[Todos a una] ‘Black Mirror’ S03: ¿Decepción de la temporada o clásico moderno?

Ya está. Se ha liado. Black Mirror, una de las series más respetadas y veneradas de la ciencia-ficción televisiva de los últimos años, ha llegado a Netflix, y con ello la polémica. Estos nuevos seis episodios (primera mitad de una tercera temporada de 12 cuya segunda parte llegará en un futuro) han sido acusados de ser una pobre réplica banalizada de las cuidadosas tandas de tres historias que Charlie Brooker creó hace unos años para la BBC.

Este artículo contiene spoilers

¿Es cierto o estamos ante un nuevo caso de elitismo ante un producto cultural cuando este se vuelve popular? Internet -paradójicamente, teniendo en cuenta el mensaje habitual de Black Mirror– no termina de ponerse de acuerdo, y entre binge-watching y binge-watching, pesa sobre los espectadores el temor de que Charlie Brooker haya perdido el toque. ¿Es así? ¿Es esta nueva temporada una pobre réplica de Twilight Zone o sigue siendo una cita imprescindible para los consumidores de distopías con clase? Juntamos a unos cuantos expertos de CANINO, a cada uno les ponemos un capítulo de esta nueva temporada, y estas son sus opiniones.

1. Nosedive

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Nosedive es una sátira ambientada en un mundo donde sus habitantes viven dedicados 24/7 a su presencia en las redes sociales, con el objetivo de alcanzar un rating de 5.0 en sus perfiles. Esta vez, en la exploración de las ansiedades que rodean a la tecnología, Black Mirror se refiere a la paranoia y esquizofrenia de la exposición constante a los perfiles públicos. Una pesadilla con un aire de estúpida inocencia moralizante al estilo de Pleasantville (1998). Pero esa dedicación a nuestra identidad digital no es nada en lo que no nos encontremos ya inmersos: las empresas, cuando preparan nuevas contrataciones inspeccionan los perfiles de las redes sociales de sus entrevistados; categorizamos las cosas en base a si son o no aptas para ser posteadas; tenemos la posibilidad de dar puntuaciones en Yelp, Ebay, Amazon; es posible ganarse la vida a través de un canal de Youtube o un blog… ¿acaso no se traduce ya la aprobación social de los media en una relación de reciprocidad entre poder y dinero?

Echamos de menos en este capítulo esos retorcidos modos de violencia y crueldad sin justificación que, Black Mirror supone, saca a la superficie la libertad que trae consigo el uso de las nuevas tecnologías. Esa crueldad heredada-inherente, sobre la que autores como Haneke ya nos prevenían de manera magistral y sin tanta moralina. También están ausentes la distopía y el futuro especulativo. Porque, ¿acaso quiere ser Black Mirror una exageración del presente a través de la cual especulamos sobre el futuro? Nosedive, al no presentar un uso de la tecnología -y una consecuencia del mismo que no estemos padeciendo ya-, no lanza una hipótesis de cómo puede degenerar el ser humano en su relación con sus pares. El episodio resulta, en consecuencia, un tanto obvio e inocente, hasta el punto de que bien podría ser un capítulo de Gossip Girl con una buena dirección. Virginia Lázaro

2. Playtest

Son muchas las críticas que le han caído a Playtest. Vienen desde todos los frentes: que si no parece Black Mirror, que si el análisis es muy superficial, que si los videojuegos ya han sido suficientemente atacados… parecemos olvidar que la intención de Charlie Brooker no es tanto disparar contra la tecnología como contra nosotros, los espectadores, los que tenemos que mirarnos en ese espejo negro que forma la pantalla de nuestra televisión. ¿Por qué vemos Black Mirror? Fácil, para evadirnos. Para dejar a un lado nuestros problemas de pareja, nuestros traumas familiares y nuestros trabajos de mierda (y eso si tenemos uno). La evasión. La evasión es la verdadera protagonista de este segundo capítulo y es que por mucho que queramos, parece decirnos, la tecnología no puede ayudarnos a escapar de nuestros verdaderos problemas.

En Playtest, Cooper es un hombre que, tras la muerte de su padre después de una enfermedad penosa, es incapaz de seguir en casa con su madre por lo que decide marcharse a recorrer el mundo como mochilero. Pese a todo no puede escapar de la familia, no puede huir de su miedo a sufrir Alzheimer al igual que su padre. No importa cuántos kilómetros medien porque su madre siempre podrá contactarlo a través del teléfono móvil.

Gracias a una app, y debido a la necesidad, Cooper decide trabajar como tester de la más puntera tecnología desarrollada por la más importante empresa de videojuegos. Realidad virtual puesta al servicio de entretenimiento ¿no suena maravilloso? podría serlo si no lo usáramos para postergar, una vez más, aquella conversación ineludible. Porque jugar no puede usarse para esconderse, quiere decirnos Brooker, estamos atados a la realidad con todas sus consecuencias. Marta Trivi

3. Shut Up and Dance!

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Nos gusta que nos cuenten historias más que las propias historias. Esto lo sabe bien Charlie Brooker, creador de la serie y co-guionista de este tercer episodio, en el que sus artilugios de cuentacuento misántropo saltan más a la vista que nunca.

