Tim Burton: tú antes molabas. (Las razones de una carrera en crisis creativa)

El hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Y también el único que, en estos últimos años, tiene la esperanza de que Tim Burton recupere en sus nuevas películas el mojo perdido en El planeta se los simios. Es cierto que de forma intermitente el director de Batman ha recuperado la forma, pero si repasamos a fondo su producción reciente eso es casi un espejismo.

Su cine hasta finales del siglo pasado sigue siendo extraordinario y siempre le querremos por él, pero esta última década y media ha sido un drama. ¿Qué es lo que ha pasado? ¿Ha cambiado él o hemos cambiado nosotros? ¿Se nos rompió el amor por Tim? A continuación nos atrevemos a explicar los porqués de ese bajón.

El planeta de los simios y Big Fish, con vosotras empezó todo

Tras encadenar dos epítomes de su filmografía, el humor y la sci-fi descerebrada de Mars Attacks! y la cima gótica granguiñolesca de Sleepy Hollow (1999) -esta última contiene su última gran idea visual: ese jinete sin cabeza que surge del árbol-, Tim Burton decide jugársela y salir de su zona de confort para probar cosas nuevas –algo valiente, para qué negarlo-. Y ahí es cuando empieza el bajón creativo en su carrera. Parte de su imaginación proteica se esfuma: tanto El planeta de los simios (2001) como Big Fish (2003) son obras fallidas. No hace falta volver mucho sobre ellas, pero en la primera le sale el tiro por la culata al apostar por un remake que no sabe posicionarse entre la parodia y el enfoque serio. En la segunda aparece por primera vez y peligrosamente su faceta como artesano aplicado sin chispa, además de un sentimentalismo facilón cercano a las feel good movies más formularias. Algo que ha estado presente en varias de sus últimas películas y una de las razones de esa progresiva pérdida de inspiración. La vena emotiva de la primera parte de su carrera siempre iba con retranca. Ahora ya no.

Comido por el monstruo del CGI

Dejando de lado Frankenweenie (2012, más adelante hablaremos sobre ella), las tres últimas grandes apuestas fantastique de Burton, Alicia en el país de las maravillas (2010), Sombras tenebrosas (2012) y El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares (2016), hacen un uso excesivo del CGI que arruina la poca magia que presentan. Es como si un mago de la vieja escuela hiciera trucos del montón con una tablet. Al director de Batman (1989) le queríamos –y aun le queremos, ojo- por el elogio que hacía de la fantasía artesanal, ese sentido de la maravilla que irradiaba calidez y originalidad. Está claro que la tecnología digital es la norma en la actualidad, pero Burton, con el poder que ostenta en Hollywood ahora mismo, podría plantarse y exigir una combinación de las técnicas clásicas con los últimos avances. Wes Anderson trabajó con maquetas en El gran hotel Budapest (2014) y acertó. Guillermo del Toro, cineasta afín a Burton, demostró en La cumbre escarlata (2015) que la mezcla entre lo viejo y lo nuevo sirve para escapar de la frialdad del bit. ¿Por qué no puede hacer lo mismo el creador de Pesadilla antes de navidad (1993)? Quizás Burton esté cansado, se le hayan acabado las ideas, o de forma consciente no quiera ir más allá del acabado estándar, optando por el camino fácil de hacerlo todo por ordenador.

¿Qué pasó con la cultura pop?

