[Sitges 2018] 8 a 12 de octubre: Mozas con metralletas, mamporros asiáticos y psicópatas de ayer y hoy.

La recta final del Festival de Cine Fantástico de Sitges confirma una de las mejores ediciones del certamen gracias a la alianza de invitados de postín y una programación generosa que invitaba a danzar y acabó premiando el baile endemoniado.

Pues va a ser que sí: Dance is the best revenge. Sitges 2018 invitaba a bailar desde el primer día y se despide premiando el desenfreno rave –hasta sus últimas consecuencias– de Climax de Gaspar Noé y la melodía hipnótica –y visualmente metalera– de Panos Cosmatos y su Mandy, ambas comentadas con júbilo en la crónica anterior. Nada que objetar, aún más si tenemos en cuenta que esta ha sido una de las mejores ediciones del Festival que se recuerdan por el nivel medio de las películas programadas, por la putada que supone elaborar un Top 5 cuando las candidatas a peliculón superan la media docena y por un desfile de invitados de postín que en su último tramo, han completado M. Night Shyamalan, Ed Harris o John Carpenter –con sintetizadores en la maleta–. Por tener, ha tenido hasta escándalo youtuber. Vamos, que Sitges 2018 lo ha petado a todos los niveles.




A continuación, retomamos el hilo donde lo dejamos para pasar revista a las películas vistas en este segundo tramo del certamen, donde ha habido un poco de todo: más sopapos asiáticos, agorafobia zombi, policías viejunos, psicópatas cuarentones y bikini girls with machine guns que levantan a un muerto.

La nuit a dévore le monde (Dominique Rocher)

En la crónica anterior decía que aún no me había topado con un título insufrible, pues bien, la próxima vez me callo porque ha sido escribirlo y patapum. Esto… bueno, insufrible insufrible,  lo que se dice insufrible, tampoco es, pero aburrida y escuálida un rato largo. El esquema ‘zombis fuera, superviviente dentro’ es la médula espinal sobre la que se construyó el muerto viviente contemporáneo en las dos obras fundacionales del subgénero: Soy leyenda y La noche de los muertos vivientes. A partir de ahí, y con el zombi convertido en el principal monstruo del siglo XXI –de momento–, no es sencillo revisar ese camino; se puede pero requiere mucho más de lo que ofrece este tostón.

Un pobre tipo –cae mal y nos importa un pimiento– va a una fiesta en la casa de su ex, se emborracha, se queda grogui en el lavabo y, cuando despierta, se encuentra con el marrón del apocalipsis zombi –bueno, infectados de esos– y patatín patatán. Robinson Crusoe rodeado de caníbales en una isla de cemento, en concreto un edificio de viviendas parisino. Dos horas parriba pabajo, que si un gato, que si un Viernes zombi al que coge simpatía. La metáfora: me quedo dentro y quietecito haciendo una prisión de la zona de confort. Vale, lo pillo, pero que salga de una vez que me muero del bostezo.

In un giorno la fine (Daniele Misischia)

Una de zombis italiana. Eps, hay cosas que siempre deben ir entre exclamaciones: ¡una de zombis italiana! –con lo que ha dado Italia al subgénero, no puede ser de otra manera–. Eso sí, vaya por delante que los viejos tiempos quedaron atrás, que no está la cosa para lenzis, fulcis y marguerittis. En esta, como mucho, queda el aire a la Bava –Lamberto, no Mario– de los infectados.  

Antes, justo arriba, comentando la francesa, decía que el esquema ‘zombis fuera, superviviente dentro’ es complicado –si bien te ahorra una pasta, que no está la cosa para grandes derroches–. Pues bien, ésta incide en lo mismo, solo que el superviviente en vez de estar encerrado en un edificio está atascado en un ascensor, con la puerta trabada a medio abrir pero sin espacio para salir, o para entrar. Llegados a este punto, enciendo mi pipa de señor perspicaz para señalar una curiosa paradoja narrativa que produce contrastar ambas películas: en la italiana, siendo el espacio físico notablemente reducido, el entretenimiento es mayor que en la francesa –y dicen fanculo en lugar de merde–. También tienen las dos un desgraciado por protagonista –solo que el francés lo es por desdichado y el italiano por cabrón hijo de puta– cuyo carácter mejora gracias al fin del mundo. Este elemento común viene bien para explicar una de las –muchas– tipologías con que se puede dividir el subgénero, en este caso entre las historias donde el apocalipsis zombi ‘saca lo peor de las personas’ y aquellas donde ‘saca lo mejor de las personas’. Como soy más bien del palo pesimista respecto al alma humana, creo que de darse el caso –hay ganas– lo primero sería lo normal. Así pues, las historias donde el apocalipsis zombi ‘saca lo mejor de las personas’ no son propiamente relatos de horror sino de fantasía –yo lo llamo ‘infectados de Coelho‘ para que den más miedo–. 

