[Todos a una] ‘Cause this is thriller’: las mejores películas de suspense de este siglo

Desde que Hitchcock metiera a un asesino de rubias como huesped de una pensión londinense aún en su etapa muda, el thriller ha tomado múltiples formas y ha sufrido innumerables mutaciones. El thriller es uno de los géneros esenciales del cine (y uno de los eminentemente propios del medio además), y analizamos algunas de sus últimas mutaciones. He aquí unos cuantos thrillers imprescindibles de los 16 años que llevamos de siglo XXI.

De las tramas con espías en los años treinta a los cruces con el cine gótrico de los sesenta, pasando por la explosión de la acción y las lecturas políticas en los setenta o la absorción por el mainstream más salvaje en los ochenta. Y aún así, el thriller sigue vivo y encontrando nuevas formas de poner el vello de la nuca de punta al respetable. Hemos reunido a nuestros colaboradores y les hemos pedido que entresaquen de entre sus favoritos algunos casos de thrillers perfectos de este siglo. Y estas han sido sus propuestas.

Prisioneros (2013) – Denis Villeneuve

Para muchos, el estreno de Prisioneros en 2013 fue la primera oportunidad de conocer a un tipo llamado Denis Villeneuve, y de incluirle automáticamente en la lista de nuevos directores a los que seguir la pista. La razón no estribaba tanto en lo dosificado del guión firmado por Aaron Guzikowski como en la alquimia desplegada por el director canadiense para llevarlo a la pantalla, dando como resultado uno de los thrillers más elegantes, efectivos y desasosegantes de los últimos años.

Todo está donde tiene que estar en esta película, y rodado con tan buen gusto que al final da bastante igual cuál es la resolución del conflicto, así como que ésta no deje de ser bastante previsible. La mirada de Villeneuve, inquieta, intrusa, sabia, serpentea por las empinadas calles donde han desaparecido las hijas de la familia Dover, mientras arranca las interpretaciones más viscerales de Hugh Jackman y Paul Dano y se posa meditabunda sobre un futuro en el que se vislumbran obras como la también modélica Sicario (2015), la inminente La llegada (2016) y esa secuela de Blade Runner que supondría fácilmente un suicidio artístico… en manos de cualquier otro. Alberto Corona

Shutter Island (2010) – Martin Scorsese

¿Era real o era un sueño? ¿Quién es el prisionero 67? Esta película, de estética wellesiana, es un completo rompecabezas que se pregunta de manera aguda por la propia locura. Menos etérea que el complicado cine de David Lynch, parece ser un particular neo noir donde nada es lo que parece y los propios fundamentos de la psiquiatría se ponen en juego. En su trama, otra historia de detectives que emula los cincuenta; en realidad, un thriller psicológico no tan lejano de Lilith de Robert Rossen (1964) o incluso El mensajero del miedo (1962). Fascinante como metáfora, siniestra por su ambigüedad, este juego de espejos supone un filme notable y raro en la trayectoria de Martin Scorsese. Y es de agradecer que el director jamás se deje llevar por el cine opaco, tan común en el thriller de los dosmiles, y busque a un público al que martillea con esta incógnita: ¿merece la pena vivir como un monstruo?. Julio Tovar

Zodiac (2007) – David Fincher

Probablemente la mejor película de David Fincher (que ya es decir), donde durante casi tres horas utiliza todos y cada uno de sus trucos, de sus vías de travelling y de sus planificaciones increíbles. Apoyado en un reparto prodigioso, Zodiac brilla en sus momentos de relax y aterra en los más oscuros, aunque sean a plena luz del día.

Entre la epopeya periodística y el thriller de horror, la fotografía del desaparecido Harris Savides otorga a la película el mismo tono que nuestras pesadillas más incómodas, una de las razones por las que uno no puede sacudirse la putrefacción por muchas duchas que tome después de ese final abierto, misterioso y terrorífico, pero tan real como la vida misma. Una obra monumental que necesita varios visionados para empezar a apreciar superficialmente la infinita belleza de unas imágenes que contrastan con el asco inmundo de la historia que recrea.

