‘Shadow Company’: la película de zombis de Shane Black y John Carpenter que nunca llegaremos a ver

Predator es la nueva entrega de la saga homónima y la mayor apuesta por crear una obra de autor dentro de ella. Dirigida por Shane Black, quizá la mayor sorpresa es volver a verle compartir crédito en el guion con Fred Dekker, un viejo compañero con el que creó la película de culto de los ochenta Una pandilla alucinante y cuya carrera pudo haber fructificado en uno de los proyectos nunca realizados más salvajes, quizá la película de terror de los ochenta más explosiva. Shadow Company, el proyecto de soldados zombis que habría unido al dúo con John Carpenter, Kurt Russell y Walter Hill.






Los cineastas Fred Dekker y Shane Black tienen una carrera en común mucho menos significativa que lo que pudiera hacer pensar la idea que produce ver sus dos nombres al lado. Tan solo tres producciones comparten sus créditos, pero quizá el proyecto que hubiera sellado para siempre su marca común como una fórmula infalible hubiera sido Shadow Company (1988). El destino ha logrado que al menos hayan conseguido llevar a la pantalla grande una nueva entrega de Depredador (1987), que se percibe más como una obra deudora de sus anteriores trabajos que de la propia saga en sí. Curiosamente, con tan solo un mes de diferencia aparece una secuela directa de La noche de Halloween (1978), que parece asimismo una especie de reboot con la marca de todos los elementos que hicieron famosa a la original y ninguna secuela ha logrado plasmar. Para ello cuentan con la supervisión del propio autor de la primera: John Carpenter parece más implicado de lo habitual e incluso ha hecho la banda sonora del filme junto a su hijo Cody.

Aunque hoy parece que los nombres de Carpenter, Black y Dekker parecen estar totalmente alejados entre sí, incluso con tan solo unas semanas de distancia entre sus estrenos, hace treinta años estaban involucrados en un proyecto que unía a esos tres potentes talentos creativos con el nombre de Walter Hill y, parece ser, que también el de Kurt Russell. ¿Lo malo? Que nunca lo llegaremos a ver. Pero lo menos malo es que tenemos una versión final del guion para imaginarla y es apabullantemente bueno.

Pero antes de ver de qué iba esto, conviene contextualizar un poco todo lo que rodea a su creación y situarnos en el momento en el que las dos voces principales del proyecto llegaron a desarrollarlo. Shane Black y Fred Dekker, ante todo, eran dos amigos que se conocieron en la escuela de cine e incluso vivieron juntos por un tiempo. Compartían la misma pasión por un tipo determinado de películas y trabajaban codo con codo revisándose sus guiones, pasándose páginas y devolviéndoselas corregidas, con reescrituras, ideas y comentarios.

Dos buenos tipos

Durante su etapa de compañeros de piso vivieron en una especie de comuna de jóvenes aspirantes a cineastas en el oeste de Los Ángeles que se conocería como The Pad O ‘Guys. Junto con Shane Black y Fred Dekker, estaban David Silverman, Jim Herzfeld y Ed Solomon. Este último ya trabajaba de guionista en la última temporada de la serie Laverne y Shirley (1973-1983) y pudo conseguir a Dekker un agente, lo que lo llevó a su primer trabajo de Hollywood, un guion para Paramount, Godzilla: King of the monsters, remake americano del monstruo pensado para proyectarse en 3D y dirigido por Steve Miner. Aunque el proyecto llegó a tener diseños, storyboard y arte conceptual avanzado, se estancaría en 1983 principalmente por su desorbitado presupuesto de 30 millones de dólares. El joven Dekker estaba lanzado a la aventura de escribir y en 1982, con 23 años, vendió otro guion de ciencia-ficción nunca producido, The Forever Factor. Y es en ese momento en el que Black vio la luz, sorprendido de que cualquiera pudiera ganar dinero con un libreto, a su juicio, algo mucho menos trabajoso que las novelas que él devoraba. Su idea de convertirse en actor se iba desvirtuando por la de escribir películas como su amigo.

