[Todos a una] – Cuando fueron los mejores

Reconozcámoslo: en la música pop hay clásicos indiscutibles para dar y tomar. No hablamos solo de los Beatles y los Rolling, que también: las inmensas bifurcaciones y volantazos y subgéneros que ha tomado la historia de la música nos ha proporcionado una buena cantidad de discos imprescindibles, a menudo varios de ellos procedentes de un mismo artista.

Lo que pasa es que aquí en CANINO somos muy relativistas, pero también muy de ceros absolutos, aunque sea por las risas. Y nos preguntamos: ¿y si un año concreto hubiera que reducirlo a un solo grupo o artista? ¿Y si cada año hubiera supuesto el reinado absoluto de un solo disco, una sola canción, un solo compositor? Ya, eso nunca pasa porque un año es más largo que un día sin pan. Pero… ¿y si…? Escoge un año. Escoge un solo grupo o artista para ese año. Estos son los nuestros.

1927 –  AL JONSONSi la premisa consistía en definir un año a través de la música que se escuchaba, de cómo una sociedad entera pudo sincronizarse musicalmente al son de un determinado grupo o solista, cómo no empeñarse en citar a aquel que fue el primero en promocionarse gracias al aún primitivo artefacto cinematográfico, como también al primer proto-Hollywood, que ya por el año del Señor de 1927 se convertía en la máquina de los sueños de la cultura popular a nivel internacional. Hablo de Al Jolson, el blanco pintado de negro encargado de bautizar sonora y musicalmente las pantallas de medio mundo gracias al sistema Vitaphone en El cantor de jazz. Su Mammy sonando mágicamente a través de la pantalla (es un decir) en lugar de los pianos o instrumentos que solían acompañar a las representaciones de cine mudo quedaría por siempre en los tímpanos de la audiencia como un hecho revolucionario. Revolucionario, aunque no tanto como para permitir a un verdadero negro lucirse en pantalla. Lo de los blancos pintados de negros no es solo un asunto propio de las cabalgatas pre-Carmena, sino algo con lo que el llamado género minstrel venía jugando desde el s. XIX, no permitiendo a los afroamericanos el desarrollar sus propias raíces jazz y blues hasta 1855. Esta derogación permitió acercarse a Little Richard y otras proto-rock stars a compañías errantes que recorrían el país con shows de negros travestidos (primero los blancos se visten de negros, luego los negros se visten de mujeres). “En cualquier caso es un hecho soterrado por la historia que el origen del R&R, de su energía y fortaleza, de su virilidad, irónicamente también de su latente homofobia, amanece precisamente en una horda de aullantes y sicalípticos travestidos negros, profetizando la ambigüedad moral y sexual que se impondrá en los sesenta”, que diría Jaime Gonzalo mucho mejor que yo en su magno Poder Freak (2009). Pero estábamos hablando del pobre Al. Aunque su obra y portentosa voz hubiera desaparecido en el olvido si no hubiera sido por El cantor de jazz, tampoco debemos olvidar que fue la última opción que le quedó a la productora (Warner Bros.), tras rechazar el papel George Jessel (actor original en la representación de Broadway) y Eddie Cantor por lo mal pagado que estaba. El pobre Al Jolson sería pobre, pero famoso. Y negro. Elena Rosillo

 

1971 – CAN – ¿Cómo era aquello que decía Brian Eno de The Velvet Underground? Ah, sí: “Casi nadie se compró su primer disco, pero todos los que lo hicieron montaron un grupo”. No sé si eso mismo podría aplicarse a Tago Mago, el segundo elepé de Can, pero debería: durante su período más intenso, estos cuatro bandarras alemanes (más un yanqui, primero, y un japonés, después) fueron el mejor secreto peor guardado de Europa. No sólo porque supusieran una conjunción honesta de música popular y ‘culta’ cuando el rock progresivo trataba de fundir ambas cosas de aquella manera, sino también porque sus canciones transpiraban gamberrismo y diversión a raudales. Pónganse este álbum, y descubran como una pandilla de músicos con formación académica pueden tirar las partituras por la borda tras descubrir a James Brown, a la Velvet y a The Beatles, pergeñando como resultado trallazos bailables capaces de agitar el culo más rocoso y explosiones de ruido que no suenan a onanismo, sino a pesadilla. Está claro que Can no inventaron todo lo bueno que puede darnos el pop, pero, cuando estaban de buenas, lo condensaban de una manera gloriosa. Yago García

