[Todos a una] Buchantones, tarantantanes y bofetadas: las mejores peleas del cine

Kung fu, boxeo, trifulcas callejeras, hechicería... nos ponemos extremadamente violentos en un artículo colectivo que recopila algunas de las mejores peleas de la historia del cine. Con armas blancas o a puñetazos, técnicas o salvajes, trogloditas o humorísticas. Una somera selección de lo que han dado de sí los conflictos directos, las cosas claras y el chocolate espeso en el cine.

Que nos gusta a nosotros una pelea en la gran pantalla. Posiblemente los conflictos entre fuerzas más o menos igualadas (o todo lo contrario, y ahí está la gracia) sea uno de los grandes tropos del celuloide desde sus inicios. Aunque es imposible escoger las mejores peleas de la historia del cine en tan corto espacio, nos ha apetecido hacer una somera aproximación como preámbulo a futuros estudios más densos sobre el particular. Estas son algunas (solo algunas) de nuestras peleas favoritas.

Hammer Girl toma el metro (The Raid 2, 2014)

Resulta difícil elegir una sola pelea de esos monumentos a la lambada dolorosa que son The Raid (2011) y su secuela de 2014, ¿eh? Bien, no para mí. La luchadora conocida simplemente como Alicia o Hammer Girl -interpretada por la actriz y modelo indonesia Julie Estelle– se abrió camino a lo más alto de mi clasificación en apenas dos minutos, reivindicando el martillo de carpintero como adminículo letal para los slashers del futuro (me la imagino pensando en su taller «Si puedo sacar clavos con él, también puedo sacar huesos») y recordándonos que el mejor uso posible en el cine para las imágenes generadas por ordenador está en los efectos de sangre. El hecho de que toda la escena -que puedes ver en el vídeo de arriba con el añadido de una canción de Lykke Li que no estorba demasiado- recuerde tanto a El vagón de la muerte (2008), la adaptación de Ryûhei Kitamura del relato The Midnight Meat Train de Clive Barker, también ayuda. Andrés Abel

Los Jets vs los Sharks (West Side Story, 1961)

Nueva York, comienzo de los sesenta. Estamos en una zona deprimida de la ciudad en la que los jóvenes inmigrantes puertorriqueños intentan hacerse un hueco en las calles dominadas por los hijos de los más pobres irlandeses.

Plano general. Cancha de baloncesto. Un grupo de adolescentes observa el juego de manera impasible. Sabes que son unos rebeldes por su actitud indolente y por la manera desafiante en la chasquean los dedos. Nadie se mete con los Jets, por lo menos hasta que aparecen los Sharks. La violencia aumenta su intensidad durante el prólogo hasta una trifulca final en la que en vez de patadas y puñetazos, las bandas rivales encadenan giros, écartés, croisé devant y effacé derrières.

Los experimentados bailarines que participaron en West Side Story (1961) recuerdan el rodaje como uno de los más duros e intensos de su vida. Uno de los directores y el coreógrafo principal, Jerome Robbins, obligó a los actores a repetir este número inicial hasta la extenuación. El resultado, una de las peleas más hermosas y visualmente intensas de la historia del cine. Marta Trivi

Dr. Erasmus Craven vs Dr. Scarabus (El Cuervo, 1963)

No todo van a ser peleas a hostia limpia en esta lista. La que nos ocupa en este apartado es la mejor confrontación entre magos vista en el cine; un alucine a pesar de que no haya contacto físico directo. En 1963 y en pleno ciclo de adaptaciones de Edgar Allan Poe, Roger Corman partió del famoso poema del autor, El Cuervo (1845), para crear una memorable comedia fantastique que poco tiene que ver con la obra de Poe (para qué negarlo) y en la que rivalizan varios magos. Un trío maravillas formado por Boris Karloff, Vincent Price y Peter Lorre. La confrontación final se produce entre los personajes de Karloff y Price (que hacen gala de una convicción tal en su roles de hechiceros que casi sobrepasa la pantalla), y es toda una oda a la fantasía más pura y al humor absurdo que usa todos los trucajes y efectos especiales posibles y existentes en la fecha de su producción. Esta pelea de magos es tan influyente, que, por ejemplo, tanto John Carpenter como George Lucas, la copiaron para Golpe en la Pequeña China (1986) y Star wars, Episodio II: El ataque de los clones (2002), respectivamente. Xavi Sánchez Pons

Asuka vs EVA producidos en serie (The End of Evangelion, 1997)

