[Todos a una] Adicciones inconfesables

-Hola, nos llamamos CANINO y somos ex-adictos.

-(Todos) Hola, CANINO.

-Hemos estado enganchados a todo tipo de productos culturales. Videojuegos, películas, series de televisión, tebeos…

-Este espacio es seguro: habla sin miedo.

-No sabemos que tienen estos productos pop que nos vuelven locos. ¿Es algo que les echan? El caso es que no podemos dejar de verlos. Mirad, mirad qué panorama: realities, culebrones, videojuegos de mierda… esto está más allá del placer culpable. Es basura, lo sabemos y no podemos evitarlo. Estas son nuestras adicciones inconfesables.

Teen Mom 1,2 y 3 (2009-). Seguro que conoces Embarazada a los 16, el reality de MTV al que muchos atribuyen el comienzo de la debacle de la cadena musical. Puede que no lo sepas pero este programa no es más que una droga puente, un porro que te conduce a cosas mucho más fuertes, peligrosas y, por qué no decirlo, sórdidas. Como muchas jóvenes de mi edad, vi por encima el programa de las embarazadas cuando este se emitía en MTV España. No le daba más importancia. Consumía el reality de forma casual para relajarme después de estudiar, casi sin darme cuenta. Todo cambió durante mi último año de carrera.

Corría el año 2013 cuando una compañera me comentó, de forma inocente, que algunas de las preñadas de Embarazada a los 16 habían seguido en el mundo de la telerrealidad en un nuevo formato llamado Teen Mom. Me lo bajé. Sólo por curiosidad. Cuatro temporadas de Teen Mom 1, otras cuatro de Teen Mom 2 y una más de Teen Mom 3. 110 episodios que condensaban todo lo que la vida podía ofrecer.

Me gustaría decir que lo dejé cuando empecé a darme cuenta de que me estaba convirtiendo en una mala persona. Cuando criticaba a la madre heroinómana mientras por dentro aplaudía pidiendo más, cuando me alegraba por las discusiones, las rupturas y las pérdidas de custodia, pero no fue así. Me tragué todas las píldoras hasta que ya no quedaron más. Sin embargo, tuve mi justo castigo. Lo recibí ese mismo septiembre. Marta Trivi.

 

Aquí hay tomate (2003-2008). Se me ocurren mil métodos menos sádicos de tortura psicológica que el taladro de la voz de Jorge Javier Vázquez. De aquella aún no era el ser sobrehumano, intocable y operado en el que le ha convertido Telecinco, pero era exactamente igual de rancio. Mea culpa: durante un par de años dediqué las sobremesas de mis descansos de universidad a ver su programa con Carmen Alcayde. Análisis de realities, famosos freaks y mucha Pantoja, Esteban y todo eso. A veces intentaba aprovechar para tocar un poco la guitarra, dibujar o cualquier cosa productiva mientras lo veía. Pero era demasiado envolvente, el cerebro se iba ablandando y cada vez hacía menos cosas. El tono del programa se fue haciendo más enfermizo. A veces me parecía estar viendo uno de esos corrosivos programas de las distopías satíricas scifi de Paul Verhoeven, pero estaba enganchado, necesitaba saber que opinaba la duquesa de Alba de la separación de Francisco Rivera y su hija. Creo que desperté en el momento en el que, tras anunciar la muerte en accidente de coche de un concursante de La casa de tu vida que salía todos los días en el programa, Vázquez y Alcayde se pusieron, inmediata y súbitamente, a bailar la música de un politono, cuyo espacio publicitario se acoplaba con la noticia. Es el clásico momento en el que uno se pregunta «¿Qué estoy haciendo con mi vida?«. Jorge Loser.

 

https://www.youtube.com/watch?v=hzFCfWcHXbw

Candy Crush Saga (2012). Todo empieza con delicadeza, de forma furtiva. Un día lo ves en el móvil de un compañero, de tu pareja, de tu madre. Algo simplón e infantil, casi estúpido. Ya has oído hablar del último grito en apps de entretenimiento, pero te jactas de repudiar estas modas pasajeras. Farmville, recuerdas. ¡Bah! Jamás serás una de sus víctimas. Estás por encima de ello.