 

1967 – THE BEATLES – Poco después de lanzar Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (1967), Paul McCartney hizo una visita a Bob Dylan donde este suspiró con sorna al escuchar el L.P. “Ah, ¿Ya no queréis ser monos?”. La frase no es una boutade si se tiene en cuenta la ruptura de fondo en la trayectoria de los Fab Four que tiene el disco. Si bien John Lennon afirmó “que era la mayor mierda jamás grabada” por su producción de feria en las sesiones del vérité Álbum Blanco -1968- (cita recogida por el ingeniero Geoff Emerick), el impacto del Sargento Pimienta fue sísmico en el ambiente pop del tiempo. Es este año, donde salen tanto este disco como el sencillo Strawberry Fields Forever / Penny Lane o el infravalorado E.P. Magical Mystery Tour, en el cual los de Liverpool saltan a la estratosfera crítica a través una actualización lisérgica de la nostalgia, como vio agudamente el crítico musical Ian Macdonald. Porque la respuesta al LSD de los Beatles fue una evocación de la infancia y la adolescencia que filtra psicodélicamente canciones como Sgt. Pepper, Penny Lane, When I’m Sixty Four o She’s Leaving Home. Sin olvidar tampoco la edificación de universos oníricos en los mundos de Alicia como Lucy in the Sky with Diamonds o especialmente I’m the Walrus, las cuales solo pudo llegar a igualar Syd Barrett en el Reino Unido con el debut de Pink Floyd. Un año, cresta álgida del discurso de la ola de Hunter S. Thompson, donde: “no hay nada que puedas hacer que no pueda hacerse”. Julio Tovar

 

1980 – THE CLASH – Han estado ahí, hace tres años, en pleno estallido, con un disco de color verde y fotocopia recortada tan rebosante de energía que aún provoca calambres, de los buenos. Y luego otro, envuelto como un espagueti western chillón y maoísta donde el punk se da de bruces con el viejo rock’n’roll, el de verdad, ya sabes, rabia y pim pam pum también, dinamita, guerra civil, pistolas en el tejado. Han despedido 1979 repartiendo ración doble por las buenas, sin relleno, empapados de dub y rockabilly pero igual de feroces e inmediatos, liándose a hostias con el bajo, rindiendo tributo al debut de Elvis. Lo saben, son la mejor banda de rock and roll del planeta, ahora, en ese momento, 1980, no hay discusión posible, pregunta a los chavales, los de la esquina, los que controlan del asunto. Que se jodan los putos Rolling Stones. Daniel Ausente

 

1984 – MINOR THREAT – Disculpen la ausencia de videoclips, pero como saben, Minor Threat no dejó demasiada constancia gráfica de esos sharknados de adolescentes volando por los aires que al parecer eran sus conciertos. Tampoco dejaron demasiados discos, pero fueron suficientes para quedar marcados eternamente como la punta de lanza de una versión mucho más abrasiva, juvenil, inconformista y ruidosa que lo que fue el comparativamente melódico punk británico, y también germen de los sonidos más duros que aún estaban por llegar, via crossover primigenio y primer thrash (el bueno, el que no se andaba ni con chorradas ni con virtuosismos mal ni con estéticas atroces). Todo eso se le debe a los hitos del hardcore americano de principios de los ochenta, época en la que reinó Minor Threat por encima de cualquier otra banda (donde desde luego no faltaron las bandas perfectas, de Black Flag a Descendents pasando -en otra línea- por los Misfits): su insultante juventud, la radicalidad y, a la vez, sensatez y coherencia de su posicionamiento político y, sobre todo, las endemoniadas velocidad y agresividad de sus temas fructificaron en una obra escuetísima (tres EPs -dos de ellos recopilados en el álbum Minor Threat, de este año- y un disco de estudio) y que aún siguen poniendo los pelos de punta cuando Ian MacKaye brama «I don’t want to hear it / Sick and tired of all your lies / I don’t want to hear it / When are you gonna realize / That I don’t want to hear it / Know that you’re full of shit» o «Your brain is clay / What’s going on? / You picked up a bible / And now you’re gone«. Metáforas las justas, todo verdades, todo rabia, genuíno punk. John Tones

