[Todos a una] ¿Cuál fue mi primer superhéroe?

En esta casa se leen tebeos de superhéroes como si se fuera a acabar el mundo. Nos gustan los de ahora, los de antes, los irónicos, los desfasados, los prehistóricos, los europeos y hasta los que no son superhéroes pero los llamamos superhéroes porque, puñeta, si es que nos gustan. Las capas, los músculos, las contradicciones, las ridiculeces, la grandeza, la épica, las splash-pages.

Por eso hemos preguntado a nuestros colaboradores: ¿cuál es tu tebeo de superhéroes favorito? Y esto nos han contado.

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DANIEL AUSENTE: Selecciones Marvel, de Stan Lee, Jack Kirby y Steve Ditko. Mi primer tebeo de superhéroes no fue un tebeo de superhéroes. Sí, lo sé, parece que he venido a dar la nota. De hecho, en realidad no lo tengo muy claro. ¿Admitimos a Benito Sansón de Peyo como superhéroe? Eps, me estoy columpiando más. Mi primer tebeo de superhéroes no era un tebeo de superhéroes, pero estaban ahí. El tebeo al que me refiero era el Selecciones Marvel número 5 de Vértice, en su primer volumen, es decir, de esos con lomo y formato novela que lucían la frase “Historias gráficas para adultos”. ¡Eh! ¡Selecciones MARVEL! ¡Lleva LA MARCA!. Sí, pero en su interior había esas historias de monstruos gigantes que Stan Lee, Jack Kirby y Steve Ditko produjeron a destajo inmediatamente antes de sacarse Los 4 Fantásticos de la manga, que empezaron con un monstruo gigante de estos en portada. En el interior del tebeo una historieta de Kirby titulada ¡Vi al Diablo! ¡El demonio de la Quinta Dimensión! y otra de Ditko, bautizada ¡La Tierra será destruida!. ¿Entendéis ahora por qué debo hablar de ESTE TEBEO y no otro? Pero es que los superhéroes estaban ahí, a la vista, en la portada, en ese cuadradito superior con los rostros del Hombre Hormiga, Avispa, Ojo de Halcón y Pantera Negra. Y yo me preguntaba quién coño eran estos tíos que no salían en el tebeo. Luego supe que eran Los Vengadores en su segunda formación, la de secundarios segundones, pero me seguía preguntando por qué estaban ahí, en un tebeo de monstruos. Y así los rectángulos con rostros de personajes de los tebeos de la Marvel acabaron por obsesionarme. Por eso cuando pienso en mi primer tebeo de superhéroes no viene ninguno concreto a mi cabeza y sí una galería de rostros enmarcados en la esquina de arriba. A veces sueño que recortaría todos esos rectángulos de todos los tebeos, también de los vuestros, y los extendería ante mí, minuciosamente, cubriendo metros y metros con caras de enmascarados a colores. Ahora que lo pienso, como idea es jodidamente brillante. ¡Tijeras! ¡Rápido!

 

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NOEL CEBALLOS: ¿Y si… La Patrulla X hubiese muerto en su primera misión?, de Roy Thomas y Rich Buckler. No es precisamente el más ortodoxo de los inicios en el tebeo de superhéroes, lo sé. Pero ya estaba familiarizado con el concepto (gracias, sobre todo, a Batman) y recuerdo que mi madre me explicó quiénes eran estos personajes y por qué NO murieron en su primera misión después de que insistiera en que me compraran este cómic en la cola de un supermercado. Antes los cómics se vendían en algunos supermercados, sí. Recuerdo que me impactó profundamente el hecho de que hubiese historias que se pudieran volver a contar de otra manera en universos alternativos. ¿Cuál era el límite de eso, en términos de imaginación? Tenía que saber más. Y hasta hoy.

 

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YAGO GARCÍA: Días del futuro pasado, de Chris Claremont y John Byrne. Recuerdo que hacía un día de perros. O tal vez mis impresiones sean falsas, y aquel desasosiego se debiese a la cercanía de un episodio familiar especialmente chungo. Quién sabe. Sólo tengo claro lo horrible que me pareció aquel anochecer en una estación de autobuses poderosamente sórdida, perfumada con ese olor a tapicería y desinfectante de los coches de línea que me provocaba (y me provoca) nauseas. Tal vez di mucho el coñazo, o tal vez mi rostro era más lastimero de lo habitual, pero el caso es que la pariente junto a la que viajaba optó por comprarme dos tebeos (125 pesetas c/u) en aquel quiosco donde el Mortadelo y el Lib compartían estante, sujetos por pinzas de tender la ropa. Entonces, comenzó un proceso de aprendizaje ultrarrápido, violento y definitivo: la suntuosidad visual, casi pornográfica en su detalle, el concepto del montaje paralelo (y a través del tiempo, por añadidura), los Centinelas como materia prima para pesadillas… y Kitty Pryde como amiga imaginaria que me acompañará hasta la tumba. Pasando cada página, sufrí como un cachorrillo. Y fui muy, muy feliz.

