Tino Casal: un mito glam en 12 canciones

El jueves 22 de septiembre se cumplen 25 años de la muerte del tigre de Tudela Veguín, seguramente el artista más excesivo y explosivo que ha dado España. Y, también, un musicazo de aquí te espero. Para honrar la memoria de Tino Casal, aquí recomendamos una docena de temazos imprescindibles que llevan su firma, bien como autor, bien como compositor y/o productor. ¿Estás preparado para una sobredosis de glamour con champú de huevo?

En su momento, y aunque hoy suene raro, la noticia no fue acogida con excesivo duelo: cuando José Celestino Casal, Tino Casal para el arte, falleció en un accidente de coche el 22 de septiembre de 1991, muchos se tomaron su fallecimiento como el de una figura anecdótica, cuando no como el de un has been o como el de un individuo sólo apto para llenar titulares en la prensa rosa o en la mítica sección Para gritar de las páginas de curiosidades del Diez minutos. Tal vez el músico asturiano (Tudela Veguín, 1950) se hubiera hinchado a firmar hits durante la década anterior, pero en la España de los noventa su figura tampoco parecía tener excesiva relevancia. Y esos looks de infarto con los que gustaba de presentarse ante las cámaras habían quedado, no como exquisitas provocaciones, sino como el summum de lo ridículo. Como mucho, su nombre se citó a partir de entonces como parte de esa lista de artistas españoles (Cecilia, Nino Bravo, Eduardo Benavente y él mismo) que hallaron su fin en la carretera.

Con el tiempo, la figura de Casal ha sido ensalzada y denostada, a veces, por razones que se resisten a valorar lo más importante de su carrera. Vale que la afición del asturiano a desprender retinas con sus vestuarios y sus pelos inverosímiles resultaba muy conceptual, a la par que valiente, y que sus talentos eran múltiples (además de destacar como músico, fue un pintor muy apañado), amén de esa reputación de señor majo y amable que se ganó múltiples amigos en lugares y épocas repletos de puñaladas traperas. Asimismo, también es cierto que su empeño por dar la campanada, tanto en lo estético como en lo sonoro, le granjeó múltiples odios estando en vida, y ahora puede provocar algún facepalm que otro.

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Debido a todo ello, siempre está ahí la tentación de infravalorar al músico asturiano, considerándole una nota a pie de página en la historia del pop de aquí o (todavía peor) como una mera excusa para disertar sobre la llamada Cultura de la Transición y otros temas en boga sin tener ni puñetera idea de nada, y menos aún de música. Pero, ante todo, Tino Casal era un compositor e intérprete formidable, que cosechó múltiples temazos (bien para sí mismo, bien para otros) haciendo siempre equilibrios en la línea que separa a lo hortera de lo bigger than life. Para recordar sus logros, y también para pasar un buen rato, hemos recopilado esta selección de sus canciones más gloriosas y glamourosas.

Archiduques – Dimensión en Sol mayor (1968)

Cuando se habla de Tino Casal, es obligatorio empezar el relato mencionando a Archiduques, el grupo beat al que el artista se incorporó en 1967, con 17 añitos escasos. Y, cuando se habla de Archiduques (así, a secas y sin artículo determinado) suele mencionarse automáticamente Lamento de gaitas (1967), la canción con la cual la banda fusionó el pop sixties con el folklore asturiano. Pero dicha pieza es una versión del I Love How You Love Me de las Paris Sisters, y, además, no nos resistimos a empezar este homenaje recordando que, antes que glamouroso, Casal fue psicodélico: precedida por una erupción de sonido muy de la época, y con una letra que describe un colocón lisérgico de padre y muy señor mío, Dimensión en Sol mayor podría quedar como uno de los grandes himnos ácidos de nuestro pop, a la altura del Veo visiones de Los gritos (una canción lanzada, además, ese mismo año). Para que luego digan que nuestro hombre no supo cabalgar la ola de la actualidad desde chavalín.

Tino Casal – Olvidar, recordar (1977)