The Outlaws (Kang Yun-Sung)

Ningún Sitges sin peli coreana” es uno de mis lemas, aunque la sensación es que este año no hay ninguna delicatessen. De momento ha caído esta, que está muy entretenida –¡viva!– pero tampoco puede decirse que sea un películón –tranquis, no es grave–. Una dinámica que me parece interesante es ver como, de un tiempo a esta parte, algunas cinematografías asiáticas se han puesto juguetonas con los subtextos políticos. Así, mientras los chinos se dedican al blockbuster nacionalista –Operation Red Sea, comentada en la crónica anterior–, los coreanos no paran de lanzar puyitas a japoneses o, en este caso, a los chinos. The Outlaws vendría a ser una especie de Los intocables de Eliot Ness en la que una precaria brigada policial debe enfrentarse a las mafias chinas que controlan los bajos fondos de Seúl, y se inspira en hechos reales –intuyo que la fidelidad es muy relativa–. No hay pistolas ni artes marciales sino navajas, hachas, palos y sopapos, y tiene ese punto de costumbrismo coreano –funcionarios aburridos, corrupción, picaresca– que siempre encuentro cercano porque me recuerda al carácter mediterráneo. Esto, sumado a la inevitable ración de collejas coreanas, convierten al protagonista –Don Lee, aka Ma Dong-Seok, el fortachón de Train to Busan– en una especie de Bud Spencer coreano. Divertida lo es un rato, que conste.

What Keeps You Alive (Colin Minihan)

Que su director fuera el 50% de The Vicious Brothers y responsable de It Stains the Sands Red (aquí Rastro de sangre) animaba a verla. A media película me dio la risa aunque la película no es de risa sino de suspense. Básicamente, y sin destripe, un matrimonio de lesbianas se van de finde a una cabaña y acontece el habitual “corre que te matan” forestal. Me dio la risa porque el personaje malvado lo hace muy mal, no da para psicópata, y me revolví en la butaca, incómodo no por la tensión de la trama –que ni está ni se la espera– sino porque es de esas en que la gente toma decisiones estúpidas e inverosímiles, y tiene momentos tremebundos, de esos que dan cosa por vergüenza ajena, en concreto cuando los vecinos se ven implicados. Por cierto, que las protagonistas sean un matrimonio LGTB es siempre un avance positivo, pero aquí el valor añadido de sustituir el tópico matrimonio heterosexual se queda en la sustitución en sí y no va más allá. Da la sensación, al menos en mi caso, que al revisar el guión alguien dijo “oye, que esta peli se ha hecho  mil veces”; a lo que alguien exclamó “¡Tengo una idea! ¡Que no sea el matrimonio que hemos visto mil veces!”;  y con un “¡Cojonudo, cambia eso pero no toques nada más!” se zanjó el asunto.

Dragged Across Concrete (S. Craig Zahler)

Plato fuerte y muy esperado. Con solo dos películas –Bone Tomahawk y Brawl in Cell Block, descomunales ambas–, S. Craig Zahler se ha convertido en uno de mis directores actuales favoritos. Además, la expectativa ante su nuevo proyecto aumentaba gracias a la presencia de un actor que le va que ni pintado: Mel Gibson. El australiano y Vince Vaughn componen una pareja de policías violentos que, suspendidos de empleo y sueldo, utilizarán métodos turbios para llegar a fin de mes. Como es de suponer, acabarán metidos en una movida más jevi de lo esperado. Tras un western y una de género carcelario, ahora toca una buddy movie, si bien con matices. Uno: es bastante más coral de lo acostumbrado en las películas de ‘pareja de polis’, con un tercer protagonista inesperado –Tory Kittles– y un porrón de secundarios –Jennifer Carpenter, Don Johnson y Udo Kier repiten tras Brawl in Cell Block–. Dos: tras dos aproximaciones llamativas y peculiares al cine de géneros, aquí el asunto se muestra más convencional como thriller negro con referentes de fuste –Elmore Leonard, George V. Higgins, Edward Bunker–. Esto segundo no implica que S. Craig Zahler se aleje, ni mucho menos, de las constantes que caracterizan su estilo: cocción a fuego lento, estallidos de violencia salvaje –aquí menos zetosas y sin crescendo catárquico–, virilidad de tiempos remotos. Pese a todo, la peli mantiene la contundencia habitual y permite decir que su director lleva tres de tres y eso tiene mucho mérito. 

