#solidaritywithstoya y James Deen: El ocaso de la estrella porno políticamente correcta

De la versión X del yerno perfecto a un violador señalado públicamente por su ex pareja. El caso de James Deen y Stoya da mucho que pensar acerca de los intentos de acercar la pornografía al mainstream ignorando (u ocultando) su entidad de negocio basado en el sexo.

Era (o es, por ahora) un extraño híbrido. O una consecuencia natural de los tiempos que corren, si se prefiere. Y, todo hay que decirlo, con razón: James Deen, de profesión actor porno, reúne un obvio atractivo físico con una potencia sexual de esas que revientan los fotogramas. Además, tiene cara de buen tipo, y su imagen pública resultaba intachable. Maniobras como la de ofrecerse para realizar escenas con actrices amateur, aclarando que, de no haber química delante de la cámara, todo terminaría en una charlita y quizás en una quedada para tomar un café, le convirtieron en algo impensable hace sólo unos años: la combinación entre un empotrador priápico y el novio, o incluso el yerno, perfecto.

Hasta este fin de semana Deen era, en suma, la pornstar masculina del siglo XXI. Un chico igual de apto para inspirar feroces sesiones masturbatorias, tanto en mujeres hetero como en varones gay o bisexuales (la habitual distuntiva entre culturistas perpetuamente empalmados y, en fin, Ron Jeremy, se rompía en él de una forma muy significativa) y que, al mismo tiempo, permitía a webs como la inevitable Buzzfeed ofrecer una imagen sex-positive incluyéndolo en sus contenidos. «Hasta este fin de semana», decimos, porque el sábado por la tarde la actriz X Stoya, ex pareja de Deen, publicó estos tuits:

    «Ese momento en el que te ‘logueas’ en internet un segundo y ves a la gente aclamando como feminista al tío que te violó. Eso apesta».  

«James Deen me sujetó y me folló mientras yo decía «no», «para» y usaba mi palabra de seguridad. No puedo seguir asintiendo y sonriendo cuando la gente le menciona.

Las palabras de Stoya pueden impactar. Incluso pueden dar nauseas, o incluso miedo. Como ella misma señala, Deen ha sabido crearse un perfil de gran popularidad entre el público femenino, tanto por su cuerpo como por su actitud, dentro y fuera del coito escenificado. Si él, elevado por los medios a la condición de rostro ‘presentable’ de los actores X, resultaba ser un grandísimo hijo de puta en la intimidad, ¿de quién puede uno fiarse?

Por supuesto, las palabras de Stoya han despertado dos potentes reacciones en internet. Una, la que opta por creer a la actriz, tiene valedores de tanta enjundia como nuestra admirada Erika Moenesa dibujante cuyos trabajos no son sólo excelentes webcomics eróticos, sino también valiosas herramientas de educación sexual. Tras haber ensalzado a James Deen (con ciertos matices) en uno de sus tebeos, y haber recibido una oferta del actor para participar en uno de sus vídeos, Moen y su pareja artística y personal, Matthew Nolan, han decidido editar todas las entradas relacionadas con él en su web, así como romper todos sus vínculos publicitarios con ésta.

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La facción opuesta, aquella que apela a la presunción de inocencia o incluso prefiere descalificar a Stoya debido a su trabajo como profesional del sexo, está representada por la habitual legión de internautas, casi siempre varones cisgénero, que en muchos casos invalidan sus propios argumentos a base de razonamientos fallidos o, directamente, de pura grosería machista. Sin saberlo, esta facción da validez al guionista de cómics Warren Ellis (The Autorithy)quien publicaba un medido alegato en su newsletter Orbital Operations. Tras reconocer que Stoya es amiga suya, el escritor confesaba sentirse asqueado por aquellos que se dirigían a la presunta víctima «mandándola callar, diciéndole que las normas habituales de conducta no se le aplican porque es una trabajadora sexual, llamándola mentirosa». «Yo creo a Stoya», proseguía Ellis, «no sólo porque la conozco. Sino también porque es una mujer».