Como habrá quedado claro en el epígrafe anterior, Tino Casal tenía ya unas décadas a cuestas cuando empezó su ascensión a la fama. Algo que contrastaba poderosamente con una escena cuyos exponentes más señeros se ufanaban de estar aún en la edad del acné, y que le granjeó no pocos pullazos en su día: sin ir más lejos, los autores del fanzine Ediciones Moulinsart solían referirse a él en los ochenta como «el-joven-esteta-asturiano» (así, con guiones), una denominación muy viperina que siempre iba acompañada de palos a granel. La verdad sea dicha, Tino había tratado de hacerse un hueco en el panorama de solistas melódicos que tanto abundaron en la España de los setenta. Dicha etapa de su carrera culminó con una aparición en el Festival de Benidorm de 1978 (interpretando un tema con el contundente título de Emborráchate), y nunca le deparó excesivas alegrías, pero al menos dejó este temazo con ecos del Camilo Sesto más desatado. De hecho, nosotros podemos decir que el Tino que todos conocemos y amamos no dejaba de ser una evolución con purpurina y sintetizadores de esos crooners ibéricos, como el propio Camilo o el incombustible Raphael. Sólo que, a diferencia de ellos, no se molestaba en disimular. ¿Y qué era lo que Casal no disimulaba? Pues mejor lo dejamos aquí, que nuestra web aún no tiene teléfono de aludidos.

Obús – Va a estallar el obús (1981)

Es bien sabido que el grupo de un Fortu aún melenudo contó con Casal como productor de sus dos primeros álbumes, Prepárate (1981) y el arquetípico Poderoso como el trueno (1982). Según relatan hoy los miembros de la banda, el primer encuentro entre Obús y Casal fue un tanto tenso (la aparición de un señor altísimo «con chanclas de purpurina y rimmel en los ojos» en el local de los madrileños debió ser para verla), pero a la postre acabó fraguando en una bonita amistad, basada tanto en el buen carácter de Tino como en sus abundantes mañas en la mesa de mezclas. Para nuestro gusto, el mejor testimonio de esta simbiosis está en el tema más emblemático de Obús… y también en este vídeo realizado para el programa Pista libre de TVE. El clip no sólo aparece aquí por respetar la tremenda intro de guitarras, bañadas en reverb por cortesía de Casal, sino también por su estética: a ver cuántos grupos presuntamente callejeros de hoy (y del género que sea) tienen los huevos de dejarse filmar desayunando café y churros en un bar de Puente de Vallecas.

Tino Casal – Tokyo (1981)

Venga, ya está: comenzamos a adentrarnos en la discografía propiamente dicha de Tino Casal. Y, para arrancar el recorrido, qué mejor que el primer corte de Neocasal, su elepé de debut. Hablamos de una canción que, como tantas otras de su época, se remite al magisterio de David Bowie… y que, en lugar de tirar de tópicos glam, se mira en los años berlineses del Duque Blanco. El recitado inicial en japonés recuerda lo suyo al de It’s No Game (Part 1), el ritmo tiene a V2 Schneider como obvio referente y tanto la guitarra como los efectos de sintetizador evocan las colaboraciones de Robert Fripp Brian Eno. Pero ojo, que no señalamos esto con ánimo peyorativo, porque, si los artistas crean, los genios roban, y el latrocinio aquí es elegantísimo. Además, oír a Tino exclamar eso de «todos son monkeys transistorizados» no tiene precio: si cabe hablar de un ciberpunk cañí, este sería su himno indiscutible. Por otra parte, en este mismo álbum, Casal le rindió pleitesía a Bowie con una versión muy digna de Life on Mars?, nada menos.

Tino Casal – Champú de huevo (1981)

Como meter Neocasal al completo en esta selección sería excesivo, no tenemos más remedio que remitirnos a lo inevitable: al primer megahit de Tino Casal, dedicado al veleidoso corazón de Fabio McNamara y con un estribillo que, de puro desacomplejado, dio lugar a parodias tan bestiales como esta, fraguada por Gallardo Ignacio Vidal-Folch para su cómic Pepito Magefesa. 

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Pero los aguijonazos del coautor de Makoki (aunque tengan gracia) no han lugar aquí. Ni tampoco lo tiene el triángulo amoroso entre el artista, McNamara (quien, mira tú por donde, era ya por entonces inseparable de Pedro Almodóvar) y Pepa Ojanguren, pareja de Casal y coautora de su vestuario, así como de algunas de sus letras. Sí lo tiene, en cambio, el hecho de que ese playback que pueden ver en el vídeo, y otros a los que Tino acudió vestido de leopardo y maquillado como un maniquí, tuvieron lugar en los platós de una Televisión Española que seguía siendo, en muchos aspectos, un remanente de aquello que por entonces se llamaba ‘el régimen anterior’, y cuyos presentadores se quedaban muchas veces rígidos como témpanos cuando tenían que dar paso a la intervención del asturiano, quien además interpretaba una canción de letra inequívocamente travestí y prostibularia. Transgresión, vamos. Y, por si no lo habíamos dicho ya: Champú de huevo es un temazo.