Buybust (Erik Matti)

Entre finales de los años sesenta y mediados de los ochenta, el cine de bajo presupuesto tuvo en Filipinas una importante factoría de salchichas grindhouse bajo la fórmula de actor guiri de cine barrio –Fred Williamson hizo mogollón–, coproducción con EEUU –Roger Corman fue el principal ideólogo– y un trío de directores currando a saco: Cirio Santiago, Eddie Romero y Gerardo de León. Esta fábrica con la vista puesta en el mercado exterior convivió con otra para consumo interior, exóticamente zetosa  –y delirante– con Ramón Revilla como protagonista recurrente. Dicen las malas lenguas que esta Edad de Oro contó con el apoyo incondicional de Imelda Marcos, la “Mariposa de Hierro”, que junto a su marido Ferdinand conformó un matrimonio de déspotas que se mantuvo en el poder durante más de dos décadas. Algo de cierto debe haber, pues fue derrocar la dictadura de los Marcos y acabarse la industria de las b-movies finas finas filipinas.

Si saco esto a colación es porque llama la atención que el cine filipino se descuelgue ahora con Buybust, una Drug War a hostias muy acorde con la actual política de tolerancia cero –a lo Juez Dredd– impuesta por el actual presidente Rodrigo Duterte –alias “El Castigador”, poca broma–. La peli va de un comando de policías que las pasará putas para salir de territorio enemigo, un barrio sin ley controlado por malhechores. Con ese esquema es normal que se hable del The Raid filipino, si bien esa comparación no le hace ningún favor. Aquí la cosa es bastante más rudimentaria en coreografías y montaje pero la intención es buena. Protagonizada por una mujer policía con recursos y un calvo zumosol que no se muere nunca, el principal problema es que le sobran minutos y uno se cansa del chorro incesante de sicarios con palos y machetes .

Assassination Nation (Sam Levinson)

Hay películas que plasman de maravilla el espíritu de su tiempo y lugar, como por ejemplo El club de la lucha o, también, Una vez al año ser hippy no hace daño –no es broma, Jordi Costa lo explica muy bien en Cómo acabar con la contracultura–. Para pulsar el zeitgeist actual –uso el palabro hegeliano siempre que me pongo serio–, el de ahora mismito –12 de octubre de 2018 a las 21:58 horas– nada mejor que Assassination Nation, una de las mejores y más aplaudidas/discutidas películas de Sitges 2018. Además, tiene la virtud de mostrar el espíritu de su tiempo con el lenguaje de su tiempo –LOL– con una explosiva mezcla que une Spring Breakers –chicas con bikini rosa y metralleta– y The Purge –la horda alt-right– ambientada en la Salem contemporánea –la ciudad de la caza de brujas, guiño codazo–.

Palomitera, gamberra, panfletaria, antitrumpista a saco, con uno de los mejores personajes trans que recuerdo, desvergonzada y radicalmente feminista pero al mismo tiempo paródica con el bando al que se alista, se trata de un artefacto lúdico y aún así repleto de sutiles dobleces, como por ejemplo incluir una mofa del movimiento #notallmen que a su vez funciona como señuelo para que los señores digan “¡eh! ¡not all men!” nada más acabar, siendo un producto diseñado para petarlo entre un target concreto –que lo está– y dirigido por un señor. Dicho de otra manera: se trata de una película que, la coja por donde la coja, me corto y sangro porque ¡Eh! ¡Soy un señor cincuentón! ¡Pero aún así lo pillo! ¡No será que not…! Mejor lo dejo, me temo que soy un señor cincuentón haciendo el ridículo. Que una película desate aplausos de entusiasmo entre el público al que debe entusiasmar –que no son precisamente los señores cincuentones, mal que me pese– significa que cumple de largo lo que se propone; que moleste y provoque remilgos entre quienes deben sentirse molestos y remilgados es ya un triunfo en toda regla. A tope tron.  

