‘Stranger Things 3’ – La madurez llega a Hawkins

Los no-tan-niños de Hawkins se enfrentan a una nueva amenaza paranormal enmarcada en la fiesta nacional del 4 de julio. Ce, Mike, Lucas, Dustin, Will y Max se reúnen de nuevo ante una temporada que marcará un antes y después para la serie, y de la que analizamos el concepto de la maduración como clave para entender esta tercera entrega.

OJO: Este artículo contiene spoilers

La nueva temporada de la archiconocida serie de Netflix Stranger Things (2016-2019), ahonda, por primera vez, en la adolescencia. Algún rastro quedaba de ella en la segunda temporada, pero es aquí, en esta tercera entrega, donde el grupo de chicos y chicas de Hawkins empiezan a madurar. 

Esto se percibe en diversos momentos de la serie. Ahora Nancy y Jonathan ya trabajan para un periódico local (desconocemos si han finalizado los estudios o es un trabajo de verano), y el resto del elenco -contando a Will, Mike, Once/ Ce, Dustin, Lucas y Max- tienen todos entre trece y catorce años. Como están en plena época estival (curiosamente al igual que los espectadores de la serie), el grupo está de vacaciones y tienen poco que hacer. 

La temporada se inicia con algo rompedor en comparación con la anterior entrega: Ce y Mike se besan. Y no sucede en un momento dado, sino continuamente, lo que lleva al bueno de Hopper a pedir, por favor, “que corra un poco el aire”. Esto ya supone una declaración de intenciones por parte de los hermanos Duffer, que quieren romper las barreras que tan intensamente se han impuesto en Hollywood a la hora de retratar la adolescencia ya sea en películas o en series. 

A mi memoria acudió la transición de niña a mujer de Hannah Montana, mientras Ce besa a Mike sin ningún reparo y muestra sus inquietudes frente a una nueva etapa de su vida. A Hannah Montana (o Miley Cyrus), en cambio, no se le dejaba ser una adolescente ni se le permitía enamorarse o tener sus primeros momentos de rebeldía frente a sus padres. 

Un nuevo Hollywood

Era esencial (hablamos de la industria del entretenimiento de hace diez-quince años) que la imagen de los niños se mantuviese muy pura respecto a estos temas. Como si quisiesen alargar la edad de estos jóvenes, haciéndonos pensar que no pueden enamorarse, madurar, rebelarse, continuar avanzando. El amor era cosa de chicos y chicas mayores (en todas las series de adolescentes que hayas visto, lo más probable es que los actores ya tuvieran la mayoría de edad). 

Y por ello, me parece muy valiente el retrato que se ha realizado en la serie. No solo por el tema del amor (que también reproducen otras parejas como Lucas y Max o la genial -e interminable- historia de Dustin y Suzie) sino por otros momentos como el aislamiento social de Will. El hijo de Joyce se ve marginado por sus amigos, los cuales ya piensan en chicas y no quieren jugar con él a Dragones y Mazmorras

Sin embargo, en vez de quedarse en la superficie y dejar a Will llorando en una esquina, la serie retrata una conversación que, antes o después, es necesaria para cualquier adolescente. Mike decide contarle la verdad a Will: que nunca podrán ser eternamente niños y jugar en el sótano a D&D para siempre, a lo que él responde con un «sí, supongo que sí” mientras huye con su bicicleta por la lluvia. No es una situación fácil, nadie quiere oír aquello de “ya no somos niños” porque, en muchas ocasiones, supone la desaparición del grupo, de la niñez, de la irresponsabilidad y de las eternas tardes de verano. 

Esto es algo que también les cuesta a los mayores: tras ser despedidos del periódico local, Nancy y Jonathan mantienen una conversación en el coche. Nancy es partidaria de sentirse liberada frente a un trabajo que le parecía humillante, mientras Jonathan, apuesta por una postura mucho más madura: el trabajo podía ser una mierda, pero era una mierda que le permitía pagar la matrícula de la universidad y sus gastos. No todos tienen el privilegio de ser la niña de papá como lo es Nancy, y Jonathan alega que ante este tipo de trabajos “hay que aguantarse”, una lección que también cuesta asumir cuando nos hacemos adultos y que demuestra el tono de madurez que adquiere esta entrega de la serie. 

Un verano lleno de retos

Por otro lado, los sueños también se rompen para Steve. Un personaje que ha pasado de ser el niño popular del instituto y hacerse con todas las chicas de éste, a un empleado de una heladería en un centro comercial. Aunque Steve vive la experiencia de una forma cómica y amena, hay otros diálogos que dejan entrever una frustración por no poder ir a la universidad y tener que mantenerse a base de estos trabajos. El verano depara para muchos de los chicos de la serie una vuelta a la realidad: los exámenes y trabajos distan de ser el único y (gran) problema y ahora lo es la vida real con todas sus facturas, deudas y números rojos. 

Ante el problema inicial que había comentado sobre la dependencia emocional entre Mike y Ce, Hopper decide cortar de raíz con ello, pidiendo al chico que se aleje de su hija. Esto da lugar a momentos de tristeza por parte de Ce más que por la de Mike, algo que se acompaña con momentos de chicas y chicos para sobrellevar la situación. Ce decide refugiarse en Max, una amiga que apareció en la segunda temporada de la serie y que ha tomado un papel mucho más sensato que el del resto de sus compañeros, y que le recomienda pensar en sí misma: en quién es de verdad Ce sin Hopper y sin Mike. 

Esto es tan esencial que cuesta no reflexionar acerca del papel tan nocivo que muchas series y películas han vertido en otras generaciones de adolescentes. Ante este problema, una semi-ruptura amorosa, hace diez o veinte años, se nos hubiese mostrado una chica llorando en un cuarto o incluso con ideas suicidas frente al amor que se marcha. No olvidemos la película Luna nueva (2009) de la saga Crepúsculo, donde Bella, ante la pérdida de Edward, quiere desparecer y dejar su vida aún siendo muy joven. 

