Una historia de la masculinidad en ‘Star Wars’ a través de jedis, Han Solo y sus fans

Puntuaciones imposibles en Rotten Tomatoes, un caluroso respaldo crítico, peticiones para que su director se disculpe y el film sea retirado del “canon” (sea lo que sea eso)... no cabe duda que Los últimos Jedi se ha convertido en la entrega más polémica de la saga ideada por George Lucas. Un sector del público feroz y ruidoso no va a parar hasta que le demos la dosis de casito correspondiente. Cuando una de estas pataletas tiene forma de “montaje desfemineizado”, sin embargo, es posible que el asunto sea más grave de lo que parece.

Ni los Ewoks, ni las cejas de Hayden Christensen, ni siquiera el maldito Jar Jar Binks había conseguido una hazaña como la auspiciada por estos 150 minutos de locura. La secuela de El despertar de la Fuerza ha polarizado las opiniones a una velocidad vertiginosa, y como consecuencia directa, parece que todo Internet la odia. Cada vez son más los que suscriben este pensamiento apocalíptico y diagnostican la muerte del blockbuster actual, al parecer inseparable de ese modelo Marvel por el que nada podrá ser tomado, nunca más, en serio. Ni siquiera la Fuerza.




Gracias a este cabreo multitudinario hemos presenciado numerosas reacciones que, desmedidas o no, han acabado quedando pequeñas ante la ocurrencia de un usuario de The Pirate Bay, que ha decidido desarrollar un autodenominado “montaje chauvinista”. Hastiado de esa corrección política que Los últimos Jedi parece suscribir de forma militante y es aplaudida por los críticos y los espectadores más progres, esta mente privilegiada es responsable de The Last Jedi: The De-Feminized Fan Edit, una obra tallada a golpe de screener que es, básicamente, “Los últimos Jedi menos Girlz Powah y otras tonterías”. En 46 minutos justos se queda la criaturita, eliminando todos los planos de pilotos u oficiales mujeres, los conflictos entre Poe y Leia  -la presencia de Amilyn Holdo, o como la apoda cariñosamente, “Haldo”, ha sido suprimida por completo-, y en general cualquier escena con tías haciendo observaciones o teniendo ideas. “Funciona bastante bien, en realidad”, dice.

La respuesta de Rian Johnson y diversos miembros del reparto ha sido la única posible, pero eso no le resta interés, ni gravedad, al hecho de que un warsie haya invertido tanto tiempo en una empresa semejante. No cabe alinear a todo el fandom con éste y otros cagabandurrias que le jalean, por supuesto, pero que se haya llegado a este punto es preocupante, y es inevitable entroncarlo con un momento excepcional dentro de la historia de Star Wars: uno en el que las niñas, de repente, quieren ser Rey. Y jugar con espadas láser.

El camino del Jedi

Desde que murieron los westerns, no han existido películas de mitología fantástica como aquéllas con las que yo me crié, disponibles para gente joven. Sólo hay policíacos y drama. Así que en lugar de películas importantes como THX1138, he decidido hacer películas con las que los chavales puedan identificarse” (George Lucas a Charles Lippincott en 1976. Originalmente, Lucas dijo “kids”, chicos o chicas).

Cuando tenía siete años fui al cine a ver La amenaza fantasma. Era la primera película de Star Wars que veía, y por tanto la responsable primigenia de toda mi afición posterior. Id formando fila para matarme, si eso. El caso es que, de entre todas las cosas que me sorprendieron, y me sorprendieron muchas, la más chocante fue la personalidad de los Jedi. Que, claro, eran como lo más guay que había visto nunca, pero también una gente que un segundo después de destruir droides de combate con estilazo, amañaban apuestas, separaban al pequeño Anakin Skywalker de su madre, y acto seguido, le decían que era peligroso que la echara de menos. Que eso podría llevarle al Lado Oscuro.