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Tim Burton nunca ha escondido sus referentes. De hecho, ha llenado todas sus películas de homenajes a sus ídolos (Mario Bava, la Hammer, Vincent Price, Christopher Lee, el mito de Frankenstein). Y hasta les ha dedicado historias enteras (la figura de Ed Wood o los extraterrestres de la colección de cromos de Mars Attacks!). Esos guiños eran parte fundamental del relato, lo enriquecían más allá de la cita pop leída. Burton los utilizaba de forma inteligente para contar su historia. Eran elementos intrínsecos, no accesorios. Ahora bien, de un tiempo a esta parte esas citas han pasado a ser meras notas a pie de página de escaso valor. Tenemos varios ejemplos. En Sombras tenebrosas, la serie de televisión original de Dan Curtis, material cien por cien Burton -como casi todos sus proyectos recientes; algo que, si se me permite la expresión, da aún más rabia por eso de las oportunidades perdidas que ha tenido para recuperar el pulso-, no tiene peso alguno. Se trata de una simple excusa para orquestar una comedia supuestamente gamberra sobre un vampiro centenario, donde se podría haber prescindido de la familia de Barnabas Collins. Big Eyes (2014) es un biopic sobre Margaret Keane formulario, casi de alma televisiva, que carece del delirio y el amor por el personaje que irradiaba Ed Wood (1994). Y en El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares hay una casa del terror old school que sirve como máquina del tiempo  y una escena que rinde tributo a la batalla de esqueletos de Jasón y los argonautas (1963), ambas despachadas con cierta desgana. Si analizamos estos tres casos, las citas y tributos de Burton han perdido toda la fuerza. Se han convertido en algo impersonal, meras fotos en la carpeta de un cincuentón que aún quiere demostrar al mundo que sabe de cultura pop. Marcas de fábrica sin valor añadido. ¿Qué te ha pasado Tim?

Adiós al creador, hola al artesano de qualité

Este quizás sea el cambio más significativo del Burton del siglo veintiuno. Una disyuntiva a la que todos los grandes cineastas modernos que han demostrado una autoría a prueba de bombas en el cine comercial se han enfrentado alguna vez. Desde Martin Scorsese a Paul Verhoeven, pasando por Brian De Palma, Steven Spielberg, David Fincher o el antes citado Guillermo del Toro. Ese momento donde Hollywood te dice que relajes tu vena autoral y que te pongas el traje de artesano de alto standing –algo totalmente respetable, ojo, pero creativamente peligroso, ya que uno puede caer en el conformismo-. Todos los nombres mencionados un poco más arriba -para el que esto escribe iguales de Burton cuando el de Burbank estaba en buena forma- lo han hecho, y han sabido lidiar con ese toro de forma inteligente. Algunos, incluso, acabaron metiendo un gol en la portería de los estudios. En cambio, el director de Bitelchús (1988) no ha sabido poner freno a esa faceta de artesano con pedigrí que empezó con Big Fish. O si lo prefieren, no ha sido capaz de insuflar personalidad y vida propia a películas de gran formato como Alicia en el país de las maravillas y Sombras tenebrosas. Películas que, ironías del destino, han supuesto sus mayores éxitos de taquilla. Y aquí viene la pregunta del millón. Si Burton obtiene el favor del público en esta faceta de artesano de qualité, ¿para qué va a trabajárselo más? ¿Para qué una nueva explosión de talento a lo Eduardo Manostijeras si le va bien dirigir con el piloto automático El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares? Quizás el que ha cambiado es Tim Burton, y no los que en los ochenta y los noventa le venerábamos como el nuevo gurú del cine de género.

Hoy me voy con Tim

En 1997 Spicnic editó un disco homenaje a Burton (que se encontraba en su momento más dulce) en el que un montón de grupos de pop de todo el mundo le dedicaban canciones. Una de ellas era de Los Fresones Rebeldes, y se titulaba “Hoy me voy con Tim”. Pues bien, a pesar de esta última década y media de sinsabores, aún seguimos teniendo ganas de escuchar esa canción e irnos con él. Y es que, como decíamos al principio de este artículo, la producción reciente de Burton no invalida su brillante primera etapa. Si a eso le sumamos que algunos de sus últimos títulos aún conservan parte de la magia de sus inicios, es de justicia reconocer que todavía hay esperanza en su renacimiento como creador. La razón más clara para seguir creyendo es Frankenweenie, una maravilla animada en stop motion (no es casualidad que la película más inspirada del nuevo Burton sea la que recupera los efectos tradicionales), que conseguía recrear la magia del corto original y llevarla incluso un poco más allá con un clímax a lo kaiju eiga. Más motivos para creer: la parte final de Sweeney Todd, el barbero diabólico de la calle Fleet (2007), un remedo de El péndulo de la muerte (1961) de Roger Corman que conseguía revitalizar su poder para la imaginería gótica. Hasta el run for cover que fue La novia cadáver (2005) tenía cosas interesantes, más aun al venir precedida de Charlie y la fábrica de chocolate (2005), una de las cotas más bajas de su director que, además, vulgarizaba el cuento original de Roald Dahl.

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