Kenny (Alex Lawther), protagonista de este relato, se nos presenta, en términos mondobruttisticos como un pobre pajero, que sobrevive a un curro de mierda en un fast food donde sus compañeros alfa parecen prolongar el bullying constante de los recién acabados años de secundaria mientras, en casa, sufre duelos de angst adolescente con su hermana ante la pasividad de una madre más preocupada por sus First Dates, programa que comparte casa madre británica con la serie, que por sus hijos. Debido a un malware descargado al intentar instalar un programa pirata para ver series, primer toque moral de Netflix Mirror, Kenny sufre el chantaje de un grupo anónimo que le ha grabado, hackeando su webcam, masturbándose frente al portátil y amenaza con hacer público el video entre sus contactos.

Así arranca este capítulo, que bebe claramente del thriller paranoico de los 90, dejando atrás los temas y la estética de ciencia-ficción habitual de la serie.  Emparejado en una imposible buddy movie con  Hector (Jerome Flynn aka Bronn en Juego de Tronos) un cuarentón que cae en la trampa al contratar los servicios de una joven prostituta, la trama es in crescendo de situaciones cada vez más tensas hasta llegar al sorprendente y esperado giro final.

- ¡No puedo atracar el banco, Hector! - A mí qué me cuentas, Kenny. Suficiente tengo con beber y conducir el coch... ¡BURP!

– ¡No puedo atracar el banco, Hector!
– A mí qué me cuentas, Kenny. Suficiente tengo con beber y conducir el coch… ¡BURP!

Los manuales invitan siempre a poner obstáculos a los protagonistas, y Brooker y su co-guionista William Bridges se lo toman tan a pecho que llega a bordear la inverosimilitud. Por su parte, James Witkins, director del episodio así como de la estupenda Eden Lake (2008), alimenta esas premisas con oficio pero cae en una dirección de actores que empuja a Jerome Flynn y sobretodo al joven Alex Lawther a un mega acting propio del Nicolas Cage más histriónico, llegando a un punto en que el espectador duda entre estar ante una serie de suspense o un episodio loco de Rick y Morty.

Tras cincuenta minutos sufriendo el agobio de Kenny ante la perspectiva de globalización online de ese terror masculino adolescente conocido como que-tu-madre-te-pille-haciéndote-una-paja el clímax nos hace replantearnos todo lo visto y un ejercicio de misantropía tanto con los personajes como con los propios espectadores, Brooker se convierte en aquel Todd Solondz que nos amargó la tarde quince años atrás con Happiness (tercer guiño, junto al Fincher de The Game y El Club de la Lucha, a directores de los noventa si contamos al Verhoeven de Starship Troopers en el quinto episodio de esta temporada)

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Si el terrorismo es el enemigo exterior número uno del nuevo siglo, el interior probablemente sea la del pederasta, culmen de lo más deplorable de nuestro deseo sexual y de la criminalización moral de internet. Es por eso que la elección por parte de Brooker de esta figura como giro sorpresa de la trama y elemento re-evaluador de la pequeña trampa sobre la que se ha sostenido el episodio, con la escena inicial de la niña en el restaurante como cepo principal, supone lo más atrevido y oscuro de esta temporada. Sobretodo si lo interpretamos no solo como un recurso fácil de guión sino como disparador de cuestiones al espectador: ¿Realmente ha cambiado tu simpatía por el protagonista? ¿Somos algo más que el reflejo de lo peor de nosotros mismos? ¿Merecemos ser juzgados públicamente por ello?

La respuesta siempre te llevará a un lugar incómodo, por eso nos preferiríamos que el capítulo, en lugar de Radiohead hubiese cerrado con los gallegos Novedades Carminha y su Jódete y baila. Pedro Toro

4. San Junipero

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Y por fin, el cielo fue un lugar en la tierra. O en forma de episodio.

En 2011 Black Mirror aparecía en nuestras vidas bajo la forma de una formidable sátira. Cuidado con los avances de la tecnología, juzgaba Charlie Brooker. Vigilad las redes. Aquel discurso del terror empezó a quedar obsoleto… hasta que llegó San Junipero.

