[Todos a una] Animes que nos marcaron a fuego

Seas fan o no de la animación japonesa, es muy posible que haya una serie que recuerdas con claridad, una con la que pensaste "¿Pero qué...?" y te diste cuenta de que aquello era cosa de otro mundo (como en cierto sentido lo era). Dependiendo de tu edad, pudo ser Mazinger, Heidi, Ranma 1/2, Ghost in the Shell o Paranoia Agent. Pero siempre hay un anime con el que empezó todo. Y estos son los nuestros.

De Dr. Slump a Bateadores, pasando por La tumba de Drácula. No hay límites para el anime como no hay límites para los que nos dejaron traumados en su día. Por su atrevimiento argumental, su riesgo plástico o su demencia conceptual, estos son los animes que nos abrieron ojos y oídos al maravilloso mundo de la animación japonesa.

Dr. Slump (Akira Toriyama, 1981-)

En algún lugar de una de las primeras historias de este manga, el primer éxito del creador de Goku, el Dr. Slump inventa una máquina donde se hacer real cualquier libro o tebeo. Poco antes del final, Arale -el robot miope con fuerza inimaginable creado por este inventor- arranca una página del propio cómic en el que está y la convierte en realidad al introducirla en el citado invento.

He ahí un juego con la cuarta pared que hubiera dejado con la boca abierta a Bertolt Brecht o Terry Gilliam. Es solo una muestra, un ejemplo, del Doraemon enloquecido que es este tebeo: no hay ninguna norma para Akira Toriyama y los inventos son desquiciados, los cambios de tono constantes y la lógica ha desaparecido. Es difícil, así, encontrar elementos comparables en el tebeo occidental a este permanente desmadre que duró cuatro años y dio origen a una serie de anime e incluso un remake suavizado (sin la tontísima escatología original).

35 millones de copias se vendieron en Japón, aunque desafortunadamente el manga se vio tarde en occidente (años noventa para Europa y dosmiles para América). Más pronto llegó el anime, que por su carácter desmadrado, escatológico y absurdo no gozó de tanta fama como Bola de Dragón (a excepción de Cataluña).

Un prodigio de imaginación, a la altura de cualquier obra de Philip K. Dick, que merece ser reverenciado por cualquier persona aficionada a la cárcel de papel. Sobre todo porque eliminó cualquier límite formal en las viñetas: rompió los barrotes de ese penal con cacas multicolores, bebés que nacen de huevos y niñas robot que se lamentan por “no tener tetas”. Julio Tovar

Cowboy Bebop ( Shinichirō Watanabe, 1998)

Cowboy Bebop se cruza en mi vida en el momento perfecto, entre los últimos anhelos de la infancia y los ansiosos vislumbres de la pubertad. Es el mejor de los tiempos posibles: cualquier cosa que llega a mis manos corre la suerte de explotarme la cabeza, con esa irrepetible energía que tan sólo puede describirse como la felicidad del descubrimiento. Sí, Cowboy Bebop tiene muchas cosas que ya había visto: episodios autoconclusivos que cargan bajo sus espaldas una trama más grave, referencias cinematográficas que sólo soy capaz de intuir, naves en el espacio, personajes puro carisma… Pero es el estilo, oh, ese estilo tan cool, lo que me revoluciona el cerebro.

Quizás  el secreto estaba en el título. Al fin y al cabo, muchos expertos acusan al bebop en los años cincuenta de no ser música, que su (supuesta) improvisación sólo conduce a una caotización de emociones y tonos. Lo que no comprenden aquellas voces es que el jazz no puede ser constreñido a una categoría, o una pose conservadora de usuario de Instagram que presume de la remasterización del Kind of blue de Miles Davis (1959) comprado por Amazon. No,  el jazz es la vida, y la vida es ahora, sin instrucciones ni cinturones de seguridad (The Seatbelts era el nombre de banda de Yoko Kanno creada para la serie, por cierto). Aceptando que el arte (y por extensión, la vida) es un interminable teclado de probabilidades y aciertos, de batallas libradas y derrotas sufridas, Cowboy Bebop representa el punto medio imposible entre la pasión y el cálculo: cada episodio podía tener a un chico tocando la armónica, una canción de heavy metal, un flashback épico, un chiste chusco, un arreglo de Ennio Morriconne… y por encima de todo, por encima de la tristeza final que sabes que va a llegar (“cargarás con ese peso…”) Cowboy Bebop acababa siendo un mensaje de aviso: disfruta de las risas, capullo. La vida es sólo un sueño. Disfruta del viaje hasta que la atracción de feria termine. Porque entonces… . “hasta la vista, cowboy del espacio”. Jose Sala