Por si fuera poco el mal rollete, el tal Anakin  -yo, claro, ni idea de que tenía algo que ver con el tipo grande de la máscara antigás- contaba prácticamente con mi edad, y los marciales tipos de la Orden Jedi encima se emperraban en que era demasiado mayor como para iniciar un aprendizaje. Y claro, también me lo negaban a mí, y eso no había Duel of Fates que pudiera arreglarlo. En su afán por remixar filosofías y morales guerreras, George Lucas había creado a unos héroes indudablemente carismáticos que, sin embargo, pertenecían a un grupo cerrado y exclusivo, claustrofóbico. No había sido demasiado grave en la trilogía original, pero en su determinación por aclarar conceptos para las precuelas Lucas no sólo se había inventado los midiclorianos, estableciendo por tanto que sólo podías ser un tío guay por derecho sanguíneo: también había hecho de su Orden una sociedad casi 100 % masculina, sin que viéramos apenas mujeres Jedi en los Episodios I, II y III, y las pocas que veíamos siendo asesinadas sin mediar una sola línea de diálogo por la Orden 66. Tal vez, identificar los sables láser como motivos fálicos no era tan perezoso como parecía.

En su vídeo The Case Against Jedi Order, Jonathan McIntosh desentrañaba esta masculinidad estoica con el buen ojo que acostumbra, identificando los rasgos de los Jedi vistos en los seis primeros episodios como enormemente dañinos. Que el Maestro Yoda se mostrara renuente hacia el entrenamiento del joven Skywalker sólo era la punta del iceberg: una vez muerto Qui-Gon Jinn, Obi-Wan Kenobi retomaba gustoso los preceptos de la Orden y medraba en su carrera hasta convertirse en miembro del Consejo; mientras tanto, intentaba por todos los medios que la relación con su padawan fuera tan rígida como lo fue la suya propia, quitándole importancia a las visiones que éste tenía de su madre abandonada en Tatooine al comienzo de El ataque de los clones. Y sí, claro, Shmi Skywalker moría abandonada por los Jedi, y el llanto de Anakin ante su madre era eclipsado por su impulso vengativo.

La represión de las emociones es el conflicto troncal de las precuelas, y es lo que hace del protagonista alguien susceptible a las artimañas del Emperador Palpatine. De hecho, el temor a perder a otro ser querido -en este caso, su esposa- precipita la conversión en Darth Vader, librándose de toda atadura Jedi y convirtiéndose en su verdugo. Moraleja: si te dejas llevar, si no sigues adelante, si no eres un hombre, pues pasa lo que pasa. Los fans de Star Wars, pese a odiar estas películas, podían sentirse ufanos. Reafirmados. El sueño de su vida era ser Jedi, y habían llevado el camino correcto. Su empeño en autodenominarse frikis, en formar parte de una secta repartecarnés aun cuando el objeto de sus amores reinventara el cine comercial, sus laureados problemas para ligar transfigurados en un celibato autoimpuesto… Sí, el camino de los Jedi era su camino. Cualquier desviación, cualquier mínimo acto de debilidad, te conducía irremisiblemente al Lado Oscuro.

El camino de Han Solo

Como los Jedi no me hacían mucha gracia, mi yo de siete años que no sabía que tenía que odiar las precuelas por no ser la trilogía original, se dio una vuelta por la trilogía original. Allí se encontró con Han Solo, y ése sí que fue su modelo a seguir. Un tipo duro, socarrón, poseedor de las mejores frases, que se ligaba a la Princesa Leia contestándole un “Lo sé” a su “Te quiero”  -idea de Harrison Ford, por lo que forzosamente también se tenía que convertir en mi actor favorito-, que desafiaba a la autoridad, que aunque no supiera lo que había que hacer, podía disimularlo. Frente a él, Luke era un simple idealista que siempre decía lo correcto. Puro, inmaculado. Ingenuo incluso. El verdadero héroe de la historia, sí, creía ser consciente, pero por lo que fuera, alguien sin tanto interés. Además se quedaba sin habla cuando Han le llamaba “niño”. Cómo íbamos a querer ser alguien así.

En efecto, Han era todo un modelo de masculinidad. Un machote impasible, cuidadosamente antiheroico. El hombre que todos querríamos ser, con el que cualquier mujer querría estar. ¿No? Y además tenía una relación festivamente estrecha con su vehículo -era capaz de liarse a guantazos si alguien le escatimaba pársecs al Halcón Milenario- y, una vez metido en el lío amoroso, no paraba hasta conseguir lo que quería. Porque Leia lo quería, claro, por mucho que dijera que no.

