Shikibu vs. Shonagon: Duelo de divas en la corte imperial

Fueron dos escritoras pioneras. Fueron las madres fundadoras de la literatura en japonés. Fueron dos inteligencias fascinantes... Y se odiaron a muerte a lo largo de una de las intrigas cortesanas más terribles (y legendarias) del país nipón. ÁLVARO ARBONÉS y YAGO GARCÍA relatan el fascinante combate de egos entre Murasaki Shikibu (La novela de Genji) y Sei Shonagon, la fashion victim que firmó El libro de la almohada.

Es un tópico cansino, y hasta cierto punto lamentable. La literatura de masas, el cine de Hollywood y otros medios de la cultura pop lo han explotado lo suficiente como para que sepamos hasta qué punto sus hechuras atenazan a toda mujer, lo quiera ésta o no. Sin embargo, rindámonos a la evidencia: las historias que enfrentan a una chica ‘popular’ (extremadamente frívola, fashion victim hasta las últimas consecuencias y más mala que la quina) contra una apacible nerd culta, responsable y bondadosa (la cual, por supuesto es también un bellezón, sólo que no lo sabe) tienen un ‘algo’ que sigue fascinando. Desde Mujercitas hasta Chicas malas, pasando por Carrie, estos relatos nos proveen con múltiples oportunidades para reír, para llorar o para horrorizarnos… siempre que se mantengan en los inocuos cauces de la ficción. Aquí queremos hablarles de una de estas batallas, y antiquísima, además. Sólo que este duelo de egos fue real, y ayudó a darle forma a la historia de un país entero. Principalmente, a su historia literaria, pero también a su devenir político.

El lugar del match: Japón, durante el siglo X. Estamos en las últimas décadas de la llamada Era Heian (794-1185), un período de relativa calma y exquisito refinamiento (siempre que uno tuviera la suerte de nacer en la aristocracia, claro) que precedió a varios siglos de cruentas guerras civiles. Las contendientes: dos de las inteligencias más privilegiadas que jamás ha dado nuestra especie. En una esquina, modesta y encantadora en su melancolía, tenemos a Murasaki Shikibu, reputada madre de la narrativa psicológica con su exquisita Novela de Genji. En el otro rincón del ring, divinísima de la muerte con su kimono último modelo, se planta Sei Shonagon, una señorita cuyo clásico inmortal (El libro de la almohada) acabaría modelando el japonés literario… gracias a una meticulosa recopilación de anécdotas centradas en la moda, el cotilleo y el folleteo. Diferentes entre sí como la noche y el día, estas dos rivales pueden parecer poca cosa, pero no se confíen: ambas habitan en tiempos peligrosos, tienen más conchas que un galápago y no dudarán en usar sus pinceles de escribir y su vastísimo talento para ponerse la una a la otra como hoja de perejil. Así pues, guarden las distancias, mantengan silencio y déjennos exclamar aquello de «Round One… Fight!».

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Hablemos del Japón pre-feudal

Antes de entrar en la arena es necesario conocer el contexto en el que se desarrollará nuestro combate. Porque éste nunca hubiera tenido lugar si, a mitad del Periodo Heian, no se hubiese dado un enorme auge de la vida cortesana. Algo propiciado por la convulsión política propia de la época, y debido a, como mínimo, dos motivos: la desvinculación de Japón con el Imperio Chino y la pérdida de poder del emperador en favor de su familia consejera,los Fujiwara. Sumemos, además, el incipiente auge de la casta militar, los samurái. Si bien al principio no eran más que soldados de fortuna, poco más que perros con espadas, los guerreros fueron creciendo lentamente en poder hasta que el clan Minamoto impuso el shogunato en el año 1192, tras el fin de las Guerras Genpei entre los Taira y Minamoto.