Las razones por las que nos encontramos ante el mejor episodio de Black Mirror son varias. Por primera vez, Charlie Brooker (en su mejor guion) deja la sátira atrás y abraza la posibilidad de que la tecnología no sea (solo) una horrible pesadilla de cristales rotos. En efecto, San Junipero contiene una de las ideas mejor ejecutadas de toda la serie, que la pone en contacto directo con este presente obsesionado con revivals y mirar al pasado. La estructura del guion (“sólo me quedan seis meses… Bueno, cinco” “Sólo tenemos acceso a un número de horas a la semana”) y sus posibilidades (¡esos viajes por la cultura pop! ¡esa banda sonora que recorre cien películas! ¡ese local oscuro con música de The Pixies!) seguirán en nuestra cabeza muchas horas después de haber concluido el episodio…

… Y sin embargo, en vez de decantarse por el castigo, por primera vez Brooker muestra una cierta compasión con el mundo que ha creado, y sobre todo con sus personajes. Sí, hablamos de una de las historias más románticas de la televisión reciente, donde la tecnología juega un papel casi de moderno Prometeo, aceptando que el objetivo último de su creación es darnos paz (y sueños). Para un show orgulloso de presentar los problemas de la sociedad, San Junipero plantea un escenario inédito: no importa que el cielo sólo exista en forma de base de datos, no importa que en 2016 la línea entre lo real y el simulacro se vuelva cada vez más borrosa: estamos cansados. Cansados de que no nos quieran. Cansados de estar solos.  

Sólo por eso este episodio es el más optimista, aunque todo depende. Porque dime, ¿tú te quedarías para siempre en San JuniperoJosé Sala

5. Men against Fire

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El episodio más político de esta tanda de historias negras de Black Mirror se adentra en la mente de unos soldados con una metáfora tecnológica ciertamente interesante (pero no del todo original, ya desde Crimen en la noche o La escalera de Jacob se jugaba con ello, aunque en términos menos tecnificados): la carne de cañón, los infelices que solo están ahí para apretar el gatillo, están fuertemente mediatizados por los intereses de sus superiores, y si lo perciben puede desatarse el caos. En este caso, la metáfora que plantea Brooker es algo enclenque: las víctimas de un conflicto indeterminado futurista no son apestosos y violentos mutantes, como ven los soldados con unas máscaras que distorsionan la realidad, sino seres humanos. La gente que muere en las guerras son, sorpresa, a) civiles, y b) humanos. Un mensaje encomiable, casi incluso podríamos decir que necesario, pero no especialmente brillante, ni siquiera como guiño a Starship Troopers, que era mucho más arriesgada, con aquella curiosa simpatía final por los bichos… que eran monstruos totalmente carentes de humanidad (en realidad es más posible que el nombre de «cucarachas» con el que se define a los mutantes sea una referencia al «bichos» con el que los nazis hablaban de los judíos). Como siempre destaca el apartado visual, con un diseño de interfaces tecnológicas absolutamente soberbio y unas interpretaciones (especialmente el soldado Malachi Kirby y el psiquiatra Michael Kelly) de antología. Pero por desgracia, y aún reconociéndole las buenas intenciones a Brooker, el aparato narrativo no es especialmente brillante. John Tones

6. Hated in the Nation

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A Black Mirror poco tardaron en colgarle el sanbenito de ser la Twilight Zone (1959-1964) del siglo XXI. Por desgracia a la serie de Charlie Brooker aún le falta recorrido para acercarse a la obra maestra de Rod Serling, sobre todo en lo que respecta a capacidad de síntesis. El sexto episodio de la tercera temporada, Hated in the Nation es una prueba de ello.

Sobre el papel la idea parecía buena. Saciar las ansias del espectador con un colofón de hora y media que sirviera dejar satisfecho a quien una temporada de solo seis episodios le supiera a poco (el doble que en temporadas anteriores, pero la mitad de las planificadas por Netflix cuando se hizo con los derechos de la serie). El problema es que formalmente es uno de los episodios más endebles de la serie, y su extensión contribuye a subrayar sus carencias narrativas. No es la primera vez que Black Mirror combina su habitual premisa de sci-fi premonitoria con un género asentado en las dinámicas televisivas, y en este caso parece que estamos ante un policiaco de libro. Tanto es así, que recuerda en tono y estructura al procedimental fantástico de los noventa por antonomasia: X-Files (1993-2002, 2016). Lástima que se trate de un acercamiento formulaico y emocionalmente inerte.

No obstante hay varias ideas estimulantes. Brilla el concepto de serial killer imparable surgido de una masa enfurecida internetera, hambrienta de una nueva víctima a la que lapidar. Por su parte, el giro donde descubrimos que todo ha sido provocado por un terrorista despechado, nos dice que incluso esos comportamientos impredecibles y sus inercias también son fácilmente manipulables si tienes los medios necesarios. Cómo siempre, Black Mirror no habla tanto de los peligros de los nuevos medios de comunicación, sino de la falta de madurez de la humanidad a la hora de manejarlos. Borrachos de poder, nos comportamos como jueces parciales, jurados irresponsables y verdugos cobardes, amparados en la impunidad y naturaleza anónima de la red.

En cualquier caso, incluso en episodios tan perezosos como este, Black Mirror no debe ser interpretado como un sermón, sino como una herramienta didáctica que nos recuerda constantemente lo importante que sería acordar entre todos unas sólidas normas de educación interneteras básicas antes de que todo esto se nos vaya de las manos. Nacho MG

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