Sobre esto también tiene un vídeo Jonathan McIntosh. Deberían verlo. El que Han sea alguien ajeno a la Orden Jedi, y teóricamente se comporte sin restricción alguna, no implica que hablemos de un hombre libre, que ha elegido su camino sin que nadie le diga lo que debe hacer. Bien al contrario, frente al férreo control de las emociones e impulsos de los Jedi, en el que Ben Kenobi está aleccionando a Luke, Han es un esclavo de las apariencias, de la necesidad de aparentar tener siempre el control, y del western que nunca deja de ser Star Wars, y que fuerza a que la violencia y la bravuconería sean sus únicos medios de expresión. Aunque incurra en un comportamiento igual de peligroso -probablemente más, ya que Luke dejó de querer ligarse a Leia cuando abrazó la vida monacal, mientras que Han tenía el camino libre para solazarse con la cultura de la violación-, no es extraño que se muestre escéptico hacia esa Orden extinta que un viejo se esfuerza por resucitar. Ésta requiere una instrospección que Han no tiene tiempo ni ganas de realizar -puede que le aterrorice conocerse tanto, incluso-, demasiado ocupado activando la hipervelocidad en cuanto puede y sólo acertando a gritar “No es culpa mía”, cuando ésta no funciona.

Estoy bastante seguro de que el tipo que hizo The Last Jedi: The De-Feminized Fan Edit creció fascinado por la figura de Han, o por la filosofía de la Orden. Más que nada, porque casi todos crecimos así.

Cómo George Lucas, en realidad, lo tenía todo controlado

Queriendo darle un propósito a las precuelas más allá de descubrir cómo fue un proceso que, al fin y al cabo, sabíamos perfectamente cómo iba a terminar -Anakin Skywalker convirtiéndose en Darth Vader-, Lucas diseñó una serie de artilugios narrativos bastante ingeniosos, por más que esos diálogos luego los echaran por tierra. Uno de ellos, el más concreto, tenía que ver con la identidad de Darth Sidious y su plan secreto para instaurar el Imperio. El otro tenía que ver con una profecía, la del Elegido que le traería el equilibrio a la Fuerza. Y para qué carajo necesitaba la Fuerza que alguien la equilibrara, nos preguntábamos.

El caso es que no, las denostadas precuelas no sólo querían contarnos la tragedia de los Skywalker, sino que también pretendían algo más ambicioso: ilustrar y justificar esa caída de la Orden Jedi que Ben Kenobi tanto lamentaba, y que recluía a un avergonzado Yoda en las pantanosidades de Dagobah. Para ello, Lucas tuvo la maravillosa idea de recurrir a los stormtroopers, uno de los elementos que más gozoso pitorreo le había dado siempre al fandom, y llamarlos “ejército clon” para actuar como espejo de las malas decisiones cometidas por estos orgullosos Caballeros. Así, su compromiso por la paz, utópico y susceptible de mezclarse con pifostios políticos, provoca que se conviertan en parte activa del Ejército de la República, luchando en una contienda que, bueno, no podía ser más política: se trata de un grupo de sistemas que quieren abandonar esta misma República, unos sucios y despreciables separatistas a los que hay que dar muerte. Como los stormtroopers, se convierten en un grupo organizado que cumple órdenes con total disciplina. Sin hacer preguntas. Y al final también caen como moscas.

El Ejército Jedi

Paralelamente, es este ensimismamiento, y la certeza de que son el ombligo de la galaxia, el que facilita que Darth Sidious se infiltre en el Senado -nada menos que como Canciller Supremo-, y el que provoca que Kenobi, Jedi prototípico llamado a la obsolescencia, no pueda evitar el destino de Anakin. A esta gente tan digna y honorable no sólo es que les hayan ganado con total facilidad, es que ha sido su propia filosofía la que ha hecho de Anakin un juguete roto que, sin tener a quien llorar, ha acudido al hombro del Emperador. Y así, los Jedi han creado a Darth Vader. Si es que qué buenas hubieran sido las precuelas si Lucas hubiera delegado un poquito, maldita sea.