Cuando los fans, en una de las primeras muestras de puñitocerradismo de la historia audiovisual, se quejaron a Gainax de que los dos episodios finales de Neon Genesis Evangelion (1995) eran un desbarre lisérgico que nadie entendía, la respuesta de Hideaki Anno fue un «os vais a cagar». Y efectivamente, nos cagamos. The End of Evangelion, una película que ya desde el título muestra la voluntad de su autor de que sea el punto final de la historia, arranca con una masacre y termina con un evento de extinción. Entre las dos cosas tiene escenas como la que nos ocupa hoy, el combate entre Asuka, a los mandos de la unidad 02, con las nueve unidades EVA producidos en serie por Seele que llevan núcleo S2 (y por tanto no necesitan cable para funcionar), lanza de Longinus, alas y Dummy Plug.

Asuka, que venía de estar catatónica en una cama de hospital desde el ataque de un Ángel, es introducida en el EVA 02 por orden de Misato para protegerla del ataque de la ONU al Geofront. Inesperadamente, dentro de la cabina del EVA la recibe su madre, cuyo espíritu habita en el gigante biomecánico. Ese gesto hace que Asuka despierte y recupere su carácter, fuerte e indomable, justo a tiempo para, en tres minutos, destrozar literalmente a nueve unidades Evangelion una tras otra. En lo que se convierte en una secuencia de una belleza plástica pocas veces alcanzada en la animación, Asuka, en un estado maníaco e hiperagresivo, se convierte en un berserker descontrolado y da rienda suelta a toda la agresividad y la ira reprimidas a lo largo de toda la serie. El EVA 02 se comporta como una bestia salvaje que aniquila totalmente a sus enemigos. La banda sonora, el Aria para sol de la suite número tres en re mayor de Bach (aunque esto es un arreglo de August Wilhelmj), ofrece el contrapunto sereno y pausado a la violencia completa desatada de la carnicería a la que asistimos. Por desgracia esto es el fin de Evangelion; cuando la batería del EVA 02 se agota los EVA en serie se regeneran y terminan con la vida de Asuka como una bandada de rapaces destripando a un animal herido. Alberto Mut

Viggo Mortensen en pelotas vs mafiosos rusos en la sauna (Promesas del este, 2007)

El actor que deslumbrara a medio mundo con su papel de Aragorn inició a mediados de la pasada década un breve pero intensísimo idilio con David Cronenberg. Como resultado obtuvimos dos películas que echaban por tierra toda la nobleza y bonhomía con las que hasta ahora lo habíamos identificado: la apreciable Una historia de violencia (2005) y la incluso superior Promesas del este, película esta última, sin embargo, condenada a palidecer como conjunto ante el potencial icónico que acogía una única escena con Viggo Mortensen dándolo todo, y en torno a la cual parecía orbitar el metraje en su totalidad.

Nikolai Luzhin (Mortensen) es un taciturno chófer cuya relación con Anna (Naomi Watts) le ha metido en más de un lío dentro del clan mafioso donde milita, y como consecuencia está a punto de ser ajusticiado aprovechando la indefensión que supone estar en una sauna, y con la indumentaria con la que la gente suele estar en las saunas. Sin embargo, los matones designados para el encargo no han caído en que se están jugando los cuartos con un hijo de Gondor. Con todo lo que esto conlleva.

Ni que decir tiene, el llamado Luzhin sale victorioso tras una pelea rodada con absoluta maestría y maravillosa explicitud, y con varias cuchilladas de recuerdo en su cuerpo de pura fibra. El espectador, por su parte, no experimenta la más mínima sorpresa, pues recuerda que, entre Cronenberg y Cronenberg, nuestro querido Viggo protagonizó Alatriste (2006). Si consiguió salir más o menos indemne de eso, ¿qué daño podría hacerle la mafia rusa? Alberto Corona

A la salida os espero”: La pelea de los colegios Suzuran y Housen (Crows Zero 2, 2009)

Cuando yo era adolescente, uno de mis sueños, uno de los sueños de todos, era pegarnos con el grupo A de EGB. Vengarnos de tantos años de afrentas, de ligue con nuestras chicas, y demostrar que el B éramos mejores. Más macarras, guapos y con unos bíceps más marcados. Y nuestras zapas eran la polla.

Takashi Miike consiguió, al fin, que yo cumpliera este atrabiliario sueño, hostias como panes entre cientos de personas, en el delirante final que enfrenta a las escuelas Suzuran y Housen. Miike hizo su obra maestra de galletones sin fin antes de que le abdujera el ordenador más pocho, con cientos de niñatos japoneses dándose tollinas al lado de dos porterías: el sueño de todo chaval en los noventa en España.

