[Sitges 2017] 5 de octubre: ‘The Shape of Water’, ‘The Battleship Island’, ‘Science Fiction Volume One: The Osiris Child’ y ‘Jackals’

La nueva película de Guillermo del Toro ha inaugurado el Festival de Cine Fantástico de Sitges, que este año alcanza su cincuenta aniversario. Una superproducción coreana ambientada, una simpática serie B australiana o una rutinaria home invasion con sectas han completado esta primera jornada.

Una de las razones principales, si no la que más, que llevaron al nacimiento del Festival de Sitges, en 1968, no podía estar más alejada de lo cinematográfico. Se trataba, básicamente, de un reclamo turístico para alargar la temporada de verano. La elección del terror y lo fantástico como especialidad temática también tuvo una singular explicación: tenía el atractivo del erotismo fugaz prohibido pero, sobre todo, se consideró que estaba en las antípodas de cualquier contenido ideológico.




Más allá de lo erróneo del argumento, la cuestión era alejarse todo lo posible de lo sucedido en las Jornadas de las Escuelas de Cine, celebradas en Sitges justo un año antes, donde la lectura de un manifiesto contra la dictadura alborotó la clausura y desencadenó la persecución policial de sus responsables. Resulta curioso recordar ahora aquellos hechos dado el contexto político que envuelve la nueva edición de zeitgeist posapocalíptico.

The Shape of Water (Guillermo del Toro)

Los cincuenta años del certamen dan para mucho, de lo bueno y de lo malo, pero casi desde el inicio uno de sus mayores logros ha sido descubrir jóvenes realizadores que pronto se convertirían en grandes figuras del género. Nombres como David Cronenberg, Sam Raimi, Park Chan-wook o Quentin Tarantino son algunos de ellos, como también lo es Guillermo del Toro. La opera prima del director mexicano, Cronos, obtuvo en 1993 dos galardones (Mejor Actor y Mejor Guión) que impulsaron una carrera brillante, estableciendo un lazo entre Sitges y el cineasta que roza lo íntimo. Por eso, cuando se supo que su nueva película sería la cinta inaugural, casi nadie recordó que la pasada edición se despidió con el anuncio tácito de que ese lugar lo ocuparía la secuela de Blade Runner que se estrena estos días.

The Shape of Water llega avalada con el León de Oro del Festival de Venecia, y desde luego ni es posible poner reparos a ello porque es estupenda, ni resulta extraño porque incluye un cálido y sincero homenaje al cine, especialmente el musical. Guillermo del Toro recupera un monstruo del cine de terror clásico, la criatura homínida submarina creada por Jack Arnold en la maravillosa La mujer y el monstruo (que es como aquí titulamos Creature from the Black Lagoon en su momento) llevándola a su personal imaginario pero sin alterar el corpus del personaje. Hay fidelidad al elemento sexual implícito en la película original (y en derivaciones posteriores como la estupenda Humanoides del abismo) y también al regresar al marco temporal de aquella, 1954. Tanto la Guerra Fría como la demolición de la familia feliz dibujada por Norman Rockwell o la segregación racial son elementos que impulsan una fantasía romántica iluminada que sabe ser entretenida, chisposa en el humor (en ocasiones bastante negro), arriesgada en determinados momentos (aunque nos lleva de la mano) y que finta de maravilla el peligro de convertirse en una Amelie con monstruo. Para acabar: Sally Hawkins lo borda y es un acierto acudir a la belleza cromática submarina de Inferno de Dario Argento.

The Battleship Island (Ryoo Seung-wan)

Otro de los vínculos que Sitges ha establecido a lo largo de los años es con el cine de Corea del Sur. Seguro que retomaremos la cuestión en próximas crónicas pues, como es tradicional, son varios los títulos programados. Hoy se ha podido ver el primero, que allí, en el extremo oriente, ha reventado taquillas. The Battleship Island es una superproducción apabullante y espectacular al más puro korean style, es decir, primorosa y alambicada en lo visual pero también muy atenta al gusto de su público para garantizar el bombazo comercial. La película se suma a la corriente de filmes que rememoran las décadas de ocupación japonesa (1910-1945) y sus horrores, un trauma nacional que hoy sirve para fortalecer el sentimiento patriótico de épica heroica colectiva y, además, de revancha hacia el Imperio del Sol Naciente. En esta ocasión se recrea un episodio sucedido durante la 2ª Guerra Mundial, cuando cientos de coreanos fueron enviados a trabajar como esclavos en una mina submarina sobre la que se erigía una isla artificial.