Estos films, en efecto, fueron un experimento inusual dentro del blockbuster –ya que Lucas lo inventó, tampoco deberíamos acusarle de soberbia-, lleno de rimas y paralelismos, que se las apañaban para desarrollar y clausurar ciertos temas que la trilogía original sólo dejaba caer. Así es cómo, de repente, Luke Skywalker resultaba ser una respuesta, aunque fuera formulada antes que la pregunta, a esa caída de la masculinidad estoica que supuso el ocaso de la Orden Jedi. Empático, idealista consumado -aunque nos dé pereza-, no reprime sus sentimientos, y pasa de sus venerables maestros cipotudos en bastantes ocasiones. Yoda le dice que no vaya a buscar a sus amigos a Bespin, y pasa. El fantasma de Obi-Wan le exhorta a matar a Darth Vader, y pasa. “Pero de qué vas, es mi padre”. Con lo que a los Jedi le molestan los apegos emocionales. El aprendizaje de Luke, de hecho, le pilla aún más mayor que a Anakin -y Yoda vuelve a quejarse-, y es eso, junto a los vínculos que ya ha establecido con Leia, Han, R2, la Rebelión, lo que le salva. Las emociones le hacen torcerse en su camino del Jedi, pero tampoco necesita convertirse en un Han Solo de la vida para triunfar en su lucha contra el Emperador.

De hecho, nuestro entrañable contrabandista tampoco es que se esté quieto, pues dentro del marco de la trilogía original podemos observar cómo su propia concepción de la masculinidad también muestra visos de revertirse. Todo comienza en El Imperio contraataca, cuando es traicionado por su bro Lando, torturado por Vader, y le vemos por primera vez sufrir y chillar a todo trapo -algo que en sí mismo puede ser más impactante que cualquier revelación paternofilial-, para poco después arrojarse en brazos de Leia gimiendo “me siento fatal”. Pues claro, Han. Desahógate. Más tarde, ha de despertar de su letargo en carbonita y ser rescatado por una mujer y ese “niño” al que nunca había tomado muy en serio, pero lo realmente tocho no viene cuando Leia le devuelve la pelota con el tema del “Te quiero/ Lo sé”: ocurre cuando, una vez ganada la batalla de Endor, Han expresa sus inseguridades con respecto a la relación entre ésta y Luke, y le pregunta: “Tú le quieres, ¿verdad?”. Y, tras la respuesta afirmativa, asiente y asegura que no se entrometerá. Sin ningún tipo de violencia. Sin insultar a Luke. Respetando los sentimientos de ambos.

En la trilogía original, tanto Luke Skywalker como Han Solo tienen viajes emocionales desde las masculinidades tóxicas que representan, respectivamente, la Orden Jedi y el heroísmo descerebrado, y acaban la saga en paz consigo mismos y abrazándose con alegría. De hecho, la escena final de El retorno del Jedirecordemos, la película más vilipendiada de la sacrosanta trilogía original- consiste básicamente en tíos abrazándose mientras bailan y ríen de forma ridícula, y Luke contempla pensativo a las personas que ha dejado atrás. Ha triunfado donde Anakin Skywalker y la Orden Jedi fracasaron, pero tardará un poco más de tiempo en comprenderlo.

“Ha habido un despertar. ¿Lo has sentido?”

Diez años después de La amenaza fantasma fue estrenada Fanboys, una comedia de mierda centrada en un grupo de amiguetes que, ante el cáncer terminal de uno de ellos, decidían viajar al Rancho Skywalker para robar una copia del Episodio I antes de que se estrene. De forma involuntaria, el film de Kyle Newman realizaba un retrato de lo más acertado del warsie medio. O al menos, del warsie más mediático: un niñato histérico que la peor cosa que puede escuchar es “Han Solo is a bitch”, poco después de defender Star Wars porque, al contrario que en Star Trek, “ahí no existen los gays”.