Muere monstruo muere (Alejandro Fadel)

Uff. Sabe mal decirlo, pero es la película más aburrida de las que he visto este año. Sabe mal porque contiene ingredientes de sobra para que el resultado fuera mucho más agradecido en este thriller sobrenatural argentino donde un grupo de policías forestales investiga una serie de asesinatos cometidos por un monstruo. La mezcla de misterio rural y monster movie –un Twin Peaks que deriva en La cosa– daba juego, y porque el marco de montañas inhóspitas y parajes desolados crea una atmósfera poderosa con ecos de horror cósmico y creencias indígenas. El problema es que todo eso discurre con tedio, a base de soliloquios extenuantes y silencios metafísicos que ponen muy cuesta arriba el asunto. El énfasis y empeño con que busca distanciarse de la película de monstruos convencional resulta agotador, excesivo e innecesario.      

La noche de Halloween (David Gordon Green)

No acabo de entender la expectación previa ante esta nueva entrega de la saga, la número once si no me equivoco. Dejando al margen la primera, dirigida por John Carpenter y clásico indiscutible del cine de terror –que además ha envejecido la mar de bien–, es cierto que en perspectiva la saga tiene sus requiebros juguetones –como esa tercera entrega que no tiene nada que ver con Michael Myers, o el portentoso reboot a cargo de Rob Zombie–, pero a estas alturas resulta complicado sacarse de la manga algo sorprendente. La peli no es más que un ejercicio de memorabilia, una celebración de su cuarenta aniversario simpática, con amor y pensada para fans; pero no por ello deja de ser una repetición de algo que ya se hizo hace veinte años con Halloween H20. Entonces el aliciente fue doble: el retorno de Jamie Lee Curtis, de nuevo en el papel de Laurie Strode –ahora madre–; y retomar la historia y personajes de la película original y su primera secuela. Aunque tengo bastante olvidada aquella entrega, es evidente que la jugada vuelve a ser la misma: el regreso de Jamie Lee Curtis y de su personaje –ahora abuela– pero con una continuidad que enlaza directamente con la original y desecha lo sucedido tanto en la primera secuela como en la película “veinte años después” –de la que, en cierta forma, la nueva no es más que un remake–.

El resultado es un entretenimiento ligero repleto de guiños para fans –verdaderos destinatarios de la peli–. Pasando por alto algún giro innecesario, la cosa sería más o menos aceptable sino fuera por un problema –bastante chungo–. Su condición de involuntario panfleto de la Asociación Nacional del Rifle con mensaje implícito: es bueno educar a los hijos desde la infancia en el uso de todo tipo de armas de fuego porque, no te quepa ninguna duda, seguro que algún día tendrán que utilizarlas para salvar la vida. Y si te construyes un búnker en el sótano aún mejor.

Lo que nos hemos perdido

Este año, por desgracia, me he perdido algunas de las películas que han despertado mayor entusiasmo. Siempre se escapa alguna porque la programación es ingente y resulta complicado imponer diez días de paréntesis a los apocalipsis cotidianos, pero en esta ocasión han sido más de las acostumbradas. El dato certifica el buen nivel de los títulos programados en Sitges 2018, una edición de aquellas que se recuerdan y que será todo un reto superar.

No puedo decir nada –mecachis– de dos de los títulos más celebrados y –hay que joderse– con presencia recurrente en casi todas las listas. Me refiero a That house that Jack built de Lars von Trier, porque si el danés me pone ya de entrada, aún más cuando se trata de una comedia negra con psicópata. La otra que me ha dejado salivando es Under the Silver Lake de David Robert Mitxell, el director de It Follows, sobre todo porque he escuchado un porrón de comentarios entusiastas pero no me he enterado de qué va –y eso mola mazo–. Luego, ya por detrás, han llamado mi atención la japonesa One-cut of the dead –cachondeo meta zombi– y Un Couteau dans le cour –dame giallo y llámame tonto–. Y mejor lo dejo aquí que me entra bajona.

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