La película se proyecta en Sitges con un montaje del director, Ryoo Seung-wan (su estupenda Veteran pudo verse hace un par de años), que añade veinte minutos a lo estrenado en salas. Tan espectacular como entretenida, pese a sus más de dos horas y media, no busquen en ella el alma retorcida que habita en los títulos de culto del cine coreano. Esto es mainstream puro y duro en su fórmula local, hábil en el tejido de subtramas, en la combinación dosificada de humor, drama y violencia y en atizar el espíritu trágico que tanto se disfruta por esos lares. Que salga la niña de Train to Busan ya es una pista de por dónde va el asunto.

Science Fiction Volume One: The Osiris Child (Shane Abbess)

Sitges acoge siempre con cariño las películas de serie B, en especial cuando se proyectan en El Retiro. También las beneficia un efecto que va a más según avanza el certamen: la saturación fílmica aflora y las hace refrescantes, a menudo más de lo que realmente son. En este caso, con ese extraño título que parece anunciar una saga (una vez vista no parece que lo sea) seguido de una referencia a personaje infantil protagonista (que lo hay) hacían sospechar que se trataba de una aventura espacial para todos los públicos y eso algo de pereza da. Luego, como no resulta serlo y, encima, es entretenida, luce espíritu dicharachero y evoca ascendentes relevantes, pues mira, al final se aplaude su modestia y se perdonan sus defectos.

La cosa de los ascendentes es importante, crucial incluso. Esta es una película australiana que reivindica la época gloriosa del cine australiano bautizada como Ozplotation, un alocado guateque del bajo presupuesto con Mad Max de abanderado. Hace tiempo que asimilamos el paisaje australiano como escenario posapocalíptico, esta película lo sabe y solo necesita una furgoneta tuneada  porque el resto va a nuestra cuenta. Sumen una batallita de naves espaciales, presidiarios dándose de hostias, multinacionales malvadas, la épica del grupo suicida y cuatro monstruos que a ratos parecen muñecotes. Aunque apurando, ofrece lo suficiente para ganarse nuestra simpatía con sus cuatro perras bien utilizadas y su triquiñuela de desordenar en capítulos tarantinianos lo lineal del argumento. Llegados a ese punto, que el desenlace sea un poco psé es lo de menos. Australia es amor aunque haya canguros en vez de de gatitos.

Jackals (Kevin Greutert)

El prólogo es eso que va delante. En cine, una escena. A veces tiene mucha relación con lo que pasa después y a veces tiene poca. La gracia está más en lo primero que en lo segundo aunque eso es lo de menos si el prólogo tiene gracia. Aquí el prólogo es cámara subjetiva de psicópata con máscara. No es lo que se dice un prólogo original de la hostia, pero aceptamos pulpo porque un rótulo dice que es 1983 y es bien sabido que en 1983 todos los psicópatas son una cámara subjetiva con máscara. Eso tiene gracia, o como mínimo más gracia que el “Basado en hechos reales” que sale luego. Con frecuencia el dato nos informa también de que no esperemos gran cosa. Durante un rato, breve, pon cinco minutos, pues igual y con un poco de suerte se nos desmonta el prejuicio. Cinco minutos con incógnita, la de no saber exactamente lo que pasa, y apunte juguetón, que se quedará en eso. Luego, cuando ya sabes lo que pasa, sabes que lo que pasa es lo de siempre. Lo de siempre, en este caso, es una home invasion con secta. Como los miembros de la secta llevan máscara, incluso una de gatita, pues igual, con un poco de suerte, es lo de siempre pero con gracia. No sería la primera vez. A los aficionados al género nadie nos gana en esperanza, paciencia e ilusión.

La película la firma Kevin Greutert, que montó las cinco primeras entregas de Saw y dirigió las dos siguientes. No es un dato para apostarlo todo a rojo impar pero tiene su gracia; además salen Deborah Kara Unger y Stephen Dorff que, bueno, no atraviesan el mejor momento de su carrera pero nunca se sabe. Que no se diga que no le ponemos ganas al asunto, que ya son ganas porque, situémonos de una vez, por un lado tenemos a los asediados, unos gilipollas insufribles que a ver si los matan ya los del otro lado. Tampoco hay suerte por ese lado, mecachis, que mucha secta y mucha máscara pero menudos pasmarotes, ahí fuera parados todo el rato. En fin, que la película pasa en 1983 pero podría ser 1997 o 2004 si no fuera por el único detalle de ambientación temporal: en 1983 no había teléfonos móviles. De hecho, si pasa en 1983 es probablemente para quitarse de encima el marrón de los teléfonos móviles. Por suerte, qué duda cabe, en 1983 pasaron cosas, incluso algunas fueron hechos reales. Con un poco de suerte, hubo hasta sectas y todo.

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