Sitges 2019: Familias, distopías y demonios

Este año planeaba sobre Sitges una cierta incógnita previa, supongo que lógica tras el éxito del año pasado. Luego, la impresión general es que ha sido una buena edición del festival. Pasamos lista a todo lo que que hemos visto este año en un Festival de Sitges repleto de películas sobre familias turbias. 

Conviene recordar lo impreciso de afirmar algo así en un certamen tan inabarcable como este. En mi caso, por ejemplo, he visto veintiuna películas (una media tirando a baja, hay quien roza las cincuenta, se puede morir en el intento) de las ciento setenta programadas (más o menos y sin contar las del espacio Brigadoon). El saldo de ese escaso 13 %: casi todas estaban bien y las que no, tenían su interés, pero ha faltado el peliculón.

También me perdí (menudo olfato el mío) los dos títulos que se han llevado los premios importantes sin apenas discusión. La primera es El hoyo, opera prima del director vasco Galder Gaztelu-Urrutia (dato importante: Sitges nunca ha sido generoso con nuestro cine) y, me cuentan, un “Cube + Snowpiercer” bastante contundente. La segunda es la brasileña Bacurau, una especie de «Están vivos rural + Los siete samurais en clave western distópico ambientado en Pernambuco”, según me chivan. Me da que el peliculón era este.

Al parecer, tanto El hoyo como Bacurau rebosan crítica social, directa y sin tapujos, pero no sacrifican su condición de películas de género sino todo lo contrario. Esto es básico y fundamental, aunque sigue habiendo mucho despistado. La cosa tiene su intríngulis porque el Festival de Sitges nació en el Tardofranquismo (1968 nada menos) con una intención ajena al séptimo arte: la promoción turística. Fruto de esa circunstancia llegó, de rebote, la especialidad en cine fantástico (la coletilla “y de terror” desapareció en 1983, pero no su sangriento legado). Las fuerzas vivas (o no muertas) de la época sentían escalofríos de pánico con las “películas con mensaje” (había precedentes) y, bajo el lema “¡Vade retro cine club!”, consideraron que las pelis de miedo carecían de cualquier contenido político.

Aunque entonces quizá tuviera sentido, hoy sabemos que en realidad el terror y la ciencia-ficción expresan, a menudo, los miedos (sociales, culturales, políticos) de su tiempo. Si esto es así, la cosa está grave: muchas películas de Sitges 2019 sugieren que algo muy chungo pasa con las familias. A continuación, una a una y por estricto orden de visionado, hago repaso.       

In the tall grass (Vincenzo Natali)

La peli de la inauguración, que Netflix estrenó al día siguiente. Vincenzo Natali se llevó el premio a mejor película con Cube en 1998, pero le había perdido la pista (veo que ahora su terreno son las series de televisión). Aquí adapta un relato escrito por Stephen King y Joe Hill y la verdad es que está bastante bien, sobre todo por lo complicado del escenario donde se desarrolla toda la historia. También hay cultos atávicos y piedras negras, que siempre dan puntos por mucho que el final derive en asuntos de familia (lo normal en Stephen King). Dos datos. OJO AL SPOILER. Uno: Los padres/maridos, aquí por triplicado, llevan dentro algo oscuro y maligno. Dos: Hay niño y hay embarazada, a partir de ahí las películas se dividen en dos tipos: si no mueren (te vas tranquilo a la casa) o si mueren (la intención es que salgas con el horror a cuestas).

Bloodline (Henry Jacobson)

La mayoría de películas que he visto este año se mueven entre “no está mal” y “está bastante bien”. Esta se acerca a lo segundo. Empieza muy contundente, con un asesinato en la ducha muy de escuela ochentera (eso da puntos) y un parto salvaje (mucho), pero luego pierde fuelle. Eso sí, en cuestión de cuchilladas se mantiene generosa. La cosa también va de familia (dos de dos) y, también, de maridos con reverso oscuro. En este caso: ser padre te puede convertir en psicópata. La propuesta no se queda ahí y lleva mensaje chungo, que siempre es de agradecer. 

3 from hell (Rob Zombie)

No está mal pero, como era de esperar, la secuela de Los renegados del diablo es ni más ni menos que eso. A estas alturas no debería ser ninguna sorpresa, la verdad,  y supongo que ahí radica la decepción de muchos seguidores de Rob Zombie. En mi caso (me gusta pero no soy devoto) me quedo con el tono de explotación y el divertido popurrí donde hay un poco de todo: la Familia Manson, el subgénero de cárceles femeninas, Grupo salvaje y home invasion. Por cierto, la actuación pasada de vueltas de Sheri Moon al principio molesta bastante, pero acaba siendo muy simpática.