No lo olvides: esta movida pasó. Kiko Vega

El escritor (2010) –Roman Polanski

No se puede hablar de una película infravalorada, ya que sus críticas son excelentes, pero sí choca lo desapercibido que pasó (y lo poco que ha calado) este enigma que recoge lo mejor del género y funciona como homenaje a los grandes maestros que lo cultivaron en el siglo XX. En especial, como no, al Alfred Hitchcock de Cortina rasgada (1966) e incluso, con alguna referencia a Chinatown (1974), a los trabajos del propio director. Polanski contiene cada decisión narrativa para dirigir al público en un misterio modélico, en el que ninguna pieza está colocada al azar. Obviando la turbia situación legal por la que pasaba su autor, que de alguna manera tiene su correspondencia en el filme, El escritor supone uno de sus mejores trabajos del siglo XXI y, hasta el momento, su última gran película. Un thriller político, con un McGuffin de manual, atmósfera opresiva, planos sublimes y diálogos que cobran nueva vida en posteriores revisiones, en las que se puede apreciar su regusto de cine negro americano con esquirlas de fino humor británico. Jorge Loser

Old Boy (2003) – Chan Wook-Park

De vez en cuando surgen películas que reformulan el género a base de pura inventiva visual, ataques sensoriales que trasladan al espectador a una inesperada (y estimulante) dimensión desconocida. Sucedió con Seven (1995) y sucedió en 2003 con la obra maestra de Chan Wook-Park.

Se ha hablado mucho de la importancia de Oldboy como película clave para (re)descubrir el cine surcoreano al mundo occidental, pero nunca está de más recordar uno de los mejores thrillers de lo que va de siglo. La historia (un hombre es liberado por su secuestrador después de permanecer encerrado en una habitación durante quince años) da rienda suelta para que el esteta de Park genere imágenes cargadas de poesía, desde el famoso travelling del protagonista combatiendo un ejército pasando por los tentáculos de un pulpo tratando de escapar de una boca hambrienta. Y no nos olvidemos de las hormigas, por supuesto.

Para creer en las posibilidades (ilimitadas) del cine de género, entendiéndolo como el lugar donde la poesía y la violencia pueden darse de la mano. José Manuel Sala

Déjà vu (2006) – Tony Scott

No puedo evitar lanzarme a cualquier producto cultural que trate de alguna manera los viajes en el tiempo. Esta producción dirigida por Tony Scott de la famosa factoría Jerry Bruckheimer venía con pretensión de blockbuster y con un reparto de lujo en el que brillaba su protagonista principal, un Denzel Washington ya oscarizado gracias a Día de entrenamiento (2001). La película empezaba como un thriller al uso para, a continuación, ligar esas famosas sensaciones de haber estado en algún sitio antes con los viajes en el tiempo, convirtiéndose éstos en las causas que originaban dichas sensaciones. El ingenioso guión de Bill Marsilii y Terry Rossio se convertía en algo mucho más complejo de lo habitual, ya que las líneas temporales podían verse afectadas por las acciones de los personajes; la mayoría de la gente se quedó con la idea de que sólo había habido un viaje para solucionar el posible atentado, pero la realidad era que el protagonista había tenido que viajar un montón de veces para conseguirlo, algo que quedaba implícito en detalles más sutiles. Todo ello sin emborronar la emoción hasta el final y el pulso a la hora de dirigir de un director de tanto talento como era Scott. Sinceramente, qué tiempo más bien gastado en verla una, y un montón de veces después. Qué entretenimiento tan inteligente. Mariano Hortal

