[Todos a una] Buenas noches, señor monstruo

Monstruos los hay de todos los tamaños, intenciones, texturas e incluso diríamos que olores. Grandes, aterradores, minúsculos, risibles, intangibles y despreciables. Entre otras cosas. En CANINO hemos elegido nuestros favoritos.

Según el diccionario, un monstruo es algo que funciona «contra el orden regular de la naturaleza«. Nos parece vago, y sin embargo, bello. Aquello que rompe el orden natural de las cosas siempre está condenado a ser un proscrito, a simbolizar la diferencia, y eso exactamente son los monstruos.

Nos gustan (nos atraen, nos repugnan, nos cautivan) porque van a la contra, y eso es saludable siempre y en todo momento. Monstruos camuflados de humanos, humanos disfrazados de monstruos, hemos preguntado a los redactores de CANINO cuáles son sus predilectos. Y estas son las respuestas.

fraga

DAVID BIZARRO – El monstro de Palomares. La inolvidable estampa de Manuel Fraga emergiendo de las aguas radiactivas del litoral almeriense en 1966 despierta en el espectador un terror anfibio, casi lovecraftiano. El Ministro de Información y Turismo del franquismo y futuro fundador de Alianza Popular asumió con orgullo el legado de una estirpe legendaria de hombres-peces que surgió del mar hace millones de años para esparcir su semilla sobre los continentes. El avistamiento de aquella criatura, de andar zozobrante y habla confusa, en la playa de Quitapellejos de Palomares fue inmortalizado por las cámaras del NODO para mayor gloria propagandística.

Revisadas hoy en día, cuando se cumplen cincuenta años del incidente nuclear que contaminó nuestras costas, las imágenes en blanco y negro de aquel chapoteo propagandístico evocan las de otro engendro atómico de serie Z: el encarnado por Tor Johnson en La bestia de Yucca Flats (1961), cinta mefítica pero premonitoria. Ahora que nuestro gobierno y el de EEUU parecen haber llegado a un acuerdo no vinculante sobre quién debe hacerse cargo de las 41 hectáreas de terruño irradiado, sólo cabe esperar que nuestro queridísimo Pedro Temboury se anime a rodar con Don Manuel, mitad Nessie y mitad Godzilla: todo Jocántaro. «Que no está muerto lo que yace eternamente, y con los eones extraños incluso la muerte puede morir».

 

MARIANO HORTAL – Freddy Krueger. Cada uno tendrá sus motivos para escoger su monstruo favorito. Los míos empiezan por mi propio miedo, posiblemente ningún otro monstruo me ha hecho pasar tanto miedo como Freddy Krueger (Pesadilla en Elm Street -1984-). El diseño del personaje resultaba ciertamente desasosegante: sus cuchillas en vez de manos, su cara quemada, su aparente omnipotencia. Wes Craven inventó un enemigo prácticamente indestructible porque su realidad (la del territorio del sueño) no es la nuestra y que, sin embargo, es capaz de invadirnos, de llevarnos con él de manera inevitable, ya que todos tenemos que dormir en algún momento.  

Esta cuestión es palpable de veras en la tercera parte de la saga, en la que varios de los protagonistas son tan conscientes de su existencia que hacen turnos para despertarse e incluso llegan a entrenarse para poder luchar contra él, con resultado negativo como bien sabemos todos. Cada película terminaba tan mal como la anterior y suponía una continuación futura de un villano de los que se hacen míticos. Buena parte de culpa de la fama de este monstruo (todos tenemos nuestro top ten de muertes) la tuvo la demoníaca presencia de Robert Englund, capaz de dotar al monstruo con una personalidad donde lo grotesco, lo terrorífico, se fundía indisolublemente con su sentido del humor. Toda una leyenda que seguirá asaltando nuestros sueños durante mucho tiempo.