Pero la curiosidad insiste, te pica y espolea, incitándote a probar. Y cedes. Cuatro morados y diezmas la gelatina. Combo de caramelos rayados y abajo el chocolate. “¡Delicioso!” te anima la voz del juego mientras se dispara la barra de puntuación. Pasas de Villacaramelo al Lago de Limonada y te percatas de que llevas dos horas embelesado por esta curiosa amalgama de Tetris y máquina tragaperras. «Suficiente por hoy«, te dices, pero «¿Qué es esto? ¿El lameculos de Andrés ya va por el nivel 21? Se va a cagar». Progresas entre horas muertas; en el baño, en salas de espera. Tu técnica mejora, percibes más variables, te vuelves letal. Nada puede detenerte. Un día en el supermercado empiezas a ver combinaciones entre las uvas y papayas. Luego en las etiquetas de la ropa y las baldosas de la acera. El juego trasciende la pantalla de tu móvil para envenenar tu realidad, bombardea tu sien con partidas imaginarias. Peces de Gominola. Ruedas de regaliz. Celia Villalobos. La satisfacción carnal de vaciar la pantalla de un golpe. Necesitas ayuda. Lewis of Peter.

 

Confianza ciega (2002). Aún no me explico cómo Confianza ciega tuvo una sola edición: era la madre de todos los “realities”. Tres parejas jóvenes a las que separan y meten en casas lujosas donde se dedican al “dolce far niente” rodeados de “seductores” del sexo opuesto cuyo único fin, como su nombre indica, era hacerles caer en la tentación. Se suponía que la cosa iba de demostrar la fortaleza de las parejas que concursaban y de poner a prueba la confianza, pero yo, como todos, no veía la hora de que alguien picara para decir “ajá”. Al principio no sólo era un guilty pleasure, sino que además parecía que nadie en mi entorno disfrutaba de esta sutil y retorcida diversión, hasta que descubrí que un amigo, llamémosle Jose, compartía mi afición. Empezamos mandándonos mensajes cada domingo para comentar la jugada y cuando el saldo gastado empezaba a ser preocupante (aún no existían los whatsapp, ni Twitter para comentar la jugada), decididimos reunirnos frente a la tele cada semana acompañados de un copazo. El programa estaba plagado de parejas pijísimas con nombres imposibles (quién no se acuerda del “jo, tía, Nube, tía, y encima estoy sin secador”) que se llevaban unos soponcios dignos de culebrón gracias a la pericia de los montadores del programa, que hacían parecer que se estaba rodando una peli porno en la casa de la pareja en vez de lamentar la falta de secadores. Y claro, pasó lo inevitable: dos parejas abandonaron el programa y una tercera rompió. Si hubieran emitido el programa en los tiempos del “tuiter”, seguro que #confianzatróspida habría sido trending tópic día sí y día también, pero me tuve que conformar con que un profesor de la Facultad recomendara el programa como ejemplo de manipulación informativa: nada como una buena coartada intelectual para dar rienda suelta a nuestras más bajas pasiones. Carolina Velasco.

 

Street Fighter II (1991). La primera vez que vi la recreativa de Capcom era el año 92, si mi cabeza no me falla, en un bar de mi barrio. Tenían todavía la edición normal, no se podían elegir “las sombras”, y tenía ya una concurrida clientela alrededor; muchos de ellos hacían cola para jugar. Lo divertido de los recreativos es que se oían jugando todo tipo de estrategias y leyendas urbanas: allí aprendí trucos como pasarte a Zangief solo haciendo salto y patada fuerte con Ryu o destruir el coche con el mismo personaje utilizando barridos y patada fuerte. Efectivamente, queridos lectores, la versión original estaba un poco descompensada, cosa que resolvieron un poco en las posteriores ediciones. Con la llegada de la conversión a Super Nintendo, me pasé el juego con todos sus personajes, llegando a grabar la banda sonora de Yoko Shimomura e Isao Abe en casete. Con los años, he llegado a comprar religiosamente casi todas las versiones de una plataforma u otra. Y es que, amigos, el brillito de las viejas pantallas de tubo, los mandos guarreados y el bakala que espera con mala hostia que le dejes jugar ha sido todo junto una magdalenita proustiana para mí. ¿El colofón? En una de las ocasiones fui corriendo al bar donde tenían la recreativa, para evitar aglomeración, y me caí. Fui el primero, herido, pero el primero. Como Ryu en su final en el arcade original: “Where is Ryu? Where is the champion?”. Julio Tovar

 