Si hablamos de Fanboys es porque, en su autocomplaciente homenaje a la figura del fan (hombre/blanco/heterosexual), el film traza una línea directa con el montaje desfemineizado que ha servido de excusa para este ladrillo. No sólo por constatar por qué a las mujeres no suele (o no solía) gustarle Star Wars casi mejor que este vídeo, sino también por el orgullo que estos fans sienten por el mero hecho de ser fans. Y así se convierten en personas hurañas, ariscas, niños que te saltan al cuello si tocas sus juguetes. Star Wars es su vida, y Han Solo y Darth Vader sus máximos referentes. El que este último al final se redimiera no es importante: nadie quiere ponerse un disfraz del Lord Sith sin la máscara.

Que es justo lo que sucede con la Primera Orden, sucesora del Imperio en la nueva trilogía. Allí, todos han olvidado que al final Darth Vader mató al Emperador y precipitó la victoria del bando rebelde porque prefieren quedarse con sus “años buenos” y su imaginería. Algo que hacen tanto los viejos (ese Líder Supremo Snoke al que le quedan dos telediarios), como los jóvenes. El General Hux y, ya sabéis, Kylo Ren. Que es, vamos diciéndolo rápido, el villano más fascinante aparecido nunca en el universo de Star Wars, no tanto por la interpretación desganada de Adam Driver como por el potencial meta que posee cada uno de los rasgos de su personalidad.  

Fueron muchos los que, una vez vista El despertar de la Fuerza, guardaron sus peores opiniones para el antagonista, un sucedáneo de Darth Vader que lo único que hacía era lloriquear y sentirse acomplejado por el legado familiar… y sí, ahí radicaba precisamente el encanto. No ahondaremos demasiado en el hecho de que, vale, El despertar es un astuto remake de Una nueva esperanza, porque ya se ha convertido en un lugar común y el hecho de que Kylo mirando el casco derruido de Vader con lástima de sí mismo resuma la película entera no debería pasarle desapercibido a nadie. Pero en realidad Ben Solo, su verdadero nombre, no es El despertar de la Fuerza. Ben Solo somos todos. Todos los fans que viendo las películas anteriores optamos por quedarnos con lo molón: una Orden Jedi severa y deshumanizada y un antihéroe misógino. Una masculinidad que, de repente, está en crisis, sin encontrar su lugar, asfixiada por los referentes y las cosas que deben ser.

Kylo Ren, como Darth Vader, es una víctima de los sentimientos que quiere reprimir la filosofía Jedi, pero también es víctima de un padre ausente, héroe de guerra, cuyo legado no puede gestionar. Prefiere el de Vader, aunque sea un legado falso, manipulado. Es un adolescente que se ve abocado al Lado Oscuro como reacción, no a causa de una sumisión fatal, y cuyo poder aboca a la galaxia al mismo conflicto rebeldes-imperio con el que llevamos cuarenta años ya. A Han, de hecho, no le ha quedado otra que regresar a su humor canallita para afrontar de alguna manera el que haya fallado como padre. Desde allí, su zona de confort cuñao, vuelve a ser capaz de adiestrar con esa sonrisa burlona a Finn sobre “cómo son las mujeres”, tratar con condescendencia a Chewie, y hacer de su reencuentro con Leia algo ortopédico e incómodo, sin querer ni poder afrontar esa paternidad derrotada. Porque, llegado el momento de la verdad, el momento en que era más necesario ser empático, aquél en el que su familia más lo necesitaba, ha cogido el Halcón Milenario y se ha largado. Volviendo a la casilla de salida.

Llegados a este punto, era totalmente lógico que sólo una mujer fuera capaz de poner algo de orden en la galaxia.

¿Qué ha pasado en Los últimos Jedi?

Tras la obligada transición que suponía El despertar de la Fuerza, toca la demolición total. Han Solo ha muerto a manos de su hijo, y el mentor que debe entrenar a Rey es el mismo Luke Skywalker que ha tenido que perder un aprendiz a manos del Lado Oscuro para confirmar, hastiado, que los Jedi deben extinguirse. Algo que ya llevaba intuyendo desde El retorno del Jedi, como hemos visto, y esta demora ha sido tan grave que ya no hay ni rastro del optimismo de Luke. Está harto de ideas, de códigos. El sistema que le enseñó ha vuelto a fallar, y no le quedan fuerzas. Sólo queda exiliarse, como Yoda y Kenobi antes que él, pero esta vez no cederá si aparece algún aprendiz voluntarioso. Se acabaron los Jedi.

