[Sitges 2018] 4 a 7 de octubre: Brujas, drogas y hostias indonesias

Danzas de brujas y de jóvenes drogados, sectas paganas de ayer y hoy, cenobitas en moto y nostalgia en bicicleta, ultraviolencia indonesia y Nicolas Cage dándolo todo en calzoncillos componen parte del menú ofrecido en el primer tramo del Festival de Cine Fantástico de Sitges.

El Festival de Cine Fantástico de Sitges ha empezado con una invitación al baile en toda regla con el rave tóxico y juvenil de Climax, la nueva película de Gaspar Noé, y con la danza de las brujas del esperado remake de Suspiria. Una de las protagonistas de la segunda, Tilda Swinton, convocó a la fantasía en su emotivo parlamento durante la gala inaugural —su padre había fallecido por la mañana—. Empezar bailando al grito de “todo por la fantasía” tiene algo de revancha contra la bajona que imperó el año pasado, una edición llamada a festejar el cincuenta aniversario del Festival que quedó deslucida porque fue la realidad, y no la ficción, la que anunciaba un apocalipsis inminente. Esa sensación de que la fiesta es este año, y no el pasado, es aún mayor gracias a la presencia de dos insignes invitados: Nicolas Cage y John Carpenter.




Las cuatro jornadas jornadas transcurridas hasta ahora parecen seguir una dinámica ya habitual en la programación: empezar fuerte concentrando en el primer fin de semana un potente surtido de películas. En Sitges es imposible verlo todo, tanto que de hecho ya resulta una proeza sobrepasar el 20% de los títulos seleccionados, y nos acompaña la fortuna porque de momento aún no nos hemos topado con nada insufrible; eso sí, de momento la tónica general es el de las películas que no acaban de cuajar.

Suspiria (Luca Guadagnino)

Sitges ha reservado un plato fuerte para inaugurar la edición de este año: nada menos que el remake de Suspiria, el mítico título dirigido en 1977 por Dario Argento. Vaya por delante que en esta casa amamos con locura la película original y, también, que no nos ponemos remilgados en el asunto de los remakes, aún más cuando se atreven a revisar obras maestras, de culto o a priori irrepetibles.

Tal y como sucedió en Venecia, la película de Luca Guadagnino -su primera aproxima aproximación al género fantástico- ha sido recibida con los dos puños de Robert Mitchum, es decir, con amor y odio repartidos. En nuestro caso optamos por la hoy tan denigrada equidistancia, es decir, que le damos un sí pero no y un no pero sí. Le damos un sí grandote a algunas escenas poderosas, al buen uso del baile como parte del rito esotérico, a un clan de brujas que logra momentos turbadores y al cameo de Jessica Harper. Lo que no tenemos tan claro es lo de Tilda Swinton camuflada -para uno de los dos personajes que interpreta- bajo capas de maquillaje para encarnar un anciano psiquiatra, aunque sabemos que le gusta hacer estas cosas.

También debe valorarse que se trata de un remake que pone distancia con algunos elementos esenciales de la película original, si bien luego resulta que es por ahí por donde se abren vías de agua. No es tanto que se saque de encima buena parte del armazón esotérico de la primera (hermético y poderoso) o sustituya los colores chillones de Argento por los grises tristones de Rainer Werner Fassbinder, sino por introducir dos subtramas realistas que al final solo sirven para deslucir el asunto. Lo de la banda terrorista Bader Meinhof dando contexto social a 1977 —el año de la original — aún tiene un pase, aunque la verdad es que no saca chicha alguna a ese detalle y solo sirve para alargar metraje —¡una hora más que la de Argento!—. Otra cosa es lo del amor viejuno y los campos de exterminio porque Suspiria no se merece esa bajona —a Madame Blavatsky le daría un patatús—. Después está lo de Thom Yorke (ai madre, el de Radiohead) poniendo música, que resulta curioso para mal: a ratos su banda sonora que pasa inadvertida, lo cual es bueno, pero luego —me cago en Satanás— se pone a cantar en pleno aquelarre y despeña el remake en el peor momento. Aún así, la peli, más o menos, nos ha gustado.   

