[Temazo a temazo] – ‘Deseo carnal’ (Alaska y Dinarama, 1984)

En nuestra sección Temazo a Temazo vamos a ir desgranando discos impecables una canción tras otra. Y, para estrenarla, contamos con un disco como una casa: la obra maestra de Alaska, Carlos Berlanga y Nacho Canut Deseo Carnal, diseccionada con bisturí y devorada con regodeo caníbal.

Ahora puede parecer una tontería, pero aseguramos que hace 31 años no lo era en absoluto. Todo en aquel disco, desde la portada con chulazo incorporado (una de las creaciones más inspiradas, o menos horribles, del diseñador argentino Juan Gatti) hasta el despiece porcino y vacuno que animaba la funda interior, pasando por las canciones, resultaba un pasaporte hacia territorios inmencionables. Lanzado en septiembre de 1984, el segundo álbum de Alaska y Dinarama (o el primero, si se cuenta con que Canciones profanas había aparecido a nombre de Dinarama + Alaska)  fue la fanfarria con la que muchos españoles de entonces volvieron al colegio, la oficina o las labores domésticas tras el rigor del verano. Y, aunque muchos de esos oyentes no lo supieran, o aunque sólo lo intuyeran, aquel LP tan pulido, tan lleno de estribillos y tan aparentemente mainstream era, en realidad, una sucesión de goles por la escuadra contra la moral de su país y de su época.

Si bien la dramatis personae de semejante hito es bien conocida por todos, cabe recordar el estado en el que se hallaba por entonces: Olvido Gara Jova, alias Alaska, era aún esa mocita que espantaba a los padres con su look, pero también era una mujer doliente que había sobrellevado con dignidad la debacle final de Pegamoides y que parecía en pos de una sobria madurez como vocalista. Sobre Carlos Jesús García Manrique, por buen nombre Carlos Berlanga, podrían escribirse enciclopedias: compositor formidable, buen cantante y guitarrista limitado, aunque competente; empezaba a desarrollar ya ese perfil cuyos testigos nos pintan ahora como un híbrido entre la indefensión del cachorrito y la viscosidad de la sabandija, azuzado a partes iguales por una timidez hipersensible y una contradictoria, autodestructiva sed de fama, de vodka y de chinos de burro.

En cuanto a Nacho Canut, también se merece una mención: resulta que ese bajista de versatilidad prodigiosa, capaz de moverse del espasmo punk al funk más curvilíneo sin pestañear, acababa de atravesar una relación sentimental que él mismo describe como truculenta por la inseguridad y por la abundancia de cuernos. Algo que se tradujo en unas letras en las que el subtexto gay (obvio hasta el cachondeo para un oyente actual), la sed de violencia y los tirones del bajo vientre se conjugaban sin dejar huecos.

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En realidad, los protagonistas del culebrón nos cuentan todo eso en imágenes desde la misma cubierta del disco. Mientras la primera actriz se abraza en el frontal a un saco de músculos (posteriormente, Alaska comentaría que el chavalote le parecía “una lamia” carente de glamour alguno: saque cada uno sus conclusiones), sus chevaliers servants lucen actitudes bien distintas en la contraportada. Canut, por entonces aún mollar, pone cara de “ven aquí, chato, que no muerdo”, mientras que su compañero rehúsa mirarnos a los ojos con una expresión, bien despectiva, bien soñadora.

Dicha presentación gráfica nos comunica que Dinarama ya no es un grupo (concretamente, el grupo con intenciones bailables montado por Berlanga antes de irse a la mili), sino un trío. Aun así, en el contubernio participan más elementos. Tenemos a Marcos Mantero, teclista que había militado en los progresivos Imán Califato Independiente y cuyo Prophet 5 nutre al álbum de muchos grandes momentos. También aparece Jorge ‘Toti’ Arboles, baterista cuyas tóxicas costumbres le habían convertido en destinatario, el año anterior, de la letra de Barco a Venus, uno de los mejores hits de Mecano. Finalmente, para no extendernos, señalemos la presencia de un chaval de Bembibre (León) con más pluma que un almohadón antiguo, recién incorporado a la banda para sustituir a Ángel Altolaguirre: se llama Luis Miguélez, y es uno de los mejores guitarristas de rock de España, aunque en ese momento pocos lo saben.

