‘Smash’ de Offspring: 25 años de nitroglicerina adolescente

Fue el álbum independiente de más éxito de la historia. Levantó una empresa de hardcore melódico y allanó el camino para el movimiento pop punk con más de 11 millones de copias vendidas. Smash ha cumplido cinco lustros y sigue sonando como una taladradora que pocas bandas han logrado replicar posteriormente. Fue el manifiesto sónico que nos enseñó que había vida más allá de Nirvana, con el que aún hoy cualquiera al que nada le importa una mierda o no es otro gilipollas a la moda puede recurrir de vez en cuando.

En 1994, entre otras muchas efemérides, como la llegada del hombre a la luna, se cumplían 25 años de la grabación del disco al que se aferrarían todas las bandas que estaban llamadas a crear el sonido de la disconformidad. El punk comenzaba en esos años a echar raíces gracias a una banda de desarrapados de Detroit llamados The Stooges y un trabajo que destilaba desidia y desconcierto juvenil con frases como “It’s another year for me and you, another year with nothing to do” o “No fun to hang around, feelin’ that same old way, freaked out, for another day”. Una expresión prematura de la desilusión del mensaje de paz y amor de los sesenta, la muerte del ideal enfrentado a la guerra del Vietnam y el fracaso de la cultura hippie, dejando como resultado vastos barrios dormitorio entre los que los jóvenes deambulaban constatando que el sueño del drive in y el autocine de los cincuenta se había convertido en una factoría de producción en cadena.   




Hoy han pasado otros 25 años de la salida de un disco que haría explotar una nueva encarnación, un nuevo sonido del rock que invocaba al punk rock de Ramones, pero más rápido y sonando a algo… nuevo. Dos décadas y otra media en las que en el mundo han pasado mil cosas pero en las que hemos aprendido a que ninguna de ellas nos acabe de traspasar la piel hasta pincharnos un poco en la carne. Tampoco la música suele tener ya ese efecto, porque todo lo bien que podía sonar el rock ya lo sonaron los grupos de los noventa. Sí, se han refinado compresores, condensadores y previos, pero el efecto es, si cabe, menos penetrante, puesto que la sobreproducción se ha impuesto en una competencia en el que cualquiera puede grabarse en su casa y la diferencia entre muchos grupos acaba siendo el proceso de masterizado.

Tiempo para el relax

Es probable que si alguien que ha educado escuchando los grandes discos de punk, powerpop y hardcore melódico desde los dosmiles, no acabe de apreciar nada especialmente impactante en Smash, el tercer disco de estudio de Offspring. Pero en abril de 1994, con la muerte de Kurt Cobain acontecida solo tres días antes, significó, a todos los efectos, el relevo del grunge a una nueva era del punk rock. Green Day acababan de abrir la piñata con Dookie, apenas dos meses antes, y esta banda de Huntington Beach venía a mostrar la otra cara, menos power pop y de raíces bubblegum, del sonido que iba a dominar el resto de la década. El hardcore de California, herederos de la cultura underground de los ochenta y el skate era una nueva movida juvenil que adaptaba la actitud punk de Nirvana y le aplicaba todo lo que se había ido descubriendo durante los años ochenta, una década en la que grupos como Dead Kennedys, Black Flag, Descendents, Bad Brain, Hüsker Dü y sobre todo, Bad Religion, cimentaron las bases que un día, de pronto, explotaron para un público que permanecía ajeno a lo que se había estado cociendo en una época de sintetizadores, tipos con cardados y traje haciendo pop elitista por un lado u hordas de heavys buscando el virtuosismo por otro.

Offspring no apareció de forma inmediata ni sincronizada para todo el mundo, pero seguramente muchos les conocieron gracias a escuchar por la radio la canción Self Steem. Su videoclip—rodado con 5.000 dólares, frente a los megapresupuestos habituales de la era MTV— era un metraje crudo, y comenzaba con el cantante, Dexter Holland, con una camiseta de los Sex Pistols, dando una extraña expiración en silencio, antes de que la voz de toda la banda anticipara las notas del riff de la canción a capella, casi de forma burlona, mientras comenzaba un rápido montaje de radiografías del cuerpo humano cantando con el sonido de las guitarras apareciendo en tromba, como una máquina quitacésped, pero con un brillo y una fluidez de la que carecían las pesadas distorsiones de Smell Like Teen Spirit. Había un deje similar a aquella, pero esta tenía un aire más épico y energético.

