[Temazo a temazo] ‘True Blue’ (Madonna, 1986)

True Blue, el disco que convirtió a Madonna en el arquetipo de la diva pop moderna, acaba de cumplir treinta añazos como treinta soles. Es el momento de dedicarle uno de nuestros análisis exhaustivos, sin olvidarnos ni de Sean Penn, ni de La Isla Bonita ni del "Italians do it better".

A estas alturas, después de The Fame Monster, de Unapologetic, de 1989 y de la dupla formada por Beyoncé y Lemonade, entre otros ejemplos es difícil concebir lo que pudo suponer todo esto. Y, está claro, el aura mítica de este lanzamiento también palidece si la comparamos con la acumulada por Like a Prayer tres años después. Pero hay que asumirlo: True Blue, ese álbum que salió al mercado el 30 de junio de 1986, no es sólo uno de los mejores álbumes de Madonna (en el siglo, Louise Veronica Ciccone), sino también el elepé que consagró a aquella canija de Michigan como mito moderno. Lo cual viene a ser lo mismo que codificar, de forma más o menos definida, los arquetipos por los cuales se rigen las divas de la música popular, desde entonces hasta hoy.

Es un topicazo enorme decir que, después de ‘Madge’, ninguna cantante pop ha sido valorada en los mismos términos. Pero ese topicazo contiene grandes dosis de verdad: el uso (entre lo desinhibido, lo irónico y lo mercantil) de la sexualidad para crear imagen, la lengua de víbora en las entrevistas, la maestría en la manipulación de los mass media y esa capacidad para estar perpetuamente en la pomada no eran virtudes novedosas cuando la Ambición Rubia empezó a dar señales de vida, pero pocas veces se habían visto reunidas con tanto poderío en un solo cuerpo. Un cuerpo que, además, era (¡cielos!) el de una mujer. Y el de una mujer que, cuando True Blue llegó al mercado, podía alardear de tener ya más conchas que el proverbial galápago, tanto como artista como en lo tocante a su relación con la industria.

madonnatb

Si bien aún no era aún esa figura mitológica, aupada junto a Michael Jackson y Prince (dos varones afroamericanos, por cierto, y de sexualidad medianamente ambigua) al Olimpo de los hit parades ochenteros, la Madonna de 1986 era una chica que lo había visto ya casi todo. Y que había hecho casi de todo, también: había grabado coros para Patrick Hernandez, había participado en un par de grupos (The Breakfast Club y Emmy and the Emmys) cuyas maquetas revelan una desaprovechada faceta nuevaolera, y se había arrimado a unos Soft Cell hasta las cejas de MDMA durante su primera gira americana. También había trabajado como compositora de alquiler, y había publicado un sencillo (Everybody, 1983) que apareció sin su foto en la portada. Los mandamases del sello Sire consideraban que aquella canción sólo sería bien asumida por el público negro, por lo cual convenía ocultar que su responsable era una ragazza de origen ítalo.

La historia posterior, si bien conocida, también merece un vistazo: tras un hit a trasmano (Holiday, 1983), llegaron un formidable debut largo (Madonna -1983-, el disco que contiene Lucky Star y Borderline) y un segundo álbum (Like A Virgin -1984-) medianamente regulero, pero que comenzó a sembrar la polémica gracias al tema titular y a la tan vilipendiada Material Girl. Después de una gira apoteósica y de la película de rigor (Buscando a Susan desesperadamente, 1985), ‘Madge’ debería haber desaparecido sin dejar huella, como correspondía a un figurín lanzado a la sombra de Cindy Lauper. Pero, basculando entre el pop orientado a las discotecas y la seriedad confesional, True Blue no sólo resultó un éxito (el disco más vendido de 1986 en todo el mundo, realmente) sino que hizo callar a quienes pensaban que Madonna se iría al pique arrastrada por su bisutería. Veamos cómo lo consiguió.

Papa don’t preach

madonna_papa-dont-preach

Con los precedentes que hemos explicado, resulta difícil adivinar lo que un oyente de 1986 debió sentir frente a su copia de True Blue. En comparación con los excesos estéticos de los años anteriores, ese perfil retratado por Herb Ritts resultaba de una sobriedad inesperada, incluso intimidante. Para colmo, la edición estadounidense del disco no mostraba ni el nombre de la autora ni el título del álbum: la faz de Madonna era ya lo bastante conocida como para que sus fans identificasen su nuevo lanzamiento sólo con verla. Y, tras el impacto visual, llegaría el impacto sonoro, con esas cuerdas (seguramente producto de un sampler Fairlight o Emulator) rapiñando fragmentos de una sonata de Beethoven y esa ‘Madge’ que canta en un tono mucho más grave de lo habitual sobre una base, si bien bailable, también repleta de pasajes dramáticos. No es música ‘para adultos’, pero tampoco es pop de chicle. Es, podríamos decir, adolescencia pura.