Arte para Godzilla: King of the monsters

Tras la universidad, Black trabajó en varios empleos, incluso metiendo datos estadísticos para los Juegos Olímpicos de 1984, pero, animado por su amigo, reunió el coraje para pedirle a sus padres que lo mantuvieran durante seis meses mientras probaba a escribir su primer guion. El plan no les parecía mal, puesto que si no le salía bien, al menos se le irían los pájaros de la cabeza y buscaría un trabajo de verdad. El resultado final de este experimento fue Shadow Company, un primer borrador escrito con un estilo similar al Walter Hill y Alex Jacobs que trataba sobre un batallón de soldados de la guerra de Vietnam que regresan a Estados Unidos en forma de zombis. Su amigo Dekker llevó el guion a su agente David Greenblatt , a quien le causó suficiente impresión como para comprárselo. Antes de darse cuenta, Black estaba teniendo reuniones con ejecutivos de estudio que no estaban tanto interesados ​​en Shadow Company, como en correcciones de guiones existentes o nuevas ideas en las que querían que trabajara Black. Con lo que ese pequeño paso le dio la oportunidad de trabajar en lo que se convertiría en el guion que realmente le puso en el mapa: Arma letal (1987).

El germen de Saigon

La huella de la existencia de Shadow Company por aquella época es que ese mismo nombre acabó en la película de Richard Donner como una organización criminal de contrabando de drogas. El exitazo de Arma Letal, hizo que el guion a la deriva de zombis soldado volviera a tener interés. El resto de los Pad O ‘Guys también empezaron a producir guiones y a colaborar entre ellos. Dekker y Black, en aquella época inseparables, escribirían juntos la segunda película dirigida por Dekker, la flamante Una pandilla alucinante (1987), que a pesar del culto del que goza hoy día, se dio un trompazo en taquilla que sorprende siendo uno de los principales referentes de Stranger Things (2016-). Con Black como actor secundario y reescribiendo de forma no acreditada algunas páginas de Depredador (1987), llegó el momento de que su película de zombis fuera tomada en serio. En 1988 el dúo volvería a colaborar en una revisión conjunta del primer trabajo de Black, quien al no tener tanta experiencia como guionista en ese momento pidió ayuda a su amigo.

La participación de Dekker no solo era lógica por su trabajo conjunto en la pandilla del monstruo, sino porque en sus anteriores películas había tratado el tema de los muertos vivientes. El terror llama a su puerta (1986) tenía un montón de babosas que convierten a la gente en zombis y crean el pánico en el campus de una universidad, en un tramo final que no se diferencia en construcción al del guion de Black. Por otra parte, Dekker había coescrito el guion de House, una casa alucinante (1985), una propuesta de casa encantada que dirigiría Steve Miner en la que había una subtrama con un viejo amigo del protagonista fallecido en Vietnam que regresaba para vengarse en forma de zombi.

Según el propio Dekker, la idea surgió como un exabrupto de borrachera mientras lanzaban ideas para una película antológica como En los límites de la realidad (1983), que acababan de ver. En su segmento, el veterano atormentado había matado a su amigo, herido de muerte, porque sus gritos de agonía amenazaban con revelar su posición. La culpa le provocaba visiones de su compañero de guerra muerto y podrido, regresando de la tumba para sabotear su romance con una chica. Las alucinaciones aumentaban en intensidad, hasta que todo acababa con la muerte violenta del protagonista. El texto dejaba abierta la posibilidad de que fuera víctima del fantasma vengativo de su amigo muerto, de su propia culpa, o incluso de los Estados Unidos, por su juego con la mente de los soldados que desembocaba en suicidios de veteranos.

Según Dekker era  “una alegoría pretenciosa con moralina al estilo de Rod Serling, y una excusa para hacer efectos de caras en descomposición”, pero debió de gustar porque su amigo Ethan Wiley la utilizó para crear el núcleo principal de House, una casa alucinante. Shane Black también debió de fijarse en la misma idea cuando desarrolló Shadow Company por primera vez. Vietnam, el regreso de un pelotón de zombis al estilo EC Comics y la idea de la culpa tanto individual como a nivel político. Todo estaba ahí y no había nadie mejor para desarrollarlo con él que Dekker. Cuando Universal entró en juego y la cosa se puso seria, nada menos que el director John Carpenter se interesó por el proyecto, en el que también acabó involucrado como productor ejecutivo Walter Hill. Este proyecto hubiera significado el regreso de Carpenter a un gran presupuesto después de que el fracaso de Golpe en la Pequeña China (1986) le llevara a dirigir El Príncipe de las Tinieblas (1987), uno de los proyectos baratos que encontró su público y le habían llevado a firmar contratos más modestos sin dejar aire entre proyectos. En su momento fue citado diciendo que iba a ser su película más sórdida, pero los problemas de preproducción impidieron que la cosa llegara a cerrarse y Carpenter siguiera con su plan de encadenar series B’s y realizara Están vivos (1988).