Paranoia Agent (Satoshi Kon, 2004)

Satoshi Kon fue una de estas estrellas que brilló de manera tan breve pero tan intensa que su impacto en el el firmamento mangaka sigue iluminando la carrera de muchos. Bajo el apadrinamiento creativo de Katsuhiro Otomo, empezó en el anime haciendo los decorados y la planificación de Roujin Z (1991) y Memories (1995). Otomo, contento con el trabajo y confiando en el talento del realizador, le pagó una adaptación de la novela de Yoshikazu Takeuchi que terminaría siendo Perfect Blue (1997). Una obra maestra que le catapultó de tal manera que en menos de una década era el realizador nipón con más proyección de su generación. Un cáncer se lo llevó en 2010 y entre las joyas que legó a la historia del anime se cuenta una rareza tan fascinante como abrumadora.

Hablamos de Paranoia Agent (2004), una locura de 13 episodios que contenía todas las manías del realizador y se sostenía por su increíble capacidad empática, siendo un relato absolutamente perverso. PA contaba la historia de un serial killer que tenía aterrorizado todo Tokyo y asesinaba armado de un bate de béisbol. Un estudio del miedo como símbolo de lo humano que trascendía todo tipo de encasillamiento genérico: de anatomías de la locura y doppelgängers como Double Lips (episodio 3) a joyas de comedia negra como Los planes de la familia feliz (episodio 8).

Una obra cumbre breve y genial que es capaz de romper con todo prejuicio que se tenga con eel anime. Si alguien les suelta la estúpida cantinela de “todas esas series son iguales”, estampen Paranoia Agent en su cara. Francesc Miró

Bateadores (Mitsuru Adachi, 1985)

No recuerdo cómo llegó el manga de Bateadores a mis manos pero sí que en un principio no podía llamar menos mi atención. El dibujo era anticuado y la temática deportiva nunca había sido lo mío. Confieso que no sabía, sigo sin saber, nada sobre béisbol. Lo abrí sin ninguna esperanza. Leerlo porque algo había que leer, para quedarme unos capítulos después atrapada en su historia sensible y en sus personajes humanos. Empezamos con dos hermanos gemelos y un cliché: son idénticos por fuera pero muy diferentes en cuanto a personalidad. Kazuya es formal, estudioso y serio, Tatsuya un absoluto desastre. Ambos hermanos están enamorados de Minami, una chica inteligente y decidida, que conocen desde la infancia. Y, sin embargo, Bateadores tampoco es exactamente un manga de romance.

Mitsuru Adachi hace en su obra maestra lo que se le da mejor: presentarnos a personajes sólidos y darles suficiente espacio como para que expliquen por qué hacen lo que hacen. Para cambiar, si así lo desean, y llegar a ser la mejor versión de ellos mismos. Con un ritmo lento y viñetas que no tienen miedo de pararse a mirar las nubes, Adachi nos cuenta la historia de superación personal de un muchacho con tan poca confianza en sí mismo que, ante el temor a fracasar, prefiere no intentar nada. Conformarse como estilo de vida. Una historia con la que es imposible no empatizar. Marta Trivi

Ulises 31 (Nagahama Tadao, 1981)

Tirando de Google, llego a la deducción de que debí de ver por primera vez esta coproducción francojaponesa en su redifusión de 1984 en TVE2. Yo era muy pequeño para entender todo lo que veía, por supuesto, pero eso no impidió que Ulises 31 me dejara una huella profunda con sus escenarios, su (magnífica) música rock progresiva y esos colores un poco psicodélicos que a veces inundaban la pantalla. Ulises 31 es una versión libre de La Odisea en clave de ciencia ficción espacial que interpreta varios mitos griegos en sus veintiséis episodios, en los que relata el viaje en busca del hogar perdido de un descendiente de Ulises en el siglo XXXI, acompañado de su hijo Telémaco y una extraterrestre telépata, Thais, y enfrentado a la ira de unos inefables dioses cósmicos.

