‘The Warriors’: Nosotros somos La Ciudad.

The Warriors es una película mítica. Violenta, urbana, juvenil, muy de su momento (1979) y su autor (Walter Hill). Desentrañamos los motivos por los que se ha convertido en objeto absoluto de culto.

I

Stillwell Avenue station. Estamos solos.

Alguien ha convocado un cónclave más allá de Harlem, en las tinieblas fantasmales del Bronx. El norte de Manhattan tiene que tanto que ver con nosotros, criados a la orilla del Hudson, como el Polo Norte. Nos imaginamos a esos negros musculados con las palabras de Flannery O´Connor, esa vieja loca cuyos cuentos nos hicieron leer en la escuela pública. Esos negros son criaturas míticas, más fuertes y mejores que los blancos; tarde o temprano levantarán la vista de los campos y acabarán con todos.

Pero el Bronx ha sido el lugar donde Cyrus ha convocado la reunión. Pocos han visto al Gran Líder; los rumores sobre él corren como la pólvora, entre susurros de respeto y anhelos de pavor: dicen que es capaz de levitar en el aire y emplear su magia negra para resucitar a los muertos. Su voz es poder, pero para escucharla tienes que estar presente.

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El gran gusano de luz y hojalata llega a la estación.

Excitados por el miedo, marchamos.

II

El problema es La Ciudad.

Hay algo equivocado en los bloques demolidos del Upper Side, la muchedumbre violenta de Malcom X Bolevard, los esquivos chicos de la Cocina del Infierno, los fanáticos de los New York Jet Son todas esas bandas que, bajo el falso césped brillante de la civilización, se enfrentan cada noche en esa ciudad fantasmal, al borde del colapso.

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Es el mismo escenario de Lobos humanos o 1997: Rescate en Nueva York. Una ciudad asfixiada por las deudas y la desolación. Junto a otras películas de William Friedkin (viejo zorro que ya atrapó a La Ciudad en French Connection y que en los ochenta volvería a ella con La Caza) y la olvidada Times Square, la película de Walter Hill terminará por completar la imagen colectiva de una ciudad imposible, una de ésas que imaginaron John Brunner, Angélica Gorodischer o Italo Calvino. Arquitecturas que crecen en la cabeza porque la realidad se queda demasiado pequeña y necesita ficción para catalizarlas.

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¿Acaso el cine (y el arte) no va de eso, de expandir nuestros límites, ya sean espaciales o temporales? ¿De ir más allá, para reconocernos en tierras extrañas y al mismo tiempo cercanas?

La Ciudad ha tenido otras representaciones. Ahí está el México de Buñuel, el Londres de los setenta, el Neo-Tokyo de Otomo, Los Angeles de Mann o el Madrid de Alex de la Iglesia. Escenarios de pesadilla donde la violencia y la juventud van cogidos de la mano, dónde los amantes se besan en los túneles y los olvidados de la sociedad corren, aunque no tenga ningún lugar en el que esconderse.

Vaya si corren.

III

The Warriors está narrada con el nervio de un director que ve peligrar su carrera como realizador (su anterior película, Driver, ha sido un pequeño fracaso en taquilla). Walter Hill decide adaptar una novelita de Sol Yurick y reducirla a su esencia más básica. Fuera esa banda de niños que hacen competiciones para ver quién mea más lejos, metamos actores que rozan la treintena, músculo y nervio, reduzcamos el diálogo a golpes de mandíbula.