Así pues, tenemos un reparto intachable (por entonces) y unos medios técnicos a todo lujo: grabación en Londres con arreglos de viento y cuerda, presentación en directo en el programa La edad de oro de TVE. Todo ello a año y medio vista del referéndum sobre la permanencia de España en la OTAN, y en el contexto de un país que se felicita a sí mismo por sus rutilantes muestras de modernidad mientras apedrea a los músicos que se presentan a tocar en las fiestas del pueblo con pintas demasiado à la page. Así, entre tertulias con la alta alcurnia intelectual y combates (perdidos de antemano) con orquestas verbeneras que tocaban Smoke on the Water después de Paquito el chocolatero, Deseo carnal se gestó, se promocionó y se convirtió en parte de nuestra conciencia colectiva. Veamos con detalle cómo fue esto posible.

Cómo pudiste hacerme esto a mí

“Ella lo vio salir de allí / Ahora sabía la verdad / Y se decidió…”. ¿El mejor comienzo posible para un disco español de pop? Seguramente, pero también una declaración de intenciones: en 1983, con la sangre de Eduardo Benavente enrojeciendo aún una cuneta de la Rioja, Canciones profanas se había abierto con Crisis, un latigazo esquemático cuya letra suena más vigente que nunca hoy en día. Deseo carnal, en cambio, era otra historia, y esta canción lo deja bien claro: en lugar de un cold open de bajo y batería, aquí tenemos cuerdas, sintetizador, flauta y saxo soprano para envolver suntuosamente los títulos iniciales. En realidad, podemos agradecer que el grupo no consiguiera hacerse con un productor de más empaque como Zeus B. Held (entonces lo más de lo más gracias a sus trabajos con Dead Or Alive y Gina X), los incipientes Stock, Aitken & Waterman o incluso Trevor Horn, muy admirado por Berlanga. Allí donde una primera figura se hubiera hecho con el protagonismo, el eficiente segundón Nick Patrick aporta el punto justo de profesionalidad sin avasallar la identidad del grupo. Alaska y Carlos se reparten los papeles del drama a ritmo de high energy, y el vulgo insiste desde el principio en que el auténtico título del tema es No me arrepiento. En la cara B del maxi tenemos la frenética Tormento, otro temazo (aparecido ya, en otra versión, como cara B del single Deja de bailar) y De sol a sol, instrumental firmado por Berlanga en el que Mantero, Arboles y el saxofonista Ron Asprew se desfogan lánguidamente.

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Isis

Que el segundo tema de Deseo carnal sea un homenaje poco disimulado a la mismísima Helena Blavatsky y su megatocho Isis desvelada sigue provocando levantamientos de ceja, por más que el clan Pegamoide siempre fuese aficionado al ocultismo y que las referencias a la fundadora de la Teosofía anden empapadas de un costumbrismo sacado a medias de las páginas del ¡Hola! y de las de El caso: a qué, si no, esa oportuna referencia a las caras de Bélmez. Con el grupo funcionando a todo trapo (esta es la primera demostración de los poderes de Miguélez a las seis cuerdas), la cantante entona una letra con tanto de evocación mística como de confesión de un individuo en profunda crisis de fe, mientras que Berlanga renuncia al primer plano para aportar unos coros muy graves y muy ceremoniales. Las canciones de Dinarama mostraban a veces una poco disimulada inclinación hacia la épica, y en el estribillo de esta canción (“Clavos ardiendo / En busca del Grial”) esa tendencia dio sus mejores frutos.

Ni tú ni nadie

¿¡Ya!? Hay que joderse: llevamos sólo tres cortes, y Dinarama han disparado ya tres de sus mejores trallazos, culminando con esta PUTA MARAVILLA en la que el grupo se apunta otro hit rindiendo doble homenaje a Marc Bolan y Phil Spector. Estamos ante la pieza más rockera del disco hasta el momento, introducida por un riff de guitarra poco menos que infalible y empeñada en apabullarnos, tanto por una melodía que es puro crescendo como por arreglos que optan de nuevo por soltarle la correa a la orquesta: ojo a ese interludio con corno francés delatando la disimulada influencia de los Beatles en Berlanga y Canut. Así, lo que podría haber sido un ejercicio de pomposidad huera se eleva hasta las alturas gracias a la contundencia, a un estribillo carne de karaoke (o de cántico despiertavecinos en una madrugada de sábado) y a esa letra espléndida por cuya causa YouTube está lleno de vídeos que rebautizan a la canción como Mil campanas. Lanzado como tercer sencillo del álbum, con la estimable pero menor Jaime y Laura en la cara B, Ni tú ni nadie fue presencia constante en las radiofórmulas españolas durante la primavera y el verano de 1985. Se lo merecía.

