Testimonios y descubrimientos: las mejores 7 películas de Filmadrid 2019

En su quinto año consecutivo el Festival Internacional de Cine Filmadrid parece asentarse en la capital como una importante cita de descubrimientos cinematográficos. Del 6 al 15 de junio se han proyectado 90 películas entre la Competición Oficial y los distintos focos y sesiones especiales, la mitad de ellos estrenos en España y 7, mundiales.

Sobran los motivos para acudir año tras año a Filmadrid. Al contrario que muchos otros festivales no es un cajón de sastre de grandes éxitos ni una colección caótica de grandes nombres, sino un festival con una identidad definida y plural, un festival de descubrimientos. Este 2019 ha cumplido su quita edición y parece estar asentándose en el calendario de los madrileños. Nunca ha sido un festival masivo -salvo en algunas sesiones especiales- pero conserva un público fiel al que se van sumando nuevos adeptos.

El propio festival es fiel también a una línea de programación. Dirigido por Nuria Cubas y Fernando Vílchez y con Javier H. Estrada como responsable de la programación, Filmadrid siempre ha prestado una especial atención al cine brasileño y portugués, a los márgenes de las poderosas industrias asiáticas de China, Japón y Corea, a la escena independiente norteamericana y a la escena más punk y queer internacional. Así, este año, en el premio a Seven Years in May resonó el ganador de la primera edición, Pedro Costa; en el foco dedicado a Dan Sallitt reapareció una sensibilidad común a otros directores afincados en Nueva York que han frecuentado el festival, como Matías Piñero o Ricky D’Ambrose; y Phaidros retomó motivos y transgresiones similares a los de las anteriores The Wild Boys e Inferninho, del año pasado.

El desafío al que ahora se enfrenta Filmadrid es el de cómo conservar el equilibrio entre esta identidad y la promesa de entregar cada año nuevos nombres y descubrimientos, sobre todo cuando tras estos cinco años el festival ha ido familiarizando al público con varios de estos directores. Mientras que el año pasado repetían Ted Fendt y Payal Kapadia en la competición oficial, cinco directores de esta edición ya habían concursado en años anteriores, y no siempre lo han hecho con sus mejores obras. Un equilibrio que está por ver qué nos depara en el futuro, pero que de momento nos ha dejado al menos estos siete títulos a tener en cuenta.

Seven Years in May (Affonso Uchoa, 2018)

Por “su capacidad para denunciar la situación política de Brasil a través de una fábula contemporánea, la reivindicación de la voz callada de los subalternos y la fuerza poética de sus imágenes”, Seven Years in May fue considerada por el jurado como la Mejor Película de la Competición Oficial. Y es cierto que Affonso Uchoa ha logrado realizar con muy pocos elementos y un dispositivo que recuerda a Pedro Costa una poderosa denuncia contra la violencia de Estado.

En su núcleo encontramos a Rafael, en medio de la noche, contando su historia en torno a una hoguera en un plano fijo y sin cortes que evita el drama y los flashbacks para mostrar el valor y la emoción de un testimonio. Rafael cuenta cómo un día de mayo hace siete años descubrió que andaban buscándole y huyó sin mirar atrás, convirtiéndose desde entonces en un marginado que vive entre la vergüenza, la drogadicción y la huida. Seven Years in May es una historia dramática, de injusticias; un poderoso testimonio en el que late una verdad irreprimible y la dignidad y el deseo de un cambio que hermana a todos los oprimidos de Brasil y del mundo.

Serpentário (Carlos Conceição, 2019)

Serpentário es el prototipo de película que uno espera encontrar en Filmadrid. Una película abrumadora, imperfecta, híbrida, diferente; en ella cabe la ciencia-ficción postapocalíptica, el diario de viajes, la película etnográfica, el videoensayo, el drama de época y el western; las texturas analógicas, imágenes cósmicas de nebulosas y diferentes formatos de encuadre.

Toda esta mezcla es necesaria porque Serpentário realiza un viaje que comienza después del fin del mundo, de una catástrofe que ha destruido el planeta. Se trata de registrar las ruinas y volver a componer algo con retales del pasado, del presente y del futuro. Para ello, nada mejor que la estructura clásica del viaje, que permite hilar entre un punto y otro, y bajo la forma de una búsqueda, toda esta diversidad.

Para Carlos Conceição el fin del mundo y el viaje de después tiene un lado íntimo y otro social. Él nació en África, en Angola, pero fue enviado en su adolescencia a educarse en Europa; su madre se quedó atrás. Así que el apocalipsis de Serpentário solo es otra forma de ruptura radical con el relato familiar y cultural; el viaje, la manera de recuperar el hilo de la historia. Y en este caso, pasa por la Historia de Angola, la colonización del territorio por los portugueses, la independencia y la traumática guerra civil.

Winter’s Night (Jang Woo-jin, 2018)

Aunque se proyectó en la Competición Oficial fuera de competición (sic), Winter’s Night ha sido la mejor película del festival y podría estar en cualquier lista de lo mejor de año. Una nueva incorporación a la estimulante tradición de crisis de pareja en la mediana edad, que recorre desde Te querré siempre (Roberto Rossellini, 1954) hasta Copia certificada (Abbas Kiarostami, 2010) pasando por Secretos de un matrimonio (Ingmar Bergman, 1974). Aquí los protagonistas son Eun-ju y Heung-ju, que regresan a Chuncheon, a los alrededores helados del templo budista de Cheongpyeongsa, donde pasaron su primera noche juntos hace treinta años.