 

1986 – EUROPE – En el año de La mosca, Aliens y Critters, otro monstruo de dimensiones gargantuescas hizo temblar el mundo: el riff de teclado de The Final Countdown, rescatado del cajón donde llevaba perdido desde principios de la década por el vocalista Rolf Magnus Joakim Larsson, aka Joey Tempest (en homenaje a La tempestad shakespeariana, acuérdate), y pulido y afilado por el hombre que produjo a Journey sus mayores éxitos, Kevin Elson. El disco homónimo convertiría a Europe en la gran revelación del 86 fuera de su Suecia natal, donde ya eran bien conocidos (al igual que, claro, en Japón), haciéndoles vender millones de ejemplares, allanando una carrera que se extiende hasta nuestros días (con los mismos miembros), y reduciendo los cinco continentes a nada más que dos: el de los suecos y sus admiradores, fieles o eventuales, y el de los haters que hacían rechinar sus dientes cada vez que escuchaban el tiroriro de la cuenta atrás o las primeras notas de Carrie. Dos territorios perfectamente respetables, a diferencia de ese tercero que nos está tocando sufrir treinta años después: el de los submodernos que los reivindican desde la ironía. Andrés Abel

 

1987 – GUNS’N ROSES – Eran como El club de los cinco (1985) pero en clave rock: el punk (Duff McKagan), el amante del rock sureño (Izzy Stradlin), el vocalista maníaco depresivo (Axl Rose), el yonqui (Steven Adler) y el Keith Richards con sombrero de copa y pelo rizado (Slash). En 1987 se convirtieron en la banda más importante del planeta Tierra gracias a su primer disco, Appetite for Destruction, el debut más vendido de la historia (treinta millones de copias) y el último álbum de rock duro que supo crear su propio paradigma. La energía del punk angelino (Nightrain, It’s So Easy), riffs y solos de guitarra arrabaleros y sucios (My Michelle, Mr. Brownstone), melodías reconocibles que se quedaban a la primera escucha (Sweet Child O’ Mine), facilidad para los himnos (Paradise City, Welcome To The Jungle), y un cantante de voz camaleónica y chillona que recuperaba la esencia de los grandes del hard rock (Robert Plant, Alice Cooper, Steven Tyler). Xavi Sánchez Pons

 

1991 – NIRVANA – Llega la década de los noventa, y con ella se acaba el bombo y el artificio de los ochenta. Adiós a las enormes melenas rizadas y las hombreras, a las guitarras atronadoras y los sintetizadores. La era de los noventa es la resaca natural que sucede a la megalomanía ochentera, el desaliento que sigue al delirio de inmortalidad, y Nirvana es la personificación musical de este espíritu desdichado. Su música nos devuelve sin miedo a la realidad más gris, es desgarradoramente honesta, de un modo jamás antes visto en la industria discográfica; los suspiros de una juventud descompuesta y abatida. Son una nueva clase de estrella, de voz cascada y letras ininteligibles, sucios y con miedo escénico. Cantan mirando al suelo, alternando gritos y susurros. Les importa un bledo la fama y lo que puedas pensar de ellos, echan por tierra la imagen tradicional del ídolo de masas. Son auténticos, y lo que es más importante: su música es buena que te cagas. Con Nirvana despierta el movimiento que vió nacer a Soundgarden, Stone Temple Pilots, Pearl Jam, y por supuesto a sus herederos, los Foo Fighters. La muerte de su líder Kurt Cobain, quizás el culmen inevitable de su trayectoria profesional, deja al mundo sin palabras, cimentando su posición en el Olimpo musical y llevando a los cínicos a debatir sobre su verdadero valor como grupo. Pero ante estas críticas su legado permanece. Y permanecerá. Lewis of Peter.

 

1995 – OASIS – Eran feos, eran idiotas y firmaron las mejores canciones de la década. Al menos en cuanto a pop se refiere. Se permitieron el lujazo de sacar un himno como Whatever entre sus dos primeros discos y se cargaron a su mediocre batería original para entregar las baquetas al enorme Alan White, hermano de Steve, batería de Paul Weller o The Who en algún momento. En el verano de 1995, retaron a Blur a una guerra de singles que empezó el incendio más divertido de la movida británica. Con (What’s the Story) Morning Glory? tocaron techo, pero no solo había canciones en el disco. Las caras b de sus singles aún no han podido ser superadas por ninguna otra banda posterior al imperio Gallagher. Ni con sus mayores hits han podido. Kiko Vega

 

1998 – MASSIVE ATTACK – Hay pocos discos de finales del siglo XX que hayan sido tan significativos como síntoma de los tiempos, como expresión de anhelo, transición e incertidumbre, que Mezzanine de Massive Attack.