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Sólo por hoy

Relativo bajón, subrayando lo de “relativo”. Al fin y al cabo, por más atemporales que suenen sus cumbres, Deseo carnal es un disco hijo de su tiempo, concebido por tres cerebros que querían ser modernos a toda costa. Y como en 1984 la onda siniestra aún coleaba, pues aquí tenemos a esta hija de las tinieblas cuya sonoridad remite por igual a Bauhaus y a los Joy Division de Day of the Lords. Aun así, Sólo por hoy aguanta el tirón, especialmente debido a un Carlos Berlanga que hace suya, en insospechado registro de drama queen, esa letra donde se conjugan la bilis del despechado, el debatirse dentro del armario y la retórica de los ejercicios espirituales. Puestos a ser malpensados, podemos sospechar que las vinculaciones entre la adinerada familia Canut y el Opus Dei pudieran tener relación con esto último.

Falsas costumbres

Tras el paroxismo, la derrota, y con ella la mejor canción del disco: así como suena. Sea la aceptación de lo irreparable en una relación tóxica, una oda opiácea o un dejarse llevar por la depresión, nada falta ni nada sobra en este tema tan deudor de la canción melódica de toda la vida como del pop más refinado de las décadas anteriores. Con los arreglos de cuerda arropando a un Miguélez que no sabe si quiere ser Mick Ronson o Robert Fripp, y con una progresión más complicada de lo que parece (amigos cantantes, atrévanse), Falsas costumbres resulta una rara combinación de disciplina y delicadeza cuya recoletería es totalmente voluntaria, algo que la mantiene a salvo de aparecer como prueba en La Voz y engendros similares. Por lo demás, este tema siempre será un himno para aquellos que, más a menudo de lo deseable, nos sorprendemos a nosotros mismos pensando en el tiempo perdido en pensar en el tiempo que perdemos.

Un hombre de verdad

Pese a las circunstancias que han llevado a su aclamación como mártir, Carlos Berlanga no debía ser un sujeto de trato fácil en los menesteres creativos. Sin ir más lejos, el compositor siempre se negó a trasponer sus canciones, escritas para su registro de tenor, a fin de que la contralto Alaska pudiera hacerse con ellas más fácilmente. Esta mala costumbre, que llegará a su cénit durante la grabación de No es pecado (1986), queda muy, muy patente en el segundo sencillo de Deseo carnal: durante los cuatro minutos y medio de Un hombre de verdad, la cantante suda la gota gorda para mantener el falsete al cantar una letra que no le hacía ni pizca de gracia y con la que no se sentía identificada en absoluto. Por otra parte, el segundo sencillo del álbum demuestra una de las grandes virtudes de su coautor, ya empleada en temas pretéritos como el Otra dimensión de Pegamoides: la capacidad para apropiarse de ideas ajenas. Un poco del I Want Your Love de Chic, otro poco del I.O.U. de Freez, y ya tenemos un impecable latrocinio de guante blanco, bailado sin descanso en discotecas playeras y fiestas patronales por un público consciente sólo a medias de que el tema no sólo le servía a Canut para dispensar una de sus mejores líneas de bajo, sino también para expresar (una vez más, mediante persona interpuesta) unas meteóricas ganas de yacer con varones. En otro orden de cosas, la siguiente gira veraniega de la banda permitió a Alaska palparle hasta el alma a Víctor Coyote, con quien a veces escenificaba numeritos calentorros durante la interpretación de este tema.

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La decisión

Alguna mala, o menos buena, tenía que haber. Mientras que Sólo por hoy aguantaba con mucha dignidad su condición de oveja negra en un rebaño rosa, esta canción queda como la más perecedera del álbum. Algo debido en muy buena parte a ese ritmo tan ochentas (“tucu-tucu-tucu-tún”) que en su momento debía ser ideal para bailar extendiendo los brazos y mirando al suelo mientras se agitaba el cardado, pero que ahora hace que el tema resulte un spin off menos apoteósico, y menos inspirado, de la inmortal Perlas ensangrentadas. Ahora bien, que conste que esto es subjetivo, y que La decisión cuenta tanto con un estribillo muy apañado como con un solo de guitarra minimal y saturado. Por lo demás, y por el que suscribe, ni fu ni fa.