Tacones – Difícil (1981)

¿Alguien dijo «versatilidad»? Pues sí: el mismo año en el que convertía a Obús en titanes del Metal y lanzaba su propio álbum, Tino Casal produjo a Tacones, uno de esos grupos de inspiración nuevaolera lanzados por sellos grandes que (como los entrañables Trastos de Luis Carlos Esteban) tuvieron que cargar con el sambenito de «advenedizos» entre los jerarcas de la Nueva Ola Madrileña, pese a facturar una música bastante digna. En su momento, la canción más promocionada del grupo fue Réquiem final, pero esta Difícil le da mil vueltas: su melodía sixties no desentonaría en una cara B de Elvis Costello, y las armonías vocales (en las que participa un Tino cuya experiencia en Archiduques debió, a buen seguro, servirle de mucho) resultan de lo más entrañables. Así pues, queda claro que Casal metió cucharada en todas las escenas de su tiempo… y en unas cuantas más que todavía no hemos mencionado.

Tino Casal – Póker para un perdedor (1983)

Etiqueta Negra (1983) es el disco de Tino Casal que contiene su segunda canción más famosa, tanto en orden cronológico como en grado de popularidad. Pero, antes de llegar hasta ella, pasamos por esta joyita tan fácil de infravalorar. Con un estribillo trotón que, en combinación con el título, le da al tema un aire de spaghetti western, Póker para un perdedor nos devuelve a Casal en su faceta de cantante melódico, y lo hace con mucha clase: sin ir más lejos, el arreglo de guitarra corre a cargo de Ollie Halsall, veterano inglés (había formado parte de Patto, uno de los tesoros ocultos del primer rock duro) que, tras emigrar a España junto a Kevin Ayers, pasó a currar como músico de sesión. Antes de morir en 1992, Halsall trabajaría en nuestro país tanto con Corcobado Radio Futura como con Hombres G, pero esa es otra historia. Lo importante es que, en esta canción, el guitarrista se luce mediante toques sutiles que nunca llegan a convertirse en punteo desaforado, pero sin los cuales la pieza no sería lo mismo. En cuanto a su letra, digamos que Casal poseía la virtud (también presente en Marc Almond y otros juglares de la lentejuela) de cantarle a los desgarros amorosos sin mostrar nunca autocompasión.

Tino Casal – Embrujada (1983)

Nos lo hemos pensado mucho antes de incluir Embrujada en nuestro repaso casalista. Para empezar, porque la melodía y los arreglos recuerdan sospechosamente al Don’t You Want Me de The Human League, y, además, porque Etiqueta Negra tiene muchos otros temazos menos conocidos para el gran público, como esa Legal, ilegal en la que Tino saca partido de su experiencia en la hostelería para despacharse a gusto con el Ayuntamiento de Madrid y sus multas. En todo caso, debemos rendirnos a la evidencia: si la obra de Casal tiene un himno, es esta advertencia a los juguetes rotos que iba dejando a su paso una Nueva Ola ya transmutada en Movida y, por tanto, condenada a la putrefacción. Un tema agraciado, además, con un estupendo vídeo donde el director José Luis Lozano sampleó sin cortarse un pelo múltiples fragmentos de películas clásicas, desde La bella durmiente (1959) al Scanners (1981) de David Cronenberg, ambientando así un cuento perverso situado en una ciudad que no aparece como la capital cosmopolita de la que alardeaban (y alardean) según que instituciones, sino más bien como un infierno de cutrez, sordidez y moderneo mal entendido. Los completistas harían bien en buscar la versión maquetera del tema, en la que Tino se luce a gusto con la sola ayuda de una caja de ritmos, un sinte y una letra provisional compuesta de «tariros» y «dubidús».

Vídeo – La noche no es para mí (1983)

Después de sus discos con Obús, y hallándose ya en el cénit de su fama, Tino Casal volvió a triunfar como productor guiando a este combo valenciano, fichado por la discográfica Zafiro para chupar rueda de esos Mecano Olé Olé que estaban cubriendo de millones a CBS. Y, aunque la jugada generó singles tan exitosos como este, Vídeo nunca se han librado de las acusaciones que los tachan de horteras y sucedáneos. Algo injusto: si bien el grupo no ha pasado a la historia, precisamente, como un parangón de estética ‘new romantic’, su repertorio tenía buenas canciones, mientras que la voz de Pepa Villalba resulta encantadora. La relación entre Tino y Vídeo duró dos álbumes (el debut Videoterapia, 1983, y el menos lucido Código Secreto, 1984), y eso nos sirve para recordar dos cosas. La primera, que la Valencia de los ochenta fue un surtidor de buenos grupos tecnopop como Betty Troupe Última Emoción, masacrados en su mayoría por discográficas que no supieron qué hacer con ellos. La segunda, que, si bien sus discos coproducidos por Julián Ruiz (la única vez que ese nombre va a salir aquí, lo prometemos) pecan muchas veces de un exceso de brilli brilli y trucos con fecha de caducidad, el Casal productor se atenía a lo sencillo: batería contundente, guitarras y voz en primer plano y, efectos, los justos.