 

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IVÁN MAZÓN: Los Vengadores # 11, de David Michelinie y John Byrne. El primer tebeo de superhéroes que leí fue el numero 11 de Los Vengadores de Fórum, que contenía (por la manera de editar de entonces) un poco de Avengers 184 y un poco del 185. Yo rondaría menos de diez años y di la puta tabarra en una visita familiar hasta que conseguí que su dueño (mi primo) me lo regalase. Y lo leí. Ojo de Halcón está triste porque Peter Gyrich, enlace gubernamental, lo ha despedido. Por lo visto el gobierno quiere un afroamericano en Los Vengadores para dar una imagen positiva acorde con sus políticas de integración racial y como el presupuesto es limitado lo han sustituido por El Halcón, que además es amigo del Capitán América. Ojo de Halcón, cabreado, rememora todo esto mientras pasea por el puerto. Pero por allí también anda «Aplastador» Creel, más conocido como El Hombre Absorbente (cuyo poder es absorber y duplicar las propiedades de lo que toca), y en cuyo currículum, repite Creel a lo largo del tebeo, está haber vencido a Thor. La cosa es que Creel está cansado y ha decidido que va a secuestrar una chica y un barco y pirarse a alguna república bananera donde no haya superhéroes. Planazo. La chica secuestrada trata de dialogar pero Ojo de Halcón en plan capullo ataca. Y se lía. Aparecen los Vengadores con su nuevo miembro afroamericano y por error el Capi tira el escudo y Creel se vuelve de adamantium y apaliza a Ms.Marvel. Pero no preocuparse, al final Iron Man con un astuto plan absorbe toda la energia del Hombre Absorbente y se va al espacio a expulsarla antes de que su armadura explote en mitad de Nueva York por la sobrecarga. Creel se se tira a la bahia para intentar huir pero, rendido, se transforma en agua y se dispersa en el oceano. Todos se sienten mal por esa última mirada desesperada del villano y también por Ojo de Halcón, pero este se hace el duro. Y así acaba otro día de trabajo. Era todo muy complejo, una maravilla arbitraria pero perfectamente barnizada de sentido. Y me encantó. El trocito de un universo inmenso de interrelaciones, habilidades, virtudes, odios, lírica y burocracía gubernamental plagado de personajes disfrazados que oscilaban de lo pocho a lo sublime. Con los años me he dado cuenta de que lo que tenía el número 11 de Los Vengadores sigue siendo todo lo que le pido a un tebeo de superheroes. La capacidad de reventarme a conceptos la puta cabeza.

 

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ALBERTO MUT: Las nuevas aventuras de los X-Men # 1, de Ralph Macchio y Andrew Wildman. No fue el primero, estoy seguro, pero sí el primero que recuerdo fielmente. Lo vi en un kiosko y me atrajo poderosamente la atención, así que se lo pedí a mi madre. Con el tiempo supe que era una colección lanzada por Marvel para hacer justo eso, atraer a la continuidad mutante (por entonces un culebrón lleno de secundarios y subtramas al que daba miedo entrar como novato) a lectores potenciales mediante unos números que presentaban poco a poco la idiosincrasia, relaciones y principales tramas de los alumnos de Xavier: Genosha, los centinelas, Magneto, Mister Siniestro, el triángulo de Cíclope, Jean y Lobezno, etc. De ahí di el salto a las colecciones principales, que fueron a su vez la plataforma desde la que salté al resto de tebeos de superhéroes y me convirtieron en el lector de comic que soy ahora. Será muchas cosas (principalmente, un exponente cojonudo de todo lo malo de la Marvel de los noventa), pero le tengo un cariño especial porque ahí comenzó todo.

 

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JESÚS ROCAMORA: Secret Wars, de Jim Shooter, Mike Zeck y Bob Layton. Como esto va de batallitas, aquí va la mía. A mediados de los ochenta, tras una comilona con mi tío Paco el de Campanario compuesta por media docena de jabalíes, un dromedario relleno de ostras y bueyes de mar, tres barriles de cerveza y una marmita de vino portugués, mi padre se levantó de la siesta sudando, blanco como ET al final de la película y con un infarto atravesándole por la mitad. A él, que entonces era comandante del ejército del aire, lo enviaron a la UCI y le quitaron los Ducados de por vida. A mí, que no tenía ni diez años, me mandaron a veranear a Alicante con mis tíos y mis primos. Allí me esperaba una colección de 12 tebeos cuya idea principal me sigue pareciendo insuperable: reunir a todos los héroes y villanos en un escenario cerrado y ponerlos a darse galletas. En aquellas Secret Wars está todo lo que hizo de mí, no ya en un lector de superhéroes, sino en un lector zombi de Marvel, incluida una colección de muñecos articulados, el complemento perfecto para retomar las aventuras fuera de las viñetas. El traje alienígena de Spidey, la postura ambigua de la Patrullosa y Magneto, la Masa soportando una montaña sobre los hombros. Hoy, mi padre continúa echando de menos el primer Ducados del día cuando se afeita con la meticulosidad de un militar delante del espejo. Yo vuelvo cada cierto tiempo a las Secret Wars en el iPad y, aunque he intentado mil veces corregirme, sigo mirando por encima del hombro a Superman, a Flash y a los otros héroes y villanos de la competencia, tan naïve, tan ridículos.

