Televisión pública, cine franquista y (peticiones de) censura

Que una televisión pública emita cine pre-democrático siempre es un tema peliagudo. Especialmente si es abiertamente propagandístico. ¿Pero dónde debemos poner el límite a la exhibición? ¿En la intencionalidad de la obra, en su valor artístico o en su valor histórico?

Aunque rara vez sea tema de conversación en los mítines, la cultura es el principal campo de batalla de cualquier disputa política. Dado que todo es narrativa, que la única manera de conseguir llevar adelante un proyecto de país es transmitir a los ciudadanos que nuestra idea de política es la única deseable, la cultura es, necesariamente, un elemento clave de cualquier campaña política. Y sin embargo, tanto a izquierda como derecha, parece que sólo se acuerden de ella en términos explícitos para denunciarla.

El último caso ha sido Marina Albiol, eurodiputada por Izquierda Unida, lamentándose de la emisión de Sin novedad en el Alcázar, película que ganaría la copa Musolini a mejor película italiana en el festival de Venecia, por ser una apología del franquismo. Hasta el punto de, como añadió unas horas después, llevar el asunto hasta el parlamento europeo. ¿En verdad es para tanto la película o es sólo una pataleta fuera de lugar?

No hay respuesta fácil aquí. La película, dirigida por Augusto Genina para el mercado italiano, nos narra la historia de la defensa del Alcázar de Toledo, alternando siempre entre el punto de vista de los republicanos y de los nacionales, con una sensible diferencia en la caracterización: mientras que los primeros son siempre y exclusivamente políticos, bandoleros y asesinos, los segundos son un crisol cultural que va desde militares, curas, mujeres, niños y todos aquellos que, en la narrativa franquista, caracterizan el espíritu español. Gente de corazón puro, gente que ama España. Algo que podemos apreciar incluso en los arcos de personaje. No por nada una de las subtramas de la película, el romance entre Conchita Alvarez y el Capitán Vela, se basa en cómo ella deja atrás una vida casquivana, basada en picar de flor en flor -a pesar de que el desarrollo de la historia contradice esa idea en uno de los (muchos) agujeros de guión de la película-, para mostrarnos, de forma sibilina esa ideología imperante durante el franquismo: sólo el verdadero amor, el camino de dios y Franco, es el que nos llevara a la auténtica felicidad. El mismo amor que se siente por España quien moriría por ella.

Si bien es cierto que la película es problemática en todos los sentidos, eso no la hace censurable. Es historia de nuestro cine, nos guste o no. Incluso si la producción en realidad es italiana. Además, queda otra noción necesaria que abordar: el efecto vacuna. Al igual que el gobierno alemán reedita Mi lucha con la muy saludable intención de que todo alemán pueda conocer el pensamiento de Hitler, es positivo exhibir películas de propaganda franquista para conocer su pensamiento y no caer en sus réplicas contemporáneas. Incluso si, en su forma ideal, debiera venir con un estudio crítico que explicara todas sus falsedades, mentiras y medias verdades.

A Sin novedad en el Alcázar sólo se le puede exigir no ser emitida por dos motivos: por ser una película horriblemente mala y porque carece de cualquier interés sin contextualización. No por apología del franquismo. Quien hoy, con los cambios en la sensibilidad y en la situación social, se sienta interpelado por la película, o tiene más de setenta años (y venía convencido de casa) o tiene un claro problema de anacronismo emocional.

Por suerte o por desgracia, ningún político parece tan sensibilizado con el arte como para pedir la no emisión de una película basándose en su valor artístico. Y mientras las películas se emitan por su valor histórico, las críticas en lo político quedarán, en cualquier caso, del lado de las peticiones de censura.

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