 

FRANCESC MIRÓ – El Doble Elefante Telépata de Guerra. Una estrella fugaz, que resulta ser una luciérnaga, cruza el cielo estrellado de la Ooo. Entonces Finn le pregunta a Jake cuál sería su deseo. Jake se emociona y responde “Ya sabes tío, eso especial que sólo dos trones pueden compartir”: un Doble Elefante Telépata De Guerra.  Un elefante blanco de dos cabezas con cohetes de propulsión en las patas, escopetas doradas en lugar de colmillos, gemas mágicas y curativas en las trompas y habilidades especiales para transmitir contenidos psíquicos. Para conseguirlo, Finn y Jake deciden adentrarse en un laberinto lleno de trampas, dónde la muerte acecha en cada esquina, así que para poder volver, Jake decide estirar su cuerpo desde la entrada hasta el final del laberinto. Pero sus poderes tienen un límite y debido al esfuerzo, el mejor amigo de Finn está a punto de morir. Por suerte, encuentran a Aquandrius, una especie de serpiente de lodo que concede deseos, y así, Finn consigue invocar al mejor y más poderoso monstruo de Ooo, una conjunción astral de cosas que molan, y que encima, lee la mente: el Doble Elefante Telépata De Guerra. Una auténtica máquina de destrucción y también sanación que, ya de paso, cura a Jake. Esta bestia apareció fugazmente en el capítulo 22 de la segunda temporada de Hora de Aventuras y marcó mi concepto de los elefantes de dos cabezas telépatas para siempre. Si se me aparece una estrella fugaz o una luciérnaga, yo ya sé que pedir.

 

redcap

SANTI PAGÈS – Gorro rojo. La infancia es la patria de los monstruos.

De los que nos asedian: presencias en el armario, crujidos en el pasillo, sombras que vemos escabullirse por el rabillo del ojo. Pero también es el origen del monstruo en el que nos convertiremos, que ya muestra sus primeros colmillos de egoísmo, sus primeras zarpas de crueldad.

Desde niño me encantan los monstruos.

En las contadas ocasiones en las que descendía hasta la biblioteca del colegio siempre terminaba refugiándome en un enorme volumen que apenas alcanzaba a bajar de la estantería titulado Enciclopedia de las cosas que nunca existieron. Un fabuloso glosario de monstruos, dioses y criaturas mitológicas de todas las culturas. En aquellas tardes que se derretían lentas y plácidas como un trozo de caucho dilatándose al sol, recorría las páginas de aquel gigantesco libro desmenuzando cada párrafo, fijándome en cada ilustración hasta casi fotografiarlas. De entre todos aquellos prodigios y quimeras recuerdo en especial un ser. No el más enorme ni el más aberrante. Solo un duende. Un duende barbudo llamado Gorra Roja. Un duende de garras largas y afiladas que según aseguraba el texto habita en los castillos y atalayas derruidas que puntúan la brumosa frontera entre Inglaterra y Escocia. ¡Cuidado caminantes! -advertía la enciclopedia- ¡si te encuentras con él deberás recitar un pasaje de la Biblia si no quieres que tu sangre sirva para renovar el color de su gorra!

Años, muchos años después, ya convertido en monstruo, paseé por el castillo ahiedrado y derelicto que yace bajo el promontorio sobre el que se erige la capilla de Rosslyn, obra, según dicen, de los caballeros templarios que se refugiaron en Escocia huyendo del Rey de Francia. Por si acaso mis colmillos y mis zarpas, ya completamente desarrollados para entonces, nos servían para asustar al Gorra Roja, comencé a repetir para mi, muy bajo, en susurros, una y otra vez un versículo: “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno.”

 

https://www.youtube.com/watch?v=Uqa3NrG3CGE

ALBERTO MUT – Pennywise. Pennywise es el único monstruo que me ha dado auténtico miedo. Porque Pennywise es un monstruo inteligente, lo cual le convierte en un ser amoral. En un psicópata. 

