¿Se arrepiente George Lucas de haber creado ‘Star Wars’?

"He vendido a mis hijos a unos tratantes de blancas", bromea el creador de Luke Skywalker a propósito de Star Wars: El despertar de la Fuerza. ¿De verdad tiene derecho a quejarse de un legado que él mismo no ha sabido respetar?

No le ha gustado: hay que asumirlo. Tras haber dejado caer opiniones poco generosas sobre Star Wars: El despertar de la Fuerza, ahora George Lucas ha vuelto a expresar sus reparos hacia el filme de J. J. Abrams en una charla con el periodista Charlie RoseLa frase de la conversación que más titulares se ha ganado hasta ahora es aquella en la que el creador de Luke Skywalker, Han Solo y Darth Vader sentencia: «He vendido a mis hijos a unos tratantes de blancas, que los han cogido y…». Llegado a este punto, Lucas prefiere cambiar de tema sin concluir su declaración. Pero su punto de vista parece bastante claro, máxime cuando antes ha acusado a Disney de «haber hecho una película retro», desechando sus ideas y centrando todos sus esfuerzos en halagar a los fans.

«Eso no me gusta», prosigue Lucas. «En cada película [de ‘Star Wars’] en la que yo intervine, trabajé muy duro para que todo fuera completamente diferente, con planetas distintos y astronaves distintas», señala. Y después, como quien no quiere la cosa, se pone a deplorar el estado actual del Séptimo Arte en términos que podría hacer suyos el más bressoniano de los críticos europeos: «[El cine] ha sido empleado más como un medio de registro que como una forma de arte en sí misma», sentencia. Y, tras recordar los logros de los pioneros soviéticos de los años 30, añade que el celuloide «apenas ha avanzado en cien años». A estas alturas, uno piensa en cómo hubieran reaccionado Eisenstein Pudovkin ante la destrucción de la Estrella de la Muerte.

¿Es irónico que Lucas diga todo esto? Sí, y muchísimo. Y no sólo porque sus denuestos (más o menos claros) contra Disney y Abrams revelen su frustración por haber sido dejado a las puertas de la obra que él mismo dio al público en 1977. También porque muchas de las quejas nos suenan a otras que ya fueron formuladas… en 1977, cuando la primera entrega de Star Wars llegó a los cines. Entonces, y sin salir de EE UU, tanto los críticos más afines al ‘Nuevo Hollywood’ (Pauline Kaelque le reprochó su falta de calado emocional) como aquellos que fundaban sus juicios en la ideología (un Jonathan Rosenbaum que nunca ha dejado de ver el filme, y la saga en general, como un panfleto imperialista) arremetieron contra Star Wars por razones no tan diferentes de las esgrimidas ahora por Lucas.

Según dichos expertos, y según otros que llegaron después, el serial galáctico no era otra cosa que un revival de viejas ideas pasadas por un filtro tecnológico que las deshumanizaba. Un ejercicio interesado de nostalgia, en suma, calculado cínicamente para exprimir los bolsillos de espectadores desinformados. Desde hace casi cuatro décadas, los críticos amantes de Star Wars (que también existen, no se crean) se han enfrentado a estos argumentos como mejor han podido: constatando la existencia de un fandom (y, como tal, de una comunidad) capaz de enriquecer el producto original con sus propias ideas, por ejemplo. O señalando que la primera trilogía, pese a sus defectos, llevaba consigo un mensaje antiautoritario que, deconstrucción mediante, podía resultar en una aprovechable lectura de izquierdas.

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Más allá de la importancia que uno quiera darle a este debate, sólo podemos llevarnos las manos a la cabeza viendo cómo Lucas hace suyo el discurso de sus viejos adversarios. Hasta tal punto es así, que casi parece que se arrepiente de haber creado el serial galáctico. ¿Está convencido ‘tío George’, a sus 71 años, de que aquella aventura en la que se embarcó prácticamente a ciegas, y cuya producción le costó sufrir un infarto a los 33, contribuyó a acabar con el arte en Hollywood? Tal vez responder a esto con un «sí» sería exagerar. Pero, en todo caso, podemos decir que él es el último que debería lamentarse por ello.