Climax (Gaspar Noé)

Reconozco que no suelo conectar con las películas de Gaspar Noé, de ahí mi sorpresa por lo bien que me ha entrado esta. Seguramente se deba al carácter absolutamente lúdico del asunto, sin que eso suponga que el director franco-argentino aparque su habitual intención provocadora. El elemento musical ayuda, pues los dos números musicales funcionan la mar de bien —llevo cuatro días bailando el Supernature de Cerrone— en una propuesta la mar de simple: en un guateque de juventud bailonga —sector cani gabacho contemporáneo— alguien mete droga en el colacao —bueno, en la sangría— y se lía parda. Como empieza muy bien y tiene cosas simpáticas —abrir con los créditos finales, choteo patriótico, atroces conversaciones machoalfas, memes suicidas—, cuando llega el trip chungo y su —anunciado— desbarre, este se contempla con buen ánimo. Bueno, en mi caso ha sido así pero también hay quienes han huido de la proyección o han salido refunfuñando y tirándose de los pelos ante lo presenciado. Vamos, lo de siempre tratándose de Gaspar Noé, un director que seguro se sentirá decepcionado el día que no provoque ese efecto en una parte de los espectadores —aunque en esta ocasión se le vislumbra un cierto candor de cincuentón obnubilado ante el exceso juvenil—.

Por cierto, programar Climax tras Suspiria resultaba inevitable y de pura lógica pues ambas conforman una dupla la mar de natural, y no solo por el asunto de la danza endemoniada. Al principio de la película de Gaspar Noé vemos el casting de la muchachada que la protagoniza a través de un televisor en plano fijo enmarcado por una columna de cintas de VHS. Los títulos que la conforman son una obvia (y ambiciosa) declaración de intenciones: Un perro andaluz, Saló o los 120 días de Sodoma, Cabeza borradora, Zombi, La posesión, Querelle y, por supuesto, la Suspiria de Argento.

Operation Red Sea (Dante Lam)

El 1 de julio de 1997 Hong Kong dejó de ser territorio británico y se convirtió en Región Administrativa Especial de la República Popular China. Los aficionados al cine asiático recibimos el relevo de soberanía con recelo y pesimismo. Se temían los efectos en una industria, gestada alrededor del éxito de las películas de artes marciales durante los años setenta, que entonces no pasaba por su mejor momento y que ahora tendría que afrontar la censura de Pekín. Lo que nadie aventuró es que el régimen chino acabaría asimilando un cine que antes denostaba para convertirlo en un impresionante vehículo de propaganda nacionalista tan inquietante como gozoso.

Este fenómeno alcanza cotas inenarrables con esta película de Dante Lam protagonizada por un comando de marines chinos con la misión de rescatar a una serie de compatriotas aislados en un país árabe en plena guerra civil. Como espectáculo de acción bélica la cosa es impresionante, dos horas que son un no parar; como vehículo de propaganda militarista viene a ser lo mismo que llevamos décadas tragando procedente de EEUU. La gracia es que aquí el blockbuster se adereza con condimentos orientales: montaje trepidante, heroísmo colectivo, regodeo trágico, gore a espuertas. Lo inquietante es que parece sugerir que el ejército chino tiene ganas de salvar el mundo; eso da miedo porque son un porrón y, a tenor de lo visto en esta peli, solo una docena marines chinos son capaces de liquidar al ISIS enterito —literal—. No sé a qué esperan, la verdad.    

Ghost Stories (Andy Nyman y Jeremy Dyson)

Historia de fantasmas ambientada a finales de los años setenta, si bien eso la emparenta con el marco sobrenatural vintage inaugurado con Expediente Warren, lo cierto es la comparación resulta algo engañosa porque los derroteros son otros, lo cual se agradece. Adaptación de una exitosa obra de teatro escrita por los mismos que aquí dirigen, el argumento se construye alrededor de un televisivo especialista en desbaratar patrañas sobrenaturales cuyo escepticismo se verá desafiado con tres casos no resueltos.

Esa estructura la acerca a las películas de episodios —tan británicas ellas—, si bien la importancia corresponde al fixed-up, es decir, la historia central que las engarza. Así que más bien se puede hablar de híbrido raruno, algo que junto a su origen teatral explica que el resultado sea irregular, pero también digno gracias a esa factura británica siempre tan solvente. La peli juega a los trucos de magia en su tramo final y resulta curioso descubrir que Andy Nyman, actor protagonista además de codirector, encarna a un personaje muy ligado a su vida profesional: durante años se dedicó al ilusionismo y más tarde a desvelar los secretos del oficio en un programa de televisión.      

Apostle (Gareth Evans)

Debutar con una catedral del mamporro como The Raid y su secuela pone el listón muy alto. También que para no quedar atado al género, Gareth Evans presente una película sobre sectas habiéndose marcado antes un locurón alrededor de ese mismo tema en uno de los episodios que componen V/H/S 2. Con esas credenciales había ganas, demasiadas, y de ahí algunas caras de decepción ante una película bien nutrida de ideas pero, todo hay que decirlo, que no logra cohesionar su doble trama paralela en un mismo contexto: una isla con cultos paganos a principios del siglo XX. Por un lado tenemos la trama realista, en la que el protagonista se infiltra para rescatar a su hermana secuestrada, y por otro lado la sobrenatural alrededor de la diosa a la que se rinde culto. El tránsito entre uno y otro funciona a saltos —encima apelotona aún más subtramas—  y es una pena. De todas formas, ideas como la explotación industrial de lo sobrenatural o el catálogo de instrumentos de tortura son más que suficientes para darle un aprobado alto pese al endeble pegamento con que une el thriller rural en una comunidad aislada con los ritos paganos de corte fantástico.