Unstoppable (Kim Min-Ho)

Primera coreana, con Don Lee (aka Dong-seok Ma, el forzudo de Train to Busan) repartiendo sopapos. El tipo va lanzado al estrellato y aquí es una especie de mezcla entre Bud Spencer y el Charles Bronson de Mr. Mayestyk, pero cambiando melones por cangrejos. Resumiendo: un humilde pescadero (y marido fiel) que se lía a hostias contra la banda de un mafioso pérfido y muy de folletín. Hay humor, collejas, pinceladas de thriller sórdido y es puro mainstream coreano de acción, pero entretiene lo suyo.  

The lodge (Severin Fiala y Veronika Franz)

Está es de las que más me han gustado. Antes he apuntado que algo chungo pasa con las familias. Pues bien: aquí la cuestión pinta muy jodida (aunque el rol marido es del bando gilipollas). Empieza fuerte y acaba fuerte, pasan cosas en la nieve (debilidad personal) y sabe mantener la incógnita del meollo del asunto: ¿Fantasmas? ¿Secta religiosa? ¿Pasaporte a la locura? ¿Psicópata? ¿Drama familiar?

Noche de bodas (Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett)

Divertidísima comedia macabra (ya estrenada en cines, por cierto). Es el tipo de película que provoca júbilo en Sitges, y crea ese ambiente que las hace mejores de lo que son. Humor negro a raudales, chistes gore, Samara Weaving como superviviente berserker, vestido de novia que muta del blanco nupcial al rojo sangre. También va de familia turbia, en este caso elitista, millonaria y con una cruenta costumbre: jugar al malvado Zaroff cuando se casa uno de los suyos. Aunque sea un grand guignol ligero, porque prima el cachondeo, da una visión salvaje de la lucha de clases.

Riot girls (Jovanka Vuckovic)

No está mal. Tras un apocalipsis adulto (es decir, de treinta para arriba se han muerto todos), la juventud manda. Del resto del mundo no se dice nada, pero en el típico pueblo de EEUU están divididos en dos bandos enfrentados: los raritos (un mod, una pareja de punkis LGBT, algunos rebeldes sin tribu) y los machotes de instituto (muy malos, todos con uniforme de Archie salvo un par de skinheads asociados). Es muy sencilla, humilde, nada pretenciosa, y por ahí se gana el cariño. Bueno, por eso y porque la banda sonora es un setlist la mar de majo. En definitiva, vendría a ser un Curso 1984 ambientado en Riverdale y pasado por el tamiz del siglo XXI (sexo, drogas y rock’n’roll pero de buen rollo, sin ultraviolencia).

Vivarium (Lorcan Finnegan)

Supongo que a todos nos ha pasado alguna vez. Acabas de ver una película que has disfrutado un montón y te ha gustado mucho, pero luego, a la salida, te llevas una sorpresa mayúscula al descubrir que muchos no comparten tu entusiasmo. En fin, supongo que el weird grotesco no entra igual a todo el mundo. La premisa: una pareja que busca piso acaba encerrada en una urbanización repetitiva, laberíntica y vacía. Una pesadilla azul celeste con nubes de Magritte sobre la cría de niños inhumanos. Ser padre es muy jodido.  

Sesión salvaje (Paco Limón y Julio Cesar Sánchez)

Un documental fabuloso sobre la edad dorada del cine de género español. El recorrido va del fantaterror pop tardofranquista a Pajares y Esteso o las películas de quinquis. El resultado es impresionante por la soltura con que resuelve una tarea muy complicada, y eso tiene mucho mérito: hilvana bien, encuentra hueco para un porrón de nombres, señala títulos importantes, reivindica géneros, explica cosas con chicha y, todo eso, lo hace sin apelotone. No tiene nada que envidiar a Not quite Hollywood.   

Little monsters (Abe Forsythe)

Un apocalipsis zombi muy festivo y dicharachero, con una Lupita Nyong’o imbatible como maestra de parvulario católica e intachable. Está bien, pero da menos de lo que promete. También resulta muy curiosa porque está llena de tacos (a mansalva, se habla de follar madres cada dos por tres) pero al mismo tiempo es cine familiar repleto de ternura.    

Hail Satan (Penny Lane)

Interesante documental sobre el Templo de Satán, una congregación religiosa bastante extendida en EEUU. Es interesante, pero esperaba más, quizá porque dedica poco espacio a cuestiones precedentes (como la moda del pánico satanico o la figura de Anton LeVey) y se centra en la lucha contra la simbología cristiana de unos satanistas que son buena gente, entregados activistas y donde hay un poco de todo: heavys, antiabortistas, jugadores de rol, LGTBI, situacionistas y libertarios.