Impregnada de lo mejor de la ciencia ficción francobelga y del gusto por el detalle y las naves espaciales mastodónticas de los japoneses, la serie es plenamente disfrutable por adultos. Cuando, hace no demasiados años, pude volver a verla gracias a su edición en DVD, a la fascinación cruda que ejerció sobre mi yo de cuatro años se sumó una profundidad sorprendente en una serie de la época, con reflexiones sobre la vida y la muerte, el paso del tiempo y el poder. El tono de épica crepuscular que mantiene toda la serie, y que ni siquiera el pesadísimo alivio cómico en forma de robot de compañía puede mitigar, produce varias joyas autoconclusivas: el hermoso capítulo de Sísifo, el enfrentamiento entre Ulises y el Minotauro, el encuentro con el doble del héroe, o el capítulo final de la serie. Por una vez, la mitificación está justificada. Gerardo Vilches

Neon Genesis Evangelion (Gainax, 1995)

Evangelion es una de las mejores series de ciencia ficción de la historia, una cumbre de la animación (tanto dentro como fuera de Japón) y una serie con robots gigantes, no de robots gigantes. Es la historia de un niño que se convierte en adulto de la misma forma en que Akira (1982) era la historia del final de una amistad. Es el reflejo del propio Hideaki Anno, quien se encontraba inmerso en una depresión por aquel entonces. Evangelion es la historia de un niño que se ve enfrentado a miedos y dudas que había intentado evitar durante toda su vida, reflejo de los miedos y dudas de Anno, y es una historia que resuena con cualquier adolescente que empiece a adentrarse en la edad adulta (como le pasó a un servidor cuando la vio con diecisiete años). La virtud de Anno, y de Gainax en general, es contar mucho en muy poco. Cada capítulo de Evangelion es un torrente de información argumental que debe ser procesada lentamente para poder entenderla. Es una historia tan compleja y tan densa, con tantas subtramas, diferentes lecturas y niveles narrativos, que una visión superficial no basta para entenderla. Las escenas de lucha de los EVA son las más originales que jamás se han visto en el género de mechas. Y lo son por una razón muy sencilla: los EVA no son mechas. En vez de ser mastodontes robóticos de cincuenta metros, tanques bípedos cuya sensación de solidez es apabullante, los EVA son orgánicos, sus movimientos son fluidos y atléticos. La acción, cuando los EVA se pegan con los ángeles, es original, de gran calidad y con un ritmo endiablado; aunque se trate sólo de ver a tres EVA corriendo a toda velocidad y rompiendo la barrera del sonido o si es el espectacular combate sincronizado de Shinji y Asuka. Incluso la banda sonora es maravillosa, mezcla de clásica y smooth jazz instrumental que complementan lo que se está viendo en pantalla. A la espera de que se complete el reboot de la serie, del que sólo falta la tercera parte por aparecer, Evangelion queda como una obra maestra de la animación y un golpe en el estómago tras otro si te pilla con la edad adecuada. Alberto Mut

Puella Magi Madoka Magica (Gen Urobuchi, 2011)

Gracias a la existencia de Netflix y a la ayuda inestimable de mi compañero canino Álvaro (que me lo recomendó), inicié de nuevo los visionados de animes; ha pasado un año exactamente desde que pude ver por primera vez Puella Magi Madoka Magica y me obsesionó irremediablemente; la serie, dirigida por Akiyuki Shinbo, escrita por Gen Urobuchi, con diseño de personajes por Ume Aoki y una magnífica banda sonora compuesta por Yuki Kajiura colmaba cualquier idea preconcebida que pudiera tener sobre los animes, más teniendo en cuenta mi reducido conocimiento limitado a los Los Caballeros del Zodiaco o Dragon Ball. Tanto me entusiasmó que llegué a realizar un pequeño artículo en mi blog personal donde detallaba las razones por las que fascinaba.

Técnicamente está cuidada hasta un grado que roza la perfección: animación detallada, dinámica y, al mismo tiempo, clara, sin perder la espectacularidad, diseño de personajes y de los enemigos excepcional, buena dirección artística, una banda sonora que es utilizada para cada momento con sutileza y que funciona a la manera de leitmotiv, asociando situaciones, personajes, sentimientos, etc. a melodías específicas… sigo recordando el uso el cello en las escenas más dramáticas relacionadas con los sentimientos de los personajes.