A continuación, Warren Ellis instaba a sus lectores a «hacer del mundo un lugar menos mierdoso». «Cuando una mujer encuentra el valor para hablar, o toca fondo y necesita gritar, créela. Guárdate tus racionalizaciones, tu odio y tu mierda de listillo para otro momento, y créela», concluía. Y está claro que tiene razón: la violencia sexual no sólo somete a sus víctimas a un sufrimiento sobre el que no caben las especulaciones (sólo las víctimas lo conocen, y NADIE debería soportarlo) sino también a un estigma social que debería ser cosa del pasado en nuestra ‘avanzada’ sociedad occidental. Un estigma que puede conllevar el secreto (el aumento de las cifras de violación no se debe a que este crimen sea ahora más frecuente, sino a que ahora se denuncia más a menudo) y, como en este caso, el slut shaming cuando la persona violada fornica a menudo por trabajo, por gusto o por ambas cosas.

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Pero hay algo más: como decíamos antes, James Deen era hasta ahora una pornstar de perfil apetecible para los medios. Un señor cuya foto podía aparecer en una web ‘de tendencias’, o incluso en la sección de Sociedad de un medio generalista, sin excesivo miedo a desentonar o a suscitar protestas. Stoya también lo era, y confiemos en que lo siga siendo. Igual que Sasha Grey, tal vez el ejemplo más acabado (¿y quemado?) de estrella moderna del cine X, presta a dar titulares y a ganarse presencia mediática más allá de su físico, o de las bromas chuscas por parte del redactor de turno. Mucho podría hablarse del ‘feminismo’ (nótense los apóstrofes) como marca comercial, de cómo figuras masculinas del show business pretenden cultivar su imagen de individuos favorables a los derechos de las mujeres para hacerse más populares. Pero aquí, en este artículo, a nostros nos interesa más incidir en otra cosa.

Porque, aunque el hashtag «#solidaritywithstoya» se divulgue en Twitter como prueba de respeto y apoyo a la víctima, hay algo que muchos internautas (el masculino, en este caso, vale como neutro) no olvidan ni perdonan: la presunta víctima de esta presunta violación es alguien que se gana la vida follando.

Tal vez, como señala la escritora Laurie Penny, quizás el caso Deen-Stoya anime a denunciar a más mujeres víctimas de agresiones sexuales en la industria del espectáculo. Pero aquello en lo que confiamos nosotros es en que, debido a esto, los medios de más alcance recuerden que esas celebrities de nuevo cuño que tan rentables les salen trabajan con su aparato genital, y se mueven en una realidad donde el sexo es una constante. Y, contando con eso, son acreedoras de una intimidad sana y libre de agresiones, exactamente igual que cualquier otro ser humano.

Una cosa es que la industria del cine porno deje de ser retratada como un agujero del infierno a donde van sátiros sin conciencia y pobres chicas descarriadas. Otra, que se la quiera dar un baño de asepsia hipócrita, para así convertirla en clickbait para medios de comunicación. Si, en nuestra época, las actrices y los actores X son susceptibles de convertirse en figuras públicas, deben serlo con todas las consecuencias, incluyendo la posibilidad de usar la tribuna que les ofrece su popularidad para denunciar abusos y, si lo desean, airear sus trapos sucios. ¿Se imaginan que el perfil atormentado y casi demencial de Jamie Gillis -posiblemente, un precedente de James Deen, en tanto que intérprete en filmes pornográficos ‘de prestigio’- hubiera trascendido a la luz pública durante los 70 o los 80? ¿O que el viacrucis disfuncional de Savannah y otras pornstars suicidas hubiera sido escudriñado por los medios? ¿Se atrevería algun periódico o alguna web de noticias, aun hoy en día, a seguir esas historias como algo más que como una fábula con moraleja?

Si los medios quieren tener celebrities que follan delante de una cámara, pueden hacerlo: en la sociedad del espectáculo, nadie ni nada escapa de convertirse en mercancía. Pero, por favor, que sus responsables y su público recuerden una cosa: el sexo nunca es políticamente correcto. Y las personas que lo utilizan como medio de vida tienen derecho a disponer de él libremente. Esperemos, cabe insistir, que el caso de Stoya nos recuerde esto.

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