Pennywise es la manifestación terrenal de un principio abstracto y universal de destrucción. Para un niño de once años, Pennywise es un payaso de rojos labios y melena de fuego, parecido a Bozo o Ronald McDonald, hasta que te quedas a solas con él, sea en una casa encantada o en una calle desierta a mediodía, momento en el que cae el velo de la sonrisa y la boca enseña los colmillos. Pennywise no sólo mata, sino que antes asusta. Para que la carne sepa mejor, en sus propias palabras. Por tanto, elabora tramas de terror leyendo la mente de sus víctimas. Y lo que más miedo da: habla con ellas. Pennywise juega con sus víctimas, les habla, justifica el asesinato que va a cometer, les insulta, les seduce, les provoca una reacción visceral. Pennywise es el monstruo que cobra consciencia de sí mismo, que sabe lo que hace y por qué lo hace, que lo hace conscientemente y sin moral o ética alguna. Es el niño que tortura gatos, es el cazador que se fotografía con el elefante, es el principio abstracto de destrucción que te mira a los ojos, saca un cuchillo y te dice que vamos a jugar a un juego mientras sonríe maníacamente. Pennywise da miedo porque lo hace conscientemente y encantado de la vida. Pennywise es un psicópata y leer IT (1986) es, por momentos, ser la víctima de un John W. Gacy o un Ted Bundy. Es el terror de la indefensión llevado al papel. Y sólo de escribir esto he empezado a sudar frío.

 

CARLOS RAMÍREZ – BOB. Muchos teóricos han intentado acotarlo, pero el concepto de monstruo es tan atractivo como desbordante su definición. Quizá por eso resulta, junto al amor, uno de los temas más recurrentes de los artistas de cualquier época y forma de expresión. Pocos autores contemporáneos han aportado tanto a la noción de monstruo como el mago David Lynch, quien lleva desde los años sesenta, en palabras de Stephen T. Asma, “explotando las inefables microrrarezas de los objetos y acontecimientos mundanos en busca de sus raíces más profundas, enterradas e inconscientes” (On Monsters: An Unnatural History of Our Worst Fears, 2011).

No hace mucho tuve la suerte de tropezarme en Málaga con una fantástica exposición titulada El surrealismo fantástico de David Lynch. Esta no hizo más que corroborar mi nada oculta devoción por el cineasta. La muestra hacía un repaso al magnetismo entre la monstruosidad y el autor reflejado en obras ya tan tempranas como Six Men Getting Sick (1966) o Eraserhead (1977). Si tuviese que quedarme con un solo monstruo de la factoría Lynch, tiraría del clásico BOB (Twin Peaks, 1990-1991).

A través de BOB, Lynch explora lo fantástico y lo mundano. BOB es la representación del mal, una que en lugar de capa, maquillaje, colmillos y garras más propios del horror gótico, invade la escena ataviada de forma vulgar y cotidiana. Una cazadora vaquera y una mirada de animal salvaje es todo lo que necesitaba Frank Silva para perturbarnos. Esta entidad demoníaca procedente de la Logia Negra es casi invisible a los humanos, salvo en contadas ocasiones que Lynch maneja con extrema maestría, como aquella en la que el monstruo se arrastra hacia la cámara, transmitiendo al espectador la aprensión de una parálisis del sueño (algo similar a lo que Hideo Nakata logra en la célebre secuencia de Ringu). BOB es la máxima expresión de la monstruosidad lynchiana: la confirmación de que las dimensiones del horror y de lo cotidiano discurren en paralelo, tan próximas una de otra que a menudo se rozan, momento en que la primera se deja ver, agazapada en algún rincón de nuestra habitación, como un animal herido y furioso. Recuerden: los búhos no son lo que parecen.

 

ELENA ROSILLO – Los Fraggle. “El centro del universo es, sin duda, un lugar excavado en la roca llamado Fraggle Rock…” ¿Qué eran exactamente los Fraggle? Aquellos pequeños monstruitos inocentes, alocados y con tendencia al consumo de estupefacientes en forma de rabanitos. Y a tocar la guitarra y cantar – y lo que hiciera falta – al menor descuido. ¿Qué eran? Porque ahora, visto con ojímetro de investigador, aquellos muñecos ideados por el genialísimo Jim Henson (experto en monstruos y muy citado durante estas semanas debido a David Bowie y Labyrinth), alimento de la imaginación de miles de niños durante los años ochenta, más bien parecen un retrato caricaturizado de la cultura underground. Personajes que conviven en el sótano de una casa de clase media, asediados siempre por el olisqueador perro Sprocket, junto a otros monstruos como los Curris, una sociedad de obreros incansables, a modo de hormigas, constructores de inmensas exhibiciones arquitectónicas, que tienen prohibido descansar. Pacientes, aguantan todas las correrías de los Fraggle, que en cada programa acababan destrozando algo. También vivían por allí los Goris, descendientes de la nobleza universal, sucios y vagos, ataviados siempre con una coronita. El príncipe Junior parecía encontrar su único disfrute en la persecución y captura de los Fraggle, que siempre acababan escapando. Por último, claro, estábamos nosotros: las Criaturas del Mundo Exterior. Especímenes dignos de estudio que el viajero Tío Matt describe con la misma pasión que Howard Becker a los “cuadrados”. Los Fraggle, siguiendo con esta ligera asociación, serían los “desviados”: Rosi, nadando alegre en el lago y buscando siempre algo con lo que divertirse. Musi, melancólica, escribiendo compulsiva y poéticamente en su diario. Gobo, con su guitarra. Dudo con su duda crónica. Bombo, depresivo y obsesionado con lavar calcetines en un mundo en el que todos andan descalzos. ¿Va a dudar alguien a estas alturas que los Fraggle no eran más que el retrato de una comuna hippie? Hippies-monstruos, claro. Que de eso era de lo que estábamos hablando, ¿verdad? Oh, creo que me comeré otro rabanito…

