El Síndrome Spears: cuando la reinvención es solo fachada

Glory, el último trabajo de Britney Spears, es una alegoría sobre el tiempo que no pasa. Otro disco incorruptible en el camino de una industria que hace tiempo que está a otra cosa, pero que siempre encuentra en la artista estadounidense algo que la lleva a mirar atrás. Es el síndrome Spears.

Este está siendo un año de regresos en el panorama musical. Radiohead, Green Day, PJ Harvey, Nick Cave. Hasta Bon Iver está de vuelta después de cinco años en barbecho creativo. Los mismos que ha tardado DJ Shadow en lanzar un disco que no termina de recuperar (o rehacer) su sonido y suena a sesión de electrónica del montón, a pesar de su estupenda colaboración con Run The Jewels. Otros, como Gorillaz, anuncian que vuelven pero no hasta 2017.

De La Soul anunciaron su reaparición el año pasado a través de un Kickstarter. And the Anonymous Nobody se convertía así en el álbum independiente con el que trío neoyorquino volvía a la escena. Un disco pausado, muy medido, que abre con la espectacular voz de Jill Scott hablando sobre el éxito y el cariño que le damos a las cosas. «When do you think it’s time to love something the most, child? / When it’s successful? / It’s when its reached it’s lowest and you don’t believe in it anymore / And the world done kicked it and its tail enough that its lost itself! / Yes, that’s when. When nobody cares«. Y cierra con Exodus, hasta las trancas de nostalgia: «Saviors, heroes? Nah. Just common contributors hopin’ that what we created inspires you to selflessly challenge and contribute«.

sindromebritney2

Portada de ‘And the Anonymous Nobody’

La sensacional analogía pasional que hace De La Soul a través de este trabajo contrasta con la polémica que ha envuelto a otro de los regresos más sonados de 2016, el de Frank Ocean. Un poco de contexto: Ocean tiene un contrato con Universal Music Group. El pasado 19 de agosto lanza Endless, un álbum en vídeo de cuarenta y cinco minutos. Al día siguiente, el experimento visual se queda en poco más que eso: un experimento. El artista publica en su propio sello, de manera independiente, Blonde, su verdadera vuelta al formato de larga duración. Lo lanza, al igual que Endless, bajo exclusividad de Apple Music, el servicio de streaming de Apple. Pasan los días y salta la polémica: a Lucian Grainge, CEO de la división musical de Universal, no le hace demasiada gracia el movimiento de Ocean y anuncia que su grupo prohíbe, en adelante, las exclusividades de sus artistas con plataformas musicales.

Blonde de Ocean es fantástico, reflexivo, sin grandes hits en favor de un mayor abanico de géneros e inspiración musical. No obstante, que su salida llegue envuelta en este tipo de polémicas es desalentador. Aún habiendo terminado por salir del gueto musical de Apple Music -ya está disponible en Spotify-, cabe preguntarse hacia quién van dirigidos estos movimientos promocionales, que no hacen sino poner a sus seguidores en una situación de hostigamiento de la que solo puede salir más piratería. Que en plena era de los servicios digitales de streaming, de la extensibilidad de la música y del acercamiento entre público y artista, las exclusividades segreguen la industria en productos marginales solo disponibles para quienes pagan una cuota mensual a una plataforma determinada, es una gilipollez y un retroceso. Y en eso, Apple Music y Tidal se llevan la palma. Dos plataformas que, frente al aperturismo musical de Spotify, han apostado desde su inicio por la exclusividad digital de la mano, claro, de artistas que la sustentan.

sindromebritney3

Más allá de eso, hablar este año de independientes es hablar de algo cada vez más significativo en la industria: el monopolio de las discográficas se ha terminado. Siguen ahí, en su burbuja, cada vez más pequeña y concentrada: de las cinco grandes discográficas que había a principios de siglo –Warner, EMI, Universal, BMG y Sony, hoy solo quedan tres: Warner, Universal y Sony-. Pero los artistas ya no dependen de ellas para publicar su música y conquistar a su público. Ocean lo ha hecho palpable con Blonde, y antes que él, Chance The Rapper, que con Coloring Book (2016) no solo nos dejó con uno de los discos de año, sino con una verdadera declaración de intenciones en lo referente a la independencia musical.

Aunque si hay alguien de quien cuyo regreso merece la pena hablar y analizar entre todo este vaivén de la industria, ese es el de Britney Spears, la artista eterna. Con Glory, su último disco, se reafirma en el apelativo. La cantante firma un disco en el que vuelve a poner encima de la mesa su habitual repertorio de letras plagadas de sexualidad inocente. En Do You Want To Come Over, Britney canta «Do you wanna come over? / I could get into that kissin’ and touchin’» y sigue con «Or we could be good and do next to nothin'». Madurez britneyana. Desde que en su primer disco cantara Baby One More Time recitando «I shouldn’t have let you go / And now you’re out of sight«, han tenido que pasar diecisiete años para que Britney decida lanzarse a la piscina e invitar a un tío a su casa y, aún así, no se excede en una sola palabra.

sindromebritney4

En Glory, Britney vuelve a mirar hacia donde sopla el viento. Si en su anterior álbum, Britney Jean (2013), la verborrea musical venía de la mano de sonidos propios de una resaca a caballo entre Swedish House Mafia y LMFAO, en este la jugada es la misma. Glory abraza la electrónica contemporánea que ha devuelto a Justin Bieber a la escena con Purpose (2015), un disco que no dice absolutamente nada pero que suena increíblemente bien. Ahora Britney repite el patrón. Las voces agudas distorsionadas de fondo, los ritmos trap, los graves por doquier y el inestimable R&B electrónico de sintetizador.

Pero realmente no hay nada nuevo en Glory. Más allá de la incursión en la musical actual, y de la evolución más o menos madura y adulta del contenido de sus letras, lo cierto es que si repartiéramos las canciones del disco entre otros trabajos de Britney Spears, nadie se daría cuenta. Glory podría haber salido a principios de los 2000. Podría haber salido en 2005, en 2009 o en 2012. Podría haber salido dentro de cinco, de diez o de quince años. Da igual, porque el inmovilismo musical de Britney Spears es antológico. Y no tiene que ver con su calidad como artista; tiene que ver con que Spears es Spears, y que por más años que pasen su música seguirá siendo su música, sin importar el esfuerzo de adaptabilidad que haga con respecto a su entorno.

Y eso es maravilloso. Porque mientras se habla de sellos, de artistas y exclusividades, del último vídeo o bocachanclada de Kanye West, de plataformas digitales de música, de qué artistas resurgen y de quiénes desaparecen del panorama, Britney Spears siempre permanece. Inamovible. Esperando la próxima oportunidad para brillar con su códice musical. Demostrando algo aplicable tanto a la industria musical como a cualquier aspecto de nuestra vida: que aunque persigamos la versatilidad y la fugacidad de las cosas y busquemos constantemente la novedad en lo que nos rodea, hay cosas que nunca cambian.

¿Te ha gustado este artículo? Puedes colaborar con Canino en nuestro Patreon. Ayúdanos a seguir creciendo.

Publicidad

1 comentarios

  1. Pingback: El Síndrome Spears: cuando la reinvención es solo fachada

Los comentarios están cerrados.