#TambiénLosHipsters: ¿Por qué el PP quiere ganarse a la tribu urbana más odiada del siglo?

Para sorpresa de muchos y regocijo de bastantes, el Partido Popular ha tomado a los modernillos urbanos con barba y gafas de pasta como target de su nuevo vídeo electoral. ¿Cómo ha sido eso posible? Aquí proponemos unos cuantos motivos.

Resulta difícil de creer, pero juramos que es cierto: en lugar de apelar a sus electores habituales, el Partido Popular ha optado en su nuevo vídeo electoral por arrimarse a un colectivo cuyo potencial como caladero de votos estaba aún por explorar. Hablamos nada menos que de los hipsters, esa presunta tribu urbana (lo de «presunta», porque casi nadie admite pertenecer a ella) a la que el cliché adjudica barbas pobladas y pantalones pesqueros, ellos, y flequillos cuadrados y rebequitas de punto para las chicas. Las gafas de pasta y los tatuajes de golondrinas, eso sí, son unisex. De este modo, la formación política actualmente en el poder ha lanzado un clip en el que varios jóvenes ataviados cual modernillos de manual rodean preocupados a un colega que les ha comunicado su intención de voto.

Si eso de «nos salvaron del rescate y están generando empleo», por no hablar de la referencia a «los otros» o a la actitud hacia las ballenas de Mariano Rajoy no te parece lo bastante sonrojante, el que fuera registrador de la propiedad más joven de España ha publicado este tuiteo en su cuenta personal. Ojo a la expresión del joven que acompaña al presente inquilino de la Moncloa, y al hashtag «TambiénLosHipsters», inventado para la ocasion.

Si bien esta campaña tiene visos de pasar a los anales como uno de los momentos menos afortunados del PP (junto a aquel vallenato, o a cierto vídeo fusilado de una campaña electoral latinoamericana) cabe preguntarse por qué los expertos en comunicación de Génova 13 han decidido apelar precisamente a los hipsters para que escojan su papeleta el próximo 20 de diciembre. ¿Es que no saben que se trata, probablemente, de la tribu urbana más denostada del siglo XXI? Aun así, para todo hay una explicación… y a nosotros no se nos ha ocurrido sólo una, sino muchas.

Porque, entre barbudos, hay que ayudarse

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Como señalábamos antes, uno de los elementos más señalados (y caricaturizados) del varón hipster medio es su barba. Esa barba que algunos comparan con la de un judío ultraortodoxo, otros con la de ese señor tan simpático que vive en el cajero automático de la esquina… y algunos con la del propio Rajoy. Si bien la pilosidad facial del político compostelano resulta mucho más arregladita, como corresponde a un señor de orden de toda la vida, no negaremos que existe una afinidad: tal vez los hipsters de hoy sean los peperos de 2030.

Porque su origen socioeconómico es el adecuado

No estamos inventando la pólvora si afirmamos que al Partido Popular se le considera portavoz de los intereses de las clases altas. Y tampoco nos arriesgamos mucho si decimos que, para la opinión pública, decir «hipster» es casi lo mismo que decir «pijo con ínfulas de moderno». Basta con ver el legendario spot de Loewe que puedes encontrar arriba, o pasearse un rato por la web Hipsters from Spain, para comprobar que Miranda Makaroff, María Rosenfeldt, la supermodelo murciana Sita Abellán y otros exponentes de la subcultura vienen de un entorno para el cual la conservación del statu quo es más importante que unas pintas más o menos excéntricas o una vida nocturna tirando a desordenada. Así, todos estos chavales y chavalas podrían hacer suyo sin problemas aquello tan bonito que decían en El Gatopardo: «Se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi». Disculpen que empleemos el original italiano, pero es que, como buenos hipsters, somos cultísimos.

Porque nadie como un hipster para rescatar modas out

De acuerdo con el último barómetro del CIS, la popularidad del PP está empezando a flaquear. No es que la formación se halle al borde de una debacle en los colegios, pero su porvenir se anuncia lejano de esa mayoría absoluta tan aznariana y tan adecuada para hacer el rodillo en las Cortes, algo que seguramente se deba a que el naranja es hoy un color más trendy que el azul entre los jóvenes de derechas. Y, claro, aquí entra otro de los clichés asociados al mundo hipster: su falta de pudor a la hora de adoptar éticas y estéticas ya pasadas, e incluso vergonzosas, para convertirlas otra vez en lo más. Aun y con todo, sospechamos que un revival de aquel himno del partido en versión makinorris sería excesivo hasta para Brianda Fitzjames-Stuart.

Porque les encantan las bicis, como a Ana Botella

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«A cada hipster, su fixie», reza el dicho popular (y, si no lo reza, nos lo inventamos, ¿pasa algo?). Porque, entre los rasgos asociados al modernillo urbanita, destaca esa obsesión por las bicicletas de piñón fijo… y, como hemos podido comprobar para nuestra desgracia o nuestro choteo, la ex alcaldesa de Madrid comparte ese amor por los velocípedos. Durante sus últimos meses de legislatura, la santa esposa de don José Mari llenó la capital con unas bicicletas motorizadas extremadamente feas, con unos expositores capaces de convertir cualquier tramo de acera en una pista americana y cuyo alquiler (dos lereles por cada media hora de uso, abono de 25 euros aparte) resulta más adecuado para el turista con recursos que para el ciudadano medio.

Porque ayudan a limpiar las ciudades de escoria

Érase un barrio depauperado, miserable incluso. Uno de esos lugares, en el centro de cualquier ciudad, a los que la gente va para embolingarse cuando sale de marcha, pero cuya población estable se compone de jubilados, parados de larga duración, inmigrantes y demás purria de escaso poder adquisitivo. ¿Cómo remediarlo? Pues procurando que jóvenes con la cartera medianamente repleta, dedicados a profesiones creativas y con pocos reparos ante el consumo conspicuo se instalen en él, atraídos por su encanto bohemio y sus bajos alquileres. Así, debido a la magia de la gentrificación, un entorno patibulario (pero con pequeños comercios, familias instaladas desde hace generaciones y todas esas cosas) se convierta en una próspera zona comercial, con sus pop up stores y todo. A resultas de este proceso, tan hipster él, un redactor de esta casa que reside en el madrileño barrio de Malasaña siente nauseas cada vez que oye pronunciar la palabra «cupcake». 

Porque han leído a Víctor Lenore, y se lo han creído

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¿Recuerdan la que se armó cuando el ex redactor de Rockdelux La Razón publicó su enjundioso tratado Indies, hipsters y gafapastas: crónica de una dominación cultural? Pues apostamos que en Génova 13 le han echado un ojo al volumen… y lo han entendido de aquella manera. Si, para Lenore, cualquier forma de cultura pop que no tenga nada que ver con Manu Chao, la cumbia villera, el reggaeton o el hip hop de UVA conflictiva es un caballo de Troya a sueldo de la hegemonía capitalista, resulta comprensible que los asesores del Partido Popular hayan interpretado dichos postulados por lo literal, pensando que bastaría con un poco de ironía posmo para que los barbudos y las chicas con lacito y cuello redondo se disputen sus papeletas cual ediciones limitadas de Animal Collective. Dudamos de que la maniobra tenga éxito, pero si, cuando vayan a depositar su voto, ven un montón de fixies aparcadas frente a su colegio electoral mientras un olorcillo a glaseado emana de las urnas, no digan que no se lo advertimos…

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Un comentario

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