 

https://www.youtube.com/watch?v=bZFW9MPiDiM

JULIO TOVAR – Luciana Izquierdo, la semilla del diablo. En algún lugar de La casa de Bernarda Alba (1945) la gran madre castradora, la propia Bernarda, afirma “aquí se hace lo que yo mando. Ya no puedes ir con el cuento a tu padre. Hilo y aguja para las hembras. Látigo y mula para el varón”. Esta pionera del feminismo violento, el mejor y más loco personaje parido por Lorca, tiene ecos en toda la ficción tremendista española.

Pero lo divertido, lo fascinante, es que la realidad imitaba a la ficción: la gran instigadora de la matanza de Puerto Hurraco fue Luciana Izquierdo, que “calentó” la cabeza a sus ultratarugos hermanos durante décadas junto a su hermana Ángela. Lo que acabó en cainismo hispano pata negra, tuvo como origen un amor no correspondido con el patriarca Cabanillas, en una historia irónicamente lorquiana. Esta mujer destinada al luto eterno por un “amour fou”, que preferiría (¡de nuevo metáfora lorquiana!) el abanico negro al de colores, fue la inductora de la gran matanza celtibérica moderna. La pequeña solana extremeña, la hora de la siesta, y ese miserere viejuno actuando en los esponjosos cerebelos de sus hermanos: “…ay, que los Cabanillas nos roban las tierras, ay, que cómo se lo permites…”.

Un monstruo de color betún que deja a la matriarca Bates en pamplina para niños emo. Los hermanos izquierdo actuaron como un comando de elite, tal que GI Joe atávicos, masacrando a medio pueblo. Y esa frase, ¡esa frase terrorífica!, que antecede el magnicidio en Puerto Hurraco y que resume la provincia profunda en España: “Vamos a cazar tórtolas”.

 

pitufos

DANIEL AUSENTE –  Muertos vivientes e infectados. Sí, lo sé, estáis de zombis hasta la coronilla pero por mi parte es lo que hay. Aprendí a leer con las ediciones españolas de los tebeos de la Warren (Vampus, Rufus, Dossier Negro), y de entre todas esas historietas, mis preferidas siempre fueron las de gente podrida que volvía de la tumba buscando venganza (bueno, y las de monstruos gigantes destruyendo ciudades también). Con doce años me topé con Zombi (1978) en un cine de barrio de la España de la Transición y ya nada fue lo mismo. Me entregué al visionado de toda película de muertos vivientes existente, anterior o posterior. Por entonces no había tantas, así que era sencillo. No voy a desarrollar aquí los motivos por los que los zombis (e infectados, no hago distinciones) son el monstruo que define nuestro tiempo, su ductilidad metafórica y enjundia sociopolítica está explicada en cientos de lugares. Nosotros somos los muertos vivientes, pero también los otros. Del zombi consumista al hambriento tercer mundo. Pero más allá de sus muchas simbologías y significados, del terror a la masa, del apocalipsis, la podredumbre, el muerdo y la supervivencia, lo principal es que las historias de zombis pueden ser tremendamente divertidas. Peyo lo intuyó con claridad cuando en 1964 publicó Los pitufos negros, un modélico relato de infectados que nunca se señala entre los genuinos precursores de la modernidad podrida.  