Y, si de adolescencia hablamos, debemos remitirnos a ese vídeo que tanta controversia causó en su momento. Dirigido por James Foley (Glengarry Glenn Ross), el clip viene a decirnos que la jovencita de Holiday ya es una mujer… y que, como corresponde a una moza de costumbres disipadas, ha celebrado la coyuntura dejándose hacer un bombo: su pappa, interpretado por Danny Aiello, tendrá que asumir la noticia como pueda, porque la chica quiere dar a luz y formar una familia con su maromo, mecánico de oficio y con pinta de macarrilla sensible. Atacados en dos frentes cuando el disco llegó al mercado (según la derecha, aquello era una incitación a la promiscuidad adolescente, mientras que el otro bando lo interpretaba como un retrógrado ataque a la planificación familiar), tanto el vídeo como los versos resultan un tanto ingenuos de más analizados desde una mentalidad actual. Ahora bien: nosotros seguimos soñando con una camiseta en la que ponga “Italians do it better”.

Open your heart

open

El destino de un álbum pop se decide en sus dos primeros cortes. Y, en el caso de True Blue, dichos temas pueden mandar a la lona a cualquier oyente con la guardia baja. Tras Papa Don’t Preach, con sus neuras sociosexuales, esta canción resulta una jubilosa celebración del fornicio, agraciada con esos teclados que dejan caer escalas pentatónicas como polvo de hadas y esa progresión climática hacia un estribillo cuya letra (“Ábreme tu corazón, cariño / Yo tengo la cerradura y tú tienes la llave”) es un puro lapsus freudiano. La buena mano de Patrick Leonard, arreglista que ha comenzado a trabajar con Madonna en este álbum y que seguirá a su lado hasta Ray of Light (1998), se hace notar en esta joyita, tan entrañable como lujuriosa y pegadiza.

El vídeo correspondiente, dirigido por Jean-Baptiste Mondino, es otra maravilla. Y, para variar, fue objeto de diversos ataques. Para algunos, el hecho de que Madonna se hiciera filmar como bailarina de peep show no hacía sino confirmar su condición de pelandusca, mientras que otras comentaristas la acusaron de dejarse objetificar por treinta denarios, cual una Judas del feminismo. Aun a riesgo de entrar en un jardín, obsérvese lo siguiente: ese público de ojos ávidos que contempla a la artista no se compone (sólo) de varones lascivos, sino de los estereotipos asociados, ya entonces, al público que seguía a ‘Madge’, o que la observaba.

Desde la pareja de hombres gays sacados de una fotografía de Pierre et Gilles al erudito que toma notas furiosamente, pasando por la chica con avíos de drag king y el chavalote tan sonrosado como salido, el clip presenta una galería de figuras (bien épicas en su soledad o su marginación, bien lamentables) expuestas a la presencia mirífica de la diva, pero no indica en ningún momento si dicha visión les proporciona catarsis, consuelo o una excusa para regodearse aún más en sus miserias. Y eso mismo podría decirse acerca de los espectadores y las espectadoras que veían el clip en sus casas. En cuanto a la diva en sí, está demasiado ocupada saliendo por piernas de ese antro cuyo anuncio es una ilustración de Tamara de Lempicka, para desaparecer junto a un fan prepúber (interpretado por el actor infantil Felix Howard, futuro compositor de canciones para Kylie Minogue, Sugababes, Lana Del Rey y otras) que se viste igualito a ella, en un último plano que calca el final del Tiempos modernos de Charles Chaplin. Y luego se preguntan por qué hay tesis doctorales sobre esta señora…

White heat

Como hemos señalado antes, True Blue es un disco de transición, y su tercer corte deja esto bastante claro: la canción combina los parámetros del dance pop en los que se movió Madonna en sus trabajos anteriores con su recién descubierta pasión por las citas más o menos cultas. En concreto, por el cine clásico, ya que rinde tributo a Al rojo vivo (obra maestra del noir filmada por Raoul Walsh en 1949) y samplea la voz de su protagonista James Cagney en un par de momentos. Pese a este matiz, y aunque White Heat aguanta el tipo decentemente tras los dos monumentos que la han precedido, no resulta demasiado memorable. La devoción de ‘Madge’ por el celuloide rancio reaparecerá, con más fortuna, unos años más tarde, mediante las citas a Fritz Lang y su Metrópolis en el vídeo de Express Yourself (David Fincher, 1989) y, sobre todo, a través de ese himno al postureo lúbrico titulado Vogue, cuyo videoclip (también obra de Fincher) y cuya letra son formidables tributos al Hollywood dorado sobre bases house.