Tino Casal – Bailar hasta morir (1984)

La opinión de los expertos suele considerar Hielo Rojo como el disco en el que la carrera de Tino Casal comienza a perder fuelle, especialmente debido a lo hartos que acabaron muchos de su Pánico en el Edén (efectivamente, la canción de la Vuelta Ciclista y los coros que hacían «uo-oo»). Algo de verdad hay ahí, pero cualquier álbum se arrugaría ante dos triunfos como Neocasal Etiqueta Negra. Además, este sencillo es una de las mejores canciones de la carrera del músico, demostrando que, cuando quería, Casal podía darle a la cosa funky con extremada solvencia: la guitarra de Paco Palacios se vuelve majara con un riff de esos que ponen culos en movimiento, y la letra, que contiene frases de mucha enjundia, podría ser la descripción de la melancolía inherente a un solitario bajón de farlopa… o una profecía inquietante. Porque fue durante la gira de presentación de Hielo Rojo cuando Tino Casal se lesionó una pierna en pleno concierto: su negativa a detener el tour, como le aconsejaban los médicos, desembocó en una necrosis ósea que casi se lo lleva a la tumba, y tras la cual su carrera nunca volvió a ser la misma.  Fiel a sus propias palabras, el asturiano bailó hasta morir. O, al menos, lo intentó.

Tino Casal – Eloise (1987)

Olvídense de las mil y una veces que han escuchado esta canción, así como de lo cargante que puede resultar, de puro excesiva. Porque, si Eloise suena a algo, es a resurrección: después de tres años en dique seco por culpa de la dichosa pierna, Tino Casal necesitaba un temón que le devolviese a primer plano. Y lo encontró en una canción de Barry Ryan (el coautor de esa I Love How You Love Me que él había transformado en Lamento de gaitas) y en la versión que de dicho tema grabaron sus admirados The Damned. Visto que el tema gustaba, convirtiéndose casi de inmediato en un clásico de bodas y comuniones, el asturiano remató la jugada yéndose a Londres, contratando a la Royal Philarmonic Orchestra (nada menos) y envolviéndolo en unos arreglos cuyo lujo y plumerío se adelantan en un año a los del Left to My Own Devices de Pet Shop Boys. El productor al que hemos mencionado antes, ese que lleva décadas rogándoles a los dioses que lo transformen en Trevor Horn, puede, al menos, colgarse esta medallita, y eso que Lágrimas de cocodrilo (el disco que contiene esta canción) no es ninguna maravilla, por desgracia.

Tino Casal – Sex o no sex (1990)

Una escena musical ya totalmente atomizada. El sida campando por sus respetos. Los amigos muertos. Un Madrid a punto de caer en las garras de José María Álvarez del Manzano. Y un país que, si bien ya había batido récords de vergüenza ajena durante la década anterior, se acercaba a marchas forzadas a ese año cumbre para la cultura del pelotazo que fue 1992, con sus olimpiadas en Barcelona y su Expo en Sevilla. Ante semejante panorama, sumado a sus problemas de salud, resulta natural que Histeria, el último elepé de Tino Casal, transpire cansancio: hay una versión del ya mencionado Don’t You Want Me (liquidando cuentas pendientes de cuando Embrujada), otra del Killing Me Softly with His Song, y, por lo demás, los temas originales no dan para mucho… salvo este regreso a las esencias del glam rock más brutote, vía Gary Glitter Adam and the Ants, y no tan diferente de lo que hacían, por esas mismas fechas, Luis Miguélez y McNamara al frente de Metálicos Fanny y los +. 

Con semejante erupción de guarradas, y con versos como «te has aliado con la mafia de la prostitución / tu mejor enemigo, la masturbación», está claro que a Tino le quedaban aún cartuchos que quemar, y que su estrella podría haber vuelto a alzarse en un panorama pop tan chapucero como el de la España de los noventa, esa que quería ser grunge pero no le salía. Sin embargo, todos sabemos cómo acabó la historia: con un automóvil hecho chatarra en la carretera de Castilla. Esperamos que este artículo ayude al lector a entender por qué Casal merece ser recordado: por haber escrito melodías que treparon en las listas de éxitos, que le picotean al oyente en la coronilla y sobre las cuales, un cuarto de siglo después, merece la pena seguir escribiendo.

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