 

KIKO VEGA – La cosa. Voy mal de tiempo, y los candidatos son numerosos, tanto reales como ficticios. Monstruosos de acción o de facción había muchos, pero como hemos visto (y oído) tanto de ella en la última de Tarantino, he pensado que ninguno como el más aterrador de todos: el monstruo que no sabemos cómo hostias es.

¿Cuál era el origen de esa cosa? ¿Cuál es su estado original? El clásico «No eres tú, soy yo» cobra un nuevo y aterrador sentido en la obra maestra de 1982 de John Carpenter, donde el miedo a lo desconocido y a lo conocido es una misma cosa viscosa. Creo que junto a la masa devoradora de Chuck Russell hacen la pareja de organismos alienígenas más voraces y feroces de la historia del género, al menos en la sub-categoría «movida-viscosa-del-otro-mundo-que-te-absorbe-y-te-jode-vivo»

Qué miedo, joder. Ríete tú del sida de It Follows (2015)

 

HENRIQUE LAGE – El mutante de Metaluna. El impacto del monstruo hecho carne que suponían las primeras criaturas cinematográficas todavía tiene un impacto hoy. A diferencia de los engendros de leyendas y mitos o de cualquier primigenio informe arrastrándose desde las páginas de la literatura, el cine ponía al monstruo no como algo esquivo y a rehuir, si no la principal atracción de su circo. La influencia de los monstruos de la Universal es buena muestra de ello, y aunque allí tenemos un catálogo de grandes intérpretes en roles icónicos, o incluso figuras que despiertan enorme simpatía por su característico diseño como el Gill-Man de La mujer y el monstruo (1954), también nos ofrecieron un tipo de pesadilla bien distinta. Regreso a la Tierra (1955) no es de las más recordadas entre las películas de terror y ciencia ficción pocha de la Universal; de hecho, tuvo el dudoso honor de ser el motivo de mofa en Mystery Science Theatre 3000: The Movie (Jim Mallon, 1996). Sin embargo, tiene uno de mis diseños favoritos de criaturas: el Mutante de Metaluna. El Mutante tiene un gesto triste, un andar torpón y patizambo, una doble joroba. Su piel es azul eléctrico y está cubierto de venas carmesí como solo puede ser en Technicolor. No pestañea ni abre sus fauces, apenas puede levantar sus largos y gomosos brazos ni abrir o cerrar las tenazas en sus extremos dejando en mucho mejor lugar a su primo Jocántaro. No hay mucha explicación sobre qué es, pero ejerce de esclavo o perro de presa para sus amos alienígenas. Próximo a ser una amalgama de ideas al estilo de Robot Monster (Phil Tucker, 1953) pero más plausible, el Mutante es exactamente el tipo de criatura que solo puede servir para llevar a una actriz como Faith Domergue en brazos, desmayada de horror.

 

feast

ANDRÉS ABEL – The Feast Beast. Dientes como cuchillos, salpicón de secreciones ácidas, y un fugaz ciclo reproductivo que le hace cero ascos a la hibridación con otras especies: podría ser el Alien (1979) de Scott, O’Bannon y Giger, pero nunca oirás adjetivos como “elegante” o “majestuoso” dedicados a la criatura de Feast (2005) y sus dos secuelas. Esculpida por el veterano artista de la saga Hellraiser —no se ha despegado de ella desde la tercera entrega— Gary J. Tunnicliffe para el debut del director John Gulager y los guionistas e ídolos Marcus Dunstan y Patrick Melton (Saw IV-VII), esta versión hillbilly del xenomorfo no está tan interesada en alimentarse y procrear como en hacer correr la sangre y descargar sus propios fluidos, y en cualquier caso el que estos cuajen es solo otro medio para que no pare la matancina. Cristal de aumento de nuestros más bajos instintos, máquina de bombeo que saca lo mejor y lo peor de nosotros, bla, bla, bla. Dejémoslo en, posiblemente, el mejor monstruo cinematográfico de la última década con permiso de Borat (2006).