Live to tell

live

Hay que aceptarlo: un año antes de grabar True Blue, Madonna se había casado con un joven actor llamado Sean Penn, con quien formaría una de esas parejas ‘artísticas’ que acaban resultando en unas cuantas obras fallidas y en una monumental guerra de egos. En 1986, no obstante, los nubarrones de un divorcio tormentoso sólo se aventuraban en el horizonte: aunque el fracaso de crítica y taquilla titulado Shanghai Surprise se estrenaría sólo dos meses después del lanzamiento de True Blue, la relación entre la reina de los charts y el astro de la pantalla pasaba por un momento lo bastante dulce como para que ‘Madge’ intentase colar a su churri como director del vídeo de Open Your Heart (por suerte, no lo consiguió) y para que el single que sirvió de adelanto al álbum fuese este baladón.

Cedida por la cantante a la BSO de Hombres frente a frente, un drama gangsteril coprotagonizado por Penn y Christopher Walken, Live To Tell fue saludada en su momento por parte de la crítica como el nacimiento de la Madonna ‘adulta’ y ‘madura’. Ahora, podemos considerarla como la canción más contenida del álbum, y también una de las mejores: aunque alejada de otros cataclismos emocionales aún por llegar (Oh Father, Rain y Secret, sin ir más lejos), la canción le sirve a su intérprete para lucir su discreta voz de mezzosoprano, y para adoptar una de las máscaras favoritas de las chanteuses de todos los tiempos: la de la superviviente que ha soportado una relación abusiva y ha vivido para contarlo. Sabiendo lo que sabemos ahora acerca del affaire Ciccone/Penn (y sabiendo los altares que se merece Robin Wright por haber aguantado durante tantos años a ese sujeto), la letra tiene un valor casi profético.

Where’s the party

De entre todos los temas de True Blue, este es el que más evoca a la Madonna primigenia, con sus percusiones latinas, su voz aguda y su pulsión discotequera. Y eso no es por accidente: Where’s the party lleva la firma de Stephen Bray, antiguo batería de Emmy and the Emmys y coautor de la excelsa Into The Groove, entre otras gemas del repertorio madonnesco. Con una temática muy cara a la música de baile, y tan vieja como la música pop en sí misma (la confesión de una currante que, llegado el viernes por la tarde, no ve el momento de partir en busca de unos copazos y unos contoneos sobre la pista), Where’s the party dispensa un estribillo tan elemental como efectivo, una línea de bajo inolvidable y un frenesí de ritmo que la convertirán, a medio plazo, en uno de los puntos álgidos de muchos directos de la cantante.

True blue

True Blue (1)

Hasta bien entrados los dosmiles (y, concretamente, hasta que la ruptura entre Sean Penn y Robin Wright se hizo pública), Madonna no interpretó esta canción en directo, e incluso la dejó fuera de The Immaculate Collection (el apabullante ‘grandes éxitos’ publicado en 1990). Algo fácil de entender: True Blue está dedicada a su por entonces marido, descrito en las notas del álbum como “el tío más guay del universo”. Ironías aparte, podemos decir que esto es una lástima, porque se trata de uno de los experimentos formales más bonitos de su carrera: la manera en la que emula aquí a los girl groups de los cincuenta y sesenta (Ronettes, Shirelles y demás) resulta mucho más sencilla y eficaz que la de Cherish (su siguiente acercamiento a esa misma línea, contenido en Like a Prayer -1989-), resultando una encantadora y asumida entrega a los goces del kitsch.

Los videoclips (sí, en plural) tienen su propia historia: el oficial, y más recordado, parece una escena descartada de Grease, con ‘Madge’ luciendo cardado y bullarengue en compañía de Debi Mazar y Erika Belle, bailarinas habituales en sus giras y fieles miembros de su entourage. El segundo vídeo, ganador de un concurso de clips amateurs organizado por MTV, mostraba un romance adolescente al estilo de John Hughes rodado en blanco y negro de forma bastante cutre. En fin, era la época.