Elizabeth Harvest (Sebastian Gutierrez)

Estimable pese a sus altibajos” podría ser una buena descripción de esta película. Dentro de un relato de sci-fi gélida, alrededor de la identidad y la sumisión femenina —quizá no del todo redondo en ese aspecto—, la propuesta hibrida un porrón de elementos que nos gustan. De entrada, tenemos un cruce entre mad doctor y Barbazul; también una atmósfera gótica con claros ecos a Rebeca —ama de llaves— o Jane Eyre —habitación prohibida— pero sustituyendo el caserón tenebroso victoriano por una mansión moderna y lujosa con decoración pop. Ese look sixties vintage pega bien cuando la peli juega a la perversidad erótica —sin pasarse—, rinde tributo a Brian de Palma —pantalla partida incluida— o al giallo italiano. Este tipo de cosas son muy de agradecer y nos ganan el corazón, como también que siendo una producción estadounidense con director colombiano parezca británica, en buena parte gracias a sus actores. Que la narración no sea lineal es otro punto a favor en estos tiempos, aunque luego caiga en la contradicción de sobrexplicar y, aun así, dejar con la sensación de un cierto embrollo argumental. Pero bueno, lo dejamos pasar porque el mix entre Rebeca y Femina Ridens, con mad doctor y joven peleona, queda bonito y se apunta a los colorines de neón.

Asher (Michael Caton-Jones)

Ron Perlman es uno de esos actores a los que se quiere y aprecia por su presencia en tantas y tantas películas que queremos y apreciamos. Lo que se dice amor sanote por alguien cuya mandíbula de australopithecus le sirvió para debutar en el cine pero que no tardó en demostrar con creces su solvencia actoral. La película que le ha traído a Sitges, donde ha certificado ser un tipo la mar de majo, es un thriller clasicote y humilde sobre un asesino a sueldo con ganas de jubilarse que inicia una relación sentimental precisamente cuando una banda rival está liquidando a sus compañeros de profesión. La película es de esas sencillitas y de toda la vida pero que combina muy bien los tiros, detalles de humor negro o de enredo y el romance tierno. La cinta remarca su carácter viejuno —pero bien llevado— con la presencia de Richard Dreyfuss y una anciana y estupenda Jacqueline Bisset, y tiene esa cosa tan simpática de convertir a un asesino despiadado en un personaje entrañable.

The Night Comes for Us (Timo Tjahjanto)

Una de las tradiciones de Sitges es incluir en su programación la película de hostias asiáticas del año. En ocasiones la candidata está clara, en otras hay que descubrirla, y no siempre se cumplen las expectativas porque en 2003 y 2011, respectivamente, Ong Bak y The Raid dejaron muy alto el nivel. A partir de ahora la dupla se convierte en tripleta (a priori imbatible) con la tremenda The Night Comes For Us del indonesio Timo Tjahjanto —que ya anunció su candidatura a esteta del mamporro con Headshot—. Con un argumento que remite —reducido a la mínima expresión— al heroic bloodshed made in Hong Kong, aquí con el típico asesino reconvertido a protector de niña inocente, la cosa deriva en un descomunal festín de ultraviolencia, de aquellos que engorilan al espectador ante un crescendo de acción física que no conoce límite. Héroes que lo aguantan todo, decenas de sicarios con machete, villanas carismáticas salidas de un manga, crujir de huesos con sonido estereofónico, coreografías sublimes, triadas chungas, stunts volando por los aires, gore demente, sangre a chorros, cutters que lo rajan todo y un fémur de vaca como arma mortal. Resumiendo: salvaje y brutal ópera de las hostias como panes a cargo de Iko Uwais, Julie Estelle y Joe Taslim. Mandanga de la buena.     

Mandy (Panos Cosmatos)

Bizarra e hipnótica comunión del preciosismo visual con el cine de terror de serie B ochentero. Nicolas Cage aullando en calzoncillos con un tigre estampado en la camiseta. Cenobitas sobre ruedas. Bosilibro de espada y brujería new age. Compota de LSD con sierras mecánicas. Heavy Metal sublimado por partida doble: de la mítica revista de cómics y de portada de disco de greñudos satánicos. La Familia Manson en el manantial de la doncella. Nicolas Cage forjando una espada cimeria. King Crimson, Ralph Bakshi, Michael Moorcock y Nicolas Winding Refn. Ante esta amalgama que aúna lo pretencioso y lo zetoso —con pantagruélica alevosía— lo más normal sería provocar la muerte por asfixia del espectador con un peñazo inaguantable. Sería lo lógico, pero Panos Cosmatos convoca a lo irracional con tanta fuerza que, agárrense, Mandy es una de las grandes películas de Sitges 2018 y una de las mejores del año.