La información sobre los baches que llevaron a la cancelación es vaga. Se habla de problemas en la fase de ajuste de guion, en el que Dekker y Black trabajaron mano a mano con Carpenter y Hill y coincidían, por cierto, con Sam Raimi, que trabajaba en un bungalow cercano. Pero Universal se echó para atrás. No se sabe su por la falta de confianza dejando de nuevo al mando de un gran presupuesto a John Carpenter. El fantasma del batacazo de La cosa (1982) seguía presente. Para Fred Dekker, que nos ha contestado personalmente en redes a esta cuestión, es un monstruo de dos cabezas: “por un lado, era un libreto extremadamente violento para una película de estudio en ese momento. Además, había un elemento de alegoría política incómoda: soldados estadounidenses muertos que lucharon en Vietnam se levantan de entre los muertos y causan estragos en una pequeña ciudad de Estados Unidos. Es posible que Universal se pusiera nerviosa ante ideas que podían rascar donde no debían. O tal vez decidieron que el guion apestaba”.

Es cierto que había bastantes elementos sangrientos, pero, a pesar de que hay muchas mutilaciones y terror corporal, las escenas más gore están dirigidas a zombis, y la gente normal, a lo sumo, recibe disparos. Por lo que lo más posible es que, en plena era Reagan, la sociedad militarizada de EE.UU. quizá no aceptaría de buen grado que se hiciera mofa de sus chicos, destapando una realidad que haría pensárselo dos veces a nuevos reclutas.

La herencia de los soldados zombi

El borrador de Shadow Company del 20 de octubre de 1988 está escrito con una combinación de oraciones cortas y contundentes, efectivamente al estilo de Walter Hill, y muchos comentarios irónicos directamente dirigidos al lector que caracterizan los guiones de Black y Dekker. Una combinación de humor negro, alusiones y descaro que con el tiempo se conocería como “blackism” y que, aunque después fuera estudiada e imitada, en el momento se consideraba poco ortodoxa. Se puede decir que pertenece claramente al género de terror bélico, de acción y terror puros y sorprende, de primeras, que, aunque esté presente, no haya una gran cantidad de momentos de humor típicos en el estilo de ambos. Es una película oscura, con ese tono áspero de las cintas de acción de Carpenter pero que realmente busca asustar. Podría haber sido, básicamente, la versión de gran presupuesto de películas de soldados zombis como la célebre Ondas de Choque (1977).

El texto era una americanización en toda regla de un tema que se puede rastrear en diversos momentos de la historia del cine de terror como el mad doctor que crea soldados zombis para los nazis como en La venganza de los zombies (1943) o el que los quiere descongelar en su laboratorio de los horrores, en The Frozen Dead (1966). El militar reviniente ha sido un elemento más o menos marginal, pero relativamente común en el cine de explotación europeo, desde La tumba de los muertos vivientes (1982) de nuestro Jess Franco a El lago de los muertos vivientes (1981) de Jean Rollin.

Pero, lejos de quedarse en el detalle de poner un uniforme militar a una bolas de pus andante detrás de chicas con poca ropa, el proyecto de Dekker y Black está más interesado en la imagen metafórica de los muertos volviendo para cobrar venganza contra todos por los que ha luchado, una idea que ya existía en el cine bélico desde su etapa muda, concretamente en la cinta antibélica Yo acuso (1919) de Abel Gance, cuya secuencia climática mostraba a todos los muertos de la guerra levantándose y funcionando como un ejército. Más concretamente, el ángulo del regreso del chico muerto de la guerra de Vietnam había sido tocado en la estupenda Crimen en la noche (1972) de Bob Clark en la que no solo se juega con la idea de los muertos en combate, sino que reflejaba de forma demoledora las consecuencias en los veteranos, seres muertos por dentro, antisociales y agresivos. Un Nacido el cuatro de julio (1989) en clave de horror gótico.

La compañía de las sombras

El guion completo tenía 114 páginas. Sin llegar a las dos horas, sí que predecía una duración poco habitual en las películas de terror de la era, principalmente por la cantidad de subtramas que suceden al mismo tiempo, y la inclusión de un prólogo de presentación varios años antes de la trama principal. Shadow Company comienza en Saigón, en 1973, en el ocaso de la guerra de Vietnam, y seguimos al teniente coronel Frank Nikko, que a todos los efectos parece el protagonista de la historia, buscando a alguien en un lugar de mala muerte. Pero no pasan ni seis páginas y un pelotón de soldados silenciosos lo mata tras una partida de póker en la que las apuestas incluyen una póliza de seguro de vida y un dedo meñique cortado. Los despiadados soldados se encuentran bajo el mando del Mayor Garrett Stark, quien los envía a una misión secreta que vemos empezar en una escena de helicóptero como la que abre Depredador.