Todo lo anterior podría ser suficiente para recomendarla pero va aún más allá, ya que todo lo anterior se une de manera simbiótica con el excepcional guión de Urobuchi, que conforma una trama que va evolucionando capítulo a capítulo y que permite varias lecturas, y se establecen unas reglas que van cambiando según se revelan distintos hechos. Todo está configurado de manera milimétrica para el cambio radical del capítulo diez, que trastoca toda la concepción que pudieras tener de la serie hasta ese momento. Los contrastes son impresionantes, de lo épico se pasa a lo minimalista, de lo brillante a un definitivo tono oscuro que impregna todos los acontecimientos, hasta llegar a un final que nos satisface porque nuestras protagonistas descansan por fin de tantas calamidades. Qué forma de ahondar en las consecuencias que resultan de nuestras decisiones, qué manera tan majestuosa de narrar el deseo insatisfecho.

Afortunadamente, puedo revisionarla y descubrir más detalles que la complementen, que me permitan otras lecturas; pero envidio de veras a aquellos que la descubran por primera vez, porque ese impacto emocional no se olvida. Mariano Hortal

Death Note (Tsugumi Ohba, Takeshi Obata, 2006)

El malo de una historia suele creerse el bueno de la suya. Y Light Yagami es el villano de Death Note, pero eso no quita que no podamos empatizar con su descenso a la megalomanía, gracias a un cuaderno capaz de matar a quien vea su nombre escrito en él. Su meticulosidad para averiguar los límites del cuaderno y su tenacidad para erradicar a todos aquellos que juzga indignos, así como a quienes se interponen en su camino, sirven como hilo de 37 capítulos impecables. Porque en Death Note no hay capítulos de relleno, sólo un ritmo constante que te deja siempre al borde del asiento, preguntándote cómo Light se saldrá con la suya esta vez. Y lo peor es que a pesar de su soberbia, quieres que gane, porque es el tipo más listo de cualquier habitación y, maldita sea, lo sabe muy bien.

Sólo con Light ya tienes una serie muy pintona, pero es que además ésta cuenta con dos secundarios capaces de comerse la pantalla. El primero es Ryuk, el dios de la muerte que desencadena la trama al abandonar, por las risas, el cuaderno titular en la Tierra: de humor negro y espíritu inquieto, su intención de cubrir a Light sólo por ver hasta dónde llegará le convierte en el villano en la sombra, si bien su posición casi neutra le aleja de cualquier etiqueta al respecto; después de todo, sólo hace su trabajo. Y el segundo es L, un detective que se opondrá a Light utilizando su ingenio. Un personaje, me atrevo a decir, de los más apasionantes que he conocido, gracias a una vitalidad y humanidad escondida en la carcasa de un hikikomori. Un sociópata altamente funcional que en el fondo sólo busca tener un amigo tan listo como él.

¿Y por qué el anime frente al manga? Aunque se trata de una adaptación casi literal y sin rellenos para cubrir la cuota de capítulos, tiene una notable puesta en escena y una banda sonora que querrás escuchar de fondo a todas horas. Ahora que las ficciones detectivescas llevan un tiempo de moda, es hora de descubrir esta historia donde Sherlock y Moriarty tienen edad para ir al instituto. Adrián Álvarez

Mawaru Penguindrum (Kunihiko Ikuhara, 2011)

Todo mejora con pingüinos. Como pequeños mayordomos patosos, su mera presencia hace que cualquier historia, por trágica que sea, pase a ser cómica y adorable. Pero Mawaru Penguindrum no sólo tiene pingüinos. También tiene colores pastel, un estilo cálido y amable y el suave nervio de un coming-of-age protagonizado por tres hermanos. Al menos hasta que la hermana muere. Y nos damos cuentas que los pingüinos son emanaciones psicológicas de la persona junguiana, la máscara, que sus personajes utilizan para ocultar sus verdaderos deseos y personalidad. Porque ninguno de ellos es quien dice ser. Porque además la hermana no está muerta, sino que ha sido poseída por un extraño sombrero en forma de pingüino que les ordena ir en busca del mítico Penguindrum, un objeto del que no saben nada, pero que es necesario encontrar para que su hermana siga con vida.