Aterrados (Demián Rugna)

Notable aportación argentina al auge del terror paranormal en casas encantadas. El riesgo de empacho por más de lo mismo empieza a ser un muro difícil de franquear y por eso el mérito es mayor pues sucede aquello que tanto nos gusta a los aficionados: suplir los dólares de Hollywood con imaginación y recursos bien exprimidos. Tres investigadores de lo extraño se reúnen en un barrio residencial asediado por fuerzas oscuras y la cosa deviene en una pesadilla de realidades alteradas, portales al Más Allá  y criaturas sedientas de sangre. Directa al grano desde el principio, busca sin milongas un clima de terror opresivo y consigue mantener esa energía abrazando el horror sobrenatural inexplicable y repartiendo más miedo que sustos, lo cual es encomiable. Conocemos el camino, pero nos gusta recorrerlo por los márgenes más inhóspitos porque dan mal rollo y pesadilla.

Summer of ’84 (François Simard y Anouk Whissell)

En 2015, François Simard y Anouk Whissell se ganaron nuestro corazoncito con Turbo Kid, un entrañable tebeo postapocalíptico que rendía tributo a los subproductos del videoclub ochentero. Si se libraba de la condición del mero ejercicio nostálgico era gracias a poner amor del bueno en el asunto —y una banda sonora cojonuda—. Ese equilibrismo no es sencillo y, aún así, la pareja de realizadores se la juega de nuevo en su regreso. Aquí el riesgo es mayor porque deja a un lado el retrofuturismo de charol y el molde tiene un empaque tan convencional como peliagudo: chavales en bicicleta recorriendo el barrio residencial persiguiendo a un asesino en serie.

En definitiva: Los Tres Investigadores contra el Carnicero de Milwakee. El subgénero se afronta sin coartadas ni pretextos, enseñando las cartas desde el primer minuto, pero exhibe virtudes que de tan evidentes resultan sutiles. Por ejemplo, logra esa sensación de inquietud por lo que pueda pasarle a los chavales protagonistas. A primera vista parece un más de lo mismo que se salva por los pelos de ser más de lo mismo, pero en realidad la pirueta simpática ajustada al canon luego va y lo retuerce ofreciendo un desenlace perturbador y subversivo: la maldad del ser humano no deja espacio a la nostalgia. Poca broma, ese y no otro es el meollo del asunto.

Ghostland (Pascal Laugier)

Hace ya más de una década, o así, nuestros vecinos francófonos alumbraron una generación de cineastas gozosamente perversos. Nada es eterno —aunque confiamos en la polinización cíclica, te alabamos ficción— y el fenómeno se ha ido diluyendo por falta de relevo cuando sus protagonistas se han ido a hacer las Américas, que decían antes, y en ese terreno unos se adaptan mejor y otros peor —darwinismo cinéfago lo llaman—.  Una de las películas emblemáticas de aquel movimiento fue Martyrs —probablemente la más comentada pero no por ello la mejor— y su director, Pascal Laugier, también cruzó el Atlántico en busca de fortuna. No es un periplo fácil porque en Hollywood no saben de marqueses ni de sades pero aún así con El hombre de las sombras consiguió camuflar un incómodo dilema moral en un cuento creepypasta. También es cierto que lo habíamos olvidado hasta esta nueva película, que llega seis años más tarde y, solo hay que verla, más del montón contemporáneo —porque películas de miedo se siguen haciendo a porrones, pero la mayoría dan pereza de ver—.  

Bueno, ejem, vayamos al tema. La película es poca cosa. Tiene su aquel cuando remite a La matanza de Texas y también por la colección de muñecas vintage que dan mal rollo, aunque estas, la verdad, están por aquello de hacer bonito más que otra cosa —y sí, más vistas que Annabelle, pero los franceses esto del rococó siniestro les viene de fábrica—. Lo jodido es que luego la peli da un giro que la salva del terror del montón contemporáneo pero lo hace sin autoestima y la cosa se aturulla. Esto es lo jodido, pero lo chungo es otra cosa: la película se harta de hacer referencias a H.P. Lovecraft —que sale y todo— pero es un Lovecraft citado de oídas porque, que sepamos, el de Providence no hacía cuentos de psicópatas y niñas secuestradas en cabañas.

¿Te ha gustado este artículo? Puedes colaborar con Canino en nuestro Patreon. Ayúdanos a seguir creciendo.

Artículos Promocionados

Loading...

Publicidad