El topo (2011) – Tomas Alfredson

A principios de los años sesenta del siglo pasado, John Le Carré revolucionó el género de espías desarrollando la incómoda idea de que los dos bloques sumidos en la Guerra Fría eran tan crueles, maquiavélicos y despiadados que habían terminado haciéndose indistinguibles. Su lucha se desarrollaba sobre un tablero de ajedrez en el que la lealtad o la sinceridad eran puras bombas de relojería, puntos débiles que los demiurgos de uno y otro lado del Telón de Acero utilizaban para sus fines. Un laberinto de cálculos, estrategias y control de la información que destruía vidas e ideales. Tomas Alfredson entendió a la perfección las ideas rectoras de la prosa de Le Carré. Y aunque sus imágenes glamourizaban una década, la de los setenta, que en el Reino Unido fue especialmente feísta (“Occidente es tan feo,” dice en un momento el personaje de Colin Firth), alejándose de la (quizás más apropiada) ambientación áspera y realista que Martin Ritt imprimió a su adaptación de El espía que surgió del frío (1965), el director sueco aportó un tono glacial y una fascinación por los detalles que ya había demostrado en Déjame entrar (2008), y que sí eran fieles al espíritu del original. El resultado fue una caja china monumental, una miríada de corredores, silencios y pasillos sin salida de los que sólo vislumbramos unos cuantos pero en los que uno quisiera perderse e investigar, todo ello vigilado por un Gary Oldman colosal, que tras esas gafas cuadradas y gruesas, escruta, calla, planea y ejecuta mientras sueña con el mar. Cine esdrújulo. Santi Pagés

La lección del Mal (2012) – Takashi Miike

Takashi Miike es inabarcable. Su talento es tan atronador, su inquietud tan salvaje, que cualquier pretensión de sumarizar su obra o sus intenciones se encontrará con la imposibilidad fáctica de hacerlo. Su corpus abarca no más de lo que temporalmente se puede abordar en una sola vida, pero sí más de lo que un solo pensamiento puede abarcar. Eso podría explicar la escasa popularidad de su más efectiva incursión en el thriller, La lección del Mal. ¿Deconstrucción perfecta del thriller, sátira del género o leit motiv simbólico en forma de personaje popular alemán (Mackie Messer, para los amigos)? Todo eso y más. Porque igual que todo el mundo sabe que cuando alguien ha sido acuchillado es cosa de Mackie Messer, todo el mundo sabe que cuando una película se atreve a ir más allá (para bien o para mal) es cosa de Takashi Miike. Ahora bien, ¿quién podrá demostrar cómo lo han hecho? Tal vez la trampa radique en pretender demostrarlo. Y que en esa pretensión de solución, acabemos condenados. Álvaro Arbonés

Antes que el Diablo sepa que has muerto (2007) – Sidney Lumet

Muy de vez en cuando, un viejo artesano -para el caso del celuloide-, se saca de la manga una última gran obra cuando, por edad, por haberlo dicho todo, se da por hecho que lo más granado de su trabajo ya es historia. Eso exactamente, fue lo que pasó con Sidney Lumet y Antes que el Diablo sepa que has muerto (2007), un film que ponía la puntilla a su carrera justo cuando se cumplían cincuenta años de su entrada por la puerta grande con Doce Hombres Sin Piedad (1957); un detalle este que no parece ser, ni mucho menos, casual. Con un currículum de aúpa y a las puertas de la ancianidad, Lumet nos demostró que, fuere por viejo o por diablo, se las sabía todas a la hora de retratar las más bajas pasiones humanas. El excepcional elenco, encabezado por un Philip Seymour Hoffman imperial y un Ethan Hawke que no le va a la zaga, pone toda la carne en el asador, dando lustre a un relato sombrío, incómodo. La crudeza de la trama asusta porque en el fondo, Kelly Masterson, escritor del guión, Lumet y nosotros, sabemos que el lado oscuro de los personajes aquí retratados se asemeja mucho, demasiado, al de muchos individuos de a pie. Sirva la aterradora analogía del papel que interpreta Hoffman con su propio desenlace como ejemplo. Daniel González

Corrupción en Miami (2006) – Michael Mann

Ojalá todos los remakes fueran como el que el gran Michael Mann realizó de su propia serie: aquí la arruga ya no es bella, el humor ha desaparecido y la chulería pop de Don Johnson y Philiph Michael Thomas ha sido reducida a abstracciones con las formas de Colin Farrell y Jamie Foxx. La conclusión del thriller de neón ochentero que el propio Mann forjó con títulos descomunales como Ladrón (1981) o Hunter (1986), muta ahora en hiperrealidad digital de píxeles sucios. La noche americana da paso a la noche-Mann de colores saturados e impresionistas, y los personajes hablan en azoteas o se desplazan en Ferraris descapotables y fuerabordas únicamente para mostrar los cielos rotos y granulados.