Dieciséis años después, se nos presenta al verdadero héroe de la película, un veterano de Vietnam llamado Jake Pollard que iba a ser interpretado, como no podía ser de otra manera, por Kurt Russell. El hombre ve una noticia sobre un grupo de cadáveres de soldados estadounidenses desenterrados en un templo camboyano a punto de ser trasladados a Norteamérica para ser enterrados en un cementerio de veteranos. Al darse cuenta de quiénes son los hombres muertos, Pollard se dirige a Merit, el clásico pequeño pueblo de Estados Unidos, donde se encuentra a Kyle Traeger, un joven de 18 años y a su ex-novia Heather. La madre ultrareligiosa de la chica es la viuda de uno de los soldados de Shadow Company, y ahora está casada con el sheriff de la ciudad. Otro personaje rondando por allí es el general Philip Woodhurst, que supervisa el transporte de los seis cadáveres. Como es de suponer, los soldados acaban saliendo de sus tumbas a la media hora, en una atmosférica escena clavada al relato del día del padre en Creepshow (1982).

De alguna manera llegamos a saber que el grupo de soldados habían sido alterados científicamente y que son inmunes al dolor, e incluso la muerte. Es decir son supersoldados, que recuperan también la idea del experimento militar de la herencia del subgénero al que se adscribe, incluso hace referencias directas con frases como “Como los nazis tratando de hacer un superhombre de nuevo. Solo que esta vez … esta vez funcionó “. Pero en realidad, los soldados responden a las características de zombis muy al estilo de los de El regreso de los muertos vivientes (1985) o Re-animator (1985), a los que no vale con un tiro en la cabeza: cada parte cortada tiene vida propia y éstas son muy difíciles de destruir. La escena en la que se reúnen bajo la lluvia es muy similar a la reunión de monstruos de Una pandilla alucinante, y ya en las descripciones se aprecia el estilo y detalles de la pareja creativa. Lo primero que hacen los soldados muertos es asaltar un arsenal de armas y tras ello se dirigen al pueblo para, básicamente, matar al mayor número posible de personas. La única pista de su motivación la da Woodhurst con uno de esos one liners que solo le podrían quedar bien a Carpenter: “Han traído la guerra a casa a aquellos que la traicionaron”.

El héroe carpenteriano de la función aquí es Pollard, que también ha robado armas y dinamita y que se postula como el único hombre capaz de detenerlos. Durante el guion se especula sobre un séptimo miembro de Shadow Company, y Pollard, que afirma haber conocido al padre desaparecido en combate de Kyle, revela un tatuaje hacia el final, para sorpresa de nadie, que le delata como el miembro errante de la Compañía de las Sombras, es decir, el padre de Kyle. La tramilla adolescente se revela como una prima hermana de El terror llama a su puerta, pero sin los elementos de humor, y en los detalles de la hermana pequeña de Heather y el padre Sheriff se vislumbra fácilmente la mano de Fred Dekker. No hay una caracterización profunda ni complejidad, pero el ritmo es tremendo y una vez aparecen los muertos la película avanza como un proyectil. Tiene montones de secuencias de acción sin descanso, básicamente los soldados repitiendo el clímax de Acorralado (1982), arrasando con la ciudad y a quien pillan por delante durante una hora larga.

La niebla, de John Carpenter, posible referente previo a Shadow Company.

No se libran ni los perros. Ni los niños ni las representaciones de la Navidad que, por supuesto, siendo obra de Black, es la época en la que sucede la película. Hay un Belén de figuras a escala real en la que en el sitio del niño Jesús hay un tipo muerto. Hay toques aquí y allá que recuerdan a la nueva Predator (2018) pero a diferencia de la despreocupación y ligereza de algunas muertes, el baño de sangre en Shadow Company es serio y oscuro, incluso en algunos momentos cruel, como cuando se revela que la madre de Heather ha sido masacrada. Y hay momentos de humor negro, claro: cuando Pollard mata a tiros a uno de los monstruos, la cabeza cortada grita: “¡Médico!“, como haría en el campo de batalla. Pero a pesar de esos detalles, es bastante salvaje y sucia para lo que acostumbramos a ver en otras películas del dúo.