Todo ello ya en el primer episodio.

Como es habitual en las obras de Kunihiko Ikuhara, autor de Revolutionary Girl Utena y reverenciado habitualmente como el David Lynch japonés, nada es lo que parece en Mawaru Penguindrum. Entre espíritus, predicciones, ataques terroristas y estaciones de metro, la serie transcurre durante veinticuatro episodios de descenso a los infiernos donde cada línea de diálogo, cada broma, cada insinuación plantada casi como de soslayo, es parte clave de un inmenso puzzle que, hasta el último episodio, es imposible resolver.

Y para entonces estamos demasiado ocupados llorando como para verlo.

Porque Mawaru Penguindrum no trata sólo de pingüinos. Aunque los pingüinos sean una parte importante (y nada adorable) de la trama. Trata sobre el amor, la pérdida, la aceptación y los límites de lo que se puede llegar a hacer para cambiar el mundo.

En suma, Kunihiko Ikuhara destilado hasta su misma esencia. Uno de esos ejemplos de narrativa desconcertante, pero perfectamente hilvanada, que ya sólo parecen posibles en Japón. Álvaro Arbonés

Mazinger Z (Go Nagai, 1972)

Aunque lo más viejos del lugar también recuerden Meteoro, el primer anime televisado en nuestro país, lo de Mazinger Z fue un impacto muy fuerte. Venía precedido de Heidi y Marco, es cierto, pero el tono era otro. Emitido en España en 1978, cuando el cine de barrio y el tebeo de consumo popular vivían su esplendor (por poco tiempo), los monstruos campaban a sus anchas, con colmillos o gigantes, del espacio exterior o del centro de la Tierra. En ese contexto, el robot creado por Go Nagai supuso un chute importante de sentido de la maravilla, el sense of wonder ese. Yo estuve ahí, lo viví, y fue la hostia. Ese festival de fantasía descontrolada y, por japonesa, diferente a tantas cosas, era demasiado poderoso. Esos enemigos diferentes cada semana, esos villanos extravagantes (hermafroditismo incluido) y esos protagonistas juveniles. Todo eso, si ya era suficiente y nos tenía enganchados, se multiplicó cuando se sumó el atractivo de lo “poco recomendable” hasta llegar la cancelación de la serie por el pánico mediático desatado. No fue la primera vez que pasaba con un producto de la cultura popular, ni desde luego la última, pero en mi caso me descubrió un nuevo concepto: LA INDIGNACIÓN. Daniel Ausente

La tumba de Drácula (Akinori Nagaoka, Minoru Okazaki, 1980)

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Mucho me temo que de toda esta lista de animes caninos, este es el único que escapa del canon indiscutible de clásicos de la animación japonesa. Y puedo entenderlo, cuando ni siquiera hace ostentación de japonesidad, adaptando un comic-book norteamericano (del que respeta buena parte de la estética, dando pie a un bizarrísimo trazo a medio camino entre el lápiz original de Gene Colan y los típicos rostros de la animación japonesa de la época) que se inspira en una novela británica, que a su vez se basa en macabras leyendas centroeuropeas. Ignoro qué les pasó a los japoneses por la época con el mito de Dracula, porque lo de Castlevania y derivados también es para mear y no echar gota, pero lo que sí sé es que la fama de La tumba de Dracula de ser un anime malo, pero que te ríes es inmerecida. Se ha ganado cierto status de culto por lo inapropiado de su emisión original en España, en el navideño programa televisivo Mazapán en las Navidades de 1984, que fue cuando a mí me fundió los fusibles, pero La tumba de Dracula merece ser recordada como algo más que una anécdota. No solo por su fiereza estética y su aguerrida mezcla de mitologías dispares (algo que ya hacía, y muy bien, el tebeo de Marvel en el que se basa), no solo por sus inesperados brotes de violencia y erotismo que sitúan su tono en una incómoda pero estimulante tierra de nadie; es que además La tumba de Dracula sabe sintetizar los mejores recursos del anime de horror cuando éste todavía estaba a medio codificar, y lo hace con nombres prestados e ideas occidentales. Y un Satán de cincuenta pies de altura. Como mandan los no-cánones. John Tones

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