La trama queda reducida a la más mínima expresión: aquí reina la imagen digital de Dion Beebe, que captura cada mínimo detalle de los escenarios reales de Florida, de la luz y las texturas, y proporciona a la película una pátina de ensueño, fantasmática. En esta nueva versión un cruce de miradas entre Sonny Crockett y su amante –Gong Li, fantástica- tiene la misma importancia que un imponente tiroteo en un parque de caravanas –secuencia de la que tomarán buena nota los artífices de la primera temporada de True detective (2014) para el célebre plano secuencia del episodio 4-. La superficialidad del cine de acción de los ochenta es sublimada en una película donde la emoción –amor, traición, pérdida- se erige sobre el vacío de una noche color óxido y un mar eléctrico e interminable. Obra maestra. Javier Trigales

Big Bad Wolves (2013) – Aharon Keshales, Navot Papushado

Las historias de venganzas son pasto habitual del thriller. La investigación policial y los asesinatos en serie también. Y si se trata de un serial killer que le tiene especial apego a los niños, lo que obtenemos es un combo que podría parecer poco innovador pero que en el fondo siempre resulta efectivo. Imaginen, pues, que unimos a un padre sediento de venganza, a un policía en busca de un asesino y a un profesor que podría ser el culpable de todo. ¿Lo tienen? Vale, pues encierrenlos a todos en la cabaña de un bosque alejado de la mano de Dios. Eso es, básicamente, Big Bad Wolves: una thriller con mucha mala baba en el que el whodunit es la excusa para descubrir a unos personajes a cada minuto, más oscuros e imprevisibles. En el que descubrir la verdad no es suficiente para obviar las ansias de sangre y venganza. No me digan que no quieren verla ahora mismo. Si lo hacen se van a reír: Big Bad Wolves también es, para sorpresa de muchos, una comedia negrísima. Una genialidad, vaya. Francesc Miró

Femme Fatale (2002) – Brian De Palma

La crítica la defenestró en su día. Pero si algo me han enseñado los años es a no creerme nada de lo que digan ni crítica ni público sobre De Palma. Para empezar, nunca fue el ojito derecho de nadie, y clásicos incontestables hoy como Vestida para matar (1980) o Doble cuerpo (1984) fueron atacadas con furia homicida en su día. Para seguir, una de sus mejores películas, En nombre de Caín (1992), fue tan odiada en su momento que ni siquiera hoy ha conseguido recuperarse de aquellos ataques, y solo los muy cafeteros como CANINO le damos crédito como la obra magna que es. Y es cierto: el De Palma del siglo XXI no es el enérgico demente de unos años antes, y películas como La Dalia negra (2006), Misión a Marte (2000) o Redacted (2007) están lejos de sus mejores logros, pero también ha rubricado dos piezas inmortales de suspense retorcido, personajes histéricos y guiones malvados y llenos de vericuetos demenciales. Una es la reciente y (adivinad) muy odiada Passion (2012), una maravilla que calculo que para 2026 ya habrá empezado a ser reconsiderada como la sensacional fantasía homicida y tronada que es. Otra es la espectacular Femme Fatale, un tour por el mejor De Palma de los ochenta, pero en clave de Europa nublada, con freelances del nuevo siglo y una declaración de amor al feísmo como principio rector de las bajas pasiones, algo que ya puso sobre la mesa con el atroz, hipnótico e inolvidable diseño de producción de En nombre de Caín. Femme fatale funciona como mecanismo de suspense perfecto (la secuencia del robo en los entresijos de Cannes es una maravilla), como merecida autoreverencia a sus constantes autorales y como prueba de lo mal que estaba el cine comercial a finales de los noventa y principio de los dosmiles con la saludable excepción de unos pocos francotiradores. Brian, no dejes nunca de disparar. John Tones

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