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La noche. La noche y la maldita velocidad. Nunca Walter Hill se separará de esos dos términos durante toda su trayectoria, pero nunca estarán tan presentes como en The Warriors. Su velocidad, acusada de videoclipera (cuando no cocainómana), alcanzará otra cima en Calles de fuego, obra maestra en cuyos títulos de crédito estaba la clave para entender todo su cine:

En otro tiempo, en otro lugar

IV

Contamos más de trescientas personas en el cónclave, enviados de las más de ciento cincuenta bandas que gobiernan en secreto la ciudad. (La mayoría son miembros de verdaderas bandas de la ciudad, a las que Hill ofreció participar en la película. De las siete películas que se estaban rodando en aquel momento en Nueva York, The Warriors” es la que tiene menos presupuesto. Pero nosotros eso no lo sabemos)

Escuchamos al líder (ah, esos líderes de multitudes. Esos Conde y Cuervo Jones que crearía John Carpenter en sus Rescates. Repetir el nombre de Carpenter y conectarlo con Walter Hill no es un error). Cyrus nos habla del apagón del 77 de hace dos años, que dejó Nueva York hundida en las tinieblas. Esto provocará una inmensa ayuda al surgimiento del hip hop de la ciudad (¡no es una broma!)

Es una realidad: Nueva York se crea a sí misma a base de zancadas nocturnas, de asaltos y defensas. Cyrus sólo dice en voz alta lo que todos llevamos años pensando: tomar La Ciudad, luchar contra el ejército azul y blanco que golpea primero y pregunta después.

life

Y entonces sucede. Mientras el público aplaude otro de los famosos Can you dig it?, sucede.

Alguien dispara a Cyrus. El nuevo mesías se transforma en mártir.

Iniciamos nuestra huida a toda velocidad hacia nuestro hogar. “Estaremos a salvo cuando lleguemos al océano”, dice uno de nuestros compañeros.

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(imagen que, de alguna manera casi involuntaria, refiere a esta otra)

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Marchamos, con todo un ejército de bandas y a la policía tras nosotros.

V

The Warriors es una película sobre la creación de un mito.

Y los mitos no entienden de ética.

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Quizás por eso la película tiende a malinterpretarse. En tiempos donde la corrección política podría acusar a la película de apología de la violencia, o de una oda al militarismo, The Warriors se basta a sí misma para explicarse, tan vitalista y carnal que asusta (¡esa fotografía analógica, opuesta a la imagen digital, a veces demasiado limpia!). Las palabras de su director subrayan el valor metafórico: “No nos preguntábamos por qué aquellos chicos no se dedicaban a ser doctores o profesores. Representamos que lo que hacían tenía un valor noble: defender su barrio”.

Los mitos están más allá de un tiempo concreto. Por ejemplo: en la (innecesaria) versión del director, la película empieza con un prólogo sobre las hazañas de un guerrero griego para luego pasar a un (insólito) letrero que dice así

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“En algún momento del futuro…”

Pasado, presente, futuro. Los mitos viajan a través de las épocas

Y también en metro.

VI

Septiembre 2015. Nueva York ha cambiado.

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La ciudad más odiada de Estados Unidos (esa Ciudad imaginaria) ha desaparecido para dar paso a un extraño símbolo de esperanza tras la caída de las Torres Gemelas. La atmósfera setentera y ochentera de una ciudad asediada por la violencia ha quedado relegada a un espacio limpio y ordenado. Todo está dominado por las corporaciones virtuales y los Starbucks..

Cansados, subimos los escalones de la estación de Coney Island.

Muchos años después la pequeña Coney continúa transmitiendo esa extraña mezcla de melancolía y oportunidad perdida.

Nuestro territorio. Nuestro minúsculo imperio.

Sólo que ya no lo es. Hay bandas idénticas a nosotros que han tomado nuestro relevo. Familias que vienen a visitar la Gran Noria en busca del rastro de otra época. Nuestra época. La gente nos saluda y nos reconoce. Es entonces cuando lo entendemos.

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Somos “Serpiente”, “El chico de la moto” y “Bell Boy”, todos en uno. Un extraño símbolo que generación tras generación ha persistido, nacido en un lugar mítico que sólo existe en el cine, (y que por lo tanto nunca, nunca morirá). Nuestros pasos son ecos que resuenan más allá de la bahía, más allá en la fortaleza del tiempo.

Sí, no hay ninguna nada.

Nosotros somos La Ciudad.

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