[Todos a una] – ¿Cuál es la mejor secuencia de ‘Regreso al futuro’?

Canino vuelve a arremangarse colectivamente para votar por su secuencia favorita de la trilogía 'Regreso al futuro', justo ahora que se cumplen treinta años de que sucede algo en una obra de ficción, que es una forma extraña de celebrar, pero eh: quién necesita lógica cuando tiene ante sí las tres mejores comedias de ciencia-ficción de la historia. Así que ajusta el condensador de fluzo, échale el pestillo al Delorean ("échale el pestillo") y hala, cortando el viento hacia donde no se necesitan carreteras.

Desde luego esta celebración está siendo, ehm… toda una celebración. En el último mes (porque llevamos aquí un mes), hemos hablado de la Pepsi Perfect que todos estamos saboreando en 2015 y del hoverboard que está siendo la fiebre del momento pero… ¿y las películas? ¿Qué hacemos con la madre del cordero? Hemos preguntado a nuestros colaboradores cuáles son sus momentos favoritos de la franquicia, y esto es lo que han contestado.

ANDRÉS ABEL: Me he puesto a pensar y lo primero que me ha venido a la mente ha sido la Lea Thompson de 1955, caracterizada como una suerte de pin-up de colegio católico, el tipo de sacrificio que exigiría un dios primigenio adorado por un culto rockabilly, colándose en la habitación donde duerme su hijo/invitado a espaldas de sus propios padres, bisbiseando un «just relax…» enervante, y de repente he comprendido cuál es el origen de la mayoría de mis búsquedas en YouPorn.

ADRIÁN ÁLVAREZ: Una de las cosas que más me llaman la atención sobre la saga es cómo pasa de puntillas sobre algunas cuestiones morales sin que el espectador medio se dé cuenta de ello, algo que sólo consigues con buenos personajes o adaptando un cómic con tono «realista». En la primera película, el viaje en el tiempo sirve a Marty para cambiar a su penosa familia por la que creemos que merece, pero no hay que olvidar que esa gente con la que se sienta a la mesa al final le es totalmente desconocida. El chico de los McFly ni siquiera echará de menos a esa gente con la que se crió y que se ha disuelto en la nueva línea temporal. En la segunda, la línea temporal tenebrosa de Biff Tannen nos recuerda una cosa: el final de la primera película significa para Tannen que está viviendo otra realidad oscura, aunque el no tenga el privilegio de saber cómo fuera su vida antes de la primera incursión de Marty. En la tercera, descubrimos que Doc es un inconformista penitente que seguirá trasteando con el tiempo… y que nuestra línea temporal está en manos de sus hijos, uno de los cuales gusta de señalarse el paquete ante desconocidos. ¿No te gusta cómo es el mundo de hoy? Es posible que ese niño ya haya ganado.

ISRAEL FDEZ: La tormenta eléctrica. En Regreso al Futuro, el 12 de noviembre de 1955 una fuerte tormenta da comienzo cuando un rayo cae sobre la torre de los Juzgados. Hay algo de sensual e imponente en todo ese momentum. Cómo Hill Valley, oxímoron de ciudad imposible en una California pletórica de tics, es azotado por un viento agresivo que revuelve los cuatro pelos canos de Doc y azota la cartelería de todo el decorado. La sucesión vertiginosa de planos, la confusión y, finalmente, la lluvia. Un todo mágico que subvierte cualquier pero científico con un sentido de la maravilla inexplicablemente eficaz. La repetición es cíclica: en la segunda parte, prácticamente sobre esos rótulos de “concluirá” y en la tercera, al comienzo. Igual da si es en el DeLorean, un tren o una nevera como se presumió en principio, el tiempo es el centro de la obra y ese reloj el sagrado tótem sobre el que reposa la confianza de los personajes. El rayo cae justo a las 10:04 de la noche y así deberá permanecer. Diez años más tarde, y yo más crecidito, no podía parar de ver semejanzas: en Powder, con otro rayo y otra lluvia, incluso en The Crow, con menos rayos pero una lluvia incesante. Si existen películas que perduran en la memoria colectiva, que se graban en las retinas, es por escenas como esta. No es una cuestión de efectos especiales ni de guión brillante —a todas luces estamos ante una comedia de enredo adolescente—, sino de una alquimia perfecta entre sus elementos que, treinta años después, funciona mejor que nunca. This is heavy.

