente nada que sea relevante o importante y deberían ser justamente archivados y olvidados”. Este grupo, considera Morissey, hace parecer a los pioneros Stooges “músicos de orquesta”. Prefería, claro, la vertiente arty del rock con el glam de New York Dolls y la pionera Patti Smith. Esta última es tratada como una fan histérica y medio retrasada por todos los entrevistados en Por favor, mátame.

En este terreno musical, a pesar de todo, hay muchas diferencias: los citados Stooges eran perfectos músicos en un mercado competitivo y lleno de virtuosos como los primeros 70 en EE.UU. (Leon Russell, Billy Preston, Allman Brothers) y desde luego nadie puede negar el gran sonido del rock de garaje de los MC5, aunque para Iggy Pop los MC5 solo soñaban con “ser negros gamberros con guitarras”. Estos adelantados al punk, con su rock a toda pastilla, eran totalmente marcianos en un entorno dominado por el lánguido crepúsculo de la psicodelia y el efímero rock de raíces, y cimentaron especialmente su prestigio con sus actuaciones en vivo. La revista británica Grass Eye describía que “hasta que uno no ve a los MC5 en vivo es imposible adivinar la energía que envían en su música”. Opiniones diversas, de nuevo, que dejan ver las mentiras detrás del mito punk.

Así, el estilo musical se diluía ante la actitud, que suponía el motor indiscutido del movimiento. Fields lo decía claramente: “¿Quién quiere hablar de música? La mayor idiotez que he oído nunca. Qué aburrido”. Se refiere a Roger Waters y sus recientes óperas progresivas, quizá…

El caso español

El punk hispano, que ha merecido sus propias monografías, se solapa en gran parte con la movida madrileña, presa de una mitología comparable sin duda a los movimientos de las islas británicas. El encuentro entre Alaska y el Zurdo con Nacho Canut y Carlos Berlanga en el Rastro de Madrid, relatado de manera brillante por este último en el recientemente reeditado Música moderna (1981), es un testimonio que se contradice en varias versiones. Fernando Márquez, el Zurdo, recuerda en sus memorias que Olvido Gara y él miraban al mismo sitio: “Una mantita cubierta de discos yeyés, revistas juveniles camp, material pre-punk, el mentado vinilo vainiqueño y, tras la mantita, un tipo menudo, con cara de Keith Richard y pelo ramoniano, vestido de cuero y lleno de chapas y, junto a él, otro individuo más largo, más tímido y nada punk, responsable de los toques retro y vainicosos del puesto”.

Lo divertido es que Berlanga recuerda en Solo se vive una vez, el seminal libro de José Luis Gallero (1991), que tenían puestas “gafas negras” y en el puesto había discos de The Clash, sin citar a las Vainica en ningún momento. Más aún, Rafael Cervera en Alaska y otras historias de la Movida (2002) cree que el encuentro fue menos fortuito, y que les pusieron “un cebo adecuado”. De nuevo, la mitología se contradice con la realidad y la cadena de mentiras construye un suceso que es una muestra más del ideario del tiempo. El Zurdo, que evidentemente hace literatura en Música Moderna, sigue la vieja divisa de El hombre que mató a Liberty Valance (1962): “Cuando la leyenda se convierte en un hecho, se publica la leyenda».

La construcción de leyendas también domina la escena punk vasca, donde los grupos heterodoxos como Eskorbuto, fuera del abertzalismo imperante, fueron perseguidos ideológicamente. Iosu Expósito fue llamado “traidor” a la causa del Rock Radical Vasco por el tema A la mierda el País Vasco, acusándole de yonki, tal como recoge Diego Cerdán en Eskorbuto: Historia Triste (2004).

De manera divertida, casi todos los libros que glosan el movimiento, Anarkherria 1986-2011 (Jakue Pascual, 2011) o Matxinada (Eoin Ò Broin, 2004), silencian la heterodoxia de Eskorbuto en medio de una mitología generacional abertzale. Es una mentira por omisión, por supresión, lo que en cierto sentido es más malicioso. Lo irónico es que este marco generacional “revolucionario vasco” acabó, como recordaba de manera aguda David García Arístegui en su capítulo Un Ministro de Cultura en la sombra para CT o la cultura de la Transición (VVAA, 2012), dentro de algo tan sistémico como la SGAE.

La grandeza de la miseria

¿Queda todavía diversión? La actitud punk sigue viva en muchos grupos, aunque tenga ya mucho de parodia y las “mentiras” sean cada vez más ligeras en estos tiempos de litigios por cualquier comentario. La periodista cultural Grace Morales, del fanzine Mondo Brutto, lo deja claro: “no creo que el punk fuese una mentira, solo otra forma de revolver el mercado, duró muy poquito y después se vendió como lo que no fue”.

Esto enlaza perfectamente con los últimos sucesos del movimiento: cuando el grupo californiano Green Day ganó un Grammy en 2005 por su disco de punk progresivo American Idiot (2004) algo había muerto para siempre. Un año después Johnny Rotten reivindicó el verdadero espíritu del movimiento rechazando la entrada de los Sex Pistols en el Museo del Rock and Roll: “No vamos a ir, no nos importas, estar fuera del sistema de mierda es el verdadero sexo”. Esta vez el publico, a diferencia del final de la gira de los Sex Pistols en EE.UU., “no se sintió estafado”.

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