Por tanto, escenas como la de Max y Ce (aunque en ellas haya implícito un mensaje de “compra y serás feliz”) deberían de verse replicadas en otras muchas sagas de series y películas enfocadas a este público. Porque, al final y aunque Ce y Mike vuelvan, lo hacen, en otros términos: él reconoce la situación y no oculta que fue su padre quien le hizo alejarse de ella, y ella encuentra su propia identidad y aprende a que la vida es mucho más que su novio. Aprende que sus emociones deben ir ligadas solo ante sus propias acciones. 

La declaración de Robin

La madurez también se refleja en otros aspectos como la revelación de Robin, la nueva compañera de Steve, sobre su sexualidad. Le habla de lo enamorada que estaba de una novia de Steve en la época del instituto y el motivo por el que ella siempre estaba pendiente de cómo la miraba y cómo podría lograr su atención. Es una conversación que transcurre en un cuarto de baño, donde ambos son vulnerables y abren el corazón el uno para con el otro. 

Como han establecido en Twitter, esta conversación no peca de tropos como que Steve se hubiese mostrado profundamente herido e incluso le dijera que esa “fase pasaría”. Siendo estas frases tan dañinas para la comunidad LGTBIQ+, lo lógico es haber actuado como Steve todas estas veces en las que una mujer ha tenido que decir que no ante una persona que declara su amor, pero siente que no puede corresponderle. Es decir, haber escuchado, entendido la situación, sentirse quizás algo apenado por perder la oportunidad de haber tenido una relación con Robin, pero en ningún caso hacerla sentir mal por ello. 

No puedo sino pensar que esto es motivo de los tiempos actuales y que, en los ochenta, por desgracia, Steve no hubiese actuado de esta manera. Esa década fue una época divertida, animada y colorida, pero también impregnada de homofobia. Muy significativo es el caso de la muerte de Freddie Mercury en el año 1991 y todos los ataques que se vertieron sobre él. 

Hopper, una gran pérdida

Y hablando de muertes, el fallecimiento de Hopper supone un antes y después en la serie. El eterno héroe americano se sacrifica frente a Joyce al tener que desconectar la máquina que permitía que el Portal siguiese abierto. Al fallecer, Ce se vuelve a quedar sin familia, lo que se retrata, muy emocionalmente, cuando la chica lee la carta de su fallecido padre. 

Éste le habla desde el corazón, desde los sentimientos de un Hopper que no solo ha perdido a una anterior hija, sino que siente que también está perdiendo a Ce. ¿Qué mejor para reflejar la adolescencia que el dolor del nido vacío de un padre? Es un hombre con un caparazón casi incorruptible, pero vulnerable ante la imposibilidad de volver a jugar con su hija una nueva partida de su juego de mesa preferido, que ve como quiere pasar más tiempo con su pareja que con él, un hombre que quiere que corra el aire entre Mike y Ce, pero que no puede hacer nada.

Porque, precisamente, en él también se inicia otra fase vital, una en la que debe de dejar de ser protector para ser espectador de los errores y aciertos de su hija, para estar ahí cuando ella quiera y no agobiarla. Es una paternidad sana emocionalmente hablando. Que permitirá a Ce construirse como persona y seguir avanzando, tomando las decisiones por cuenta propia y no dejándose llevar por lo que otras personas digan. Cuando Hopper pide a Joyce consejos, ella ya es ducha en estas materias: sabe lo que es tratar con Jonathan, su hijo mayor, y sabe que los adolescentes necesitan de una independencia mucho más grande que la que la que pueden ofrecerle sus padres.

La muerte de Hopper puede ser un triste y amargo final para una temporada que no ha dejado de darnos escenas míticas como la de Erica, la hermana de Lucas, un personaje tan frustrante como cómico. O el desengaño de la madre de Nancy frente a un Billy que aterroriza a medio pueblo, pero necesario al final para enmarcar el proceso vital por el que estos chicos están pasando justo en esos momentos. 

Los niños crecen

La adolescencia no es un paso fácil, pero es esencial: simboliza la identidad propia, los gustos propios y los intereses para con la edad adulta. De lo que se construya en esa época se nutrirán el resto de fases. Stranger Things 4 podrá desarrollarse de nuevo con la premisa de “algo paranormal llega a Hawkins de nuevo” pero tendrá que hacerlo en un marco que permita el correcto crecimiento de sus actores. Los niños perdidos de Hollywood, como lo fue Macaulay Culkin en los noventa, no son producto solo de la fama. Son productos del falso tratamiento como adultos de personas aún en proceso de maduración, de intensas horas de rodaje sin una educación que los acompañe, de la pérdida de la infancia antes de tiempo. 

Quizás con una cierta responsabilidad por parte de productores, directores, escritores y toda la industria, estos casos no se vuelvan a producir. Cuando eligieron el cásting para Stranger Things no solo estarían buscando los mejores perfiles físicos para actuar frente a millones de personas sino perfiles de unos niños que deberían formarse ante miles de focos. Depende de nuestra responsabilidad como consumidores y espectadores que veamos con buenos ojos una temporada llena, precisamente, de las cosas que en realidad pasan en la adolescencia. Amores de verano, pérdida de amigos, abandono de aficiones, de juegos, y la llegada muy próxima de los trabajos y de la edad adulta, que nos acompañarán a lo largo de gran parte de nuestra vida. Ojalá que los niños de Hawkins dejen de serlo para, permitirles con libertad, convertirse en adolescentes, en adultos. Porque no hay mayor monstruo que hacerse mayor. 

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