Sonrisas inquietantes: ‘La broma asesina’, 28 años después

Alan Moore es uno de los pesos pesados del cómic. Y entre sus obras, La broma asesina siempre ha sido especialmente bien valorada. Con todo, con el estreno de su reciente adaptación animada, no le han salido, de nuevo, pocas críticas a la obra. ¿Por qué? Eso es lo que intentaremos discutir en este artículo: ¿es La broma asesina una obra maestra o un comic sobrevalorado?

No es posible concebir el cómic moderno sin Alan Moore. Lo que hizo durante todos los ochenta, dando otra vuelta de tuerca al género superheroico, o lo que ha seguido haciendo hasta hoy, deconstruyendo las posibilidades narrativas del cómic, está entre los trabajos más prodigiosos que nos ha dado el medio. De ahí que se reverencie su figura, se siga con expectación cualquier cosa que haga y se venere, a veces hasta la ausencia de crítica, todo cuanto sale de su pluma.

Y de falta de sentido crítico es de lo que se ha solido acusar al fandom por la veneración cuasi religiosa que se ha demostrado hacia La broma asesina (1988). Concebido como un one-shot sin continuidad, se considera, junto con Batman: El regreso del Caballero Oscuro (1984) y Arkham Asylum: Un lugar sensato en una tierra sensata (1989) -no por casualidad, del triunvirato de grandes guionistas del cómic americano (a pesar de que dos sean ingleses): Alan Moore, Frank Miller y Grant Morrison-, la quintaesencia del Batman contemporáneo. Y en el caso del cómic de Moore se ha considerado también la historia definitiva de Batman con el Joker. La historia tras la cual ya no cabe sino cerrar el cómic con una sonrisa amarga y aceptar que no hay posibilidad alguna de volver a escribir nada donde ellos dos estén involucrados. Eso no significa que haya unanimidad al respecto. No poca gente dice que es un cómic mediocre, cuando no directamente malo u ofensivo, e, incluso el propio Alan Moore, no parece estar demasiado convencido de su importancia. Pero antes de hablar de eso, adentrémonos en lo importante: el cómic en sí.

De la broma como una de las bellas artes

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¿De qué trata La broma asesina? Del último encuentro de Batman con el Joker. Con Batman decidido a acabar por fin con el eterno vaivén de encontronazos que han tenido desde el principio de los tiempos, descubre que, lejos de poder hacerle entender su postura -que, de seguir igual, acabará con uno de los dos muertos- se encuentra con que su némesis se ha fugado del psiquiátrico y está haciendo de las calles su patio de recreo. Y lo que es peor, su próximo objetivo es demostrar a Gotham, Batman y el mundo entero que todos estamos a un solo paso de convertirnos en dementes. Entendiendo «demente» por «maniaco homicida que se viste de payaso… o de murciélago».

En el aspecto narrativo lo que más sorprende es su perfecta disposición de los elementos. Todos tienen un papel que cumplen en relación con el subtexto: no existe algo así como el pensamiento racional. Batman se cree racional, pero en realidad se comporta como un demente; el Joker sabe que no guarda racionalidad alguna, por lo cual sólo sigue sus propias reglas; el inspector Gordon quiere mantenerse en la más estricta racionalidad, por eso es tan insistente en no saltarse las reglas; y Barbara Gordon desea que sea posible ser racional, de ahí su insistencia en seguir las reglas para mantener un orden ya sea en los archivos o en la sociedad. Eso sirve para explicar también la razón por la cual el descenso a la locura de todos los involucrados venga determinado por saltarse las reglas. Hacer caso omiso de la ley. A fin de cuentas, ¿qué diferencia hay entre un payaso asesino y un murciélago linchador? Sólo la dimensión de sus crímenes.

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Con todo, nada de eso se sostendría sin un desarrollo específico del tema. De ahí que la obra esté atravesada de flashbacks del pasado del Joker, de cómo acabó siendo aquel quien es, para justificar esa irracionalidad imposible. Para explicar por qué Batman o él han acabado convertidos en dementes, pero el inspector Gordon logra aferrarse a su racionalidad.