Lo interesante, y es homenaje al virtuosismo de Miike, es la capacidad en el montaje -gracias a una estudiada coreografía- de poder mezclar tanto planos generales como de detalle siguiendo a los distintos líderes. Así, lo que podría parecer una especie de tangana de pueblo acaba en una batalla campal, con émulos de Goku capaces de hacer saltos delirantes y con look sacados del cosplay más abisal en las Jornaícas Manga de Zaragoza.

Un gustazo de escena, pura adrenalina, y que trae la necesidad, la imperiosa necesidad, de hacer un remake de este manga adaptado a España, a Vallecas, y a los colegios más suburbiales que uno pueda imaginar. “La violencia es el único acto puro”, decía Sorel. O el Pirri. No me acuerdo. Julio Tovar

Asalto al gimnasio del Atlético de Madrid (Y si no, nos enfadamos, 1974)

El gordo y el flaco, Neo y Morfeo y salchichas y cervezas. Dos colegas de esos que se quieren pero que se matarían a golpes sufren lo suyo en un campeonato de carreras disputándose un hermoso dune-buggy escarlata que sigue siendo tan fardón como en 1974. Tras un altercado con la típica mafia que campa a sus anchas en los alrededores del Vicente Calderón, Kid y Ben tendrán que arremangar sus camisas y pelear por lo que es suyo. Y nadie reparte hostias con más gracia que Kid o más ira que Ben, ya sea en un bar, en la calle o en un gimnasio. La pelea que tiene lugar en el santuario del atleta ha pasado a la historia como una de las más divertidas que cualquier lector de CANINO pueda recordar, en parte porque, otra vez, amenizan la acción con el alucinante temarral de Oliver Onions que ha formado parte de nuestros despertadores al menos una vez en la vida.

Como si de una adaptación de Bruguera se tratase, nuestros héroes se las verán con asesinos profesionales, coros de canto con profesores de canto casi más peligrosos, globos, cervezas y salchichas. ¡Más fuerte, muchachos! Kiko Vega 

Indiana Jones vs Calvo nazi gigante (En busca del arca perdida, 1981)

Hay peleas que son maravillas coreográficas, piezas de orfebrería en las que la coordinación de los luchadores y luchadoras se nos antoja inhumana. Seguro que los caninos y caninas se dedicarán a glosar varias de ellas. Yo por mi parte prefiero otras en las que el protagonista tiene todas las de perder porque es un alfeñique o porque el rival es colosal. Y eso es lo que nos tememos en cuanto vemos a ese nazi gigantesco y calvoroto emerger de su tienda de campaña y quitarse la camisa porque una pelea le gusta mucho más que andar buscando baratijas -léase artefactos del Antiguo Testamento– por el desierto egipcio. Pero no es esa la única amenaza a la que se enfrentan Indy y Marion porque el piloto de ese avión futurista, porque el futurismo nazi no tiene parangón en cuanto a molar, no se va a dejar birlar y tiene una Luger con la que le encanta imitar a Ralph Fiennes y hacer tiro al blanco con judíos. Así se monta una escena que es un prodigio de timing y sincronía y en la que debemos permanecer atentos al menos a 1) el piloto sanguinario, 2) el destacamento nazi al otro lado de la colina y 3) el mencionado gigante, que ahora comienza a sacudir a Indiana como si no hubiera un mañana, aunque éste intente escabullirse de ambos alemanes mientras esquiva esas hélices que sabemos terminarán por tener importancia, un presentimiento que se confirma en cuanto Marion golpea al piloto en todo el cráneo con las calzas que detenían al avión y este empieza a girar sobre sí mismo como un coche en el escaparate de El precio justo. Por si fuera poca la complicación (Indy a estas alturas ya ha intentado todos sus trucos de su libreto de jugarretas y aún así el gigantón le está machacando), Marion ha conseguido encerrarse sin querer en la cabina del piloto y tiene que entretenerse ametrallando, con una pericia admirable, a un camión repleto de nazis aunque, ups, también hace explotar un polvorín peligrosamente cercano a un camión cisterna que está derramando su contenido porque, vaya por dios, el ala del avión lo ha rajado con tanto giro que sin embargo no parece conseguir que Indy se maree mientras pelea sobre sus alas o en el suelo, aunque le dé igual porque sigue recibiendo hostias en estéreo mientras la gasolina se aproxima a la llamarada y Marion intenta salir de la cabina atorada. Entonces es cuando sucede, la hélice hace el trabajo que el héroe no pudo ni siquiera comenzar por culpa de su inferioridad física, y después de que la esvástica se haya salpicado de rojo Indy aún tiene tiempo de rescatar a la chica y salir corriendo con ella mientras al fondo vemos cómo la llamarada se acerca corriendo hasta el avión que salta por los aires y la audiencia suspira aliviada diciendo “joder Spielberg, cabronazo, lo has vuelto a hacer”. Santi Pagés