Aunque en Winter’s Night el soleado ambiente napolitano del clásico de Rossellini es remplazado por la noche invernal del título, el influjo del lugar en los personajes sigue intacto. Los blancos del invierno, el azul de la noche y el rojo intenso de las luces de neón suspende por unas horas la vida de los protagonistas en una atmósfera donde puede suceder cualquier cosa. Incluido el encuentro del marido con una antigua amante que podría (o no) ser la fantasía de una borrachera y de la mujer con una joven pareja de enamorados que podría ser la presencia fantasmal de su pasado (o no).

Como en las películas de Hong Sang-soo el naturalismo es perfectamente compatible con la ambigüedad del relato. El resultado es como si, entre botella de soju y botella de soju, Hong Sang-soo se hubiera tragado a Bergman. Una versión más barroca, dramática e intensa del maestro de la escena independiente surcoreana.

MS Slavic 7 (Sofia Bohdanowicz y Deragh Campbell, 2019)

El enigmático título de esta película es una referencia bibliotecaria de la Universidad de Harvard. Su precisión técnica, que relaciona rigurosamente lo literario con su materialidad, un claro indicio de lo que vamos a encontrar.

Recién nombrada albacea literaria, Audrey Benac (Deragh Campbell) investiga la correspondencia que su bisabuela, la poeta olvidada Zofia Bohdanowicz, mantuvo con Jozef Wittllin en el exilio. Con solo comprobar los apellidos nos damos cuenta del elaborado dispositivo autoficcional de la película: de un modo (interpretación) u otro (identificación), ambas directoras desembocan en su protagonista, y esta se contempla en la memoria de su bisabuela. Y es que MS Slavic 7 es una película de mediaciones y reflejos, donde todo pasa por la palabra y ésta por sus manifestaciones materiales (cartas manuscritas, transcripciones, proyecciones, pensamientos en voz alta…). El vaciado de su puesta en escena puede parecer frío, pero Sofia Bohdanowicz y Deragh Campbell nos muestran toda la emoción e intimidad que late en una investigación bibliográfica y, sobre todo, la estrecha relación existente entre un carácter y un trabajo.

Point of Order! (Emile de Antonio, 1964)

Ha sido toda una muestra de audacia por parte del festival proyectar, en el contexto político actual y como parte de un ciclo dedicado al New American Cinema Group, la película Point of Order! sobre el proceso que mantuvo el Comité de Actividades Antiamericanas de Joseph McCarthy contra el Ejército de EEUU. Todo un documento histórico que atestigua, como un anticipo de lo que estaba por venir, la brutal demagogia del célebre senador de la Caza de brujas.

En Point of Order vemos cómo McCarthy manipula las pruebas, cómo empuña la seguridad nacional y las acusaciones de antiamericanismo de escudo y ataque para todo y, sobre todo, cómo adapta su comportamiento a las cámaras. Mira a cámara, salta de la lógica jurídica a apelaciones sentimentales y patrióticas dirigidas a la audiencia… Estamos ante uno de los primeros juicios íntegramente televisados y, por tanto, afectado por la presencia del ojo público. También ante el documental que cambió la historia del documental político tras la II Guerra Mundial. Emile de Antonio partió de las más de 188 horas de grabación para hacer este documento; solo puso dos condiciones: nada de explicaciones en off y nada que no sean imágenes de las audiencias reales.

Ray & Liz (Richard Billingham, 2018)

Antes de ser cineasta, Richard Billingham alcanzó el éxito como fotógrafo por las instantáneas de sus padres, Ray y Liz, tomadas en los noventa. Con su primera película, Ray & Liz, vuelve al mismo universo familiar y disfuncional para retratar en tres tiempos la vida en los suburbios de Birmingham durante la Era Thatcher. Esta vez, a través del cine de ficción pues -según explicó tras la proyección especial de Filmadrid- la fotografía trata de capturar un instante mientras que él ahora quería trabajar el movimiento.

Sin embargo, el fotógrafo sigue allí. Está presente en el uso del formato 1:1.33 y en la fotografía en 16 mm. porque -de nuevo son explicaciones de Billingham- la textura fotoquímica es más tangible y revela mejor el mundo de objetos naturales donde creció: los rostros y cuerpos de sus padres marcados por el alcohol (Ray) y por los tatuajes (Liz), las mascotas, insectos y animales, el empapelado raído de su hogar, los algodones, las paredes, las puertas y ventanas… En eso consiste Ray & Liz, en el detallado ejercicio de memoria y recuperación de un mundo y una vivencia: la extrema miseria de sus padres y su infancia con una dosis de humor, simpatía y belleza. Sin nostalgia ni juicios fáciles.

The Unspeakable Act (Dan Sallitt, 2012)

En un momento de la película que inició el tímido reconocimiento de Dan Sallitt, The Unspeakable Act, su protagonista reconoce que en su familia siempre puede hablarlo todo pero, pese a ello, siente que lo más importante queda sin hablarse. La muestra más extrema de ello es el título y tema principal de la película: el deseo incestuoso que la joven adolescente, Jackie, siente hacia su hermano mayor y la relación que ambos han construido sobre ello. Ese es también el principal atractivo del personaje: en las conversaciones con su propio hermano, en las sesiones con su psicoanalista o mediante la voz en off Jackie no deja de hablar directamente del que para Freud era el gran tabú sobre el que se construye la civilización, pero hay algo que no puede decirse, aunque se intente. En este punto Sallitt demuestra el digno seguidor de Éric Rohmer que es y su talento a la hora de indagar en los sentimientos, relaciones íntimas y contradicciones que surgen en una conversación: siempre hay algo que no puede ser tematizado, que no es transparente, que no puede ser dicho aunque se intente y es allí, en lo “unspeakable”, donde late la fuerza de sus imágenes.

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