Si además sumamos el excelente dibujo de Brian Bolland, recoloreado por completo con motivo de su veinte aniversario, resulta fácil comprender su importancia. Es narrativamente brillante, visualmente sugestivo y en ambos aspectos, aun tratándose de un cómic clásico, hay pinceladas extravagantes aquí y allá que suman fuerza al conjunto para llevarlo un paso más allá. Por ejemplo, su ominoso final. De viñetas regulares, enfatizando gestos a los cuales normalmente no se prestaría tanta atención, está tan abierto a la imaginación como cerrado a la interpretación. Porque si hay luces de fondo, Batman le pone las manos encima al Joker y el leit motiv de su encuentro fue parar antes de que pudieran matarse, ¿qué es lo único que puede estar ocurriendo?

Si algo hace gracia lo decide el receptor de la broma

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Todo lo anterior no implica que no haya quienes han sabido encontrar defectos en la obra. Dado que la perfección no existe y que la experiencia de los autores no es un búnker blindado, es lógico que hubiera algunos problemas de fondo que señalar en la obra. Además, no sin razón.

El mayor problema del cómic, con diferencia abismal, es el papel de Barbara Gordon. Creada en 1967 por William Dozier, Julius Schwartz y Carmine Infantino para asumir el papel de Batgirl después de que la original, Betty Kane, cayera en el olvido, durante sus primeros veintiún años de existencia logró hacerse un hueco por derecho propio en el universo DC. Y como sabrá cualquiera que haya leído el cómic o la tendencia de meter mujeres en neveras existente en el mundo superheróico -quien dice meterlas en neveras, dice asesinarlas, mutilarlas o dejarlas sin poderes de un modo humillante que resultaría inconcebible en sus contrapartidas masculinas-, el destino de Barbara es, en el cómic de Moore, el de mero peón sacrificial.

Su función aquí es aparecer, ser disparada por el Joker, advertir a Batman del peligro que supone ahora y, después, servir para torturar a su padre. Todo ello dejándola paralítica en el proceso. Si bien es cierto que narrativamente cumple un propósito, no es menos cierto que hay algo muy incómodo en esa sucesión de actos. Y ya no es sólo la maldad del Joker.

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Barbara Gordon no es un mero personaje secundario. No es un pilar central del universo DC, pero sí es un personaje de identidad dentro del mismo. Dejarla paralítica como daño colateral en un cómic donde todo el peso dramático recae, de todos modos, sobre otros personajes, es como si en la colección de Superman, por añadir peso dramático a un cómic, Batman quedara paralítico al ser disparado por Lex Luthor sólo para hacer sufrir al kriptoniano sin darle mayor peso al acto. Es narrativamente criminal. Y si se tratara de un hombre, simplemente inconcebible. El problema ya no es sólo que sirva como mero acto sacrificial para hacer sufrir a un hombre, una crítica legítima en tanto ese papel suele recaer sobre las mujeres, es que además viola toda la continuidad narrativa del personaje.

Aunque bien se podría decir que es un problema menor -en tanto podemos obviar la continuidad, o que se arregló a posteriori, pues Barbara Gordon volvería bajo la identidad de El Oráculo-, esa no es la opinión general. Lo cual incluye al propio Moore, quien ha acabado por admitir que dejar paralítica a Bárbara Gordon no fue buena idea. Idea a la cual el editor de su proyecto, Len Wein, le dio el visto bueno diciéndole «Yeah, okay, cripple the bitch«, por si hacía falta remarcar todavía más la misoginia.

De la broma asesina a la broma sin gracia

Si bien a Moore le ha costado tiempo hacerse consciente de los problemas del cómic, al menos supo señalarlos. Algo de lo que DC pareció tomar nota al hacer una adaptación animada dirigida por Sam Liu que se estrenó directamente en formatos domésticos hace apenas unas semanas, ya sin involucración alguna del guionista inglés. Con Brian Azzarello encargado del guión y con Bruce Timm haciendo trabajo de producción, era una buena oportunidad para arreglar los problemas de la novela gráfica original. Salvo porque han acabado agravándolos.

