‘The Young Pope’: ¿por qué aún no ha estallado la polémica?

¿Por qué una superproducción como ésta ha tenido tan poca publicidad? ¿Por qué la iglesia católica no se ha pronunciado, cuando The Young Pope le mete el dedo en el ojo sin contemplaciones? La Iglesia católica ha optado por el silencio. A su vez, las productoras han optado por no dar una gran cobertura mediática. Se ha evitado un debate público acerca de la iglesia que ha permitido una segunda temporada, pero también se ha evitado que nosotros mismos nos preguntemos cómo vivimos el deseo y la culpa respecto de la herencia de dicha ideología.

The young pope es la primera serie de Paolo Sorrentino (La gran belleza -2013-, Youth -2016-). Está escrita y dirigida íntegramente por él y coproducida por Sky Atlantic, HBO y Canal+. Mientras que a Europa llegó el pasado mes de octubre a través de HBO, en Estados Unidos acaba de estrenarse. Aprovechando este nuevo lanzamiento parece oportuno preguntarse: ¿por qué una superproducción como ésta ha tenido tan poca publicidad? Y sobre todo… ¿por qué la iglesia católica no se ha pronunciado, cuando la serie le mete el dedo en el ojo sin contemplaciones?

La trama transcurre dentro de la Santa Sede, donde Pio XIII acaba de ser electo como nuevo papa, y su mandato no se desarrolla como el gobierno central de la Iglesia esperaba. Pio XIII resulta ser un papa despótico, ignominioso, soberbio y que intenta satisfacer sus ansias de poder y soberanía a través del ultraconservadurismo. La curia romana es uno de esos tabúes que arrastramos en occidente: sin embargo, The Young Pope pone sobre la mesa varios de los debates que le rodean. Cuestiones como la existencia de dios, el voto de castidad, la homosexualidad, la pederastia, la misma jerarquía con la que se rige, sus intrigas políticas… Han pasado tres meses desde el estreno de la serie y Su Santidad aún se mantiene en silencio. Sorrentino declaraba que una reacción negativa por parte de la iglesia sería un problema de dicha institución, nunca suyo, ya que la serie responde sencillamente a la curiosidad. Maquillaba así en sus declaraciones, bajo el inocente deseo de saber (como si éste pudiera ser inocente), la mirada crítica que arroja a la idiosincrasia de las élites de la iglesia católica y a las contradicciones que éstas albergan.

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El protagonista es un papa que censura su propia imagen para mostrarse inalcanzable pero que, al mismo tiempo, guiña el ojo al espectador, haciéndonos cómplices de sus pasiones. Pio XIII, como todo cuerpo, es un cuerpo deseante y con él Sorrentino nos acerca al deseo (físico y afectivo) que padecemos por el mero hecho de estar vivos. También nos acerca a la contrapartida del deseo: el trauma y al anhelo que implica la insatisfacción. The young pope es una interpelación constante sobre los afectos (siguiendo a Deleuze, entendidos como una aparición de un ejercicio de poder) a través de la gestión que la iglesia hace de ellos por medio de la represión. Este planteamiento (como la manera de mirar de Sorrentino) es un constante recordar al cine de Fellini, pero con una sustancial diferencia: Sorrentino siempre olvida la profundidad discursiva de la metáfora, desorientado por la mera belleza de la imagen y la mirada patriarcal que tanto le caracterizan. Sin embargo, en The Young Pope, su machismo y ese vacío discursivo camuflado en composiciones silenciosas, escenas de grupo y tableaux vivants, favorecen la exhibición de los hábitos y maneras de la iglesia.

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Decía Javier Cámara (quien interpreta al cardenal Bernardo Gutierrez) que “las series ahora mismo son muchísimo más escandalosas que ‘The Young Pope’. Bien es cierto que el escándalo ha quedado oculto, pero no porque la serie carezca de elementos que pongan en cuestión el acuerdo social de lo correcto (a pesar de la deriva de los dos últimos capítulos), sino porque nadie le ha hecho caso. Por un lado, la Iglesia católica ha optado por el silencio y así no remover la polémica. A su vez, las productoras, por uno u otro motivo, han optado por no dar una gran cobertura mediática a la serie. Como consecuencia, el proyecto ha pasado más bien desapercibido: no ha sido muy comentado por la audiencia pero ya se ha confirmado una segunda temporada.

A Sorrentino le ha salido bien la jugada. Se ha evitado que salten al debate público preguntas obvias acerca de su machista y poco contemporánea mirada, o sobre la vigencia en las maneras y creencias de la Iglesia, o acerca de la interpretación personal de los derechos humanos que tiene la Santa Sede y cómo se le permite un uso propio de la justicia. Pero también, y considerando que el Vaticano es un estado soberano que genera una ideología que influye en todos los países de tradición cristiana desde hace siglos, se ha evitado que nos cuestionemos a un nivel cultural cómo vivimos el deseo y la culpa respecto de la herencia de dicha ideología. Una buena oportunidad desaprovechada, y que queda en las tareas pendientes para una segunda temporada.

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