¿Quienes eran los Taira y Minamoto? Dos familias también conocidas como Genji y Heike, siendo los primeros la familia imperial por excelencia durante el Periodo Heian. De ahí que, no por casualidad, sea ese nombre el que Shikibu emplea en el título de La novela de Gengi: su libro puede leerse también como el origen vagamente ficcionalizado de las tensiones que desembocarían en las Guerras Genpei, en el paso de un sistema imperial a uno feudal. Resumiendo mucho, no sólo hablamos de la época que dio origen al Japón moderno, sino también de las dos cronistas por las cuales conocemos lo ocurrido. [pullquote align=»right» cite=»» link=»» color=»» class=»» size=»»]Entre pullazo y pullazo, Shonagon y Shikibu nos dejaron testimonios impagables sobre el nacimiento del Japón moderno.[/pullquote]

En tanto la estabilidad política nunca se ha llevado bien con los prodigios del arte, no debería extrañarnos que el auge de la vida cortesana viniera acompañado de cierta preponderancia de la literatura. O más que de la literatura, de la escritura. Algo que, si bien fue heredado de la influencia de China sobre el país (con su estima hacia la poesía como actividad aristocrática) también se debió a la creación de un nuevo tipo de escritura fonética: el kana. Si, hasta entonces, Japón sólo había tenido el kanji, alrededor del siglo IX se creó el katakana, que usa partes de caracteres chinos, y el hiragana, un silabario creado de cero, facilitando de ese modo la escritura. ¿La escritura de quién? De las mujeres de la corte, pues si bien los hombres defendieron durante siglos las bondades del kanji, afirmando que no había necesidad de simplificar nada, ellas, que ni tenían puestos de la misma responsabilidad ni el mismo nivel de educación, encontraron en el hiragana un modo más efectivo no sólo de escribir, sino también de comunicarse. Y, de ese modo, también nació otra forma de abordar la literatura: el dietarismo.

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Shibiku vs. Shonagon: un conflicto entre diarios

No es baladí hablar de ello, pues las dos protagonistas de este artículo fueron importantes dietaristas de su época. En cualquier caso, sería injusto negar que El diario de Murasaki palidece en estilo, evocación y capacidad narrativa en comparación con el brillante El libro de la almohada, ¿pero acaso era esa la especialidad de Murasaki, allá donde más destacó en vida? Ni mucho menos. Donde destacó no era en el lirismo, la mirada penetrante o la reflexión profunda, sino en un ejercicio mucho más prosaico: en la lectura de la mente ajena. En la novela psicológica.

La novela de Genji, considerada por muchos estudiosos como la primera novela moderna de la historia, fue su canto del cisne. Siguiendo las andanzas del príncipe Hikaru Genji, inspirado en la figura del poeta Minamoto no Tōru —con uno de sus poemas incluidos en el Ogura Hyakunin Isshu, una antología de poesía clásica japonesa que, además de incluir también poemas de Sei y Murasaki, daría lugar a un famoso juego de cartas, el uta-garuta—, el interés de la novela reside en los vaivenes emocionales que va sufriendo ese Genji que en ningún momento parece un personaje plano o previsible, sino que siempre está varios pasos por delante de nuestras expectativas: intrigante, enamoradizo y, ¿por qué no decirlo?, con un ligero toque de maldad. Toda la historia escrita por Murasaki Shikibu es una mezcla de escarceos amorosos, política entre bambalinas y poesía clásica japonesa, llevando al límite cualquier concepción de género que podamos concebir. En la historia de Genji cabe todo, por eso cualquier categoría que no sea la de novela se le queda corta: la autora juega al límite, lleva la forma más allá de lo que se había conocido hasta el momento, pero sin olvidar que lo más importante de una historia es que atrape la atención del lector. Y la historia de Hikaru Genji lo hace.

Escena de 'La novela de Genji' ilustrada por Agameishi.

Escena de ‘La novela de Genji’ ilustrada por Agameishi.

Eso no significa que no tenga problemas. Para los lectores japoneses el uso (casi) exclusivo de kana es un dolor de muelas, haciendo que ciertas homofonías no permitan saber a qué se refiere en determinados pasajes ni siquiera por contexto, y para cualquier lector no versado en historia de la corte japonesa del siglo X le resultaría difícil seguir la historia, ya que no se menciona a nadie por su nombre, sino por su rango (en el caso de los hombres) o la ropa que visten (en el caso de las mujeres). Y el rango de cada personaje cambiará seguro al menos un par de veces en la novela. Si bien los japoneses tienen que aprender a vivir con la ambigüedad, esa es la ventaja del diario de Murasaki: si bien no es tan vivido ni brillante como el de su rival o su propia novela, sí nos ofrece muchos detalles del contexto histórico de su época al cual hace referencia.