Los detalles que la conectan con House, una casa alucinante se hacen evidentes con la descripción de los soldados muertos, igual de imponentes y diabólicos, con maquillajes descarnados que evocan un producto clásico de la época. Casi se pueden oír los sintetizadores en la descripción de la atmósfera de algunas escenas, se intuye que Carpenter podría haber hecho una bomba de neutrones. Piensen en La niebla (1980) pero con explosiones y ráfagas de balas. El tema de la venganza fantasmal propia de tebeo de EC es paralelo a aquella, pero además la locuacidad del silencio sepulcral y la muerte le iban como un guante tras la descripción de los poseídos que hizo el director en su espectacular El príncipe de las tinieblas. Otro hilo conductor con el entorno de los cineastas es algún detalle del guion del hermano de Black, Terry, para Estamos muertos… ¿o qué? (1988), que también tiene, en este caso, policías muertos y resucitados enfrentados a otros resucitados imposibles de matar que acaban, como en ésta, a bombazo limpio.

Muertos americanos

En un momento del segundo acto uno de los zombis devuelve el saludo militar. Algo que inmediatamente nos hace recordar a Bub, el zombi de El día de los muertos (1985), que se supone que en algún momento había sido un soldado del ejército americano. Una conexión arbitraria pero significativa puesto que la película de George Romero tiene una versión nunca realizada con un guion, descartado por presupuesto, en el que había un montón de zombis adiestrados por el ejército que se habían convertido en soldados en toda regla. Pero en general, el tema del soldado que regresa que comentamos en la obra de Bob Clark quedó olvidado durante los ochenta, y puede que Shadow Company hubiera sido la película de referencia sobre el tema. Larry Cohen y William Lustig hicieron una actualización para la guerra de Oriente Medio en la discreta Muerto el 4 de Julio (1996), en la que un soldado zombi vestido del Tío Sam amargaba el Día de la Independencia en un pueblo americano como venganza.

En los 2000 hubo un intento de actualizar Crimen en la noche para la guerra de Irak, con el nombre de Eli Roth implicado. Curiosamente, se iba a haber titulado Zero Dark Thirty, antes de que fuera el título del filme de Kathryn Bigelow,pero no llegó a materializarse. Puede que el caso más conocido de soldados que vuelven de aquella época fue El ejército de los muertos (2005) el capítulo de Joe Dante de la primera temporada de la serie Masters of Horror (2005-2006). En plena era Bush, el director de Gremlins (1984) aprovechó su episodio para cargar las tintas en el comentario sobre la guerra de Irak y la política exterior norteamericana, contando cómo un grupo de militares rebeldes que han muerto resucitan para votar en las elecciones generales. Tuvo mucho éxito en su día, pero quitando la oportunidad y la idea sarcástica, es hora de reconocer que no era tan brillante como se comentó.

Otra película que recuerda, y mucho, a Shadow Company es Soldado universal (1992) en la que el gobierno reanimaba cadáveres como soldados definitivos y teníamos a uno de ellos que se rebelaba y se enfrentaba a los implacables asesinos. Roland Emmerich embutía de acción una trama muy de ciencia-ficción y terror, pero con detalles, como el soldado de Dolph Lundgren, que recuerdan mucho tanto al villano de House como al del guion no producido. La mezcla de soldados y guerra ha seguido activa, pero rara vez son norteamericanos los que regresan. El más utilizado es el zombi nazi, que ha aparecido en decenas de películas directas a vídeo y en sesiones golfas de festivales hasta este año, que regresan con Overlord (2018), otra de experimentos, superhombres y cobayas humanos con uso militar que se emparenta con el guion de Dekker y Black en los militares como experimentos, sus zombis ultrarresistentes a balazos en la cara y mutilaciones varias.

Shadow Company pudo haber sido un clásico, pero puede que con ella no hubiéramos tenido Están vivos. En el guión hay ensayos de lo que sus creadores presentan en Predator, como el personaje francotirador, coincidencias como la luz de color rojo de la mirilla o los monstruos levantando tres palmos a los héroes agarrándoles del cuello. Es una de las muchas ficciones épicas no producidas de la época que los fans pueden leer hoy (el guión se puede encontrar en línea) y entretenerse construyendo en su cabeza la odisea explosiva que pudo haber sido. Es muy poco probable que lleguemos a verla realizado algún día, principalmente porque es una película pura y duramente de los ochenta, con lógica de cine de terror de esa era y una atmósfera contagiosa que hoy podría resultar risible. Con Carpenter semiretirado, es inútil soñar en verla realizada tal y como se concibió, pero mientras tanto, se puede recuperar lo más parecido a una película de zombis con estos niveles de acción y violencia que ha rodado: la reivindicable Fantasmas de Marte (2001).

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