 

CAROLINA VELASCO – Patrick Bateman. Patrick Bateman es un monstruo por antonomasia, por dentro, y por fuera. Un yuppie engreído que de haber desarrollado su carrera en los albores del siglo XXI se habría arruinado con la caída de Lehman Brothers. Pero cuando aún nadie podía siquiera adivinar la crisis que se avecinaba, a Bret Easton Ellis se le ocurrió una venganza aún más retorcida para el protagonista de American Psycho: el peor enemigo de Bateman era… el propio Bateman. Cualquier otro escritor habría pensado que lo peor que le podía pasar al epítome del ejecutivo triunfador era arruinarse. Es lo que habría hecho Tom Wolfe o cualquier guionista de Hollywood. Pero Ellis es más retorcido, y nos muestra a un Bateman fuera de sí, capaz de los crímenes más fríos… hasta que el lector descubre el artificio y se le dibuja una sonrisa cínica en la cara mientras imagina a Bateman terminando sus días en un psiquiátrico.

 

ROSER MESSA – El Conde Drácula. Debo admitir que soy muy clásica en cuanto a monstruos se refiere y, el día en que preguntan por mi favorito, aunque tengo claro que es Drácula, esa misma noche tengo pesadillas con zombis. Sueño que acabo de instalarme en Manhattan con Daniel Ausente y Marc, nuestro hijo mayor y tenemos tan mala suerte que, justo en nuestro barrio, empieza el ataque zombi. Al final, despierto sobresaltada cuando los muertos encuentran mi escondite.  En cambio, si hubiera soñado con Drácula, habría seguido durmiendo con tranquilidad porque no le tengo miedo sino al contrario.

Si existieran los vampiros, conmigo lo tendrían fácil. De hecho, no opondría resistencia porque Drácula es un personaje enormemente atractivo con un poder de seducción ilimitado cuyo cometido es dar la vida eterna y de una forma placentera. Al menos, así es como lo veo. A diferencia de lo que sucede en el proceso de conversión a zombi, que es sucio, putrefacto y desagradable, el paso a ser vampiro es un camino dulce y extremadamente erótico.

Por cierto, Christopher Lee es el mejor conde Drácula que haya existido nunca.

 

ELISA G. MCCAUSLAND – Las Velociraptoras de Parque Jurásico. Antes de constatar, una vez vista, el decepcionante sinsentido nostálgico que define Jurassic World (2014), un cartel de la película en particular, en el que la CEO del parque en cuestión -interpretada por Bryce Dallas Howard– observa a través del cristal blindado la nueva abominación genética en exhibición, dejaba en evidencia la relación directa entre producción irresponsable y producto a pedir de boca; ya saben, más grande, más rápida, más homicida. Killer de los negocios y bestia implacable, frente a frente.

En este reparto de poder también hacen acto de aparición unas velociraptoras domesticadas, que nada tienen que ver con las heroínas psicópatas de la original. En Parque Jurásico (1993), Steven Spielberg presentaba a la velociraptora como bestia sibilina y letal, capaz de ganar en coordinada compañía de sus hermanas cualquier asalto contra el hombre. Parque Jurásico prometía al Tyrannosaurus Rex como su principal atracción, pero, como bien musita el cazador Robert Muldoon antes de morir entre las garras de la líder de la manada, el verdadero peligro reside en las «chicas listas». Tanto da si reptilianas, o humanas: «Los dinosaurios se comen al hombre, la mujer hereda la Tierra«, advierte Ellie Sattler (Laura Dern) mucho antes de que se desencadene el caos.

 

internet_monstruo

YAGO GARCÍA – Internet. Ya desde la lejana antigüedad, cuando La novia de Corinto hacía estremecerse con deleitoso terror a griegos y romanos, o desde 1871 (cuando Sheridan LeFanu dio a la imprenta a mi amiga Carmilla), el mensaje ha estado claro: el monstruo que más peligro tiene es el más insidioso, el más seductor. Aquel que puede colarse en tu cuarto sin causarte pánico, sino llevándote a darle la bienvenida, a asumir su dinámica y, en último extremo, a dejarte devorar por él. Y con gusto, además.