Es también en su diario donde se encuentran los mayores esputos contra Sei Shonagon. Aunque en La novela de Genji hay comentarios deshonrosos sobre ella —de nuevo, indirectos, ya que estaba mal visto en la época nombrar a la gente de la corte—, en el diario, señalándola como rival, soltaría perlas como la siguiente:

«Sei Shonagon, sin ir más lejos, estaba cargada de pretensiones. Se consideraba un auténtico talento y llenaba sus escritos de caracteres chinos, pero, si se examinan con detalle, lo cierto es que dejan mucho que desear. Las que se creen superiores al resto de la humanidad como ella sufren mucho y suelen acabar mal, y las que se han vuelto tan ‘preciosas’ que se salen del camino para dar rienda suelta a su sensibilidad en las situaciones menos prometedoras, tratando de sacar jugo poético de cualquier bobada, son ridículas y superficiales. ¿Cómo pueden esperar que les sonría un futuro brillante?»

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Pero, ¿por qué tanto odio?

Dado que, según anota la propia Shikibu, la gente solía describirla como «hermosa pero tímida, poco amiga de miradas ajenas, retraída, amante de las viejas historias, tan aficionada a la poesía que casi todo lo demás no cuenta para ella, y desdeñosa del mundo entero», no resulta difícil pensar que ese desprecio que sentía hacia Sei Shonagon podía ser no tanto porque existieran rencillas personales entre ellas (que también es posible) como por el hecho de que su forma de pensar era tan contrapuesta que su mera existencia le resultara desagradable. Algo que no podemos descartar en ningún caso desde el momento que, en su opinión, «resulta muy difícil encontrar personas auténticamente inteligentes». El clásico comentario que esperaríamos de la chica guapa, pero retraída, de las películas de adolescentes. O del manga de institutos. Ese conflicto vacío, tal vez completamente artificial, nacido del propio pensamiento neurótico de alguien excesivamente apegado a lo que cree bueno.

Fuera de los pullazos de Shikibu, apenas tenemos testimonios de primera mano sobre el antagonismo entre nuestras escritoras. Y a ello no ayuda una de las características más inquietantes, a la par que incordiantes, de sus perfiles (y de todas las escritoras de la Era Heian, en general): sus auténticos nombres nos son desconocidos. Según han especulado los expertos, la autora de La novela de Genji podría haber atendido en vida por Fujiwara no Takako, mientras que su encarnizada rival habría recibido la gracia de Kiyohara no Nagiko. Pero eso son sólo suposiciones medianamente fundadas. Lo cierto es que «Murasaki Shikibu» se traduce aproximadamente como «La dama de túnica violeta, hija del maestro de ceremonias», y «Sei Shonagon» equivaldría a «La hija del funcionario Kiyohara». Nótese la triste realidad que generó estos apodos: en el Japón de entonces, los nombres femeninos no se consideraban lo bastante importantes como para ser mencionados en la corte (no digamos ya para aparecer en textos históricos), con lo cual las damas recibían apodos alusivos a sus parientes varones.

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Claro que, cuando uno lee un párrafo como este, puede suponer que dicha nimiedad le importaba más bien poco a su autora:

«Entrando en la habitación de la Emperatriz, cuando las damas de honor se arremolinan a su alrededor en un apretado grupo, me apoyo en una columna que está un poco lejos. ¡Qué alegría cuando la Emperatriz me llama a su lado y las otras me abren camino!»

¿Cómo se han quedado? La estudiada falsa modestia, el regodeo en saberse privilegiada por el afecto de la persona regia, esa referencia desdeñosa a «las otras» que deben apartarse a su paso… Sí, damas y caballeros: Sei Shonagon, la autora de El libro de la almohada, era una víbora egocéntrica. Y, la verdad, no le faltaban razones para serlo: mientras que Shikibu era viuda, Shonagon había pasado por un divorcio antes de incorporarse a la corte imperial. De hecho, cabe imaginarse que la vida les regaló a algunas cicatrices a las escritoras que nos ocupan antes de que éstas emprendiesen sus carreras literarias. Cicatrices cuyo escozor, todo sea dicho, les debió ayudar a manejarse en el campo de minas donde les tocó vivir.[pullquote align=»right» cite=»» link=»» color=»» class=»» size=»»]Murasaki y Sei no sólo chocaban en temperamento: ambas eran damas de honor de dos emperatrices enfrentadas.[/pullquote]