YAGO GARCÍA: Tal vez Regreso al futuro II no sea una película tan estupenda como la entrega anterior del serial (aunque ha quedado mejor parada en la conciencia colectiva que Regreso al futuro III, un patito feo donde los haya). Pero a estas alturas sigue encantándome: en parte, esto se debe a la nostalgia, ya que fue la primera película de la trilogía que vi en pantalla grande, y en parte se debe a lo mucho que me gusta la alternancia entre los dos futuros posibles para Hill Valley. En la primera línea temporal (la que todos recordamos, con sus aeropatines, su Café de los 80 y su Tiburón 19) se nos muestra un porvenir exactamente igual de estúpido que el presente de la narración pero, hasta cierto punto, sobrevivible. Ahora bien: la segunda de esas cronologías, aquella en la que Biff Tannen se convierte en el amo y señor del pueblo, muestra (seguramente sin pretenderlo) el destino soñado para EE UU por Bush, Reagan y sus acólitos: un panorama donde los ricos son cada vez más ricos, los pobres cada vez más pobres y la voluntad de un criminal -perdón, un «emprendedor»- es la suma de toda ley. Por estar tomado casi al pie de la letra de Frank Capra y ¡Qué bello es vivir!, este contraste debería resultar odioso… pero ahora, en el 2015 ‘de verdad’, resulta más bien aterrador: tal vez el hecho de que nuestras vidas merezcan mínimamente la pena se deba a que un hijo de la gran puta aún no ha encontrado su anuario deportivo.

MARIANO HORTAL: Curiosamente yo también voy a hablar de Regreso al futuro II; siempre adoré el despiporre en que se acaba convirtiendo, sobre todo porque era mi primera confrontación (aparte de la primera, claro está) con tramas basadas en viajes en el tiempo. Si en la primera el flujo era sencillo, en esta nos metíamos en el lío de las líneas alternativas temporales: pasados y futuros que no casaban demasiado bien entre sí debido a agujeros considerables en la trama pero que abrían la mente, con esa ominosa amenaza de encontrarte con tu doppelgänger que nos brindó una escena paradigmática de la saga, cuando el villano Biff encuentra a su futuro Biff y se dedican a conspirar juntos. No puede negarse que la escena, por sus implicaciones y sus posibilidades (aprovecharse de su experiencia para intentar cambiar el pasado) era, como poco, ambiciosa además de divertida.

IVÁN MAZÓN: Un adolescente airado y un mad doctor (¿hay dos arquetipos más representativos del siglo XX?) que son amigos porque, se ve, están bastante solos. Resulta que el científico ha tenido que engañar a unos terroristas libios para conseguir el plutonio que necesita su máquina del tiempo. Y los libios dando vueltas en su furgoneta por el pueblecito de mierda, con un lanzamisiles. Y aquí llega mi momento favorito. Doc grita: «¡Los libios! Me han encontrado. No sé cómo, pero me han encontrado«. No sabe cómo. Engaña a unos terroristas y se la sudan las consecuencias, es maravilloso. Todo este descerebre es el prólogo, aún queda el viaje en el tiempo, el escarceo incestuoso y una actuación de rock donde se demuestra que puedes dejar de ser un mediocre si te rodeas de gente que viva en el pasado. La primera entrega de Regreso al futuro aguanta por encima de nostalgias varias y quizá sea uno de los mejores ejemplos de la manera de entender el cine de su época: desinhibición a la hora de tomar decisiones argumentales, premisas locas apoyadas en diálogos brillantes, aproximaciones a tabúes y un final que asocia la felicidad con la mejora del estatus económico. Estas características se extenderán dos películas más hasta que nos demos cuenta que llevamos casi seis horas viendo a estos personajes tratar de arreglar los líos que ellos mismos provocan. El final de la trilogía es más humanista pero no nos engaña, toda la saga va de medrar. Durante tres películas y desde la inconsciencia, Marty y Doc han robado, peleado, comprado almanaques y cambiado el tiempo a su favor, hacia un mundo donde no estén solos. Y digo desde la inconsciencia porque Marty y Doc reaccionan por oposición y constantemente traspasan la linea que ellos mismos acaban de decir que no hay que traspasar. Quizá donde mejor se retrate la irresponsabilidad distópica y sus consecuencias sea en Regreso al Futuro II, con su neón y sus juegos autorreferenciales. La segunda parte de la saga es única desde el punto de vista narrativo, no empieza, no culmina, se construye a partir del visionado de la primera y tiene varias aventuras interrelacionadas cuyo clímax siempre supone empezar otro problema mayor. Una película con una capacidad para el asombro y una complejidad mucho mayores que su mera etiqueta de secuela, en la que se alcanza el punto álgido tanto para la pulsión egoísta como para el simbolismo de revancha de los novatos. Y es que el mundo ideal del matón analfabeto nace del descuido de los que querían evitarlo.

ALBERTO MUT: La actuación de Marty en la primera parte, cuando toca Johnny B. Goode con la banda del baile del Encantamiento Bajo El Mar. Porque si ves eso con diez años y no sientes un deseo irrefrenable de convertirte en una estrella del rock, subirte a un escenario y atronar una pared de Marshalls bajo la luz de los focos es que tienes horchata en las venas. Nunca aprendí a tocar la guitarra, pero sí cumplí el sueño de ser el frontman de una banda de rock y emular al señor McFly. Además de eso, ese momento es la mejor paradoja cerrada de la historia del cine de viajes en el tiempo, o al menos la más molona, y siempre es chulo ver a un Michael J. Fox totalmente descontrolado hacer la oruga en el escenario desafiando al orden establecido. Y recuerden: es un riff en si, vigilen los cambios y no se pierdan.

