Simone de Beauvoir, el amor de una filósofa feminista

Tal día como hoy hace treinta años murió Simone de Beauvoir. Por eso reflexionamos no sobre su vida o su obra, sino una intersección entre ambas cosas: cómo su filosofía y su existencia acabaron siendo reflejos recíprocos.

Existe cierta mística asociada al acto de filosofar. Siempre tratando con temas abstractos, en apariencia alejados de la realidad inmediata, no resulta difícil concebir al filósofo como un sujeto extraño, encerrado en su casa o su torre de marfil, demostrando ser tan inútil en la vida cotidiana como brillante en la intimidad. Y no dejaría de ser una soberana estupidez. De todos los nombres de filósofos que han llegado hasta nuestros días, incluso aquellos que tienen fama de haber estado particularmente alejados de la esfera pública —sambenito odioso que tiene que cargar Kant, que si bien era obsesivo en sus horarios, también era un prodigioso analista sociopolítico—, es difícil encontrar uno sólo que se ajuste al prejuicio clásico de la profesión. ¿Por qué? Porque, aunque la filosofía pueda ser abstracta, siempre debe remitir hacia algo: lo que existe. Y para explicar lo que existe antes hay que conocerlo.

Simone de Beauvoir (1908-1986) es el ejemplo perfecto de ello. Su constante activismo social -que le llevó a ser fundadora de la Liga de los Derechos de la Mujer-, la claridad de su escritura -lejos del oscurantismo del cual adolecían otros filósofos cercanos como Jean-Paul Sartre o Maurice Merleau-Ponty-, además de su extensa vida social -a veces hasta llegar al borde de lo escandaloso para los cánones de la época- no sólo sirven para defenestrar esa imagen absurda que tiene el inconsciente colectivo de lo que implica ser filósofo, sino también para entender su pensamiento. Y el punto cero de su filosofía también es algo que experimentaría en sus propias carnes: la construcción de la identidad.

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Cuando menos, todo el mundo conoce el aforismo más famoso de Beauvoir: «no se nace mujer: llega una a serlo«. Salvo porque no es un aforismo. Si continuáramos leyendo El segundo sexo (1949) partiendo de esa frase, podríamos saber que «ningún destino biológico, físico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; la civilización en conjunto es quien elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica como femenino«. Para Beauvoir, mujer no es quien nace con ovarios -como bien se encargaba de recalcar su padre al repetirle de pequeña «¡esta niña piensa como un hombre!»-, sino quien es visibilizada como tal. Lo cual no significa sino que, en un rango biológico, son consideradas incapaces: la mujer que no tiene familia es inútil, un trapo, algo que no sirve para nada. Y por extensión, la mujer que no desea casarse tiene dos problemas asociados: ser considerada por la sociedad como menos que mujer (menos aún que lo que está por debajo del ser humano estándar, el hombre) y tener que preocuparse por la posibilidad de no tener sustento económico en el futuro. Porque como es un ser incompleto, tampoco puede trabajar fuera de la casa.

Si a lo largo de la historia apenas si ha habido matrimonios por amor es porque las mujeres rara vez han tenido la posibilidad de elegir, de no temer ya no sólo al ostracismo social, sino la propia posibilidad de no morir de hambre. De ahí que Beauvoir crea que el primer paso de la liberación de la mujer es el trabajo. Aquellas mujeres que puedan valerse por sí misma, que puedan empoderarse ganando un sueldo, sin tener que temer la posibilidad de quedarse sin comida o techo, tendrán más facilidades para tratar con los hombres como iguales. ¿Significa eso que con la igualdad laboral se acaba el problema? Ni mucho menos. El origen de la desigualdad no es la creencia de que el hombre es superior, sino la de que la mujer es inferior; que entre el macho y el castrado, entre el ser completo e incompleto, existe algo intermedio, no del todo formado, que sería la mujer. Algo amorfo, útil, bonito, pero que en ningún caso es un ser completo autónomo como sí es el hombre. Algo que ella dinamitó de forma metódica con su opera magna.

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Todo este marasmo teórico podría hacer pensar a algunos que Beauvoir debió ser una persona horrible que estaba en contra del matrimonio, el amor o los hombres y que, por extensión, deseaba con todas sus fuerzas la castración masiva o la aniquilación total del género masculino. Mas al contrario, y aunque si creía que las relaciones entre personas del mismo sexo debían tener el mismo estatus social que las que ocurrían entre personas de distinto sexo —lo cual incluía no hacer distinción de género alguna, no encasillarse en las preferencias sexuales como en un dogma—, era una firme defensora del amor, aunque no necesariamente del matrimonio.

Más prejuicios derrumbados

Pensemos en otro prejuicio clásico que tienen que soportar aquellas personas adscritas al pensamiento: el filósofo que nunca consigue formalizar ninguna relación. O que, en un ejemplo de egotismo, acaba muriendo virgen. Y si bien ahí está Kierkegaard para alimentar habladurías, Beauvoir está para desmentirlas.

Fotografía de Gisele Freund.

Aunque pasaron toda su vida juntos, Beauvoir nunca se casó con Sartre. No porque él no se lo pidiera, que lo hizo, o porque ella no creyera en el matrimonio, que no lo hacía, sino porque eso habría cambiado radicalmente la naturaleza de su relación. Porque no es casual que habláramos antes de que sus relaciones interpersonales resultaron escandalosas para la época. En su relación siempre fueron bienvenidas terceras personas, otros individuos con los que hacer amistad o tener relaciones sexuales, sin que por ello hubiera nunca problemas de entidad entre ambos. Igual que podían escribir, tomar café o charlar con otras personas, también podían follárselas. Y si esto es un ejemplo de cómo la vida va marcando el pensamiento de cada individuo, también estamos ante un caso particularmente potente de cómo el pensamiento puede marcar los modos de vida: siguiendo cierta terminología filosófica, Beauvoir consideraba su relación con Sartre necesaria mientras que todas sus demás relaciones eran contingentes. Mientras que él era el principal, la persona más importante de su vida después de sí misma, los demás eran importantes, pero accesorios.

De ahí su visión del amor. Atravesada de feminismo, con la igualdad en mente, pero en ningún momento negando la posibilidad de que puede existir ese alguien especial, la persona que jamás querrías fuera de tu vida no importa como cambien las circunstancias: «el día que una mujer pueda no amar con su debilidad sino con su fuerza, no escapar de sí misma sino encontrarse, no humillarse sino afirmarse, ese día el amor será para ella, como para el hombre, fuente de vida y no un peligro mortal«. Beauvoir amaba con su fuerza, se encontraba en él, se afirmaba a través de él, porque Sartre era necesario, pero eso no le impedía darse a cuantas contingencias deseaba de verdad. Porque eso tampoco negaba la idoneidad que percibía en él.

Esa es la Beauvoir que queremos recordar. No sólo la escritora, la activista o la feminista, sino también la persona, la filósofa cuyo pensamiento atravesó toda su vida como sólo puede hacerlo aquel que está iluminado por la propia experiencia. Porque si alguien durante el siglo XX supo ver más allá, liberarse y crear una hoja de ruta para hacerlo, esa fue Simone de Beauvoir.

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