Decir que tanto Shikibu como Shonagon habitaban en los palacios de Heian-kyo (la futura Kioto) las sitúa, ya de por sí, en terreno resbaladizo: emulando los usos chinos, la corte japonesa se había configurado como un laberinto burocrático, repleto de funcionarios, ministros y beneficiados, donde las mamandurrias eran frecuentes y el talento literario servía a menudo para dirimir feroces guerras de egos. En este ambiente de murmullo y ceremonia, las mujeres vivían una paradójica reclusión que no las privaba de ejercer la influencia política y una soterrada, si bien intensa, actividad amorosa, con adulterios a granel y un estudiado protocolo para los encuentros entre amantes. Si el panorama no les parece lo bastante apto para las puñaladas traperas, añadamos un ‘pequeño’ detalle: las dos protagonistas de este informe servían como damas de honor… para emperatrices diferentes, y rivales entre sí.

No era nada extraño que Sadako, la emperatriz adolescente a la que sirvió Shonagon, fuese miembro de la familia Fujiwara. Todo lo contrario: durante generaciones, los Fujiwara habían blindado su control sobre la política de Japón mediante lazos matrimoniales, hasta el punto de que el casamiento de cada nuevo emperador con una vástaga del clan era algo casi automático. Pero, alrededor del año mil, un conflicto intestino dentro de la familia llevó a su líder, Fujiwara no Michinaga, a postular a su hija Shoshi como segunda consorte del monarca, con el rango de emperatriz en lugar de con el de concubina. Y con Murasaki Shikibu (quien pudo haber sido acosada, o incluso violada, por Michinaga) como parte de su séquito.

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Diferencias personales, pero también estéticas

Ya sólo por este tira y afloja, nuestras dos escritoras hubieran tenido razones para detestarse. Pero basta con comparar la obra de Shikibu y la de Shonagon para entender lo opuesto de sus temperamentos. Si la dama Murasaki hace gala de su introspección (conocer las motivaciones ajenas requiere haber hurgado antes, y muy a fondo, en las propias), su rival alardea de una vida social efervescente y de la capacidad para percatarse de cuanto ocurre a su alrededor. Ambas están en perfecta oposición, siendo muestras de dos formas diferentes de literatura y de vida: allá donde Murasaki se nutre de motivos clásicos, asentados, profundizando en la psicología de la corte, poniendo el peso sobre los acontecimientos, Shonagon ahonda en motivos subjetivos, fijándose en la belleza del mundo, hilvanando su propio yo en el tejido literario que la envuelve a ojos de la historia. Allá donde una defiende una objetividad inamovible, el valor de las tradiciones, la otra hace lo mismo con su propia subjetividad, un Yo que no se pliega ante nadie. ¿A qué nos suena esto? Exacto: a la antigua lucha entre clasicismo y modernidad.

En esa modernidad, que debió ser incómoda para su época, es donde Shonagon se sentía a gusto. De hecho, uno de los rasgos más populares de El libro de la almohada es algo que suena más propio de Buzzfeed que del Japón del siglo X: una inacabable colección de listas a partir de los temas más peregrinos —de ahí viene que Murasaki, como el crítico cultural medio mayor de cuarenta años, hablara de «aquellas que pretenden sacar jugo poético de cualquier bobada»; para su desgracia, dichas bobadas fueron las que han adquirido entidad puramente japonesa en el canon literario—. Y, en esas listas, Sei Shonagon no sólo demuestra su agudeza perceptiva, sino que también deja claro que ella tiene una opinión sobre cada cosa.

Si un paisaje le parece encantador, Shonagon lo dice. Si una nueva moda le parece ridícula, no se corta en dejarlo por escrito. Y, si ese tío al que se ha llevado a la cama tarda mucho en recoger su abanico y salir pitando tras consumar… pues se habrá ganado un puesto de honor en su relación de Cosas odiosas, o en otros rincones poco nobles de su libro. Esos mismos rincones en los cuales, según la historiografía literaria más cercana al ¡Hola! que al estudio filológico contrastado, se ocultan insultos en clave destinados a Shikibu y su parentela. Todo ello, para colmo, en textos que aúnan viveza, precisión y elegancia, hasta el punto de que la primera frase del volumen («En la primavera, el alba es lo más hermoso. Al deslizarse la luz sobre las colinas, sus contornos se tiñen rojizos…») sigue usándose en la enseñanza del idioma japonés. Algo así como el «Galia est omnis divisa in partes tres» de Julio César para los estudiantes de latín, suponiendo que todavía quede alguno.