JESÚS ROCAMORA: Hoy sabemos que Regreso al futuro no nació para ser una trilogía y que su segunda y tercera parte se rodaron después de forma simultánea. Pero cuando eres un crío, cuatro años pueden ser el equivalente a un cuarto de siglo. Y después de tanto tiempo desde el primer viaje de Marty McFly, ni en mis mejores sueños imaginaba que llegaría el día en que veríamos una secuela. Regreso al futuro II se convirtió en mi favorita porque, por fin, nos llevaba hasta el siglo XXI, algo mucho más guay que la obsesión de los americanos por revisitar sus años cincuenta. Su futuro era, como en Los Supersónicos, una mezcla imposible de épocas, coches voladores, refrescos perfectos y ridículos complementos de ropa. Mi momento favorito llegó al final, justo antes de los títulos de crédito. Con la música atronando en el cine y la euforia por salir a la calle para volver a casa patinando sobre el aire, se colaron en pantalla unas imágenes de Doc y McFly pasándolas canutas en el salvaje oeste. Y un Delorean tirado por caballos. Y una locomotora. Espera, espera. ¡Esto no ha acabado! ¡¿Otra más?! De pronto, sin que nadie lo esperase, las letras naranjas de la serie anunciaron que tendríamos Regreso al futuro III «próximamente». Y fue entonces cuando nos estalló el corazón.

https://www.youtube.com/watch?v=GS00qaYeaXs

JOHN TONES: Hay una cuestión que se pasa por encima a menudo al hablar de Regreso al futuro, y es que su base es de ciencia-ficción literaria durilla. Es una película familiar, claro, y en tono de comedia, pero nunca antes un producto mainstream había hablado así de los viajes en el tiempo. En El planeta de los simios o El tiempo en sus manos, los viajes son puntuales y en una dirección. En Regreso al futuro, los viajes son un pitote que generan paradojas, desdoblamientos, todo tipo de problemas que parten de un planteamiento lógico y matemático de un hipotético viaje en el tiempo real. Ciencia-ficción. Uno de mis muchísimos momentos favoritos en la saga es cuando Marty recibe una carta de Doc escrita setenta años antes. Zemeckis y Gale no pueden, por supuesto, resistirse a hacer que la entregue un secundario que aligera la carga de profundidad conceptual y muy de ci-fi literaria que implica esa misiva: alguien escribió esa carta hace setenta años y contrató a una firma de abogados para que se aseguraran de entregarla un día y una hora concretos a alguien que aún no había nacido. Es puro sentido de la maravilla de relato corto de Heinlein, un salto de fe loquísimo para una película de esta envergadura y por supuesto, la primera vez que se anticipa cuál va a ser el destino de la tercera y última entrega de la aventura de Marty y Doc.

https://www.youtube.com/watch?v=iLJvjiD986c

KIKO VEGA: Siempre he visto la trilogía de Regreso al futuro como una comedia de aventuras. Supongo que es por culpa de un guión prodigioso, lleno de fantasía y ciencia ficción ejemplar, sí, pero dialogado como sólo se hacía en 1985. Por eso mis partes favoritas siempre fueron las más blancas e inofensivas, las que subrayaban que Marty era un héroe con un corazón que no le cabía en el pecho. Mis momentos favoritos de la entrega de 1985, por creíbles, eran aquellos donde siempre estaba a punto de cagarla por hablar más de la cuenta. «No habrá más peleas, papá-pap-pa-papagayo» es mi ejemplo favorito. Lo curioso es que todas esas conversaciones y ese humor blanco cambiarían en la segunda parte, más hardcore y épica. Y aquí llega mi momento favorito de la saga. El momento que guardo en mi recuerdo y que llevaré siempre conmigo: el spot televisivo de la segunda parte. Con once años, me pasaba el día grabando cosas de la tele, y cuando televisión española comenzó el bombardeo con el estreno en cines de la segunda parte, empezó a cambiar mi manera de entender el cine. Aquel spot llenó mis cintas vhs con aquella narración que presentaba a Michael J. Fox, Christopher Lloyd, Michael J. Fox… y Michael J. Fox. Wow, menuda movida, chavales.

CAROLINA VELASCO: Elegir una sola secuencia de Regreso al Futuro es complicado, porque es una película redonda (no se puede decir lo mismo de sus secuelas) y que ha envejecido con bastante dignidad. A priori parecía la típica película de los guays del instituto vs los nerds, pero gracias al Delorean y el condensador de fluzo se convierte en algo más: viajes en el tiempo, complejos edípicos a la inversa un científico loco. No se podía pedir más. Y aunque al final, en mi secuencia favorita, uno sabe que todo va a salir bien, Zemeckis logra crear tensión suficiente como para hacer creer al espectador, aunque sólo sea unos segundos, que tal vez, después de todo, McFly está condenado a quedarse en los 50.

 

 

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