El bajo repiqueteaba en solitario hasta que entraba la voz de ese tipo con trenzas cantando “I wrote her off for the tenth time today and practiced all the things I would say” con una actitud casi desafiante, pero de pronto, entraban de nuevo las guitarras, y la voz subía a un tono que llegaba al páncreas, sin forzar o carraspear como Cobain ni poner voz de barítono como Iron Maiden. El sonido de fondo era como si estuvieran aserrando una tubería de metal oxidado, pero llevando el tempo al compás imposible de la canción: el sonido apagado de la distorsión, con palm muted, entonces aún era algo completamente extraterreste. En el estribillo, las guitarras se volvían a abrir y la voz se limitaba a repetir un “Oh yeah yeah yeah” que podía cantar cualquiera en la segunda vuelta, y cuando parecía que el tema no podía dar más de sí, la voz forzaba aún más sus agudos y entraba en el puente llevando el tema al puro éxtasis generacional.

Sal y ven a jugar

Ese primer contacto dejaba un murmullo en los aparatos de radio que no se podía resolver tecleando en Spotify o con Shazam. Podía pasar un tiempo hasta volverte a encontrar con la misma canción, en la televisión o en la radio, y una vez descubierto el nombre de aquello ya se podía buscar el propio disco en alguna tienda, o los cassettes grabados de algún amigo. Un detalle que a priori no tiene importancia, pero que en el caso de Smash sí era significativo. No era tan difícil encontrar a Green Day, porque al fin y al cabo ellos se convirtieron en superventas desde una multinacional, pero en 1994 , Epitaph, el entonces incipiente sello punk rock de Brett Gurewitz —guitarrista de Bad Religion— aún era una independiente sin un aparato capaz de gestionar la publicidad de esa manera, con lo que el éxito vino de una forma mucho más orgánica, a través del boca-oreja. Grabaciones pirata, ventas por catálogo, y reposiciones en tiendas de discos que amenazaban al pequeño sello con la ruina, paradójicamente, cuanto más vendían. El ritmo de copias vendidas hacía que las nuevas tiradas exigieran grandes sumas de adelanto con un alto porcentaje de riesgo.

Pero, por suerte de Gurewitz, Smash se convirtió en un auténtico fenómeno global que vendió más de 11 millones de copias y sigue siendo el álbum independiente de más éxito de todos los tiempos, reestructurando Epitaph en la gran industria de punk en la que más tarde se convertiría. El disco empezaba con una introducción —que se convertiría en sello de la banda en sus siguientes álbumes— con una voz suave que invitaba a relajarse justo antes de que un grupo de redobles sordos dieran inicio a de Nitro (Youth energy), una auténtica descarga de energía y velocidad que no se parecía tanto a la cadencia de Self Steem pero que inyectaba esa energía juvenil de la que hablaba el subtítulo acabando con una nota a los Sex Pistols declarando que “no hay mañana” y dejando claro que su abanico musical cogía algo de los coros grupales de Misfits, las notas oscuras de T.S.O.L. y Agent Orange, la velocidad de Adolescents y Bad Religion, y la actitud de los Dead Kennedys, sin dejar de lado la comunión de fuerza y melodía de los clásicos Ramones y The Clash.

Espero que te guste mi genocidio

Bad Habit comienza con su riff basado en ruidos de contrapúa a lo largo de las cuerdas para presentar un juego de respuesta de la voz, y un dibujo de bajo que hace pensar que el ritmo será más calmado, hasta que deja entrar un riff de guitarra con más movimientos de acordes de los que se pueden hacer humanamente en 4 segundos. Es como la parte con la que todo dios cabecea en Bohemian Rapshody pero a toda hostia, diseñado para demoler los discos de unión de las vértebras que llegan al cuello. La letra, sobre el cabreo de un conductor con el resto de viandantes, no tenía mucha carga social, ni era un manifiesto político, pero definía en términos de ideas y adrenalina un sentimiento con el que muchos adolescentes podrían sentirse identificados.

Con Gotta Get Away volvía un tempo más cercano a éxitos del grunge pero con un añadido de velocidad. De hecho, su estrofa empezaba con una melodía similar a About a Girl de Nirvana, que derivaba en un estribillo épico que, en realidad, sigue la misma progresión que Self Steem —el grupo lo ha vueto a utilizar en infinidad de éxitos posteriores, como The Kids Aren’t all Right— y que han acabado adoptando los temas de reguetón de Luis Fonsi o Enrique iglesias.

Todo el álbum continúa de la misma manera, con una unidad implacable, de estructuras simples pero efectivas y ritmos de batería consistentes, doblando golpes a velocidades que parecían imposibles de tocar. Pasa de una canción a otra sin perder nunca la actitud de peineta al mundo, con exabruptos de creatividad que pocas bandas de su rango ofrecían, como en el tema Come Out and Play. La parte más festiva de Offspring —que perfeccionarían en su álbum Americana (1997)— empezaba con un solo de música surf, que podría encajar con la banda sonora de Pulp Fiction (1994) de ese mismo año y que les conectaba con Dick Dale en otros aspectos, ya que muchos de los dibujos vocales de las melodías de toda la primera etapa de la banda tienen matices arabescos.