Pues bien: hoy en día, todos le hemos hecho hueco a una criatura así en nuestras vidas cotidianas. Todos los que podemos permitírnoslo, quiero decir. Partiendo de esta premisa, mi intención al escribir este texto era hablar de las redes sociales, pero aquello no bastaba: porque las detesto, para empezar, y para seguir porque su naturaleza de entes devoradores (de tiempo, de datos, de relaciones…) resulta demasiado evidente. Pero, claro, dichos engendros nunca habrían aparecido de no ser por otro endriago mayor, que los cobija y que, en último extremo, se nutre de ellos.

Creada en un laboratorio militar, como mandan los cánones del terror moderno, y germen de la tecnología más descarriada y descocada de la actualidad, la Red de Redes aúna sobre sí la naturaleza tentadora del monstruo clásico y la cualidad cósmica e incognoscible de las pesadillas de Lovecraft. Al fin y al cabo hablamos de una criatura que prolifera cual metamórfico shoggoth en las Montañas de la Locura, pero que a la vez se instala en rincones de nuestra experiencia que no podemos ni sospechar para ofrecernos todo lo que existe, desde el trámite más pedestre al deleite más prohibido. Y todo ello con la seguridad de que ella siempre tomará más de nosotros de lo que nosotros tomamos de ella. Algo que, por supuesto, no tiene por qué implicar rechazo: para cumplir su papel, un Dios Exterior tiene que ofrecer secretos a la altura de su leyenda. Y un vampiro es bien poca cosa si no tiene buena presencia y conversación agradable.

 

ADRIÁN ÁLVAREZ – Hannibal Lecter. Lo peor de Hannibal Lecter no es que pueda matarte, es que pueda ser tu amigo. Que no sepas cuándo guarda las distancias por respeto o por amor, y cuándo lo hace para extraer tus defectos primero, y alguno de tus órganos después.

Su eterna curiosidad y falta de moral no sólo le convierten en un asesino despiadado, también en el psicópata definitivo. Puede matar siguiendo su propio estilo, imitar a otros e incluso capturarlos.

Después de Hannibal, ¿tiene sentido crear otro asesino en serie que sólo se distinguirá del resto en la truculencia? Saldrán nuevos, por supuesto, desde la enésima intentona audiovisual a otro loco austriaco. Pero el atractivo de Hannibal es que es el único monstruo con quien me tomaría un café.

 

JOHN TONES – Brundlemosca. Partiendo de una interferencia argumental muy de ciencia-ficción clásica, de donde procede La Mosca (1958) original, David Cronenberg se las arregló para deslizar un par de ideas muy inquietantes en su remake de 1986. Aunque el concepto es el mismo (la ciencia fusiona en un solo organismo a un hombre y un insecto), la criatura resultante en el clásico de los ochenta parece que siempre ha tenido algo de mosca en su interior. Que Brundlemosca -como se define con ese sentido del humor tan, bueno, tan de mosca el propio Seth Brundle cuando empieza a verse como una mixtura posthumana y cancerígena-, no tenga un cuerpo de persona y una limpia cabeza de bicho, sino que sea una balbuceante criatura en continua mutación neocárnica hacia el horror puro, hace pensar. En que, bueno, sí, hacían falta las cámaras teletransportadoras para desencadenar el proceso, pero… ¿no había ya algo de Asco Metafísico palpitando en el interior del propio Seth Brundle, aún humano teóricamente puro, antes de poner en marcha las cabinas?

 

https://www.youtube.com/watch?v=NFkryh6hC-k

IGNACIO PABLO RICO – La Humanidad.

Vendrán lluvias suaves y olor a tierra mojada,
Y golondrinas dando vueltas con su reluciente sonido;

Y ranas a los estanques, cantando en la noche,
Y ciruelos silvestres de trémula blancura.

Los petirrojos vestirán su plumoso fuego,
Silbando a su antojo sobre el cercado.

Y nadie sabrá de la guerra, nadie
Se preocupará cuando todo haya acabado.

A nadie le importaría, ni al pájaro ni al árbol,
Si la humanidad pereciera del todo;

Y la propia primavera, cuando despertara al alba
Apenas se daría cuenta de nuestra partida.

(Sara Teasdale, Vendrán lluvias suaves).

 

¿Te ha gustado este artículo? Puedes colaborar con Canino en nuestro Patreon. Ayúdanos a seguir creciendo.

Publicidad