La Isla Bonita

isla

¿Cursi? Pues sí. ¿Formidable? Por supuesto. Sacándole jugo a sus filias latinas (las mismas que la habían llevado a componer Into The Groove en honor a un chulazo hispanoparlante), y ayudada por un recto uso de la caja de ritmos Roland TR-727 (provista con sonidos de congas, bongos y demás percusiones calientes), Madonna entrega una pieza que podría dar vergüenza ajena de no hallarse envuelta en una exquisita melancolía. Compuesta por Patrick Leonard para que la interpretase Michael Jackson, La isla bonita se quedó sin aparecer en los surcos de Bad (1987), pasando a ser uno de los momentos cumbre de True Blue gracias a unos arreglos más complejos de lo que aparentan, en especial las armonías vocales. Y también a una letra que, debido a la macarrónica pronunciación de la artista (ese “te dijo te amo” que bien podría ser un “mi hijo te amo”) fue interpretada por muchos seguidores como una historia de incesto.

En cuanto al vídeo, aparecido de forma bastante tardía (este álbum estuvo generando sencillos hasta febrero del 87, ocho meses después de su aparición), resulta mencionable por tres razones. La primera, esa empanada cultural que lleva a ‘Madge’ a vestirse de faralaes y ensayar pasos de flamenco para homenajear a la isla caribeña de Belize. La segunda, esa proliferación de cruces, cirios y estampitas que anticipan las futuras tormentas místicas de Like a Prayer. Y, la tercera, la aparición de un Benicio Del Toro jovencísimo, hecho un cachocarne del Spanish Harlem en funciones de extra. El aclamado actor, todo sea dicho, se pone de uñas cuando le recuerdan su participación en este clip: si algún día tienen ocasión de hablar con él, no se lo mencionen.

Jimmy Jimmy

Tildado de decepcionante por bastantes fans, el tramo final de True Blue tiene sus encantos, pese a todo. Sin ir más lejos, esta segunda invocación al cine añejo (el homenajeado, en esta ocasión, es James Dean) luce una melodía de inspiración fifties, abundante en “wowowós” y “shalalás”, y un armazón instrumental primo hermano de la Girl U Want de Devo, además de un estribillo cuya ingenuidad y ligereza suenan a despedida de ese pop chicletero que ya nunca habría de volver. Con una estructura más sencilla y menos premeditada que el resto de los temas del álbum, Jimmy Jimmy bien podría ser un tema de relleno, compuesto en media hora para completar el minutaje. También es una canción que se hace querer con las sucesivas escuchas, y un recordatorio de todo lo que Madonna habría de perder conforme iba convirtiéndose en icono.

Love makes the world go round

La vida es injusta, ya se sabe. Y la música pop, más aún: hemos llegado a la canción menos interesante y más olvidable de True Blue… y resulta que es la última, amargándonos nuestra despedida del disco. Con una intro de bajo sintético que podría remitir a The Robots de Kraftwerk, pero que se resuelve en otro ejercicio de boogie latino (esta vez, con sección de vientos sintética, y todo), este tema resulta otra de esas canciones de True Blue atrapadas entre dos épocas, resultando en una indefinición algo pachanguera, pero que no estaría tan mal de no ser porque a su duración de cuatro minutos y medio le sobran, por lo menos, sesenta segundos. Normal, pues, que ‘Madge’ apenas la haya sacado de paseo en sus directos (el único vídeo del tema es el de una interpretación en el concierto benéfico Live Aid, fechada un año antes de la aparición del disco).

Así termina uno de los álbumes definitivos del pop de los ochenta, cerrando una etapa muy gozosa y abriendo otra que, con su progresiva pérdida de la inocencia, acompañaría la desilusión y el envejecimiento de muchos fans que eran sólo unos críos cuando estas canciones se oyeron por primera vez. Si algún día, lectores puretas de CANINO, se sorprenden a ustedes mismos execrando a esas niñatas que ignoran este discazo como si nunca hubiera existido, y para las cuales la única Madonna estimable es la de Ray of light (1998), la de Music (2000) o la de Confessions on a Dance Floor (2005), recuerden que, cuando True Blue salió al mercado, la mayoría de ellas aún no había nacido. Su mundo es otro, y, por tanto, su ‘Madge’ también es otra muy diferente. Es duro, lo sabemos. Pero es lo que hay.

[Temazo a Temazo es la sección de Canino en la que se desgranan discos míticos canción a canción. Como siempre en Canino, eso no implica que sean productos perfectos o artefactos redondos, solo que hay cosas que contar. Y las contamos.]

¿Te ha gustado este artículo? Puedes colaborar con Canino en nuestro Patreon. Ayúdanos a seguir creciendo.

Publicidad