En el seno de la Primera Orden, Snoke se burla del Darth Vader wannabe que su aprendiz se obstina en ser. El escrutinio constante del pasado le nubla el juicio, como se le nublará a sus tropas cuando, horas después, el Halcón Milenario aparezca y centren sus tiros en él descuidando la batalla. “De verdad odian esa nave”. Por su parte, Kylo siente un vacío aún mayor tras haber asesinado a su padre. No, resulta que no era lo que quería, que en realidad no ha sentido alivio alguno. Quizá la respuesta sea seguir por esa senda, arrasar con cualquier viso de pasado que le limite y empequeñezca. Como los fans que salieron cabreados de El despertar de la Fuerza. “Esto ya lo conocemos, queremos otra cosa”. No hay respuestas en la dualidad Sith/Jedi. Los Sith sólo son Jedi heridos, ha conseguido darse cuenta al mismo tiempo que Luke, su antiguo mentor.

Aunque al final de la (magistral) película de Rian Johnson Luke afirme que él no es el último Jedi -insinuando que ese papel correrá a cargo de Rey-, la insistencia con la que los personajes han subrayado la necesidad de dejar el pasado detrás no queda refutada. Yoda mismo, un poco sabio a pesar de todas sus pifias, ha quemado los libros de los Jedi, y el sable láser de Anakin Skywalker también ha sido destruido. Si Rey se convierte en una Jedi, deberá serlo a su manera, sin postulados ridículos que quieran coartar sus emociones, sin maestros a los que les dé miedo verse superados por sus aprendices. Sin hombres. Libre.

Los últimos Jedi destruye el pensamiento Jedi de forma definitiva tras cuarenta años de ceguera, pero aún tiene tiempo para cepillarse también la doctrina Han Solo -efectivamente, no le está dejando nada a los fans “de toda la vida”-, aquélla que considera la empatía un error, la debilidad intolerable, el egoísmo una virtud. Se venía previendo que Poe Dameron era un relevo del contrabandista, pues vacilaba al personal y no era como Finn -un stormtrooper al que le repugna el uso de la violencia-, era un tipo guay, de modo que es aún más significativo el arco dramático que le ha regalado Johnson. Uno, básicamente, en el que causa la muerte de cientos de inocentes por su valentía estúpida, elabora planes cochambrosos que acaban con unos cuantos inocentes más, y es aleccionado repetidas veces por dos mujeres líderes que no tienen tiempo de explicarle sus decisiones más que cuando ya han sido tomadas. Las mismas dos mujeres (Amilyn Holdo y Leia, inevitablemente Laura Dern y Carrie Fisher) que después se cachondean de todas las veces que han dicho “Que la Fuerza te acompañe” a lo largo de los años.

El film es furiosamente autoconsciente -como lo era El despertar de la Fuerza– y sabe que es momento de dejar las cosas claras: ni los Jedi eran tan buenos, ni Han Solo molaba tanto. Por eso, en vista de una masculinidad mal entendida a lo largo de generaciones, ha decidido plantear una historia donde todas y cada una de las tramas son resueltas mediante una mujer dándole una lección a un hombre, y se alcanza la idea fundamental y conciliadora que siempre debería haber guiado el destino de Star Wars en labios de la fabulosa Rose Tico. “No ganaremos la guerra matando a los que odiamos, sino salvando a los que amamos”. Sólo así, algo tan hermoso como Star Wars le pertenecerá al mundo.

A todo esto, veinte años después, seguimos sin saber exactamente a qué se refería Lucas con todo aquello del equilibrio de la Fuerza. ¿Fue instaurado en El retorno del Jedi, con la muerte del Emperador? ¿O aún está por alcanzar? Me gusta pensar que el bueno de George, en realidad, sólo quería llegar a la conclusión de que “kids” hacía referencia efectivamente tanto a niños como niñas. O bueno, quizá es un tiro muy largo. De lo que no hay duda, al menos, es que Los últimos Jedi no sólo sigue siendo Star Wars sino que, de algún modo, es más Star Wars que nunca. Y eso no puede estar mal.

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