El espíritu ‘millenial’ está hecho de música electrónica polifónica; de graves que se te clavan en el tórax y percusiones que son latidos, rabia contenida, llamadas a las dos de la madrugada para empezar alguna revolución de los sentidos: Tensiones liberadas en clave de nana que se convirtieron en banda sonora de una Alicia llamada Neo.

Massive Attack como hilo musical de todo un mundo por venir, un mundo que nunca llegó. El espíritu del siglo XXI mutó antes de nacer, llevándose consigo la promesa de otro futuro, uno diferente al nuestro. Elisa McCausland

 

2005 – LCD SOUNDSYSTEM – 2005 fue un buen año: M.I.A., Animal Collective, Broadcast, Antony and the Johnsons, Kanye West… No había un mes sin un artista llamado a reinventar un género. Pero LCD Soundsystem dejaron una huella aún visible una década más tarde. Con una portada sencilla (parte de una bola de discoteca en blanco y negro) y con un James Murphy que era (y es) la antítesis de la estrella de rock joven, anórexica y embutida en cuero, el grupo se convertía en una de la grandes revelaciones de la temporada. Aunque su mítica Losing my edge vio la luz unos años antes, en 2001, su debut homónimo les consagró como una de las bandas que mejor supieron atrapar el espíritu de la época a la vez que hacían la música de baile y el rock más inteligentes de toda esa hornada que salió de Nueva York a principios de la década. Con buena parte de los grupos que encabezaron esa nueva ola de post-punk desaparecidos en combate (¿alguien se acuerda de Radio 4?) o perdidos en otras aventuras, LCD son los únicos que sin querer nunca el protagonismo lo siguen teniendo gracias a una gira de reunión que ha puesto a algunos de sus fans en pie de guerra. Murphy y sus secuaces dieron en el clavo cuando se propusieron hacer música que ellos mismos se creían, y la prueba está en que su debut ha envejecido francamente bien. Es más, canciones como Disco Infiltrator, Daft Punk is playing at my house o Yeah siguen sonando terriblemente innovadoras y modernas, pero con una modernidad bien entendida, y no la de esos chavales de Brooklyn que según afirmaba Murphy en Losing my edge, le iban pisando los tobillos. ¡Qué va, ni siquiera le pudieron alcanzar! Carolina Velasco

 

2010 – KANYE WEST – Centrado en la actualidad en el repertorio clásico y, sobre todo, operístico, hay pocos músicos que me saquen de este exilio voluntario; es inevitable pensar que uno está ligeramente desactualizado, pero sin embargo, si hay un autor que me tiene totalmente obsesionado desde su debut en el año 2004 con el magnífico The college Dropout es el rapero Kanye West. Cada álbum suyo es un acontecimiento único e inolvidable, pero si tuviera que destacar un año en el que demostró que era el mejor músico de la actualidad quizá debería ir a 2010, en el que salió su obra maestra My Beautiful Dark Twisted Fantasy; era el quinto cd y reunía 13 canciones que suponían (en aquel momento) la culminación de una carrera esplendorosa, con una madurez brutal en la que había ecos de los samples que le hicieron famoso en su primer álbum pasando por las orquestaciones de Late Registration (2005) además de transitar por el electro-pop de Graduation (2007) y el aire retro de 808s & Heartbreak (2008); pero todo para llevarlo al límite del exceso, un compendio de su egomanía autoconsciente (Monster: ”Everybody knows I’m a motherfucking monster”)  trasladado a la última potencia de su extravagancia; sin lugar a dudas un monumento, uno de esos “discazos” que es imposible que pierda su vigor pasen los años que pasen. Canciones del calibre de Dark Fantasy, Power, Runaway o All of the lights (por citar algunas) se han convertido ya en clásicos modernos sin dejar de funcionar como explosiones musicales llenas de adrenalina. Mariano Hortal

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