Yixiantian vs. La sombra poética de Ip Man (The Grandmaster, 2013)

En una película donde la violencia alcanza la categoría de forma poética, escoger una escena de acción que sobresalga sobre las demás se antoja imposible. Y sin embargo, resultaría injusto pasar por por alto el enorme papel de Chang Chen. Metido en la piel de Yixiantian, haciendo de espía, asesino y contrapartida de la virtud del gran maestro personificada en Ip Man, su pelea es, con diferencia, la más monstruosa de toda la película. Donde todos los demás involucrados en peleas tienen un estilo fluido y elegante, donde predomina más la belleza que la efectividad o la rapidez en la resolución de los actos, en su caso toda la belleza se subordina a un único acto: acabar lo antes posible el combate. No es un luchador, sino un asesino.

De la mano de Yixiantian no hay tiempo para poéticas. Y de ese modo llega a la poética. No quiere ser afectado, bello y evidente; quiere ser efectivo, fuerte e inteligente. Busca la belleza no a través del acto, sino de las consecuencias del acto; en la sangre y los cuerpos caídos, en toda ausencia de circunloquios innecesarios, demuestra la belleza de su estilo. Como si, además de sobre las artes marciales, los mundos paralelos de Ip Man y Yixiantian estuvieran diciéndonos algo sobre el arte. Sobre los modos de abordarlo. Pero si es así, siendo uno considerado un gran maestro y el otro un barbero, parece que, quienes aprecien la efectividad sobre el efectismo andan jodidos. Y en su honor, su memoria y que no les duela la barbería ni el espionaje, les dedicamos esta escena de violencia exquisita. Álvaro Arbonés

Jackie Chan vs. Benny Urquidez se miden los lomos (Los Supercamorristas, 1984)

Dicen los expertos que es la mejor pelea cuerpo a cuerpo de la historia del cine, y a mí se me ocurren otras igual de estupendas, pero ninguna tan paradignática. En 1984, Jackie Chan estaba en su mejor momento: justo después de Dragon Lord (1982), de Winners & Sinners (1983), de Los piratas del mar de China (1984), justo antes de Armas invencibles (1985), de La armadura de Dios (1986), de Los tres dragones (1987), en una carrera que, al menos durante quince años (que se dice pronto) aún tenía que seguir dando películas imprescindibles para entender la comedia y la acción en la pantalla. Esta trifulca gloriosa en Los Supercamorristas es solo una más de sus muchas peleas esenciales, de las muchas que nos quedaban por ver (precisamente, nada menos que quince años después en Gorgeous -1999-, pese a la inevitable bajada de forma física, tiene otra casi tan contundente), pero hay algo de primitivo y salvaje en este encuentro con el multiartista marcial Benny Urquídez que sigue siendo hipnótico. Posiblemente se deba a que Chan estaba en su mejor momento físico, obsesionado con el realismo y la precisión, y que la pelea pertenece a esa época mágica del cine de artes marciales donde se buscaba enseñar más al espectador, no menos. A eso se añade que Urquídez estaba debutando en el cine y no sabía contener los golpes: las bofetadas y, sobre todo, patadones que se lleva Chan son muchas veces reales, y la ira progresiva que le va poseyendo según avanza la pelea, también. Y todo lo que hizo a Jackie Chan el director de cine de acción oriental más importante de los ochenta está aquí: el uso del decorado para vitalizar y subrayar las peleas, el montaje preciso hasta lo obsesivo, el respeto a las reglas de las artes marciales clásicas para pervertirlas y modernizarlas, la corporeidad de los movimientos, la planificación y movimientos de cámara, el uso de sonidos y silencios, los deliciosos, indescriptibles momentos de comedia… Urquídez y Chan volverían a enfrentarse en otro combate soberbio en Los tres dragones, ya con la participación de otro renovador imprescindible del género, Yuen Biao, y en una secuencia más orientada a los stunts, pero este épico duelo de Los Supercamorristas sigue siendo considerado el mejor. Y con razón. John Tones.

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