 

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JÓNATAN SARK: Patomás. Leyendo desde bien pequeño, el primer contacto con los superhéroes llegó en las revistas infantiles y, de entre ellos, Patomás -en sus orígenes más cercano a Lupin o Diabolik pero pronto pasando del lado criminal hacia el de un superhéroe ambiguo- fue la primera gran impresión. Puede que Supergoofy acabara siendo una versión más tradicional pero fue Patomás, que en su primera aventura en el número 10 de Don Miki se presentaba como El Diabólico Vengador en una historia en la que un irreconocible Donald decidía ayudarse de Eugenio y sus inventos para enfrentarse a Gilito, Narciso y el resto de familia insufrible. El inicio de una carrera heroica -a ratos- y que demostraba que dentro del Universo Disney lo mismo cabían luchas policíacas contra Mancha Negra que una ambigüedad en lo superheróico que, incluso años después ya como lector de los universos establecidos estadounidenses, no sería tan sencilla de volver a encontrar.

 

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JOHN TONES: El caso que Batman no pudo resolver, de Don Cameron y Jerry Robinson. Mi primer tebeo de superhéroes es uno que, creo, ha marcado profundamente mi forma de entender el género. Muy representativo de lo que era el personaje en los años cuarenta (su fecha de publicación en Estados Unidos es 1943, en el número 14 de Batman) su lectura hizo que yo haya entendido siempre al Hombre Murciélago, primordialmente, como El Mejor Detective Del Mundo. Y luego ya tal. El hecho de que, sin saber yo unir los puntos del todo, aquí encontrara nexos de unión con el suspense jocoso y macabro de los episodios de Alfred Hitchcock Presenta que me tragaba cada lunes por la noche en la tele (serie muy posterior en el tiempo, pero que bebe de fuentes similares, empezando por los rompecabezas lógicos y macabros de Ellery Queen), me hizo tender vasos comunicantes entre distintas formas de la cultura popular. Unos vasos comunicantes que aún hoy me estimulan. Esto apareció en un álbum gigante de la Editorial Valenciana de la que recuerdo con claridad otra historia: la génesis primigenia del Joker, aún un clon de Conrad Veidt en El hombre que ríe, que me provocó pesadillas entonces y que hoy me recuerda por qué el Batman que adoro es uno inspirado en las siniestras portadas de las noveluchas pulp más baratas.

 

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KIKO VEGA: El Hombre Araña contra La Antorcha, de Stan Lee y Larry Lieber. Por entonces yo era un yogurín sin pelos en los huevos. Era imposible, porque aunque pudiera estar en edad de tenerlos, me los habían rapado para la operación rutinaria de «testículo en ascensor», algo que estaba tan de moda durante mi infancia como ahora la intolerancia al gluten. Mi padre me lo llevó al hospital y me abrió un nuevo mundo de posibilidades donde poder seguir malgastando su dinero. Qué crack. No recuerdo nada del cómic, salvo una serie de apuntes importantes de cara a mi futuro como lector: Misterio, Daredevil y lo rematadamente mal dibujada que estaba «la antorcha». De los tres, el más molesto fue el asunto con Daredevil, porque el cómic incluía una historia suya. Diablos, ¡sí que estaba bien dibujado ese tío!

 

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CAROLINA VELASCO:Tank Girl, de Jamie Hewlett y Alan Martin. Yo no era muy aficionada a los cómics de superhéroes, tal vez porque las series, las películas y hasta los dibujos animados estaban plagados de hombres salvando el mundo. La única diferencia -y sé que esta afirmación levantará ampollas- es que los superhéroes se disfrazaban con capas y medias ajustadas. Wonder Woman no era tan popular y sus cómics, desde luego, no se encontraban en España fácilmente, y las mujeres de los cómics de Marvel casi siempre eran personajes secundarios. Mi opinión sobre los cómics de superhéroes cambió cuando descubrí en los noventa la existencia de Tank Girl, una heroína con la cabeza rapada, que no formaba parte de una cohorte dirigida por hombres y que encima vivía en un tanque: una mezcla explosiva del punk, las riot grrls y las manías de Aphex Twin ambientada en un paisaje apocalíptico digno de Mad Max. Imposible no hacerse fan.

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