Cuando le reprochamos a Lucas su actitud no pensamos en los 4.000 millones de dólares que se embolsó en 2012 vendiendo su compañía Lucasfilm a Disney: lejos de nuestra intención calificarle de Judas que cobra sus treinta denarios y, encima, se queja. Aunque ya no sea el propietario legal de la saga, Lucas tiene el mismo derecho que cualquier otro hijo de vecino a poner a parir el filme. Si sus protestas no tienen sentido es, a nuestro entender, porque olvidan un hecho cierto: como señaló Henrique Lage en un artículo para esta misma webStar Wars es mucho más que una propiedad industrial. Al igual que cualquier otra pieza de cultura popular (desde Homero hasta el Universo Marvel), sus auténticos dueños son los fansY dichos fans pueden hacer con ella lo que les venga en gana, bien posteando un relato en internet, bien rodando una superproducción a todo lujo. Como señalábamos en nuestra (nada entusiasta) crítica de El despertar de la Fuerzalos mejores momentos de la nueva entrega suceden cuando a Abrams se le nota su amor por la saga, obteniendo imágenes que parecen las de una película amateur con presupuesto de muchas cifras.

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Por otra parte, ¿puede decirse que Lucas es el único responsable de Star Wars, y por tanto el único capacitado para dictaminar qué es bueno o malo para la saga? Sinceramente, no: afirmar esto sería olvidar los esfuerzos de guionistas (Lawrence Kasdan), de diseñadores como Joe Johnston Ralph McQuarrie o de montadores como Marcia Lucas, ex mujer del ex dueño de Lucasfilm y seguramente la gran heroína no reconocida del serial. Eso, por no hablar de las ayudas que (dice la leyenda) prestó entre bambalinas el amigo Francis Ford Coppola, reescribiendo y encarrilando un libreto casi ilegible, o por no recordar a los responsables de ese Universo Expandido borrado casi totalmente por Disney para hacerle sitio a su nuevo canon. Los blockbusters (y esto es algo que suelen olvidar tanto sus detractores como sus defensores) tienen mucho de creaciones colectivas. Y, cuando esa realidad cae en el olvido, cuando una sola voluntad intenta controlar cada aspecto de una obra tan poliédrica olvidando sus propias limitaciones, ¿qué nos sale? Pues nos salen las precuelas de Star Wars. Las cuales, no lo olvidemos, también tienen defensores.

Es posible, en realidad, que a George Lucas le devore el remordimiento. Pero ese remordimiento no se basaría, o no debería basarse, en lo que Star Wars ha hecho con el cine, sino en lo que dejó de hacer por él. Porque, hace 38 años, Lucas concibió su serial como una forma de demostrar que una película casi totalmente indie (realizada a escondidas, como quien dice, de una 20th Century Fox que nunca creyó en ella… hasta que vio las cifras) podía conquistar al público, reuniendo en sí elementos tan dispares como el western clásico, los viejos seriales de Flash Gordon o los jidai geki de Akira Kurosawa. Es más: el propósito de Lucas concibiendo ese producto capaz de ganar millonadas era amasar una base económica que financiara otros proyectos más a la contra, sin renunciar por ello a la integridad artística.

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Al igual que Coppola, que soñó con convertir su estudio American Zoetrope en una Meca para realizadores jóvenes y con ideas, George Lucas nunca llegó a realizar esos planes. Pero si su amigo vio sus ideas frustradas por culpa de su megalomanía y sus ganas de tentar al destino, Lucas pareció renunciar a él debido a la codicia y al miedo: enclaustrado en su Rancho Skywalker, temeroso de no igualar nunca sus hazañas del pasado y con las miras puestas más en las imágenes digitales que en el corazón de los espectadores, el impulsor de Star Wars desperdició las ocasiones de estar a la altura de su propio legado. Y ahora parece olvidar que ese legado no le pertenece a él, ni tampoco a Abrams ni a Kathleen Kennedy, ni mucho menos a los ejecutivos de Disney: nos pertenece un poco a todos los que disfrutamos con él.

 

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