Saga Jak and Daxter (2001-2005). Todo empezó como empiezan muchos enredos: con un regalo. Por aquel entonces no hacía demasiado que tenía la Playstation 2 tocha, negra y fea… la que tanto amé. La anterior videoconsola que habitaba mi casa era la Sega MegaDrive de mi hermana, y mi concepción de “videojuego” consistía en aquello.  Fuese lo que fuese, me sentaba a jugar a juegos de escapismo puro: echaba dos partidas matando a algún zombi nazi o destruyendo coches a velocidades de vértigo con el Burnout 3 (2002) y punto. Pero llegó mi cumpleaños y me regalaron un juego de plataformas que no conocía de nada. El principio del fin: Jak and Daxter: el legado de los precursores (2001). Hasta entonces no sabía lo que era “estar enganchado” a un videojuego. Nunca había tenido una obsesión por nada parecido. Pero aquel juego, sus criaturas peludas, sus elfos raros, sus mundos locos y sus numerosos ítems mágicos colapsaron mi cerebro. La vida era eso que pasaba hasta que volvía a jugar al Jak and Daxter. Y claro, para cuando ya lo había conseguido todo, Jak II: el renegado (2003) llegó y la cosa prometía. Daxter desaparecía del título pero viajamos a un futuro oscuro que era pura acción: ahora tenías blasters molones, volabas con multitud de vehículos flotantes y te convertías en un tipo oscuro que reventaba cosas. Horas y más horas para conseguir todo, para alcanzar las máximas puntuaciones y completar la misión más remota. Quería todo. Y sí, luego llegó Jak 3 (2004) que tenía desiertos inmensos, coches con armas rarísimas y monstruos gigantescos que derrotar. La obsesión me duró, al menos, hasta el spin-off Jak X (2005), que fue mi gran decepción. Mi veneración por la saga original me llevó a odiar de forma infantil todo lo que surgió después de 2005. Pero nadie me quitaría las noches sin dormir y los días sin ir a la playa por conseguir descubrir hasta el último rincón de un universo fascinante. La de Jak and Daxter fue una de esas sagas que cambiaron todo lo que sabía de videojuegos. Nada fue igual después, ni lo sería nunca. Francesc Miró.

 

Al salir de clase (1997-2002). No había excusa: mi adolescencia había pasado ya, el show llevaba ya dos años de andadura (durante los cuales Elsa Pataki, principal razón de su visionado para más de un conocido, había abandonado ya el reparto) y, para colmo, el universo construido del instituto Siete Robles iba deslizándose cuesta abajo por tramas para las cuales “despropósito” hubiera sido una descripción demasiado amable. Pero, para qué negarlo, todos esos factores contribuyeron a un enganche feroz que no sólo me afectó a mí, sino también a mis entonces compañeros de piso: en la sobremesa de cada día laborable, como si de un ritual primigenio se tratase, nos exponíamos a los mefíticos vapores de algo que denominábamos “la serie” (así, por antonomasia) en sesiones aliñadas por el consumo de drogas blandas y que, por lo tanto, solían resultar en desencajadas risas de incredulidad. El periplo hacia la locura de Carmen Morales, las villanías de Raúl (Víctor Clavijo) y los inverosímiles periplos sentimentales del muy hostiable Santi (Alejo Sauras) contribuyeron, capítulo tras capítulo, a horadarnos el cerebro. Yago García.

 

Euromillones (2012 – hoy). A ver, que nadie piense que soy un adicto con problemas, un adicto real. Alguien que no puede dormir por las noches porque siempre, siempre, juega los mismos números en el sorteo. Anoche, sin ir más lejos, se me olvidó “echarla” y no pasa nada, hombre. Eso sí, uno evita a toda costa ver los números ganadores, no vaya a ser que el destino haya querido jugarle una mala pasada. Dicen que ojos que no ven, corazón que no siente. Es perfectamente válido para cuando uno olvida jugar el Euromillones, adicción que me atrapó cuando la cosa laboral empezó a complicarse en España. Habré gastado 2000 euros en todo este tiempo. Habré ganado 200. Qué coño, déjolo. Gracias, Europa. Kiko Vega.

 

La magia. Más de uno sabrá que soy mago aficionado: no solo me interesa la historia y cultura (e incultura, y miserias, que de eso ya hablaremos) de este submundo, sino que tengo una ridícula experiencia como mago aficionado. Ahora mismo estoy algo más desenganchado, y planeo volver a la afición de forma más racional y sosegada, pero durante un par de años he consumido obsesivamente todo tipo de tutoriales, libros y técnicas de transformación de cartas, desaparición de monedas y cucamonas con pañuelos. Siempre hay técnicas más difíciles, del doble se pasa al salto y de ahí a aserrar a tu ayudante. El secretismo implícito en esas técnicas le da a la magia un aliento de droga real que lo hace todo más adictivo. Llevas siempre una baraja de cartas y un puñado de monedas encima para manipular en el metro, coleccionas tutoriales sobre la misma técnica buscando matices, soluciones, detalles que se adapten a tu estilo, habilidad y fisonomía de las manos. Un día, algo te hace parar (en mi caso, por ejemplo, una avalancha de curro que me obligó a parar, esencialmente, con todo) y relativizas, pero me temo que esto no se termina de dejar nunca. En este impasse sigo comprando barajas, libros, monedas. Para cuando vuelva dentro de unas semanas. Para esta misma tarde, quizás. John Tones.

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