Después de pasar por el himno nihilista de Genocide y el hardcore más puro con su versión de Killboy Powerhead de The Didjits pasaban al ska más ligero y positivo de What in the World Happened to you?, para acabar con tres pepinazos que el tiempo ha ido olvidando pero que más que relleno, valdrían como single de muchas bandas de su mismo sello. Especialmente la homónima Smash, que alterna una estrofa con ecos casi flamencos y un estribillo contagioso en la letra más elocuente de la colección de canciones “Smash is the way you feel all alone, like an outcast you’re out on your own”. Explicar en unas pocas frases quien eras tú y por qué te gustaba tanto lo que acababas de escuchar era el cierre perfecto para uno de los discos que mejor definen una actitud común en todos los jóvenes crecidos en los noventa.

Todo lo que sé es que tengo que salir de mí

Seguido del álbum Let’s Go de Rancid, y el Punk in Drublic de NOFX, Smash fue el rayo tractor que abrió las puertas del hardcore melódico a un gran público, consiguiendo que el sonido que acuñó Bad Religion tomara la MTV y un montón de bandas —que llegaban en los recopilatorios Punk-O-Rama— fueran consideradas, oficialmente, la música contracultural de moda. Quizá el mayor logro fue que un montón de chavales jóvenes volvieran a ver que tocar punk rock era posible, aunque el nivel técnico de estas bandas no era precisamente el de los Ramones. Epitaph declaró en 1994 como «el año en el que el punk rompió moldes«. Los propios Bad Religion se presentaban en los 40 principales como los abuelos del cotarro. Sin embargo, los únicos capaces de conectar de forma durarera con el gran público fueron Offspring. Entre otras cosas, porque Dexter Holland era un compositor versátil e interesado en nuevos sonidos, con una sensibilidad pop que armoniza con su registro vocal sobrehumano y que, en la etapa de Smash, no comprometía su talante ruidoso y agresivo del nuevo punk rock.

El éxito absurdo del disco hizo que la relación entre la banda y Epitaph acabara en una ruptura bastante mediática y amarga. La salida del sello independiente a una multinacional creó un ambiente de rechazo para Offspring, que a pesar de todo siguió su racha de álbumes de éxito, dando un nuevo golpe en la mesa con Americana, en 1998. Epitaph pasó de apilar copias y copias de Smash en sus oficinas a tener entre sus filas desde Tom Waits a Joe Strummer, pasando por todo tipo de músicas urbanas más allá del punk rock. Probablemente, sin el éxito de Smash no habrían salido a flote tantas bandas que llevaron a un segundo resurgir del género en forma de pop punk más estricto, como Blink 182 y sus imitadores, que bebían tanto de las melodías de Green Day como de las estructuras y breaks de ritmo de Offspring.

Aunque hubo cierta división entre fans de Green Day o Offspring —al estilo del Brit Pop con la diatriba entre Oasis y BlurSmash fue un disco que sonaba en todas las fiestas de adolescente a mediados de los noventa. Unió a los empollones con los que no se preocupaban demasiado por investigar música, deportistas y nerds, bichos raros y chicas más preocupadas por las boy bands tuvieron su momento de unión efímero. No era raro ver sudaderas o camisetas con un esqueleto radiografiado en una época en la que todos desahogaban su angst adolescente gritando el catárquico “stupid dumb shit god damn mother fucker” a capella cuando sonaba Bad Habit, te gustara o no el punk, fueras de Hanson o de Héroes del Silencio. Era raro que no bailaras con la intro de Come Out And Play, rompieras algo alguna vez con Nitro, cantaras Self Steem agarrado de borrachera o que, tras un mal día, te quisieras hundir aún más en la miseria cantando solo en tu cuarto Gotta Get Away.

Normalmente, el tiempo engaña y puede hacer que el álbum que ayudó a definir los años de adolescencia de la generación perdida se vea con las lentes de maravilla nostálgica, pero escuchar Smash de Offspring, hoy, tiene un poder eléctrico que ni siquiera ellos supieron replicar con su mejor producido Ixnay on the Hombre (1997). No solo fue uno de los trabajos más influentes de su era, sino el último arma con el que aferrarse al cambio, casi un estado mental colectivo que, una vez disipado, sirve para cuestionarse si lo que se consiguió hace 25 años puede volver a ocurrir en un páramo en el que el impacto de los discos, sean del género que sean, dura poco más de 25 horas.  

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