Antes de entrar a polemizar con la película es mejor resaltar sus aciertos. Aunque sean pocos. Aquí Barbara Gordon gana en entidad con respecto a la obra original, tanto en un largo prólogo donde seguimos su lucha contra un criminal que dice haberse enamorado de ella como en el epílogo donde la vemos ya convertida en el Oráculo. Ahí se acaban los aspectos positivos de la película. Ahora, polemicemos.

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Todo el guión de Azzarello es un despropósito criminal. Incluso si obviamos el innecesario romance de Batgirl con Batman, haciendo que ahora el acto del Joker esté justificado para hacer sufrir a dos hombres en vez de sólo a uno, o que lo que en el cómic sólo era un asalto ahora se convierte también en una violación, multiplicando de ese modo lo problemático de su representación -incluso si, siendo estrictos, sólo se nos da a entender a través de un diálogo de Batman con unas prostitutas, ya que no se nos muestra-, todavía cabría criticar el estilo de dibujo, completamente incoherente con el tono de la historia, la ausencia de subtexto, pues los personajes ya no están imbricados del mismo modo, o su ritmo renqueante, ya que al dividir la historia en dos partes ya no encaja de forma natural. E incluso así, todavía nos quedaría otro detalle más para defenestrar la película: su final.

Mientras en el cómic todo es ambiguo, extraño, haciendo que el chiste del Joker quede como un extraño impasse en el cual no queda claro qué está ocurriendo, en la película queda claro. Son dos hombres riéndose. Tal vez dos hombres riéndose en las circunstancias de que uno de ellos debería estar furioso, pero nada más. Ni existe ambigüedad ni ecos criminales. Dónde queda lo asesino de la broma sólo puede saberlo Azzarello.

La posibilidad de vivir (o no) sin bromas asesinas

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En la película no hay reflexión alguna sobre la posibilidad de la racionalidad en un mundo demente, injusto y asesino. Está tan obsesionada en arreglar lo que está mal, siguiendo sólo pautas superficiales, que no sólo no consigue arreglarlo, sino que acaba empeorándolo más. Haciendo que cosas que antes funcionaban ya ni siquiera tengan sentido. Y aunque suene extraño, eso legitima el valor de la novela gráfica original: Alan Moore creó una obra de orfebrería. Nada sobra, nada falta. Incluso admitiendo que lo de Barbara Gordon fue un error, si obviamos cualquier impresión ideológica -algo imposible e indeseable, pero hagamos un ejercicio de abstracción- no podemos sino admitir que, en términos narrativos, la historia cumple su propósito a la perfección. Incluso si lo hace de un modo cuestionable.

Eso no justifica en ningún caso el uso que hace del personaje. Sólo implica que no existe ninguna historia que sea absolutamente incontrovertible. La broma asesina es hija de su tiempo -algo evidente si consideramos que se publicó un año antes que Arkham Asylum, en la cual también se tratan los límites de la racionalidad, aunque desde una óptica más oscura, simbólica y compleja- tanto para lo bueno como para lo malo. Incluso si lo malo, dada la coyuntura ideológica de nuestro presente, resulta tan llamativo que, para muchas personas, sea imposible pasarlo por alto a la hora de juzgar el valor general de la obra.

Sea como fuere, si seguimos celebrando hoy La broma asesina es porque es un cómic brillante. No sólo un cómic adelantado a su tiempo, sino también uno capaz de leer una atmósfera que todavía hoy seguimos respirando. Y si esa no es la función del arte, ser capaz de tomar el pulso al presente sea cual sea ese presente, si el pasado o el futuro, entonces es imposible explicar el porqué de su popularidad, ya en apariencia eterna.

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