Deseo carnal

Una película del destape. De las malas, además, y protagonizada por Susana Estrada y una Marujita Díaz ya muy jurásica. De ahí provienen el título de este disco y el de la canción que le da título. Ignorando si Berlanga y Canut llegaron a ver el filme, o si simplemente les hizo gracia el título entrevisto en la cartelera de un periódico, dejemos claro que este tema es uno de sus mayores triunfos, tanto por su calidad intrínseca como por su capacidad para hacer comulgar a la modernidad con ruedas de molino: tres años antes de que Pedro Almodóvar ponga de moda a Los Panchos con La ley del deseo, Dinarama se marcan tremendo bolerazo, respetuoso con las convenciones de un estilo exigente donde los haya y envuelto en arreglos de terciopelo sucio, entre los que se lucen especialmente las percusiones de Roberto Timaná Allen. Por lo demás, nos fiamos a la sabiduría popular, en forma de impagable comentario de YouTube: “Cuento que resume esta canción: Ella lo quiso mucho. Se volvió puta y estando borracha le llama a él por teléfono porque lo extraña. El botones del hotel le dice que ya tiene un cliente y tiene que regresar a trabajar. En resumen se trata de una tragedia”. Ante tal perla, ¿qué más añadir?

Víctima de un error

Planear la secuencia de un disco es una putada de las gordas, de esas contra las que muchos grandes se han roto la cabeza sin hallar un equilibrio satisfactorio. Pero lo que no resulta tan conocido es que elegir la penúltima canción puede ser más difícil que ponerle la guinda a la tarta. Enfrentados a esta prueba, Dinarama aprueban con sobresaliente. Sin duda el tema más berlanguiano del disco, este cuento con ecos de Hitchcock sobre un falso culpable es muchas veces desdeñado como una pieza menor dentro de Deseo carnal. Pamplinas: además de una osadía creativa considerable, Víctima de un error resulta un rayo de sol tras tanta penumbra, un rompepistas al alcance de cualquier pinchadiscos… y también un cebo que nos levanta los ánimos antes del mazazo final. Un grupo en circunstancias menos óptimas hubiera podido pensar que, tras las notas de saxo que ponen fin al tema, era el momento de cerrar el chiringo y darse palmaditas en la espalda por haber firmado un disco como una catedral. Afortunadamente, Dinarama no eran ese grupo.

Carne, huesos y tú

En 1982, la muy esotérica Llegando hasta el final le había dado el cerrojazo a Grandes éxitos (el único LP de Pegamoides) esbozando un relato misterioso, lovecraftiano casi, pero dotado aún de un cierto ímpetu adolescente. Después, la tan bailable como cínica Deja de bailar concluyó Canciones profanas con una colleja a aquellos que todavía esperaban una sucesora para Bailando. Pero, a fin de concluir el mejor álbum de su carrera, la banda entregó un ejercicio de metaficción mucho más cruel. Concebida en parte como un homenaje a Ghost Town de los Specials (algo que apenas se nota en el producto final), la canción más aparentemente desnuda del disco se compone de unos pocos teclados, unos arreglos casi de cámara y otro cuento de terror donde ya no hay proyección hacia el futuro, sino la incapacidad de sobreponerse a un pasado lleno de moho. Haciendo honor al humor negro marca de la casa, este tema casi litúrgico en sus coros finales resulta conceptualmente impecable: no sólo documenta el derrumbe de una pareja (el tema central de muchas otras canciones del disco), sino que también nos recuerda que el destino último de todo cuerpo es pudrirse. ¿Pretendían eso sus autores? Vete a saber. Pero, más allá de las sonrisas de complicidad morbosa, da algo de aprensión saber que una obra tan dada a los excesos acaba con un memento mori.

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[Temazo a Temazo es la sección de Canino en la que se desgranan discos míticos canción a canción. Como siempre en Canino, eso no implica que sean productos perfectos o artefactos redondos, solo que hay cosas que contar. Y las contamos.]

 

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