Darlin’ (Pollyanna McIntosh)

Una historia sobre mujeres salvajes del bosque que no acaba de funcionar porque deriva en asuntos de hipocresía católica. Al final, todo se reduce a internados religiosos para chicas problemáticas, monjas viejas, gordas y malas, monja joven buena (con pasado toxicómano) y obispo libidinoso. No tengo más que decir.

The odd family: zombie on sale (Lee Min-jae)

Otra comedia zombi, en este caso coreana. Costumbrista, rural y con collejas, protagonizada por una familia de pícaros, tiene bastante gracia e incluye algún giro interesante sobre los muertos vivientes. Que coman lechugas, por ejemplo.

Antrum: The Deadliest Film Ever Made (David Amito y Michael Laicini)

A ver. Aquí lo fácil sería decir que no es muy buena, pero también sería muy injusto. La cosa va de celuloide maldito (algo que siempre mola). Empieza siendo un documental fake sobre una película de 1970 envuelta de misterio y una larga lista de gente que ha muerto tras visionarla. Luego te la ponen entera. Una madre y un niño se van al bosque para cavar un agujero que llegue al infierno (algo muy loco). El look vintage (y el tedio) setentero de serie zeta está conseguido, y abunda la simbología satánica subliminal. El problema es que, claro, cuando sales no te mueres. Además, explica el chiste al final y, como todo el mundo sabe, los rituales vudú solo funcionan si la víctima conoce previamente el mal de ojo.

Judy & Punch (Mirrah Foulkes)

Una historia sobre títeres que se lían a garrotazos para solaz del público de la Edad Media. Tiene su gracia, gags resultones, aunque a ratos es un poco quiero y no puedo: tan pronto remite a los Monty Python como se pone seria, y lo uno no casa con lo otro. También es puro zeitgeist contemporáneo: masculinidad tóxica y ejecuciones públicas (en redes sociales), pero con tímido reparto de garrotazos.

I trapped the devil (Josh Lobo)

Un rollo. Un tipo que ha encerrado al demonio (la semilla del mal) en el sótano, o eso cree, y se le plantan en casa el hermano y la cuñada. Los tres cincuentones (la juventud brilla por su ausencia) se lían en un alargada y aburrida trama sobre si la cosa va en serio o el tipo se ha vuelto loco.

The Wild Goose Lake (Diao Yinan)

La mejor que he visto. Un noire chino sobre bandas de ladrones de motos y prostitutas (las bellezas del lago). Un impresionante retrato de los bajos fondos y suburbios urbanos de la China, contundentes chispazos de violencia y, sobre todo, una elegancia visual tremenda que en más de una ocasión remite al cine de Orson Welles. Dicen que Tarantino se puso de pie, aplaudiendo como un loco, cuando la vio en Cannes. Debe ser verdad.

Swallow (Carlo Mirabella-Davis)

Otra que está bastante bien. Una chica humilde, casada con un joven millonario, a la que le da por tragarse cosas (canicas, tornillos) cuando se queda embarazada. Los ecos a David Cronenberg son evidentes pero la Nueva Carne nunca acaba de llegar porque, en realidad, la cosa va de dramas familiares, maridos chungos, padres chungos y suegros con pasta. Aún así, mantiene el tipo y al final plantea un asunto turbio de manera muy ambigua.

The gangster, the cop, the devil (Lee Won-tae)

Este año hemos tenido ración doble de Don Lee. Ya saben, el forzudo de Train to Busan que lo está petando (tanto que Marvel lo ha fichado para Los eternos). Aquí no hay comedia, así que remitir a Bud Spencer no viene a cuento. Al parecer se basa en hechos reales: un asesino en serie anda suelto y la única persona que ha sobrevivido a su ataque es un mafioso. El gangster y un policía duro se unen para dar caza al psicópata. Luego, como es habitual en las pelis coreanas, la cosa se va liando cada vez más. Es un buen thriller, pero los hay mejores.

Color out of space (Richard Stanley)

Estupenda adaptación del clásico de Lovecraft, hecha con gusto por un Richard Stanley que llevaba años retirado. También hay rollo familiar malsano, luce efectos de la vieja escuela, tiene un tratamiento de color la mar de bonito y sale Nicolas Cage haciendo de Nicolas Cage. Vamos, que no se puede pedir más.

The Vigil (Keith Thomas)

Como suele ser habitual en Sitges, la película de clausura es bastante mojón. La premisa es buena, porque acude a un demonio tradicional del folklore judío. El problema es que sostener una película de miedo con un cadáver, el hombre que lo vela y una vieja, casi todo el rato en la misma habitación, es algo imposible. Es de esas pelis de miedo donde todos los sustos se basan en subir el volumen a tope de sopetón. Además, la carga religiosa acaba saturando. Si fuera católica en vez de judía sería una película del Opus.

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