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Sei Shonagon, vista por el anime ‘Uta Koi’.

Por todo ello, Shonagon ha quedado como modelo del zuihitsu, un estilo literario basado en la observación cotidiana y las notas a vuelapluma. De hecho, su Libro de la almohada es el libro de almohada por antonomasia, dado que la expresión designa una forma de diario íntimo. Pero, por esas mismas razones, se ha ganado múltiples lanzadas de eruditos y comentaristas. Algunas de ellas apuntan a ese talante frívolo y, a veces, abiertamente cruel que exhibe en su obra. Y otros reproches van dirigidos a su desacomplejada promiscuidad, a su nula propensión por morderse la lengua y, también, a su afecto casi obsesivo por la emperatriz Sadako. Cercana ya a los treinta, con un matrimonio roto a cuestas y con un fondo vulnerable que (muy de vez en cuando) se deja entrever tras sus mordaces observaciones, Shonagon no debió sentir sino ternura hacia aquella chiquilla zarandeada por las intrigas políticas. Una chiquilla a la cual, además, estaba obligada a adular y adorar, por la cuenta que le traía.

Donde acabó la persona, continuó el mito

El resentimiento misógino contra Sei Shonagon llega a su cumbre en las (presuntas) anécdotas y textos apócrifos sobre su madurez: cuando la emperatriz Sadako muere de parto, a los 24 años de edad, su antigua dama de honor abandona la corte, afirmando la tradición que pasó sus últimos años como monja budista, en la miseria más absoluta y cayendo poco a poco en la demencia. Las mismas tradiciones le adjudican a Murasaki Shikibu una honrosa vejez en Ishiyamadera, junto al lago Biwa. Ninguna objeción por nuestra parte, porque se lo merecía. Pero, en lo que a Shonagon respecta, nosotros preferimos otra versión sobre sus días postreros: aquella según la cual se casó con Fujiwara no Muneyo, un funcionario de discreta trayectoria junto al cual vivió feliz en la provincia costera de Shettsu, a bastantes ri de distancia de la corte y, sobre todo, de Shikibu. El hecho de que, según estas crónicas, Shonagon y Muneyo gozasen de una amistad «como de hermano y hermana» no hace sino confirmar esta posibilidad a nuestros ojos. Una de las cosas que se intuyen tras El libro de la almohada es que su autora tenía todas las cualidades para ser una mariliendre de ensueño.

La llamada de la inspiración: Murasaki Shikibu en 'Uta Koi'.

La llamada de la inspiración: Murasaki Shikibu en ‘Uta Koi’.

Opciones y headcanons aparte, Murasaki Shikibu y Sei Shonagon llevan más de mil años siendo polvo. Pero ni diez siglos, ni cien, harán perecer sus obras. Baste decir, como ejemplo de la pervivencia de la que éstas gozan en su país de origen, que La novela de Genji ha sido adaptada al anime en varias ocasiones (la última, Genji Monogatari Sennenki, data de 2009) y que ambas figuran en el reparto de Chōyaku Hyakunin isshu: Uta Koi  (2012), otra serie animada donde Shikibu aparece rubia, neurótica y (¡tachán!) lesbiana, mientras que Shonagon se corona como sublime zorrón pelirrojo de alma, en el fondo, tierna. Por desgracia, ambas no llegan a encontrarse, ni a detestarse, en esta ficción. Nosotros nos despedimos recomendando la lectura de La novela de Genji y de El libro de la almohada, tanto por su poder literario como por el viaje que conllevan a dos mentes fascinantes, únicas y destinadas a chocar entre sí como sendos trenes de mercancías envueltos en seda. Háganles a ambas un hueco en sus bibliotecas, pero lleven cuidado de no ponerlas en la misma estantería. Por si las moscas.

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